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lunes, 3 de octubre de 2011

Criogenización activa


A partir de hoy, el viaje continúa en RFLC Web
Poco que agregar: el Cippodromo (y su consecuencia y complemento, el Cippodromon) fueron un proyecto de escritura para internet motorizado en la idea de hacer visibles los itinerarios de navegación. Cada posteo fue escrito especialmente a partir de los links que constituyeron, en la enorme mayoría de los casos, un requisito previo.
Es un poco inexacto lo que sugiere el título: los contenidos no invernarán, a menos que se trate de un modo tan helado como mutable.
RFLC Web (www.cippoweb.com.ar) es otra cosa, aunque no me queda en claro qué.
Sobre la marcha cambiará, encontrará sus ritmos y sus variables.
Por el momento invento su grado cero.
Al menos para mí, una excelente noticia.

Arrivederci

martes, 31 de mayo de 2011

El ritmo de la información

¿Qué otra cosa es un blog que ritmo?

Ritmo de la información que deseamos nos represente en la web durante un una fracción de tiempo -¿acaso el ritmo no es el modo más puro de interrogar al tiempo?-.

Blog es swing en la información o no es.
No importa si se trata tanto de slow tempo o de data en taquicardia.

Nunca dejo de pensar en ese arco que se sostiene entre estas dos aseveraciones: 1) “Si en el transcurso de la jam no sabés qué tocar, simplemente no toques” (Miles Davis). 2) “Sólo escribo cuando no tengo nada para decir. No es mi memoria la que escribe sino los agujeros, mis olvidos” (Marguerite Duras).

Entendamos: no se trata tanto de qué decir, ni de cómo (estos son aspectos secundarios), sino ante todo cuándo.
La web es presencia: tu huella está ahí. Ya no se trata de memoria –la memoria jamás es tan nítida- sino de pruebas, indicios que persisten en la escena del crimen hasta que lo decidas.

Ya escribí sobre los blogs muertos, sobre el cementerio de blogs que encontramos en cada blogósfera.

Debería también referirme a los blogs suicidados.
¿Uno es blogger o bloguista sólo si bloguea? Por alguna razón equiparo y barajo en un mismo mazo los verbos bloguear y rockear. Sostenemos la energía de un pulso.

Se dice habitualmente “fulano de tal mantiene un blog”, como quien sostiene o preservera con su amante. Seamos cursis: los blogs que nos interesan son actos de amor.
¿Qué tiempos tiene el amor?
Un amor que se mide en posteos. La información nos define.

Durante años mis posteos se sucedieron cada 4, 5, 6 días. Y fueron capítulos, jadeos de información poetizada, tamizada por estilos que antes que nada buscaban el swing. Un swing en nunca menos de 4000 caracteres. Ese tempo colisionó hace casi un año. El julio de 2010.

Tanto se estrelló –se deshizo en estrellas improbables- que el mes pasado, abril, no hubo ni un posteo. Y desde hace mucho –muchísimo en tiempos de la web- los posteos fueron mensuales.

Cuando alguien me dice “casi no uso internet” sospecho que me quiere decir: escapo de ese tiempo del mundo. Porque nada marca más el tiempo del mundo –más aún que su temperatura- que la web.

Las velocidades en que vivimos son dictadas por la web. Claro que nunca deberíamos confundir web con hardware ni software, sino con los usos y abusos que se hacen con ellos.

El término cibercultura habitualmente sólo refiere a un porcentaje mínimo de lo que se hace con internet, casi siempre de quienes se piensan como vanguardia y sólo hablan de mercado (a favor o en contra).

Por suerte la palabra tendencia es insuficiente y los geeks de tan diversos ya ni se reconocen entre ellos.

Si por cibercultura tantos reclaman un glosario de data dura –la reificación tan propia de la industria- ya sabemos, todo es viejo de este lado del espejo: ¿quién te marca el pulso? Deshabituarse a los mandatos del consumo, procurarse otros consumos. Que la cibercultura sea una de las hijas de la contracultura y no del márketing (otra expresión de deseo).

Mi swing –el swing del Cippodromo, anche el del Cippodromon- se han vuelto más y más imprecisos. Un posteo fue durante cuatro años un acto reflejo: una compulsión. Cuando esa compulsión se desistematiza, gana en otro tipo de precisión: no puede saberse cuándo sigue.

Es agradable saber que existen tantos y tantos y tantos blogs excelentes y atrapantes que siempre llegaremos tarde a ellos: leemos sus novedades como las botellas arrojadas por un náufrago. Nos alcanza con saber que ese pulso proseguirá, que hay alguien que lo sostiene, que conoceremos más ritmo.

Y el ritmo de la escritura no lo inventaron los beatniks. Ayer releía a Blaise Pascal. No sólo inventó la pascalina -¿hay algo más parecido a una computadora antes de su creación?- sino que da la impresión de que pensaba escribiendo. Ante todo swing.

La escritura también es música. Me gusta mirar a la gente que teclea y mentirme que está ejecutando un instrumento (musical). Que están poniendo en escena su ritmo (y no me refiero al pulso de tipeo, para nada. La velocidad sólo esconde ansiedad). Por alguna razón prefiero las frases que se arrastran y no quieren concluir.

Bloguear es eso: saber que en algún momento lo intentarás con otra frase.

viernes, 11 de febrero de 2011

Erótica Google

¿Currículum virtuae?

Soy para los demás, y en gran parte, la información que sobre mí se encuentra en la web. Estoy distribuido en unos pocos formatos (textos, imágenes, videos). No tengo el control de esas referencias.

