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jueves, 23 de junio de 2011

Webgnosis

Me gusta pensar que la web es un gran experimento para resituar al mundo físico. Proponiendo entonces un juego de palabras, esta sería justamente la física de la web: no necesitamos de la teoría de las cuerdas para entender que podemos interactuar en dimensiones diversas.

Hace ya unos años, en las Jornadas Anfibias realizadas en Villa Ocampo se generó la discusión sobre las distintas genealogías de un planteo de dimensiones yuxtapuestas después de proyectar el último de los cortos que conforman la serie Animatrix. Me refiero a Matriculated, animé dirigido por Peter Chung. En un posteo de entonces volví sobre estos argumentos. Alguien sugirió si un relato como las borgeanas ruinas circulares no insistían ya en lo mismo. El año pasado, la última película de Christopher Nolan, Incepcion –estrenada en Argentina como El Origen- renovaba la misma estructura.

La diferencia básica es que en Matriculated ya no se trata de una gran caja china de sueños, sino por el contrario, de las problemáticas relaciones entre entornos digitales y entornos unplugged. Ni más ni menos que el ABC de la anfibiedad. Ese mismo portal que nos habilita al gran mercado de identidades: somos lo que la web informa de nosotros.

Esta división ideológica determina distintos tipos de glosarios y por ende de semiosis. Porque es cada vez más evidente que existe una web digerible y explicable en términos económicos (sigue siendo el gran límite de las redes sociales y de las ciberculturas más estándar) y otra web incuantificable, suerte de anárquica caja negra donde se resignifican todas las pesadillas y desbordes freak de la humanidad (¿o post-humanidad?). Hago referencia al arquetipo web que se establece en experiencias como el ya clásico Technosis, de Erik Davis. No en vano un cercano Mark Dery sugirió la vinculación de este tipo de tentativas a los desbordes de Genesis P. Orridge y su autosugestión por ruido televisivo.

Lo que en los sesentas para un David Lamelas –pensemos en su obra del Di Tella Situación de tiempo, que reconstruimos en prototipo para la muestra Televisión en Fundación Telefónica- era ni más ni menos un ejercicio de trance de raíz escultórica, para los miembros de Psychic TV fue el inicio de una secta. ¿Por qué la gran mayoría de glosadores de Bataille no revisan estas coordenadas, ahí donde una religiosidad extraviada en una perversa concepción de la tecnología muestra su cara más oscilante?

Nuestras neurosis sin dudas se alimentan de este desfasaje anfibio. Porque la web no es sueño y tampoco se adecúa fácilmente a los imperativos de los siempre renovados manuales de negocios. Por otra parte, en la web no pre-existen oscuras deidades. Por el contrario, su tiempo es una emulsión de nuestro presente colectivo. Es una verdadera lástima que el net-art siga mayormente encapsulado en su pretensión de autonomía artística. Es en este eje donde el hacktivismo más atractivo se extravía en su mesianismo: transformar los modos en que percibimos la web no es tan distinto de modificar muchas de las metáforas que sostienen nuestro nivel de autoindagación de la realidad.

Cuando hace años me invitaron a realizar una curaduría en Second Life lo primero que me pregunté fue ¿no es redundante trasladar nuestra idea de arte a este metaverso? ¿Ya no existen demasiados museos y galerías en nuestro entorno?

También es en esta coyuntura donde las perspectivas situacionistas se muestran no sólo agotadas, sino redundantes. Como activista patafísico, descreo que el dixit de Guy Debord y su troupe sea una buena instancia de referencia, como en su momento lo propuso Stewart Home.

La épica de los superhéroes indicaban un camino más certero: crisis en los infinitos mundos.

¿Cuántas son las caras de la anfibiedad digital? Esa es una pregunta más atractiva. ¿De cuántos modos estamos capacitados para asimilar la anfibiedad? Es una respuesta a la que nadie se anima del todo. Baricco asimiló este desajuste a un nuevo tipo de barbarie. Demasiado general. Es fácil inventar bárbaros (una tarea secular, por demás). Repitamos: como si la neurosis fuera sólo una consecuencia, y no un motor que sostiene nuestras interrelaciones.

Admitámoslo: nada más verdadero que nuestras tecnoneurosis.

viernes, 11 de febrero de 2011

Erótica Google

¿Currículum virtuae?

Soy para los demás, y en gran parte, la información que sobre mí se encuentra en la web. Estoy distribuido en unos pocos formatos (textos, imágenes, videos). No tengo el control de esas referencias.

Elijo no tener Facebook: es una declaración de principios. Mi sociabilidad digital se plasma en este blog. En sus protocolos. Que sea Blogger y no Wordpress es parte de mi política.

Blog siempre es blogósfera, del mismo modo en que no concibo un libro sino una biblioteca (digo también hemeroteca). Leo muchos libros al mismo tiempo. Leo muchos blogs simultáneamente. Escribo mucho más manuscribiendo en cuadernos. Sin embargo, en este momento elijo ser el que encontrás en la web.
Aunque sin dudas soy mucho más el que se lee en mis textos impresos.
Sobre todo en los libros.

Soy una colección de datos (tipográficos, visuales).
Otros son canciones o películas.

Artes del deslizamiento (de sentido, de la mirada): nuestra experiencia web se sostiene en elecciones de información (una lista que nos propone Google a partir de la referencia en la que inscribimos la búsqueda). Este blog nace de la cercanía: el listado horizontal que Google nos arroja interconecta de por sí elementos absolutamente diversos.
Lo que sigue es deslizamiento de archivos: me paseo por lo que encontró Google como lo hago por una exhibición de arte. Pieza por pieza.

