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viernes, 18 de junio de 2010

Porno Ficción

¿A qué se debe el éxito –continuado y por demás heterogéneo- de las versiones porno de célebres personajes de ficción? ¿Por qué son tan populares?

En todo tipo de estilos: desde Blancanieves a Los Picapiedras, de Futurama a Tintín, de Las Tortugas Ninjas a Plaza Sésamo y los Pitufos, la lista resulta interminable.

¿Es que el porno funciona en estos casos como un subgénero de la parodia? ¿Al revés? ¿Es sólo eso? ¿Se trata de otra relación empática con una presencia que deseamos cercana?
¿Se desacraliza así a estas legendarias personalidades o por el contrario se las sitúa en otro estadio de admiración?
Como sea, no decae, sino todo lo contrario: This ain’t Star Trek XXX, la versión porno producida por Hustler, está protagonizada nada menos que por Sasha Grey; por su parte, la productora Vivid viene anunciando toda una serie de versiones porno de sagas de superhéroes.

¿El Hentai es más una consecuencia o un acelerador de lo que hablo?

¿Qué clase de motivación guía a un usuario de Second Life que moldea su avatar como Pikachu o Hulk para sumergirlo de inmediato en una orgía en el continente “adulto” de Zindra? ¿Será una extensión de la voracidad del espectador porno que intuitivamente hurga en su banco de afectos intentando explorarlos de todas las formas posibles, intimando con ellos desde otra fantasía?
¿Es otro modo de entender las fanfictions?
Ya sea de detractores: pocos ejemplos más perversos que los proyectados sobre los Teletubbies.
A nadie sorprende que las versiones porno de Lara Croft hayan acelerado el vertiginoso crecimiento del mercado de los videojuegos porno.

Son demasiados temas en uno.
La virtualidad y la web no hicieron más que multiplicar un viejo síntoma. Me divirtió (y también impresionó) leer, hace ya muchos años, que Burt Ward (el actor que personificaba a Robin en la inolvidable y tan popular versión sixtie de Batman) confesó en su autobiografía (My Life in Tights, algo así como Mi vida en calzas) que junto a Adam West (el Hombre Murciélago para el caso), protagonizaron no pocas correrías sexuales donde sus trajes de superhéroes cumplían un papel para nada menor. Es más: hasta revela cortos XXX filmados en paralelo a la producción de la serie. ¿Batiorgías en la Baticueva? También escuché y leí que existen hoteles temáticos especializados en estos imaginarios.

Se podrá argumentar y con razón el argumento del consumo (vender una vez más la misma historia pero de otro modo), incluso, como veníamos diciendo, de la propagación indiscriminada de los géneros paródicos (de hecho, el porno paródico es una industria en sí).

No debería ser curioso que estas incursiones al sexo de los héroes y heroínas de ficción no necesariamente resultan paródicas.
¿Debería serlo la fetichización de los elementos que conforman un personaje de ficción? Es más. Estas excursiones ¿no nos llevan a repensar cuál es el papel –la función- que estas creaciones de ficción ocupan en nuestras vidas? ¿En nuestra cultura?
Días atrás, recordábamos con Fabián Casas algo que Nabokov comentó en referencia a los personajes creados por Tolstoi: a principios del Siglo XX resultaba habitual que muchos ciudadanos rusos se refirieran a ellos (a Anna Karenina, por ejemplo) como a una persona existente.

Tanto tiempo dedican los medios argentinos a un personaje como Ricardo Fort ¿cuánto hay en él de ficción? ¿cuánto de pornografía velada? ¿No existe acaso un equilibrio tácito entre la construcción mediática de la celebridad y la inmediata mirada pornográfica que se adhiere a ella?
Por supuesto es una exageración, pero cada vez nos asalta más la sensación que cierto tipo de celebridad exaltada por los medios parece fabricada a la medida de su consumo pornográfico. Y la ficción que la constituye resulta clave para que esto suceda.

Dos ejemplos en un mismo blog (en dos posteos de Ciudad Tecnicolor): el porno fascismo y su espectáculo (sobre los escándalos de Silvio Berlusconi en Villa Certosa) y los tres relatos sobre la relación saber-poder-imagen en la modernidad. Todo lo que acabo de escribir no es más que una anotación marginal de estas lecturas.

domingo, 9 de mayo de 2010

Porno Chino

¿Acaso no son cada vez más las parejas que se filman teniendo sexo? (ver).
¿Acaso no son cada vez más las filmaciones de parejas teniendo sexo que circulan por Internet? (ver).