Elijo no tener Facebook: es una declaración de principios. Mi sociabilidad digital se plasma en este blog. En sus protocolos. Que sea Blogger y no Wordpress es parte de mi política.

Blog siempre es blogósfera, del mismo modo en que no concibo un libro sino una biblioteca (digo también hemeroteca). Leo muchos libros al mismo tiempo. Leo muchos blogs simultáneamente. Escribo mucho más manuscribiendo en cuadernos. Sin embargo, en este momento elijo ser el que encontrás en la web.
Aunque sin dudas soy mucho más el que se lee en mis textos impresos.
Sobre todo en los libros.

Soy una colección de datos (tipográficos, visuales).
Otros son canciones o películas.

Artes del deslizamiento (de sentido, de la mirada): nuestra experiencia web se sostiene en elecciones de información (una lista que nos propone Google a partir de la referencia en la que inscribimos la búsqueda). Este blog nace de la cercanía: el listado horizontal que Google nos arroja interconecta de por sí elementos absolutamente diversos.
Lo que sigue es deslizamiento de archivos: me paseo por lo que encontró Google como lo hago por una exhibición de arte. Pieza por pieza.

Si en este blog existe un yo (eso que sostiene la voz de la escritura) es en la observación de esta distribución de información (en esta topología). En los primeros posteos nacía de una experiencia exógena a la web. Desde hace tres años y medio mi experiencia blogger no son otra cosa que procedimientos de lectura ¿qué otra cosa es la lógica web que el recorrido analítico de los listados de búsqueda?

Google más como mapa que como brújula. Google como GPS de información. Antes de Google amaba a Kartoo ¿alguien se acuerda ahora de Kartoo?

Este blog es un formato expandido. Ya: me refiero a lo que hago en este blog. Desde hace tres años y medio sigo este procedimiento: 1) Colecciono links, con información que me parece interesante revisar (referida a las estéticas de la misma web, a los imaginarios de la cultura web –a la que entiendo como una de las ramas de la imaginería pop-, a las artes visuales en tiempos de Google). 2) Escribo un texto que contenga esos links –los textos de este blog tienen la función de distribuir links- 3) Acompaño esta línea con imágenes que casi en todos los casos provienen de internet 4) Abro a diálogo. Aclaro: no acepto trolls porque no los entiendo como diálogo. Puedo alegrarme: en todos estos años casi no fui visitado por ellos. 5) Los posteos tienen una extensión de alrededor de 4000 caracteres.

Información es tiempo. Es navegación y elección. Mi yo-web es tiempo. Tiempo frente a una laptop, tiempo de dar vueltas por la virtualidad. Tiempo que en nada se diferencia a mi percepción del tiempo.

Mi actual escasez de tiempo no proviene de la web. Al revés, mi blog ilustra ese déficit. Si soy –en la web- un Gólem de información digital, ésta poco tiene que ver con mi intimidad no virtual. No estoy agregado a los castings de Cam4.
Hace ya rato que el Cippodromo radiografía esta (mi) ausencia.
No me cansé de internet ni mucho menos.
Menos todavía de escribir (no sabría qué hacer de mi vida si no pudiera escribir).



Este blog no está abandonado. Una expresión amable (a modo de síntoma) sería “momentáneamente ralentizado”. Soy la misma continuidad de información que se exhibe momentáneamente lenta.
Anfibiamente lenta, jamás perezosa
.

Me agotó dejar tantas pistas (concentradas) en la web. Hago trampa: ralentizar es toda una declaración. Una topología que requiere otros lapsos.

Slow Web.
¿Un posteo en una noticia sobre qué?
Abogo por disociar posteo de noticia. El mundo se sostiene en la incesante fábrica de noticias. ¿Noticia para quién? ¿Para qué?

La experiencia de este blog nació en la búsqueda de una erótica Google. De una erótica de la información en la era Google. Una erótica de los listados.

¿Hasta qué punto nuestra libido no imita a Google?

jueves, 12 de noviembre de 2009

Hackear / Jaquear

No cualquier inadaptado, sino un inadaptado estratega.
El inadaptado estratega inadapta su contexto: es el contexto el que funcionará perfectamente, pero de otro modo.

Es la idea: que hackear contextos sea jaquear contextos, obligar a desplazarse a la pieza-rey.

La inadaptación cumple su cometido cuando el contexto nos empuja a percibir de otra forma.
Las zonas (y ecuaciones) de inadaptación siempre fueron implacablemente necesarias para nuestra supervivencia cultural –y no sólo-. El tan mentado desajuste, la interferencia que reabre la órbita de la extrañeza.

Wayne Coyne, de Flaming Lips, contestándole a Austin Scaggs a propósito de Embryonics, en un reportaje reciente: “Siempre recuerdo algo que George Martin dijo sobre el Álbum Blanco de los Beatles: “Hubiese sido un gran disco simple”.

De haber sido un único disco, uno de mis tracks favoritos de toda la historia, “Revolution 9”, no habría quedado. Así que empezamos a grabar mierda rara, y nos gustó tanto que seguimos por ese lado.”
¿Cuántos discos de covers de Revolution 9 hay en el mercado ahora?

Sistema inestable: no un continuo programa de composiciones de Stockhausen, sino una pieza absolutamente experimental en un disco de canciones. Un elemento fuera de contexto. La inadaptación pop es precisamente eso: arena en la vaselina. Sylvére Lotringer dijo alguna vez: “la teoría ya no necesita proyectarse hacia delante para aprehender el fenómeno. Le basta con juntar lo que ya existe. Como decía William Burroughs, paranoia es conocer los hechos”.

Es el lugar del arte en la ecología de los medios.