Si en este blog existe un yo (eso que sostiene la voz de la escritura) es en la observación de esta distribución de información (en esta topología). En los primeros posteos nacía de una experiencia exógena a la web. Desde hace tres años y medio mi experiencia blogger no son otra cosa que procedimientos de lectura ¿qué otra cosa es la lógica web que el recorrido analítico de los listados de búsqueda?

Google más como mapa que como brújula. Google como GPS de información. Antes de Google amaba a Kartoo ¿alguien se acuerda ahora de Kartoo?

Este blog es un formato expandido. Ya: me refiero a lo que hago en este blog. Desde hace tres años y medio sigo este procedimiento: 1) Colecciono links, con información que me parece interesante revisar (referida a las estéticas de la misma web, a los imaginarios de la cultura web –a la que entiendo como una de las ramas de la imaginería pop-, a las artes visuales en tiempos de Google). 2) Escribo un texto que contenga esos links –los textos de este blog tienen la función de distribuir links- 3) Acompaño esta línea con imágenes que casi en todos los casos provienen de internet 4) Abro a diálogo. Aclaro: no acepto trolls porque no los entiendo como diálogo. Puedo alegrarme: en todos estos años casi no fui visitado por ellos. 5) Los posteos tienen una extensión de alrededor de 4000 caracteres.

Información es tiempo. Es navegación y elección. Mi yo-web es tiempo. Tiempo frente a una laptop, tiempo de dar vueltas por la virtualidad. Tiempo que en nada se diferencia a mi percepción del tiempo.

Mi actual escasez de tiempo no proviene de la web. Al revés, mi blog ilustra ese déficit. Si soy –en la web- un Gólem de información digital, ésta poco tiene que ver con mi intimidad no virtual. No estoy agregado a los castings de Cam4.
Hace ya rato que el Cippodromo radiografía esta (mi) ausencia.
No me cansé de internet ni mucho menos.
Menos todavía de escribir (no sabría qué hacer de mi vida si no pudiera escribir).



Este blog no está abandonado. Una expresión amable (a modo de síntoma) sería “momentáneamente ralentizado”. Soy la misma continuidad de información que se exhibe momentáneamente lenta.
Anfibiamente lenta, jamás perezosa
.

Me agotó dejar tantas pistas (concentradas) en la web. Hago trampa: ralentizar es toda una declaración. Una topología que requiere otros lapsos.

Slow Web.
¿Un posteo en una noticia sobre qué?
Abogo por disociar posteo de noticia. El mundo se sostiene en la incesante fábrica de noticias. ¿Noticia para quién? ¿Para qué?

La experiencia de este blog nació en la búsqueda de una erótica Google. De una erótica de la información en la era Google. Una erótica de los listados.

¿Hasta qué punto nuestra libido no imita a Google?

martes, 11 de enero de 2011

No sé si bañarme o tener un hijo

¿La muerte de la ficción? ¿Su interminable caída? ¿Por qué los televidentes se muestran cada vez menos adictos a sus longevos encantos?

¿Culpa de la web? ¿De sus efectos psicológicos? ¿Por qué a los productos de la ficción tanto les cuesta conservar sus antiguos prestigios? ¿A qué debemos estos síntomas?

¿Será finalmente la ficción un largo capítulo de la historia cultural de la neurosis? Lo que sí sabemos es que la ficción no existió siempre y que podemos rastrear -con algunas astucias- sus protocolos (las guerras de ceremonial). No reexaminaré en esta ocasión antecedentes o reemplazos (las invenciones de su necesidad, al fin y al cabo ¿para qué nos sirve la ficción?) sino que me hundiré un poco más en la confusión: imposible vaciar nuestros conceptos de ficción de su consabida carga ideológica.

¿Muerte de la ficción o su triunfo y expansión definitivos?
Lean ya El Azogue de China Miéville.

La ficción y la web se encuentran, ante todo, en nuestras cabezas.
No existe idea o percepción de la web que no sea ideológica como menos todavía deberíamos acercarnos a las reactualizadas neurosis como un tránsito inocente.
El viaje hacia la tierra de los monstruos que nos enseñó Maurice Sendak sigue siendo nuestra más preciada educación. ¿Acaso no nos formamos en los claustros de la autonomía artística? Ya lo dije: tengo una relación pornográfica con Gutenberg, así como mi inconsciente es un desbarajuste de bits. Mi inconsciente está tan digitalizado como tus mensajes de texto.

Agonizante o hibernada ¿quién ostenta hoy –aún- el protagónico de las ficciones que nos rigen?

¡Freak Here! El elogio de los inadaptados es una de las cargas más pesadas (por fecundas) del Siglo XXI.
Y no se debe (claro que no) a que todos los contextos nos superan o nos resultan extraños, sino más bien al reiterado desajuste de nuestros interrogantes. ¿Qué es lo que intentamos detener? ¿Qué será lo que necesitamos preservar? Seguimos intentando aunar proposiciones que apenas se soportan. ¿Cuál sería el éxito de los freaks si no reinaran las distopías?

La modernidad (tanto como la antigüedad) están plagadas de freaks. Pero su funcionalidad no fue para nada la misma. Antes de Shrek, nadie deseaba ser un ogro verde. ¿Cuántos de nosotros crecimos queriendo ser el Sr. Spock? Si su sitio natal no fuera Vulcano sino Témperley, nadie dudaría en describir a Spock como un freak más. Perdón: un geek más.
Incluso vintage, Spock no deja de ser un taste maker.