¿Acaso el porno profesional no imita cada vez más en sus estéticas al porno casual, casero? (ver).

¿Acaso no es un fenómeno no tan distante al de los Fotologs y los Flickrs, donde miles y miles de personas nos abren las puertas de su intimidad? Si el erotismo prometía y se fundaba en un secreto, el porno todo lo habilita.
¿Acaso no crece la oferta de webcams sexuales? (ver).
¿Acaso no se multiplican las oportunidades de portales como CAM4, donde lo no sexual –otras intimidades- exigen un espectador porno? (ver).

Si el porno se define como la posibilidad de ver sexo, es el mismo sujeto porno (quien observa) el que sigue ampliando su apetito.

Todo comienza a verse con ojos –porno. Porque los ojos (nuestros ojos) siguen metabolizando la mediación de la imagen. ¿Acaso pronto no pueden ser masivos los lentes de contacto con realidad aumentada?
La realidad como otro videogame, entre otros. (ver).

Porno de prosumisión. (ver). Porno realizado por productores-consumidores. Si una noticia sobre el porno recorrió los blogs y portales web en estas últimas semanas esta fue los pedidos de los productores y estrellas de “películas para adultos” que, mediante Youtube y otros portales, pedían a quienes quisieran escucharlos que compren porno.
Trabajamos para usted. Queremos excitarlo y divertirlo”. (ver).

Vean este video. Y este. Lean sus reclamos. (ver).

Mientras tanto, las palabras siguen desplazándose: Confucio estaba en lo cierto. Nunca más escindidos los regímenes de visualidad y los de enunciado.

Vivimos el triunfo absoluto de la visualidad: la promesa de verlo todo nos invade. Prácticas como el Found Footage lo aprovechan: las filmaciones de cámaras de seguridad suelen ser un material fabuloso para reconstruir narraciones ahí donde nadie se atrevía a buscarlas. (ver).

La visualidad-junk se recotiza. ¿Acaso no hago nada distinto a proponer ver, ver, ver y seguir viendo?

Si el sexo era la posibilidad de reutilizar todos los sentidos, de perderse en caricias, olores, gustos, hace rato que hasta los sonidos parecen un epifenómeno de lo visual. La visualidad lo domina todo (aunque, con Martin Jay, advirtamos que cada vez se desconfía más en ella; pero esto, también lo sabemos, es transitorio).
¿Acaso el sexo virtual no es el triunfo total de la visualidad? (ver).

La imagen se disocia más y más del resto de los sentidos. Nos hace creer que los reemplaza. Que puede reordenarlos, enseñarnos el mundo (nuestro entorno) sin más que un desdibujado papel del resto.

Maffesoli insiste: la modernidad no ha podido refrenar lo indomable, lo brutal de nuestros más atávicos instintos. (ver). El sexo virtual (las experiencias en una plataforma digital 3D, en un mundo de software) lo reducen todo a un espectador que se quiere protagonista.
Es que ya no existe protagonista que no sea un espectador privilegiado.

Espectador, no necesariamente lector.
No se trata de la evolución de la Galaxia Gutenberg.
¿Acaso existe algo más privado que la lectura?

Mientras que exista representación, mientras podamos advertirla, el reinado de la imagen no será absoluto. El concepto de representación nos recuerda que existe algo más. Que existe algo representado.
Que no se nos valora sólo en tanto imágenes.
Quizá nuestra tarea (nuestro desafío) sea ayudar a nuestros otros sentidos a dar más batalla. (ver.)

Proclamar que todo no puede ser visto. Que el espectador-porno tiene sus limitaciones. Que clausura más y más posibilidades.
Porno sigue siendo, también, ver lo que ya sabíamos que íbamos a ver.
El porno fascina y seduce precisamente por y en su previsibilidad (el kamasutra agotó su catálogo).
Los vanguardistas clásicos clamaron por el erotismo por sobre la pornografía.
Cuando el erotismo no es sino una de las variables del secreto.