El arte no debería ser otra cosa: un compendio de modelos de inadaptación sistemática. Cuando pensamos en desacomodamientos no deberíamos pensar en trauma, sino por el contrario, en conocimiento y preservación. Es el desafío de la contemporaneidad. Ya liberados del dogma de la novedad, sólo queda diseñar ucronías ya no proyectivas (residuos del futuro) sino, siguiendo a Lotringer, “juntar -en el sobreextendido presente- lo que ya existe-“. Juntar, es decir conectar, hacer circuito. Jamás yuxtaponer.

La ficción jamás debería ser una reflexión sobre lo real, menos aún su reservorio, sino por el contrario, un incesante sabotaje a los relatos de lo admitido como real, a su ADN. La Máquina Sade. La materia del arte será siempre el trabajo sobre la percepción de una cultura. Cualquier cultura sólo existe a partir de aquello que nos informan nuestros sentidos y justamente ellos son nuestro más preciado botín.

La ficción nos ayuda a adaptarnos de otro modo.

Es el núcleo de una novela pionera como Insaciabilidad, del polaco Stanislaw Ignacy Witkiewicz, de1932 (la historia de las píldoras Murti-Bing, creadas por un filósofo mongol homónimo y que contenían en forma condensada su “concepción del mundo”. Czeslaw Milosz le dedicó un precioso ensayo). Pero también de toda la estética de Gombrowicz, pues ¿qué es la inmadurez sino la consecuente inadaptabilidad a la Forma? La inmadurez es ejercicio continuo, impostergado el elemento de autojaqueo del sistema.

La inadaptación no es la negación de un contexto, sino la suspensión de sus certezas (una puesta en crisis). Hackear. Una violenta transformación de escala para los alcances de nuestros sentidos. Es donde adivinamos el gigantesco conformismo de la inmensa mayoría de los hackers (aunque deberíamos escribir, quizá con más precisión, crackers): se contentan con jaquear (hackear) un sistema, no tu percepción.

Los hábitos de nuestras percepciones son el más sabroso alimento para los artistas más avezados.
Dubuffet y Philip K. Dick siempre lo tuvieron claro.

No se trata de cambiar de horizonte. Sino de sembrarlo de cada vez más perfeccionadas paranoias.

Pascal Quignard: “Así como los perros confrontan los olores presentes con olores remanentes, los hombres confrontan las visiones con los verba. Plutarco refiere que Heráclito de Éfeso decía: “los perros (kynes) gruñen contra lo que no identifican, las almas (psychai) huelen lo invisible (Hades).”

La palabra Hades que usa Heráclito quiere decir en griego lo que no tiene vista (aides), el lugar donde lo visible se apaga, el lugar donde van los mortales después de la muerte, el dios que gobierna su morada”.

Brea: "Nudo gordiano –o territorio de problemas- puesto por la asunción de dificultad de una especulación que, indagando una cuestión primariamente epistemológico-cognitiva (el darse culturalmente condicionado de los modos del ver), toma inmediatamente consciencia de la no neutralidad efectiva de sus propias actuaciones, en cuanto a la propia evolución del campo: en cuanto a los desplazamientos, redefiniciones, reforzamientos o sustituciones de unos códigos por otros que tienen lugar en él. Dicho de otra manera: por cuanto la propia investigación ensayística en el campo de la visualidad cultural toma conciencia de que su actuación participa activamente en el juego de fuerzas –la batalla de los imaginarios culturales- en que interviene. Es un arma efectiva en ese escenario y ha de hacerse críticamente autoconsciente por tanto de que sus propias intervenciones se constituyen como políticamente activas en las evoluciones, transformaciones históricas y desarrollos del registro de la visualidad y los imaginarios circulantes."

Vemos sólo lo que identificamos como visible.
El arte debería enseñarnos a ver aquello que la visibilidad señala como inverificable.

sábado, 31 de octubre de 2009

Trashópolis: Trash Capital

Ok: el trash es la más sobreextendida mutación del camp.
Una sensibilidad industrial. Incluso baja, demasiado baja. Pero ¿por qué no pensar esta sensibilidad como el arquetipo más acabado de la era web?

¿Por qué no aceptar definitivamente nuestra sensibilidad como un producto de consumo más, con sus ideologías y réditos?
Más que kitsch, obsesión infatigable sobre el valor, el trash es una quintaesencia (posiblemente LA quintaesencia) del abuso comunicativo del pop. Una vez más, experimentamos la gravitación del apotegma Burroughs:”Nada es verdad, todo está permitido”.

El 10 de noviembre inauguramos en el Fondo Nacional de las Artes (en Buenos Aires), Versiones de(L) Trash. Y será un tumulto de conexiones. ¿Experiencia trash? Ni más ni menos. Deberíamos decir: otra semántica.

Un camp tan deforme que parece arrojado desde otra galaxia.
Prontísimo, más precisiones.

El trash extiende su dominio en lo virtual porque la comunicación es viral. ¿Qué es una red sino un conjunto de repeticiones, de diferencias imperceptibles?
Cocción, temperatura. El símbolo del trash debería ser un horno de microondas usado.

Sensación trash. ¿Acaso en el arte contemporáneo las estéticas no se adhieren y contagian como spam? ¿Acaso los dominios culturales de nuestros intercambios digitales no acabaron con cualquier pretensión de alegoría?
En tiempos anfibios en los cuales redefinimos los flujos mutuos entre físico y virtual ¿dónde situar al afuera?
Detrás del trash, más trash.