¿Qué sería de la política sin la ficción?
¿Qué de las noticias?

No estamos inventando el espectáculo, sino que es el espectáculo quien nos inventa. ¿Acaso Gran Hermano es menos ficticio que Mad Men?
Durante más de tres siglos intentamos reducir el ruido. Encapsular las fronteras. Lo que parece inquietarnos es que el encapsulamiento se debilita día a día.

¿Cuál es el origen de nuestras fantasías? ¿Qué tal nos llevamos con ellas? ¿Con cuáles materiales las construimos? ¿Qué tanta desconfianza nos generan? ¿Cuánto podemos compartirlas? ¿De qué modo? Nosotros también somos el espectáculo.

Las audiencias lo son. Las multitudes no pueden pensarse de otro modo. Espectáculo jamás implicó inacción. Nada menos pasivo que un buen espectador.

¿Quién podría animarse a una Teoría General de la Ficción en una era plagada de trolls informáticos?

¿Qué nos impide pensar la ficción en tanto acción individual? ¿Todavía creemos que lo que vemos en la caverna es falso? ¿Cuánto desconfiamos de las pantallas? ¿Por qué?
¿Realmente creemos que la educación cultural de nuestras percepciones es menos artificial que aquello que sucede en las pantallas?

¿Qué sucederá con las ficciones que nos sostienen cuando la energía se agote por completo? ¿Ya no tendremos control sobre ellas? ¿Lo tenemos hoy? ¿de qué modo?

¿Acaso la autonomía artística no es la matriz –la generadora- de muestras ficciones? ¿Acaso la autonomía no sigue siendo el gran sistema de control y testeo para nuestras ficciones? ¡Qué error idiota seguir confundiendo autonomía con institucionalidad!

lunes, 29 de noviembre de 2010

Tu software es mi biología

La diversidad cultural esta vez en código fuente

Veamos ¿de cuántas formas el software participa en nosotros? Y me refiero a esa invasión cultural que transforma nuestros hábitos y percepciones (casi) sin que nos demos cuenta, conectándonos al mundo mediante una sobrecarga informativa inmune al cansancio (o al menos a cierta clase de cansancio que creíamos conocer).

No debemos ahondar demasiado en la cuestión para percatarnos que, aunque no sepamos ni siquiera enchufar una computadora, el software ya nos atraviesa y constituye. Antes decíamos: el ser humano es un compuesto de hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, calcio, fósforo, cloro y potasio. Hace tiempo que sabemos que el software es parte de esta lista.

Sin dudas, la pregunta inicial es muy tramposa: el software jamás será algo homogéneo, sino otro territorio de disputas (una marca de poder, de la que aún desconfiamos porque no nos resignamos a formar parte de ella. No hay caso, seguimos siendo campeones en paranoia social).

Directa o indirectamente cada uno de nosotros usa y es usado por algún programa (esto ya Donna Harawaylo sabía cuando, hace un cuarto de siglo, publicó su tan glosado Manifiesto Cyborg): así no uses celular, ni te hagas ecografías, ni utilices ningún servicio de correo electrónico, el Wi Fi, sin ir más lejos, es cada vez más parte del aire que estás respirando.

Por supuesto, no estoy sugiriendo que no exista la brecha tecnológica -la desigualdad de oportunidades para acceder a las aún denominadas nuevas tecnologías-, nada más lejos que eso. Incluso Bernard Kouchner, entusiasta Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, quien no deja de festejar que dentro de cinco años la mitad de la humanidad (3500 millones de personas) tendrá acceso a la web, se deja ver preocupado por las condiciones de disponibilidad. Sin dudas preferimos el software libre al corporativo, teniendo muy en cuenta que se trata de una guerra ideológica que va tanto más allá (por favor no dejen de leer el indispensable Crímenes de la razón, del Premio Nobel Robert Laughlin sobre el salvaje abuso de las patentes).

Lo que trato de señalar es que no resulta suficiente intentar acortar esa brecha, sino más exactamente seguir repensando como reinventamos la virtualidad, de qué modo incidimos en ella en tanto usuarios y prosumidores (algo así como consumidores críticos y activos –consumidores en tanto productores-).

Es sabido, Michel Maffesoli (quien acuñó el término tribus urbanas) reconoce la impronta de Internet en los nuevos modos tribales. Al fin de cuentas ¿qué serían los floggers sin la web? Si la red promueve otros modos de sociabilidad anfibia (pues se desarrollan simultáneamente en contextos virtuales y físicos) es porque estos intercambios implican una dinámica que excede los usos que los programadores puedan haber previsto. ¿Estos nuevos tribalismos implican software tribal y programadores tribales?

Obviamente exagero, pero resulta cada vez más evidente que dentro de las currículas básicas de alfabetización se impone la enseñanza de escritura de código fuente (textos instructivos que hacen al funcionamiento de cualquier computadora). Parafraseando a Lautreámont, el software sólo será realmente libre cuando el código fuente pueda ser hecho por todos.

Addenda: Hace ya unos cuantos meses (este año quizá haya sido uno de los más extensos de mi vida) Daniel Molina me encargó dos notas para un número de la revista Gazpacho, del Centro Cultural de España en Buenos Aires. Entonces se publicó –por problemas de espacio y edición- uno de mis textos, quedando el otro inédito hasta el día de hoy. Más que nunca se trata de un texto-remix, una variación-escorzo diferencial en la que sintetizo y a la vez retomo algunos de los tópicos de investigación del Cippodromo.