Reinventar la privacidad (ya que no existe nada más estratégico que la intimidad). Reinventar sus significados, usos y consecuencias.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Ultra porno

Lo que pone en juego el porno es la condición moral de la visualidad.
Y cuando digo moral esto implica un nivel de resguardo ¿qué es lo que debe preservarse de las miradas?

No un secreto –el sexo plantea interrogantes, no secretos- , sino un peculiar status de espectador.
Esto es lo que viene modificándose indefectiblemente.

Para Tokonoma 14 escribí un breve ensayo que tematiza en parte aspectos de la película Princess, del director danés Anders Morgenthaler. El slogan de tapa resulta contundente “una película contra la pornificación de la sociedad”. Esta mutación es la que cuenta.
La pornificación necesariamente alude a una parte oscura. “Aquello que no deberíamos ver” y se reconoce en sus múltiples orígenes. Una snuff movie es a su modo una película que participa de esta pornificación, aunque el sexo no sea su eje. Cuando De Quincey imaginó una sociedad o club dedicado a entender el asesinato en su razón estética, sabía que su ejecución seguiría reservando su ritual privadísimo. Cuestión de iniciados.






La pornificación implica accesibilidad, disponibilidad. Pero también alude (y es el caso de la película de animación de Morgenthaler) a una patología de de la voluntad. No hablamos de Sasha Grey y su estetización existencialista del porno, que comparte con su contracara, la militancia post-porno, un reformateo del género en el que todos hacen lo que desean estar haciendo (otro tanto podríamos decir de Cam 4). La pornificación también subraya la condición de aquellos que no pueden elegir. La monstruosa estetización del crimen (la pornografía infantil, sin ir más lejos).

En muchas librerías de saldo de Buenos Aires pueden encontrar las memorias de una de las pornostar más célebres de los últimos 20 años: Jenna Jameson (Como hacer el amor igual que una estrella porno). Volumen de 520 páginas en el cual uno de sus mayores atractivos es la narración del merodeo constante por sitios realmente peligrosos (el charme de la ilegalidad). Coescritas con Neil Strauss sus memorias no aburren, ya que en todo momento exploran minuciosamente (exponiéndolo ante nuestras narices) el morbo seminal que lleva a millones de hombres y mujeres a consumir porno.

¿Son únicamente los cuerpos teniendo sexo aquellos que convocan o implica también a un estado inconsciente de lo social donde se incrementa el sempiterno placer de forzar las reglas?

Gaspar Noé conoce perfectamente este atractivo, tanto como lo conocieron los biógrafos de Nerón o Caligula. Otro tanto podríamos decir de Lars Von Trier. Cuando en el segundo lustro de los treinta, George Bataille volvió insostenible su deseo de un sacrificio humano en el seno de su Colegio de Sociología Sagrada (colegio que, como la historia nos enseña, tanto tenía de sociedad secreta) éste nada tenía de espectáculo público por más que muchos encuentren el génesis de ese deseo en la visión en directo de la muerte del torero Manuel Granero en plena corrida.

Sin embargo, el show sí está muy presente en la circulación por Internet de las fotos de torturas a los presos de la cárcel de Abú Ghraib en Irak sobre la que reflexionó Susan Sontag en un ya célebre ensayo. ¿Acaso en ellas no actúa también otro aspecto del inconsciente óptico que Rosalind Krauss advirtió en buena parte de las vanguardias históricas?

En su momento no faltaron quienes definieron a una serie como Baywatch como porno soft (en la línea de una histórica publicación como Playboy). Lo mismo podrán decir otros hoy de los populares bailes del caño de un programa de Marcelo Tinelli.

Los fans especulan con la aparición de videos como aquel de Pamela Anderson con su entonces marido Tommy Lee de Motley Crue. De hecho, hace no mucho tiempo atrás, después de la difusión de los tan mentados videos de Wanda Nara y Chachi Tedesco, Internet no dejó de hacer circular videos atribuidos a modelos y vedettes que no eran otra cosa que fragmentos de películas porno especulando con el parecido de ciertas fisonomías.

No me refiero a esta expansión del porno sino a un síntoma mucho más peligroso: la naturalización del mismo horror que Cronenberg ficcionalizó en un clásico como Videodrome.