Cultura alta o baja no son más que variables de tiempo: ya lo sabía Sun Tzu. Heterodoxia y ortodoxia no son más que un juego de máscaras que se intercambian vertiginosamente.
Releo “El procedimiento silencioso”, de Virilio. ¿No sigue exagerando con su “herencia del terror”? Como si la Historia del Arte fuera un museo de caricias.
Trash, insistamos, no es sinónimo de falta de sutileza.
No es ninguna novedad que el horror siempre nos preexiste.
El Siglo XX no es más que otro eslabón en una extensa cadena de montaje de sentidos.

El soporte habla siempre, dice. Pero en diálogo: dime con quién dialogas.
Si cada vez más las audiencias son el contenido y las multitudes un preciado talismán (y una gramática potencial) ¿por qué abdicar del trash?



¿Acaso el nuevo tribalismo auscultado por Maffesoli no es una dimensión trash? ¿Los romances Facebook no son, a su modo y como las amistades Facebook, romances trash?

Si, ya. En su primer borrador conceptual, el trash señalaba un soporte. Ya no: es, antes que nada, un modo de interconexión. ¿Acaso no es el orden perceptivo el que se adelanta en un giro inesperado, desordenando el orden de nuestras sensaciones?
El trash es tóxico y global. Tóxico porque enfatiza nuestro hardware. Global por ubicuidad: mirá a tu alrededor.
La economía más desarrollada: el tiempo es la mayor industria del trash.
El dominio absoluto de la mercancía.
Las tradiciones son trash ¿cómo entender sino a Midnight Soul Serenade?
La moda es trash: somos frankensteins de tela.
El diseño evoluciona tanto que nada resulta menos elaborado.

El trash es el único espejo que no miente”, escuché decir alguna vez. Ya no se trata de descontextualizar objetos, sino al revés: de descontextualizarnos nosotros.


¿Para qué sirven los espejos si no es para mirarnos?
Si el trash es una sensibilidad, entonces se instala como otro aprendizaje. Los clásicos paisajes de Ballard dejaron de resultar exóticos o interiores.
Ya son postales turísticas.
Ezra Pound hoy trabajaría con contingentes de extranjeros.

El trash, como la teoría, siempre es molesto: instaura (o quiere imponer) otra versión. Desacomodar un sentido. Es el instinto de excepcionabilidad que hace ya diez años intentaba acercarle Jordi Sierra en Mundo Bulldog: horrible, sí, pero con ese toque especial.
¿O qué es el coleccionismo sino consumo súper especializado?


¿No deberíamos de una vez, y a modo de ejercicio trash, reescribir el tan citado ensayo de Sontag y examinar las distancias de la caída?
Lamentablemente, ese texto no es más que una advertencia arqueologizada.

No es difícil asumirlo: todo error (hasta el más insoportable) tiene su encanto.

sábado, 17 de octubre de 2009

Placer Oral

La visualidad lo devora todo.
Contrariamente a lo pronosticado por McLuhan en su Galaxia Gutenberg, el fin del Homo Typographicus no procede por la declinación –o disminución de poderío- de la visualidad (hipótesis que, desde un ángulo por demás diferente, comparte Martin Jay) sino precisamente al revés: por la emergencia del Homo (Mega)Visualis.

Tanto es así, que la virtualidad (y fenómenos que derivan culturalmente de ella como el simulacroBaudrillard dixit-) no son sino epifenómenos provenientes de distintas metáforas de lo visual (la visualidad, como todo, se define en sus usos).
Pero aclaremos: si Godard fue de los más enfáticos defensores de la tesis que pregona la magna supervivencia de la escritura frente al avance de las potencias visuales (“vivimos en un mundo cada vez más escrito” ¿acaso no se nos va la vida escribiendo mails y leyendo de estas pantallas? ¿Qué son Twitter y Facebook sino residuos de tantas escrituras?), sin dudas es porque la escritura cada vez tiene más conflictos con la oralidad y menos con la visualidad.

Brion Gysin, tanto tiempo después, sigue dando en el blanco. Invitemos a esta paráfrasis: “si la literatura sobrevive es como fenómeno derivado de lo visual.

¿Acaso lo que llamamos arte sonoro no funciona hace rato como uno de los derivados de las artes visuales? ¿No sucede lo mismo con las mejores performances?
La sabiduría de William Burroughs de hecho comparte este punto de origen.
(Sobre este punto –así como las influencias de las prácticas del escritor en el arte argentino- avanzaré en las inminentes Jornadas Burroughs organizadas por Caja Negra Editora).

Si Martin Jay (Downcast Eyes, o bien Ojos Abatidos, en la traducción de Francisco López Martín) necesitó explorar –más bien construir- la historia de una sistemática desconfianza que la progresiva sobreextensión de lo visual generó (al punto de llegar a identificarla con la evolución de los modos más influyentes de la teoría contemporánea), es porque el Homo (Mega)Visualis se impone brutalmente a cualquier otra posibilidad de administración de nuestros sentidos y percepciones.
Somos un producto más de la visualidad.

Si disentimos con Guy Debord y sus herederos es porque creemos que esto no es esencialmente malo (ni necesariamente bueno, aclarémoslo). La visualidad omnipresente no es (simplemente) un virus letal del capitalismo especular. Lo más interesante de las teorías marxistas del último siglo sin duda anticipan la misma dirección.

En otro orden, el (moderado) anarquismo de la cultura web resulta, antes que nada, otro fenómeno visual, simplemente porque la sociedad en la que vivimos se dinamiza en economías de altísima visualidad. Los tan promocionados como necesarios estudios visuales lo explotan: si las artes visuales sólo se apoyan en los derroteros que la Historia del Arte propone, entonces su presente resultaría tan inofensivo como una reunión de señoras old school jugando al bridge).