Digámoslo de otro modo: el remix textual como el más operativo de los estilos para reproblematizar un objeto cultural. El remix no sólo como lifting cognitivo sino, y sobre todo, como estilo de acción.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Tecnotribalismo y glamour

El futuro es aburrido” suele contestar Mark Dery cuando se lo consulta sobre la transformación de su foco de atención (de su interés en torno a las ciberculturas hace quince años a la inmersión en un enciclopedismo de patologías culturales en los últimos tiempos).
Creo que mucho tenemos que aprender de esta respuesta.

Uno. ¿las ciberculturas siguen lucrando –más no sea teóricamente- con el futuro como era tradición? Una vez más la lectura de Maffesoli nos sale al paso: si realmente estamos reconquistando la tribalidad por otros medios ¿de qué futuro estamos hablando?

Dos. Para narrativas como las de Dery y Erik Davis (regresemos a Techgnosis) las ciberculturas se manifestaban como pura alteración de nuestros principios de realidad cultural. Actuaban como una suerte de droga mística (no tan lejos de su reverso: Terence McKenna promulgando que la cultura es nuestro sistema operativo). Este movimiento de quiebre (la tecnología divorciada de la ideología del progreso de la modernidad, entronizada como novísimo misticismo) se convierte en una ecuación que sigue modificándose frente a nuestras narices.

Ni más ni menos: las relaciones entre tecnología y religiosidad (nuevos ritos, viejos mitos) reaparecen una y otra vez, remixadas con otros parámetros.

Tres. La frontera entre lo físico y lo virtual sigue estando mediada por el fantasma de la muerte. En este cruce, los enunciados religiosos se ponen a la orden del día. La virtualidad digital exige mucha energía física (mantener un canal de Twitter demanda muchas horas frente a una pantalla). Y a la vez, la visualidad resultante sigue amplificando el reino de la mediación (las intermodificaciones entre visualidad y virtualidad son uno de los núcleos más duros de nuestra contemporaneidad).

Nuestros avatares no envejecen. ¿Existirá algún tiempo en el que la digitalidad envejezca como un lienzo o como los óleos?
Seguimos siendo nuestro(s) soporte(s).

Cuatro. Envejece el diseño, no la virtualidad. Envejece la visualidad, no los bits. No existe religión que no se alimente de la vulnerabilidad de nuestros cuerpos.

Cinco. Los maquinistas nunca fueron muy bien considerados socialmente. Seguramente por esto crearon sus logias, sus sectas. Era el modo de cultivar un secreto al margen de sus patrones.

Seis. La tecnofobia tampoco es lo que era. Si el tecnófobo no se reconocía por su aversión a lo tecnológico sino, por el contrario, en su elección de una tecnología anterior, hoy este margen resulta cada vez más delgado. Pensemos como lucen los arquetipos-adalides, dentro y fuera de la narrativa de ficción.

Los verdaderos creadores de las ciberculturas –de Richard Stallman a Jaron Zepel Lanier- lookean más cerca de Berger en la película Hair que de Neo en Matrix-. Más acá, pensemos sino en el hacker Plaga de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. ¿Acaso Sillicon Valley no es la capital de la moda contemporánea? Los geeks lo saben mejor que nadie.

Siete. La mejor tecnología reinventa nuestras neurosis. Y lo hace de modo tan fino que rearticula nuestra percepción de realidad sin que lo advirtamos. ¿Cuántas veces leemos la palabra Twitter en las páginas de un diario? Ni más ni menos: Twitter, Facebook o Youtube son palabras que aparecen repetidas en los medios con más frecuencia que tantos tecnicismos de política y economía que hasta hace poco recorrían los enunciados de las noticias.

No es que repentinamente todos amen escribir o filmar(se). Diversamente, nadie quiere dejar de decir presente en la virtualidad.

Ocho. La cultura de la virtualidad digital promovida por internet es por definición ubicua. Está en todos lados. Incluso en tus bolsillos –en tu iPhone, ese ciberespacio adaptado a tus pantalones-. Inscribirte –redes sociales mediante- en la virtualidad alimenta la fantasía de estar siempre presente, aunque muy pocos se enteren. ¿Puede existir hoy por hoy la opinión pública sin la web?

Nueve. El vudú hoy se practica en código fuente. ¿Hasta qué punto modificando tu presencia en la virtualidad no estamos alterando tu integridad en el mundo físico?

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Vos y tu fantasma semiótico

Cada uno de nosotros conecta y dispara más de una familia de imágenes. Me refiero a imágenes digitales, archivadas –y por lo tanto clasificadas- pero por sobre todo linkeadas.

Esas imágenes nos aportan un sentido residual, una suerte de fantasma semiótico que nos rodea.

En el primero de los posteos de este año me referí a un saber en formación, la conectología. Las políticas de conexión (algo que va mucho más allá de una metáfora). Desde hace un tiempo me interesan los linkeos secundarios, aquellos que avanzan en una sintonía de error sin serlo. Me vengo refiriendo desde hace años a la necesidad de una Historia Cultural del Error como relato fundante de nuestros días. Error redefinido: ¿qué se nos adjudica por simple cercanía, por saturación o exceso?