Baudrillard: "¿De dónde proceden entonces la fascinación de tales imágenes? Evidentemente, no de la seducción (que es un desafío a esta pornografía, a esta objetividad inútil de las cosas). Ni siquiera las miramos, a decir verdad. Para que exista mirada, es preciso que un objeto se vele y se desvele, desaparezca a cada instante; por ello la mirada manifiesta una especie de oscilación. Por el contrario, estas imágenes no están tomadas en un juego de emergencia y de desaparición. El cuerpo ya está allí sin la chispa de una ausencia posible, en el estado de radical desilusión que es el de la pura presencia. En una imagen, determinadas partes son visibles y otras no, las visibles hacen invisibles a las otras, se instala un ritmo de la emergencia y del secreto, una línea de flotación de lo imaginario. En cambio aquí, todo resulta de una visibilidad equivalente, todo comparte el mismo espacio sin profundidad."

Si pensamos que el horror es divertido, es que estamos en serios problemas.

sábado, 20 de febrero de 2010

Súper Porno

En el futuro tus deseos serán virtuales” leemos en los minutos iniciales de X1 (al menos de su trailer), presentada como la primera película porno en 3D (sí, sí, aquel viejo sueño de Tinto Brass) que se estrenará oficialmente el 18 de marzo próximo.

¿Virtuales? ¿Qué quiere decir que un deseo es virtual? Por lo menos no parece serlo para el pastor ugandés que proyectó una película porno gay en un oficio religioso a modo de denuncia. “¡Esto es el pecado! ¡Esto es lo que sucederá delante de sus ojos si no se persigue a estos degenerados!” Toda esta semana centenares de blogs replicaron la noticia. Parece que para el pastor con el enunciado no bastaba, no era suficiente: las imágenes funcionaban (en su cabeza) como una prueba, como un documento.

Hasta no hace mucho, el porno era una industria con sus elementos (su orden de producción) perfectamente distribuidos: en los últimos años la ecuación se fue modificando radicalmente. No es que se haya virtualizado (o re-virtualizado), sino que el porno no sucede en el mismo sitio ni del mismo modo. ¿Qué sucede con algo tan central como el casting en una plataforma como CAM 4?

¿Qué sucede con el director? ¡Incluso con la programación! Rebobinemos ¿CAM 4 es porno?
Por lo pronto, disputa a los espectadores-porno. ¿O acaso el motor del porno no radica en el deseo de los espectadores?

Por otra parte ¿qué sucede con el tiempo? Las imágenes del porno siempre funcionaban en un relato pretérito (una serie de escenas de sexo ya filmadas). Pero CAM 4 es ¡en tiempo real! Espectador y espectado experimentan un mismo momento ¿en lugares distintos?

Veamos. Existen análisis (fuimos recolectando varios el los últimos días) que afirman que Second Life se transformó definitivamente por su megaoferta sexual. La gran red social 3D se transformó, para muchos, en el gran juego de sexo virtual. Leemos:

“La industria del porno fue, precisamente, parte de la causa del progresivo deterioro del proyecto. En un mundo virtual donde se podía montar un espectáculo abiertamente explícito casi en plena calle y dónde las ofertas de dudosa catadura convivían con las serias, las empresas preocupadas por su imagen comenzaron a cerrar sus sedes online. En 2008, Linden cambió de manos y el nuevo presidente de la compañía, Marc Kingdon, decidió llevar todos los negocios con contenido para adultos a un nuevo continente llamado Zindra, cuyo acceso está prohibido a los menores de 18 años.”

Quizás el pastor ugandés tuviera razón en este sentido: el porno ya no permanece en el mismo sitio ¿o somos nosotros los que ya no pertenecemos del mismo modo a un lugar específico? Me escribe Napoleón B. :

“Cuando tu novia, amante o amiga vive en otro continente, a miles y miles de kilómetros, y sin embargo está a tu lado en el metaverso, cuando tenemos sexo por medio de nuestros avatares mientras nuestros cuerpos se encuentran tan lejos ¿es el deseo el que se virtualiza o solamente el contexto el que ya no nos interpela del mismo modo?”.

Si el espacio público puede ser intervenido pornográficamente por un hacker (cuando, hace muy poco, se produjo en Moscú ese fabuloso atasco debido a la repentina proyección de escenas porno en una pantalla publicitaria no fueron pocos los que hablaron de porno público), también la intimidad hace mucho que está distribuida de otro modo.