Ya lo enunciamos: lo virtual es otra de las dimensiones de lo físico (vayamos más allá y digamos: más exactamente, se trata de otra de las políticas de lo físico).

Tal cual: lo virtual es una de las reservas de lo físico, una de sus potencias más preciadas (su potens de renovación).

Es cierto (y seamos enfáticos en esto) que el faraónico reinado de lo visual (y su aliada incondicional, la cada vez más seductora tecnología digital) nos priva de (o al menos posterga) las posibilidades del gusto, tacto y el olfato.

(El porno jamás será como el sexo: soy de los que creen que el ojo no tiene –no siempre- la última palabra).

Si mal no recuerdo, hoy es el día de lanzamiento de Embryonics, la última obra de Flaming Lips (que desde hace rato puede bajarse de la red). Si el rock sigue existiendo, no es porque desde siempre canibaliza lo visual –cubierta de discos, puestas en escena y videos como síntomas sucesivos- sino porque la visualidad necesita imperiosamente de sonidos y contagios de experiencias que no se reduzcan a su reino.


"Oralidad secundaria que tejen y organizan las gramáticas tecnoperceptivas de la visualidad electrónica: televisión, computadoras y videos. Se trata de una visualidad que ha entrado a formar parte de la visualidad cultural, a la vez entorno tecnológico y nuevo imaginario "capaz de hablar culturalmente -y no sólo de manipular técnicamente- de abrir nuevos espacios y tiempos a una nueva era de lo sensible". Las nuevas generaciones saben leer, pero su lectura se haya reconfigurada por la pluralidad de textos y escrituras que hoy circulan, de ahí que la complicidad entre oralidad y visualidad no remita al analfabetismo sino a la persistencia de estratos profundos de la memoria y de la mentalidad colectiva "sacados a la superficie por las bruscas alteraciones del tejido tradicional que la propia aceleración modernizadora comporta". (Humberto Cubides C. y María Cristina Laverde Toscano citando a G. Marramao).

Como reza el slogan de la muestra de Eduardo Tomás Basualdo en Ruth Benzacar: “Vivirás mientras no te conozcas”.
Los cazadores nunca dudaron que los centauros son más apetitosos cuando abandonan los sueños.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Disponibles para todo abuso

¡Defacing!
Otra vez la extraña sensación de que nada es definitivo.
Ni siquiera lo que pensábamos de nosotros mismos.

¿Propiedad cultural? ¿acaso no son siempre los demás quienes nos definen?
Ok. Pero ¿cómo nos especifican? ¿De qué modo?
Los protocolos digitales (o más específicamente su vulnerabilidad, su provisoriedad) subrayan lo evidente: el lenguaje nos convierte en quienes somos pero ¿de qué modo?

En un blog, en otro blog y en otro se multiplican los enunciados, técnicas, aproximaciones y manifiestos fragmentarios sobre el defacing. Delimitémoslo de otro modo: nos referimos a la apropiación ilegal de un significante para imprimirle un giro de sentido: un lifting subrepticio en un cuerpo ajeno.

Es un detalle, claro. ¿Pero acaso no son los detalles los más peligrosos?

Si existe una novedad en el defacing no radica en la naturaleza del gesto (¿cuántos carteles de la vía pública no están intervenidos? ¿no son acaso grandes pizarras para ejercer por superposición y adulteración la opinión pública y el cansancio?) sino en el carácter de la intervención: alguien se está entrometiendo en tu intimidad.

Conocemos bien el gesto de los hermanos Chapman al intervenir las 13 pinturas de Hitler. Pero en ningún momento ingresaron en un museo o en la casa de un coleccionista y pusieron manos a la obra. Ni siquiera Duchamp lo hizo con su famosa Gioconda bigotuda. ¿Por qué? porque aquello que determina al arte no es la técnica ni siquiera el modo, sino el tipo de circulación. El arte es un diálogo que exige determinados protocolos (a muchos le sigue resultando paradójico que no exista arte por fuera de la institución arte).

El defacing violenta lo privado. ¿Lo cuestiona? Rara vez.
¿Cuestiona una artista como Luciana Lamothe cuando pone en practica sus pequeños y refinados atentados? También es cierto que su juego no es sobre el sentido, sino sobre la materialidad. Una vez más el gesto deviene arte cuando la institución lo adopta.

El defacing por concepto resulta invariablemente para-institucional. Y termina cerrándose sobre sí mismo: se diluye cuando intentamos desplazarlo del universo digital. Esto es: nos dice más sobre nuestra relación con las plataformas de software que sobre una semiótica cultural.

Digámoslo así: no es nada distinto a otra reelaboración sobre las condiciones de vulnerabilidad de un programa. No inventa nada, no propone ningún cambio, no se determina en algo que pueda entenderse como una toma de opinión contundente. Por el contrario: sigue presentándose como un parásito que se alimenta de las imprevisiones de un soporte.

Por esto mismo algo falla en los elementos teóricos que sostienen la propuesta del Proyecto Defacing del artista cubano Pablo González Trejo. Los espectadores-interventores no actúan como hackers. Por el contrario: son invitados a manipular el material (se trata de retratos open source, que una vez intervenidos no recuperan –como si sucede con los soportes digitales- su condición original).

Ahora bien: ¿no son infinitamente más interesantes las elucubraciones de las fanfictions? ¿No cautivan tanto más por tratarse de un acto asertivo, esto es, a favor, sin ironía ni cinismo, que por otra parte puede llegar tanto más lejos en su reconfiguración semántica?
La vulnerabilidad puede ser (muy) sexy: narraciones disponibles para todo abuso (amoroso).