Es un ejercicio idiota. Escribamos nuestro nombre en el buscador de imágenes de Google y veamos qué pasa. Aparecen muchas imágenes que pertenecen a nuestra órbita de visualidad de modo residual. Este año, no recuerdo si fue un artista o un colectivo de artistas, presentó al premio ArteBA-Petrobrás un proyecto que por lo que recuerdo consistía en imprimir e instalar en un panel las imágenes obtenidas en Google Imágenes utilizando como punto de partida los nombres de los tres jurados de selección.
La propuesta me recordó cuando, en una oportunidad hace algunos años, una de mis sobrinas le enseñó a mi mamá qué sucedía cuando indagaba sobre mi nombre y Google disparaba su álbum instantáneo. Me cuentan que mamá indagó “¿qué tiene que ver todo eso con Rafael?”.

En gran parte somos, socialmente, el resultado de una búsqueda de Google. Es tan habitual escuchar la pregunta “¿lo googleaste?” cada vez que necesitamos información sobre alguien.

Estamos entrenados para leer entre líneas y despejar aquello que no es lo que nos sirve. Pero no menos certero resulta que todas esas familias de imágenes que son una suerte de Fotolog o Flickr instantáneo forman parte de la información que nos determina, más no sea como contenido latente (la infoxicación es el reino del contenido latente).

Construimos tanto sentido cultural como siempre. Y en esa determinación todos los linkeados que nos sitúan en nódulos de concentración (el buscador Kartoo resulta tan gráfico en esto) son parte nuestra. Como quería Salvador Elizondoterminamos siendo aquellos que suponen los desconocidos”.

Una vez me sucedió: alguien que no me conocía personalmente necesitaba una foto mía para referenciar un texto y la que eligió distaba mucho de ser un retrato mío. Me confesó más tarde, cuando ya estaba impresa, que la había conseguido del Google Imágenes. También a esto me refiero cuando señalo una sensibilidad Google. No existe sensibilidad sin giro semiótico (Fabbri dixit.)
Conectar es comunicar. Y como nunca los protocolos de comunicación mutan y mutan.
Una vez más, la diversidad se articula también en los imaginarios de la web: no sólo nos determinados en la información disponible sobre nosotros, sino en los modos en que ésta se articula. Qué tiempo (el tiempo es siempre tiempo de tu vida) invertís en tu blog, tu Twitter, tu Fotolog, los videos que subís a Vimeo o a Youtube modificaran los modos de acceso con los cuales lo que sos para los demás cristaliza. Leemos y conocemos a los demás a partir de diferentes plataformas de internet.

Estamos desarrollando otra sensibilidad frente a la interrelación social. No necesariamente mejor. Más comunicación (Mario Perinola, una vez más) no implica más conocimiento. Tampoco menos. El momento anfibio que vivimos se define como una época de ajustes y desajustes ininterrumpidos. Las relaciones entre lo virtual y lo físico no cesan de encontrar distintas configuraciones culturales. Los fantasmas semióticos (de interconexión anexacta) son otro de los tantos aspectos de la era trash que modela nuestras sensaciones. Ni más ni menos: un fantasma semiótico –invariablemente tecnológico, industrial- es parte de una operatoria trash (espacios de interferencia, según Serres).
Me gustan tus fantasmas.
Mucho. Otra aura para tu fashion.

Postdata: las imágenes de este posteo son una antología de las obtenidas con el Google Imágenes a partir de las palabras "fantasma semiótico".

Addenda del 15 de setiembre: Hace apenas unos días, recibí un mail con el siguiente link (click acá). Se trata de un sitio de información personal, WebMii. Nunca más acabado un ejemplo de fantasmagoría semiótica.

Por ejemplo, no uso Facebook, jamás tuve una cuenta en esa plataforma. ¿Cómo voy a tener una foto de Facebook, entonces? Se trata del Facebook de Villa Ocampo, donde transcurrieron las Jornadas Anfibias, hace exactamente dos años. Entre las imágenes, aparece una fotografía de Yamandú Rodriguez, uno de sus célebres retratos eróticos. Galaxia de sentido construida con visualidad web. Mi ejemplo más cerrado.

jueves, 1 de julio de 2010

Soy un varitech, un snark, un zulú, una bacteria, un ankylosaurus

Sobre la Otredad en la Era Web (posteo de posteos)

¿Cuánto te virtualiza la web? O planteado de otro modo ¿qué y cuántas distorsiones acepta tu idea de identidad cuando se manifiesta por medio de internet? Identidad, al fin y al cabo, es aquello que a la vez que te hace único, te linkea con una pertenencia determinada.

Pertenencia que hace rato es básicamente anfibia: existimos en varios contextos simultáneamente.
Si lo pensamos estrictamente en términos de internet ¿a qué filtros y matices se somete lo que entendés como identidad?

Velocidad, ubicuidad, accesibilidad: todos fuimos identidades spam alguna vez. La web pone a prueba cada día nuestro coeficiente paranoico: ¿Quién, qué es el otro cuando su cuerpo se nos aparece por completo mediatizado? Es el ese mismo instante en el que la distancia filtra (nos afecta) ficcionalmente.

La otredad en la web (aceptar al otro en la web, interceptarlo) implica enfrentarnos a su presencia no física, a su presencia digital (virtual).

Hace dos días, Alejandro Schmidt en uno de sus blogs (Romanticismo y verdad) posteaba:

“Cada tanto, al enviar la data de este blog (u otros) a correos electrónicos que figuran en perfiles, o donde sea, de otros blogs, recibo estas respuestas: ¿nos conocemos? ¿de dónde?¿quién sos? etc...bueno...por otra parte, en la mayoría de las ocasiones, no hay respuesta y en otras, se establece una comunicación, el cumplimiento del propósito (…)”.