Si CAM 4 es una plataforma de canales públicos, en Chile, el ahora célebre Sandro montó su pyme con un equipo casero y en su propio living. Ponelo.cl es un portal de negocios que, como venimos viendo y como tantos otros, afecta radicalmente las estéticas y los alcances de lo que entendemos por porno.

¿Acaso Bruna Surfistinha no se convirtió en un best seller de la era 2.0? Hoy día, entender la cambiante lógica de las redes –no sólo la dinámica de la web, sino más bien los efectos unplugged de esta dinámica- es un objeto cultural capital. Parece increíble, pero aún existen quienes se siguen resistiendo a aceptar que pasamos una increíble cantidad de horas de nuestras vidas interactuando por medio de la web.

¿O acaso que un chef con Anthony Bourdain promocione sus “comidas porno” no es un síntoma de lo que sugiero? El dúo italiano Il Genio lo expresó del modo más directo que conocemos: lo nuestro (lo de todos) no es más que Pop Porno.

viernes, 22 de enero de 2010

Mega Porno

Más porno alien, más porno avatar: la arrasadora película de James Cameron ya tiene su versión XXX en marcha. No hay más que pasearse un poco por la blogósfera: ¡hay quienes ya se lamentan porque no será en 3D!

La productora Hulster a sugerido un título: “This Aint Avatar XXX”. Seguimos observando como crece una tradición trash: el merchandising más extremo y más obvio de las superproducciones de Hollywood es… cine paródico. Aunque bien ¿cuál es la parodia? ¿No deberíamos hablar de mimetismo obsceno?

Sigo creyendo que tanto el porno como el trash (escorzos del mismo objeto) resultan el ejemplo más acabado del estado de las estéticas que definen nuestra época (un tiempo mediado por la web). Abdican de “lo novedoso”, asumen sin pudores su cualidad de producto, funcionan como una representación de la representación (Baudrillard: continuamos rumiando –lo admitamos o no- tus hipótesis sobre la sobreexpansión del simulacro).

Antiguo seguir hablando de la “muerte del autor”. Un concepto que pertenece a otros tiempos.

Hace rato que un autor no es mas que un clon de otro clon de otro clon. La diferencia sólo es una variable de la repetición.
El pornotrash (tautología pura) es viral. Replica, expande. El porno es información (visual, económica, corporal). ¿Quieren estadísticas? No pierdan un segundo más: hagan clic acá. No se pierdan este video. Las encuestas son pura estética: pornografía deificada.

Dije: porno avatar. Sexo software: el erotismo como gadget.
Hoy por hoy: ¿Existe algo más mecánico, robótico, que la representación de sexo avatar? Cuerpos que repiten una acción como si fueran juguetes de cuerda. Al Marqués de Sade sin dudas le divertiría esta culminación digital de los eternos autómatas.

Escuchaba en Second Life, donde proliferan las versiones del planeta Pandora (¡avatares de avatares!): los adictos al sexo del Metaverso buscan y exigen, cada vez más, animaciones de mayor complejidad.

Si el cuerpo se digitaliza ¿cuál es la frontera? ¿Cuál será el verosímil?
¿Cómo afectan los imaginarios de tratamiento digital a nuestras sensaciones?
Hace un siglo atrás, el mandato de la ideología del progreso comenzaba a empujar a las artes visuales en la aventura de la no figuración, de la no representación.
Nuestra época es la pesadilla de Platón: experimentamos la representación a la enésima potencia.
Mega Porno.

Hace cuarenta años, en su célebre Theatrum Philosophicum, Foucault arengaba: “Invertir el platonismo ¿qué filosofía no lo ha intentado? ¿Y si definiésemos, en última instancia, como filosofía cualquier empresa encaminada a invertir el platonismo?

A más de un cuarto de siglo de fallecido el pensador galo, no vivimos en ningún status quo que el enunciado. Imposible arqueologizar algo que se antoje como original. La pornografía y el trash están más allá de la parodia: la absorbieron de tal modo, tanto la estilizaron (en su brutalidad) y la distorsionaron, que nos resulta sumamente dificultoso establecer la diferencia.