Quienes practican el defacing dejan demasiado en claro su prejuicio burgués: están demasiado atentos a la propiedad. Definitivamente, parecen sentirse fuera de algo.

Quienes se manifiestan por las fanfictions por el contrario se creen tan parte (tan definidos) por su objeto de deseo e identidad que hacen uso y abuso de sus elementos como si nada pudiera separarlos de ellos.
Su vandalismo es amoroso. Dan al otro lo mejor de sí, no sus prejuicios.

¿No aprendimos que pueden llegar a ser mucho más demoledoras las críticas a favor?

En la confección de una narrativa fanfiction (las infinitas nuevas versiones que realizan los fans de su objeto de culto) la cantidad de matices y recursos que pueden desplegarse son infinitamente más potentes que en la acción repentista y fugaz del defacing.
¿O acaso lo que más nos atrae del arte es su capacidad de expandirse tanto más allá de una crítica a las posibilidades de un soporte?

martes, 8 de septiembre de 2009

Digital Flâneur

Estamos hechos de tiempo. Y el tiempo pasa” pronosticó el poeta.
Ok, pero ¿cómo pasa? La subjetividad es tiempo: nada más claro.

El tiempo del flâneur no es el del workaholic. Ni siquiera tenemos que explicar las razones: las que están en juego son las políticas de nuestras máquinas perceptivas.
Démosle otras vueltas al dixit de Octavio Paz.

Transitamos el Siglo XXI. Pasamos gran parte de nuestra vida frente a pantallas, interactuando en contextos virtuales (digitales). ¿Fue definitivamente el flâneur quien nos abrió de una vez y para siempre las puertas del infierno?
Hagamos otra pausa ¿la procrastinación es nuestro infierno?

A fines de los sesentas (1968, más específicamente), Monte Ávila publicó la versión en castellano de Storia del Fantasticare, de Ellemire Zolla, con el título de Historia de la Imaginación viciosa. El año no es casual, menos aún inocente: las revueltas francesas de mayo insistían en fusionar poder e imaginación. Esto es, parafraseando a William Carlos Williams: “imaginación sí, pero en las cosas. Ya nunca más en el limbo privado de las mentes, sino en la acción inmediata”.

Cuando las vanguardias históricas se proponían cambiar el mundo (fusionar vida y arte), no hablaban de otra cosa.

Es más, cuando Debord y sus muchachos situacionistas se proponían recuperar el atentado cultural para volver a arrojarlo a las calles y a las teorías de acción, arrancándolo (secuestrándolo) definitivamente de los museos, tampoco se referían a otra cosa.
Zolla advertía en el fantaseo básicamente pérdida de tiempo, evasión, colonización, alienación: pérdida de la realidad. Vicio.

Pero al fin de cuentas ¿no son exactamente los mismos síntomas que podemos advertir en los Paraísos Artificiales celebrados por Baudelaire? Y exagerando un poco (aunque tampoco tanto) ¿Timothy Leary no buscaba finalmente borrar las fronteras entre los paraísos e infiernos de la mente (de los sentidos “colocados”) y lo que entendemos como real, inmediato, en tanto convención social? ¿Acaso psicodelia y cyberdelia no constituían, en su hipótesis, sino dos caras de un mismo fenómeno?

Si Jack Nicholson ya hace mucho adoctrinaba que “la realidad es ese efecto extraño que comienza cuando se acaba el alcohol”, bien podríamos aggiornarlo (expandirlo) y decir: “animate a percibir el tiempo de otro modo y estarás definitivamente en otro sitio”.

Volvamos a Paul Virilio, otra vez: “Antes no había más que el espacio actual. No se podía actuar más que sobre el espacio real, el espacio del acto; y por supuesto, la virtualización del sueño, de la pintura, de la música, etc. Hoy en día, al lado del espacio actual, tenemos el naciente espacio virtual, el lugar de la acción por medio de la teleacción, la telesexualidad, la teleoperación a distancia, el teleolfato, la telesensación, el teletacto, la televista. (…)Así todos los sentidos se transfieren a distancia. Como resultado, junto al espacio actual, que era el lugar de la historia, ahora tenemos el espacio virtual y ambos son interdependientes. Estamos ante una realidad en estéreo. Como los graves y los agudos que dan una sensación de profundidad y relieve”.

El tiempo de la virtualidad no necesariamente sincroniza con el tiempo físico. Quienes estudian la procrastinación y sus efectos lo saben perfectamente. Pero observemos un poco más de cerca: existen estilos de procrastinación del mismo modo en que existían (y quizá existen) estilos y políticas diferenciales en los flâneurs.

Cualquier ciberactivista sabe que, en la ecología de la información, la procrastinación deviene en fabuloso botín y si ese es su objetivo, antes que nada se trata de entender (analizar) los estilos procrastinantes. Como sucede con la cultura trash, lo que antes era desecho, hace rato es materia de disputa. Lo antes tóxico deviene poder.

Y ahí persiste la grieta anfibia, entre los tiempos virtuales y físicos.

El mundo propio no está solamente afuera, está también adentro. (…) El habitante se vuelve el hábitat de la técnica. Es fagocitado. Y esto es la exclusión. Una persona equipada como un territorio no es más que un habitante, se transforma en hábitat”. (Virilio, una vez más).

El quid es: no existe real sin virtual. No existe virtual sin el tiempo desigual de los imaginarios en pugna.
Si el mundo advierte un reencantamiento (otro lapso tribal, digamos con Maffesoli), sin dudas es porque una nueva especie de flâneurs intervienen el tiempo tal como nos conocemos.