Se manifiesta y necesitamos de eso que tantas veces por default denominamos identidad (que no es más que una lectura del otro, un modo de escanear al otro reduciéndolo a cierta y determinada información) cuando entramos en contacto. Pero en este caso lo hacemos en un contexto digital que se sobreagrega a nuestro contexto físico, lo cual nos apronta a un menú de opciones al que, hasta hace algunas décadas atrás, no estábamos habituados.

¿Qué es, finalmente, un “amigo” al que sólo conocemos de Facebook?
¿O, más extremo, alguien que conocemos nada más que por su avatar en un metaverso como Second Life?

¿Qué sucede culturalmente si elegimos, para presentarnos socialmente, esa identidad que armamos con las posibilidades que la web nos brinda? Prosigue Alejandro Schmidt, refiriéndose a aquellos que pretenden nuestro currículum virtual (Napoleón Baroque dixit):

“[Ellos] Carecen de imaginación, a la aventura del ser las leen en novelitas, duermen sobre el nombre que les tocó en suerte y lo aplastan, procrean la mediocridad, la sequedad del espíritu... Jamás se me ocurriría preguntarle a nadie si me conoce, de dónde y para qué se dirige a mí, o contra mí, son preguntas imposibles; mucho de lo mejor de mi vida ocurrió en la deriva, el enigma, el no querer saber, el entregarse...cualquiera en cualquier lugar y de infinitos modo trae el tesoro, el cisne, la sangre aérea...

pocas experiencias del ser superan la confianza, la fe en los otros (en todos, en cualquiera) quien la ejerce y cede su temor o su prejuicio, crece, se multiplica, aprende.”
Necesitaba llegar a este punto: la emergencia de esta “presencia virtualizada” no es un síntoma propio de la era web, sino más bien una situación que los medios digitales enfatizaron, profundizaron. Un rasgo que sigue en vías de extinción.

Aquellos aún denominados nativos digitales, que crecieron en una cultura preponderantemente anfibia, tienen naturalmente incorporados como elementos de interrelación los gadgets que fundan modos cada vez más extendidos de sociabilidad. Hace rato que a nadie sorprende que más y más parejas se hayan formado en la web.

Ya es un lugar común afirmar que toda tribu urbana es finalmente digital y se reproduce viralmente.

Quiero volver a una instancia del posteo anterior. No es que inventemos de cero nuestras identidades web, sino que estas vienen cargadas de imaginarios por demás sobreexpandidos.

Quiero recordar a la Orden Tiresias, con sus mutaciones múltiples de sexo y raza. Pero también al perro de Steiner (ya tan famoso como el de Pavlov) y a la proliferación de neópatas.

¿Sabés quién soy?
Todos. Y también más.

Soy tu imaginario.

Y también puedo ser un sapo.

martes, 1 de junio de 2010

Web y Vintage

Por una nueva ergonomía social: los tecnófobos también tienen blogs y escriben mails

El geek se define en su gusto por indiferenciar entre moda y tecnología (perfecto tropos donde una y otra coinciden en la más exacta confusión).

El tecnófobo, por su parte, también se objetiva en el mismo gusto, salvo que prefiere claramente una tecnología filiada a una época anterior. Otro modo de asumir lo vintage.

¿Estos aspectos que pudimos creer confrontados no ponen en escena una disputa apenas encubierta en lo que entendemos por confort? Es algo que tratamos de maquillar, pero la tecnología en todas sus fisonomías (directa o indirectamente) implica a las ideologías del confort. Ideologías que redundan y se consuman, claro está, en propuestas estéticas.
Es la enseñanza de artistas vanguardistas clásicos como Picabia, Raymond Roussel o Duchamp: ahí donde se determina una tecnología, se impone una estética.

Confort: el objetivo final de la tecnología industrial es invisibilizarse. Es lo que sucede con cualquier electrodoméstico: lo naturalizamos de inmediato, se camufla sumándose a las rutinas que le imprimimos. Lo convertimos en un elemento más de nuestro decorado. Sólo vuelve a manifestarse cuando no funciona como nosotros le exigimos. Ya lo sabemos: la tecnología se vuelve visible cuando falla.

Síntoma de nuestro horizonte cultural: tecnófobo no es aquel que no utiliza la tecnología, sino por el contrario aquel que utilizándola (y tan a menudo de modo intenso), la desprecia. Otro modo de estar a la moda.
Durante muchísimo tiempo el cenit de toda tecnología fue la creación de robots. Incluso antes de que el escritor checo Karel Kapek inventara la denominación. El robot, en tanto sirviente, no es más que un constructor de confort.
La peor pesadilla de la tecnología, por lo tanto, no es más que la perversión de ese confort. Todas las versiones de Astroboy, sus fábulas, la exponen: nada más horroroso que un confort para las máquinas.
El mismo terror que Asimov describió en Yo Robot.

Si para McLuhan la tecnología es nuestra continuación, en estas distopías el ser humano, por horrorosa inversión, no deja de ser sólo la extensión de las cada vez más autosuficientes máquinas. ¿Cuál sería entonces la tarea del arte que la de señalar infatigablemente lo extrañas que pueden resultar las máquinas? No estoy refiriéndome a ninguna otra cosa que no sea su desnaturalización: eyectarlas de la invisibilidad cotidiana.

¿Qué otra cosa es el vintage? Pura reutilización. Una estética que por definición se recorta de los modos visuales del presente. Si la estética es una forma de nombrar al tiempo, el vintage implica la puesta en escena de otra lengua. El vintage reinicia un camino que suponíamos clausurado: retoma el relato en el mismo punto en el que nuestro predecesores comenzaron a abandonarlo.