¿Cómo acercarnos teóricamente a estas coordenadas?
¿Cómo encarnar la situación? ¿No es finalmente la maquinaria pop la que se pone, una vez más, en juego?

Leemos en el impecable Furia & Clase, de LDF (Luis Diego Fernández):

“Estoy seguro que Gwen Stefani estaba chequeando The Superficial cuando una casta algo insólita (e irregularmente, filosofal) de pornógrafos se dio cita en el mismo lugar en el que se encontraba la diva pop. A saber, sin órdenes particulares: Michael Ninn –pornógrafo fashion-, Bruce La Bruce –pornógrafo gay y punk-, es decir, queercore-, Tanya Hyde –pornógrafa fetish- y Jules Jordan –pornógrafo gonzo, californiano, ass adict-. También, por cierto, otros pornies más cult, como Georges Bataille, Leopold Von Sacher Masoch o hasta el propio divino marqués (de Sade, obvio). Por el corredor lateral, donde desfilan las musas inasibles pero, radicalmente, carnales, aparecían figuras y seres de “poca definición”.

El estilo de LDF atrapa a la perfección el clima de lo que intento describir (brillante la cita a Merovingian y Perséfone; cuestión de gustos, mi imaginación me lleva más al desparpajo de Lady Gaga –sensualidad trash de la nueva década- que a la proliferante Gwen).

En la era web, el porno lo invade todo: en ella (parafraseando a Gombrowicz) no existe pensamiento que no sea porno.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Porno life

Virtualidad, información, identidad

No existe plataforma que no se imponga como una declaración estética: Facebook pone en órbita una estética, lo mismo que Fotolog, Flickr, Blogger, Second Life o incluso Taringa!.

Las estéticas no son sino las formas en que administramos nuestro tiempo y los materiales que les proponemos.

Aclaremos: estéticas de tuneo, de múltiple articulación de tres términos: virtualidad, información e identidad (de hecho el par intimidad / sociabilidad se deduce de las combinatorias iniciales).

Decime de qué forma te componés (te inventás) digitalmente mediante el ars combinatoria de estas tres dimensiones e intentaré adivinar cómo afectan estas estéticas tu vida unplugged.

¿Realmente es más peligroso Facebook que Fotolog? ¿Por qué la gran inflación de crímenes y asesinatos parecen merodear tanto más los usos del primero que las opciones del segundo?

En los últimos años no dejamos de leer y escuchar sobre ese desajuste de información entre virtualidad y mundo físico que tuvo como saldo demasiados hechos horrendos. Y una y otra vez nos asalta el mismo interrogante: ¿qué clase de información es la que está en juego?

¿Qué es lo que estas estéticas de software ponen en escena? ¿El relato –en imágenes, preferencias y mini-historias- de una vida –a medias inmediata, a medias ficcionada por una edición amateur?

Veámoslo de este modo: lo que exhibimos, ante todo, es una mirada, un modo de observar(nos).

¿Qué otra cosa es Flickr, Fotolog o Facebook? Para la gran mayoría de los usuarios, una simple indicación: así queremos que nos vean, que nos miren.

De hecho, lo que nos atrae observar es cómo se miran y como ven a sí mismos los otros. Cómo se sostiene y muta esa mirada a lo largo de un extenso número de días. Una mirada de almanaque, de diario personal en imágenes.

Un blog puede aproximarse a lo mismo con palabras (también Twitter) pero la visualidad sigue triunfando, ampliamente.
El interrogante reina ¿cómo me vas a ver? ¿De qué modo actúa tu percepción sobre mí?

¿Qué ves? ¿qué te dejo ver? ¿qué te permito ver? Lo sabemos: la imagen siempre oculta.

Todo foco es exclusión, elabora un “fuera de cuadro”, se determina a partir de todo lo que dejamos afuera. Pero en todos los casos no es más que narración: relato en imágenes, en una trama dispersa, presuntamente desarticulada pero continua.

Tu frecuencia, tu insistencia, tus dubitaciones, todo puede deducirse paranoicamente de tu perfil digital.

Claro, en todos los casos se trata de percepción pautada por la tecnología (por las estéticas de la tecnología).

Si puedo explicar la forma en que veo / miro, en que narro desde imágenes, ante todo es porque conozco, más no sea intuitivamente, las limitaciones del software que estoy utilizando.