Y el tiempo pasa, sí. Pero de otro modo.

viernes, 14 de agosto de 2009

Pornografía 3.0

¿Hasta qué punto la retórica del porno depende de su soporte?
Quiero decir ¿el soporte puede ser invariablemente neutro o existe ese punto –y de hecho, cuál punto- en el que comienza a ser percibido pornográficamente?

¿La pornografía puede proveer de metáforas “más allá del porno” a la web?

Y si fuera así ¿de qué modo el activismo político-cultural puede transformarse en una práctica web experimental y provocativa? ¿De qué forma una biología de combate, absolutamente reideologizada puede redireccionar lo que entendemos por porno?

(Salvedad: ¿existe alguna definición biológica que no sea ideológica? Releamos a Anne Fausto-Sterling).
Una vez más, el post-porno va por el quantum, es decir, actúa sobre el soporte y sus consecuencias.



Ayer mismo la agencia EFE anunciaba que, según un informe elaborado por Symantec, luego de la página de Youtube (primer puesto), la de Google (segundo puesto) y la de Facebook (tercero puesto), por delante y detrás del portal de MySpace (quinto puesto) las dos palabras más tipeadas por menores de edad en la red son sex y porn. Datos que fueron obtenidos luego de estudiar más de tres millones y medio de búsquedas (entre febrero de 2008 y julio pasado) del programa de seguridad Online Family Norton, en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Irlanda, Australia, Nueva Zelanda, India y Sudáfrica.

Webs que alojan y ponen a disposición videos de todo tipo, buscadores, redes sociales y… pornografía. Así se conforma la masividad en internet.

La pornografía, consumo hipermasivo si los hay, sigue presentándose como materia peligrosa. Sus ritos lo son. Las reflexiones y acercamientos a los que invita también. Si una tradición de masa crítica fue modelando e infiltrándose en su transcurso, esa tradición vuelve a ser atacada (un libro reciente, como La Ceremonia del Porno va en esta dirección).

Pornófilos y pornófobos vuelven a ser reconsiderados, en una época en la que la pornografía parece, más que nunca, materia de prosumidores (volveremos sobre esto).

Hace un año y medio atrás, la infatigable Beatriz Preciado, célebre autora del Manifiesto Contra-sexual y Testo Yonqui, discípula de Derrida y Agnès Heller, en un artículo muy citado en la blogósfera titulado Farmacopornografía, concluía:

“La industria pornográfica es hoy el gran motor impulsor de la economía informática: existen más de un millón y medio de webs adultas accesibles desde cualquier punto del planeta. De los 16.000 millones de dólares anuales de beneficios de la industria del sexo, una buena parte proviene de los portales porno de Internet. Cada día, 350 nuevos portales porno abren sus puertas virtuales a un número exponencialmente creciente de usuarios.

Si es cierto que los portales porno siguen estando en su mayoría bajo el dominio de multinacionales (Playboy, Hotvideo, Dorcel, Hustler, etcétera), el mercado emergente del porno en Internet surge de los portales amateurs.”

Economía y conexiones proliferantes. Webcams y más y más videojuegos porno. Porno en ascii y pornostars en twitter, de Virginie Despentes como bestseller ¿Cómo visualizar mejor la tremenda avalancha de prosumidores del porno? Hace tanto tiempo atrás Baudrillard se preguntaba: “Si la pornografía significara el fin de lo sexual como tal, a partir del momento en que lo sexual, bajo la forma de lo obsceno, lo ha invadido todo?”
¿Lo obsceno bajo la forma del deseo?

El feminismo punk sabe que el deseo puede ser entendido como un formateo más. Que el porno puede pensarse como una audiencia gigantesca (la más extendida que conozcamos).

Nada recuerda más al histórico “hazlo tu mismo” del punk hora cero.

“Como mujeres nuestro papel en la pornografía ha estado siempre delante de cámara. Pero ahora queremos estar detrás. Y delante también. Queremos hacer porno. Y no sólo eso: queremos subvertir la imagen de nuestra sexualidad que ha sido construida por la industria pornográfica. Queremos crear material pornográfico que subvierta el machismo presente en el género. Explorar nuestros deseos. Las sexualidades se multiplican, la teoría queer entra en nuestras camas. Como mujeres nuestro deseo ha sido excluido, nuestra sexualidad vulgarizada.” (GWLP: Girls wholikeporno).

De la teoría a la acción. Del claustro a la red.
Del público especializado a cualquiera que haga click tras las dos temáticas más buscadas (las del cuarto y sexto puesto).

El pornoactivismo ya no avanza sólo en la perversión de los contenidos (pervertir al porno) sino a apoderarse del soporte. El pornoactivismo es activismo de prosumidores: la era de la pornosofía señala un horizonte.

Preciado, nuevamente: “La industria del sexo no es únicamente el mercado más rentable de Internet, sino que es el modelo de rentabilidad máxima del mercado cibernético en su conjunto (sólo comparable a la especulación financiera): inversión mínima, venta directa del producto en tiempo real, de forma única, produciendo la satisfacción inmediata del consumidor en y a través de la visita al portal.

Cualquier otro portal de Internet se modela y se organiza de acuerdo con esta lógica masturbatoria de consumo pornográfico. Si los analistas comerciales que dirigen Google o Ebay siguen con atención las fluctuaciones del mercado ciberporno, es porque saben que la industria de la pornografía provee un modelo económico de la evolución del mercado cibernético en su conjunto.”