No debería tratarse de nostalgia, sino de la confianza en una estética que aún tiene mucho por decir. En este sentido, los pre-rafaelistas fueron vintage avant-la-lettre.

El esquema vintage no convoca ni a la utopía ni a su revés, la distopía, sino a su prima hermana, la ucronía. Interroga sobre los futuros probables e improbables de una trama que creíamos clausurada para siempre. El vintage desmuseifica convirtiéndolo todo en un museo (allanando las diferencias).

La virtualidad digital (la que hoy reorganiza nuestros imaginarios vintage) se determina, en todos los casos, en un hardware (condición elemental de existencia, al menos en nuestros tiempos anfibios). Hardware que necesariamente propone una ergonomía social (el sitio donde nuestro cuerpo se aloja mientras lo virtual se expande). No puedo más que recordar aquella figura narrada por Michel Tournier en su novela El Rey de los Alisos: el hipnódromo, esto es, la descripción de los cuerpos de los niños mientras duermen.

¿Cuál es tu postura corporal en este mismo momento, mientras leés estas líneas?
¿Qué nuevas posturas experimentamos mientras damos vueltas con nuestro iPad?

Cuantas más horas interactuamos en y con entornos virtuales, más sobredeterminante resultan nuestras posiciones corporales por personales. ¿Cómo se nos verá cuando todo esté de una vez por todas desenchufado?

martes, 25 de mayo de 2010

Cultivando aún más la Divina Paranoia

Tu vida como procrastinauta

Nuestra vida es un índice.
Y digo índice en tanto listado de contenidos de un libro.

Libro peculiar, ya que se trata sólo de una metáfora que se va escribiendo en la inmediatez del tiempo virtual. Paso a explicarme.

Es un buen ejercicio graficar a nuestra vida como un archivo. Un archivo de archivos. Cuanto más avanza la virtualidad digital en nuestra cotidianeidad más elementos generamos (disponemos a voluntad de terceros) para ser estudiados. Nos determinamos en el consumo de información que realizamos y se encuentra a disposición de los demás (el bendito índice).

No abundemos más con lo mismo, con el sobreextendido uso de las redes y su consabida procrastinación. Pasamos horas y horas dando vueltas en la web y lo cierto es que todo queda registrado. Alguien puede leer tu vida con la minuciosidad del que sabe que es lo que hacés hora por hora.

Muchos ustedes conocerán el rigor maniático del escritor Martín Kohan que anota qué hace cada una de las horas de su vida en una agenda: una vida escrita en tiempo real. No es el único: cada uno de nosotros va desplegando que es lo que hace minuto a minuto de su vida cuando ésta transcurre en la web (que no es un tiempo para nada menor). Hablo del registro del memorial.
No tenés más que buscar en el historial de tu navegador (ya sea el Mozilla Forefox, el Google Chrome, el Windows Explorer, el Opera o el que elijas). Es la herramienta que deja cuenta con absoluta precisión de qué es lo que hacés cuando estás en la web.
Hablo de esto.

Y ahora, hoy, con las máquinas móviles, con los iPhone, más aún con el iPad,
Este “estar el la web” se acrecienta de manera notable.

La red es nuestra sombra. Nos sigue, está en nuestra mochila o en nuestro bolsillo adonde quiera que vayamos. Aquello que anunciaron Eva & Franco Mattes en su proyecto Vopos, ya es parte de nuestra cotidianeidad. Y no es que estos artistas italianos sean visionarios, sino que hace tiempo nos advirtieron: “cuando ustedes se den cuenta, el archivo de sus vidas ya estará bien almacenado en disposición de otros.”
¿Tenemos que ponernos paranoicos?
No es esa la clave o no debería serla. Lo que sigo pensando es que tenemos que modelar la paranoia en nuestro favor.

Como hijos y producto de la cultura contemporánea, somos adictos a la información. A todo tipo de información. Y ésta no es otra cosa que uso del tiempo, modelación de conductas sociales.

Hasta no hace mucho, un buen modo de indagar en la sociabilidad y productividad cultural de un individuo era someterlo al test del Hombre bajo la lluvia. Ya no debería ser necesario. Ahora pueden saber cómo somos, en qué nos definimos, con sólo analizar cómo procrastinamos. La procrastinación, por supuesto, es compulsiva. Parte de un deseo continuo de información, de la información como una droga a la que todos somos adictos.

Un deseo pornópata de verlo todo, de entenderlo todo, de enterarnos de todo. De la vida de nuestros amigos y enemigos, de las noticias del mundo, de todo aquello que siempre quisimos saber y antes no sabíamos cómo buscar, dónde buscar.

Digo información y me refiero a toneladas y toneladas de información baja. De información basura, de descarte. Todo eso que no nos interesa recordar, que se desecha en el mismo instante. Es la información, una vez más, trazando una nueva morfología del deseo. Un deseo que es siempre cultural y que la procrastinación no hace más que alimentar y acrecentar.

Pero hay algo que nuestras conductas procrastinantes parecen distraer y es que la virtualidad digital es inscriptiva: genera archivos.
Todo lo que pasa por un software en red queda inscripto en algún lado.

Somos lo que consumimos, la información que consumimos. Es decir, somos también esa información que alguien puede leer. El hábito (porque este archivo es cronológico, se desarrolla en el tiempo, dibuja una agenda que no controlamos, o no controlamos del todo) que nos transforma en información.

Mircea Eliade: En toda sociedad tradicional, cualquier gesto responsable reproducía un modelo mítico, trashumano y, por consecuencia, se desenvolvía en un tiempo sagrado. El trabajo, los oficios, la guerra, el amor, eran sacramentos. Volver a vivir lo que los dioses habían vivido in illio tempore traducíase por una sacralización de la existencia humana que completaba de ese modo la sacralización del cosmos y de la vida. (…) La verdadera “caída del tiempo” comienza con la des-sacralización del trabajo: sólo en las sociedades modernas ocurre que el hombre se siente prisionero de su oficio. Y es porque no puede “matar” su tiempo durante las horas del trabajo – esto es, el momento en que goza de su verdadera identidad social- por lo que se esfuerza en “salir del Tiempo” en sus horas libres; de donde el número vertiginoso de distracciones inventadas por las civilizaciones modernas”.

viernes, 16 de abril de 2010

Mi abuela era cyberpunk

¿Novela en Twitter?
¿Cine para Youtube?

¿Qué es lo que evaluamos cuando nos encontramos con una experiencia como la de Serial Chicken? ¿El estado de la novela o las posibilidades de Twitter? ¿O ambas?

¿Para cuando un movimiento de cineastas que sólo filmen para Youtube? ¿No existe ya? No de programas o seriales, sino de largometrajes.

Exactamente al revés de Benjamin y sus glosadores, el momento que más me atrae de un medio es cuando, inmediatamente después de su irrupción masiva, todo parece desajustado, cuando el fantasma de los formatos pasados descalifica y exige lo que éste no está interesado en proveer. Benjamin, como el divino Luchino Visconti, sabía que la decadencia es elegante cuando se formatea en aristocracia.
La desconfianza y torpeza frente a la tecnología pasa socialmente para muchos como signo de aristocracia cultural.

¿No deberíamos plantearnos por enésima vez qué es lo experimental? ¿Qué papel juega? En realidad la pregunta que más me ronda es otra ¿de qué modo envejece lo experimental?
¿No hay algo conmovedor en un vanguardista entrado en años?
¿Y si complejizáramos una vez más las relaciones no siempre fáciles entre experimentación y vanguardia?
Más aún cuando convenimos en reconocer a las vanguardias (y lo vanguardístico) como un capítulo ¿momentánea, definitivamente? clausurado.

Vivimos de historias y de mitos (por suerte). ¿No seguimos denominando experimental al desacople que se produce entre nuestro modo de percibir (lo que esperamos recibir) y esa zona de prueba que explora las posibilidades postergadas o negadas de de un medio? Nos cuesta aceptar que tantas veces denominamos natural a lo que decodificamos tan velozmente que casi no nos damos cuenta.

Por ejemplo, estos géneros que no tienen todavía nombre, o al menos no un nombre definitivo, posibles gracias al inconmensurable archivo que la web pone a nuestro alcance (chistes idiotas y tan divertidos realizados con imágenes obtenidas de la misma red) son tan viejos y novedosos al mismo tiempo que nadie se atreve a reclamarlos como una estética.

Fernando Castro Florez. “El devenir histórico había limitado las tendencias desmaterializadoras, aunque como consecuencia se anatematizara la pintura y concediera a la contextualización (eso que imprecisamente se denomina "instalación") carta de naturaleza. Pero el desplazamiento hacia el sociologismo, la "retórica política" o los escándalos pactados han hecho que la mercadotecnia
(sea en clave paródica, con vocación desmanteladora o meramente integrada) se neutralice a sí misma. De nuevo se plantea la pregunta por el hic et nunc de la obra de arte, qué tipo de presencia puede tener en la era de la digitalización de la mirada.”

Del mismo modo que el rock inventó alguna vez la No-Wave, más que la Post-Web pregonada por Jaron Zepel Lanier, deberíamos indagarnos sobre la No-Web, la contracara de las estéticas que la web promueve.

Hace ya mucho que me pregunto qué es lo que puede llegar a presentar como distinto o específico el arte realizado especialmente para los metaversos. Ya: las redes sociales imponen su estética, su pobre idea de lo que pueden ser los formatos de las ficciones que desde nuestro presente susurran los futuros inmediatos.

¿Relatos?
Tan elemental y definitivo como que cada uno de nosotros tiene una historia, y nos sabemos protagonistas de un relato constituido y cruzado por cientos y miles de otros relatos, cuando todo relato es una acumulación de sensaciones, dudas, certezas y programáticos olvidos.

Me gusta pensar a cientos de miles de miles de blogs y twitters y videos en Youtube o Vimeo como los disparadores de una monstruosa dinámica que produce la conexión no siempre azarosa entre tantas memorias en tiempo virtual. Si la web es disponibilidad e interconexión, lo cierto es que en ninguna otra época tantas historias estuvieron tan interconectadas e interinfluidas. Jamás antes un libro, una canción, una película, un dibujo, una fotografía se interrelacionaron de tal forma, en tan demoledor ritmo. Y a pesar de que infatigablemente seguimos reflexionando sobre en qué clase de lectores, de observadores, de escritores y de productores de imágenes estamos convirtiéndonos, cada vez experimentamos más el vértigo de estar expuestos y atravesados por millones de historias a una demoledora velocidad.


Estamos hechos de la misma materia de esos relatos.
Ya no leemos ni vemos ni oímos ni escribimos del mismo modo, aunque tengamos la impresión de que todo sigue más o menos como siempre.