Para cerrar este posteo. Escribí antes Pornosofía. Vemos que dice Franco Volpi: "Aunque el fenómeno sea tan viejo como el mundo, sobre la pornografía aún no se ha reflexionado lo suficiente.Los antiguos contaban que la había inventado el pintor Parrasio, contemporáneo de Sócrates: enamorado de la prostituta Teodota, la pintó desnuda ganándose el apelativo de primer pornógrafo, es decir, literalmente, «pintor de prostituta». Entre los más famosos aficionados a la pornografía pasó a la historia el emperador Tiberio: en su casa, refiere Suetonio, había hecho colocar pinturas lascivas de Parrasio para reavivar su «lujuria deficiente».
En realidad, según algunos historiadores que inspiran su investigación sobre la sensualidad en Michel Foucault, la pornografía es una invención típicamente moderna. Se trata de un hecho social que aparece en la civilización occidental hacia finales del siglo XVIII y que, como tal, no tiene equivalente en el mundo antiguo."

La puerta está más abierta que nunca.
La historia de la pornografía y sus alcances es hoy, más que nunca, un sobrextendido palimpsesto.

domingo, 9 de agosto de 2009

Cultura pop del Siglo XXI

Etnología digital del Alterpop

Hans Belting tiene absolutamente razón cuando sugiere postergar las pesadas líneas de la Historia del Arte en favor de la antropología.

Al fin de cuentas estamos hablando de arte contemporáneo y no de arte moderno. Necesito ir más allá y agregar: se trata de construir una antropología pop, no académica.

Escribí: antropología pop y no antropología del pop. Un relato que escape de la sucesividad, de la línea cronológica (esa es otra tarea, jamás rectora). ¿Adónde nos lleva la historia en su fuga permanente hacia el pasado?
Los imaginarios que exploramos con la antropología, como la memoria, son presente contínuo.

Busco en Google: quiero encontrar rastros. Primero encuentro este posteo (sí, un blog suspendido de título insuperable (“antropoplogía”) de apenas 12 posteos.

Propone una antropología del diseño. Lo que busco es otra cosa: es una etnografía digital. Porque si algo define a nuestro tiempo social de manera fulminante es la hiperpresencia de la web y sus imaginarios. Ahora ¿cómo atraviesan estos a la biosfera cultural?

Encuentro otro sitio. + Pop. Se trata de una empresa de comunicaciones estratégicas venezolana. Me detengo en dos autodefiniciones:

Creemos que nuestro valor es aceptar la cultura pop como fuente de conocimiento”. “Creemos que la lógica digital es la metáfora que da sentido al pensamiento y la acción contemporáneo y por venir”.

Cara y ceca (propuesta bifronte) de lo mismo: la lógica digital deviene pop. No porque haya sido concebida necesariamente desde el pop, sino porque la cultura pop de los últimos treinta años se la ha apropiado.

Lo mismo que sucede con lo mejor del arte contemporáneo. Una interminable metonimia antropológica: el pop aprende del las prácticas contemporáneas de arte y éstas remixan pop infatigablemente.
Indispensable proponer una parada en este posteo del Cippodromon. Por favor, hagan click acá.

Sigo con + Pop. En sus conversaciones encuentro dos links claves: primero recuerdo que prometí a ADN de La Nación una nota que jamás escribí sobre el Manifiesto Altermodernista que Nicolas Bourriaud escribió como articulación para su propuesta curatorial.

¿Otra modernidad? ¿El fin de la posmodernidad?
Si bien no de sus usos y manipulaciones, la cultura pop siempre se mantuvo equidistante de las pretensiones modernas y posmodernas. Tiene su lógica propia. Es otro canal. Otra operación.

¿Alterpop? Ya sabemos, el pop es un campo de batalla como cualquier otro. Es lo que estratégicamente entendieron programas tan diversos en lo ideológico como los de Wu Ming y Maurice Dantec. Pero seguimos necesitando delinear un discurso, una “frecuencia de relato”.

Encuentro entonces este otro blog y este posteo sobre etnología digital. Se trata de un reporte de la bitácora Etnovirtual sobre una presentación de Bruce Mason titulada “Del hipermedia a la etnografía digital”. Leemos:

“(…) La investigación que incluye las prácticas digitales de los sujetos investigados, por decirlo de algún modo. Este tipo de etnografías digitales se diferencia de las anteriores en que parte del trabajo etnográfico se desarrolla en la red y se ocupa también de cómo la gente usa este medio para sus propios fines y tareas.

Dentro de este tipo de etnografías cabrían las “típicamente” digitales, como el estudio de una comunidad virtual, de un entorno como Second Life o de las prácticas al rededor de Youtube. Pero también cabrían otras etnografías que tuvieran en cuenta las prácticas online de los sujetos de estudio. Por ejemplo, Si estudiamos el activismo de un colectivo como el mapuche, no podemos obviar cómo integran el uso de Internet en sus estrategias políticas o en la forma de organizarse. Si estudiamos un fenómeno relacionado con la inmigración, no podemos olvidar el papel que juegan las nuevas tecnologías de la comunicación en el mantenimiento de vínculos sociales, etc.”

Cultura Web, el área en formación del Centro Cultural Rojas en la que estoy trabajando también implica la reelaboración de una etnografía digital, en este caso centrado en cómo los imaginarios de la web (esa historia cultural del ciberespacio) interpelan y redefinen prácticas artísticas.

Ninguna otra cosa es Metaversia: un ejercicio anfibio en un contexto progresivamente alterpop.

"Arte, cultura, juego y activismo: año tras año, los mundos digitales se expanden, complejizan y reinventan ¿cómo intervenirlos? ¿de qué modo reutilizarlos, convirtiéndolos en una fabulosa plataforma de experimentación?". El Alterpop no es más que otro viaje exploratorio de la etnografía digital del Siglo XXI.