¿Por qué triunfan Fotolog y Flickr? Porque Youtube o los textos de un blog (o los ínfimos de Twitter) exigen otro uso de tiempo.

El trasfondo siempre es porno: deseamos ver más de lo que vemos en el mundo físico.

Siendo como es la virtualidad, una radicalización de nuestro mundo material, intentamos hurgar justo ahí donde la virtualidad eleva la promesa de manifestarlo todo a toda velocidad.

Porque, como resulta evidente, las estéticas deben ser ante todo veloces. Mutantes, vertiginosas. El mundo en estado Twitter (ahora sí): estímulos incesantes en un planeta en el cual la ansiedad y el aburrimiento compiten sin piedad.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Porno 5.0

¿Por qué los pornofans vienen inclinándose más y más por la incesante avalancha videos caseros (con todo el trash que éstas conllevan) que por las esmeradas actuaciones porno profesionales?

¿Es realmente paradójico que la actriz porno Tila Tequila provoque más morbo en sus supuestos videos caseros que en sus actuaciones profesionales?
¿Vivimos en la era Blair Witch Project del porno?
¿La ficción de intimidad puede más que la ficción como política?

Sin embargo, en el que quizá sea ¿el otro extremo? también arrasan (como es tradición) las porno-parodias: Devil´s films ya tiene su magrittiana versión de “This isn’t Twilight – The XXX Parody” (Esto no es Crepúsculo. La parodia XXX), con la pornostar Jenna Haze en el papel de Kristen Stewart. ¿Por qué el porno tiene que traducirlo todo? ¿Por qué busca la complicidad de la parodia?
¿no es desnudar el ridículo erotismo velado de esas películas?

¡Si hasta se parodian parodias porno! Si Kevin Smith es el autor de Zach & Miri make a Porno, el porno argentino contrataca con una versión cordobesa titulada Natatcha y Nino hacen una Porno (con Natacha Jaitt y Nino Dolce). ¿Trompe l’oeil de géneros? Smith parodia al porno, esta nueva reversión porno parodia ¡una parodia del porno!

¿Es parte del gen porno?
¿De una lengua porno que se va infiltrando, como su primo hermano el trash, acá y allá, en tanto jerga mutante?

En otro posteo nos preguntábamos cómo reinventar la obscenidad. Ya sabemos, es la pregunta pop por excelencia. No sólo en las estrategias de provocación de la infatigable Lady Gaga (¡que posó de hermafrodita!) sino de los Rammstein, que por el contrario, decidieron llevar el límite a lo menos sutil y más explícito (sin ir más lejos, su single se titula German Pussy).

Si ellos calzan el uniforme rocker por default (tanto cuero, tanta pose) el síntoma se extiende a sus propuestas porno. Es claro: cada pop tiene su porno: Madonna, Pet Shop Boys y Babasónicos, cada uno con su escuela.

¿Y la sobreabundancia porno no conquista, como nunca, la política en todas sus esferas? Leímos no hace tanto los análisis de Ciudad Tecnicolor sobre el porno-fascismo. Con las nuevas sobre Alessandra Mussolini, nieta del Duce, el juego no hace más que literatizarse.

Sí, sí. El porno está en todas partes. Hasta formatea los móviles. Leemos: “La compañía MiKandi ha lanzado la que publicita como la primer AppStore para móviles exclusivamente destinada al mundo pornográfico.

En principio para Android gracias a su plataforma abierta y no para iPhone, mantenido tan casto y puro -cerrado- como de costumbre, aunque se avanza que también podría llegar a los terminales jailbreakeados.” Una central porno en tu bolsillo.

¡Si hasta los trailers de videogames aceptan abiertamente las estrategias del porno más obvio! Veamos sino la propuesta del juego de carreras Blur, de Bizarre Creations (Gotham Project).

¿El porno vive una nueva etapa?
¿Acaso no vivimos en El Porno en la Era de la Información?
¿Porno intoxicado o infoxicación del porno?

Elemental, Watson: el porno no será jamás decisión unilateral del pornógrafo, de su industria y actrices y actores (y ahora menos que nunca), sino también y por sobre todo lo que obtenemos de la cantidad de efectos colaterales que provoca culturalmente. Con esto digo: si existe una cultura porno –y cada vez más politizada- se debe a las secuelas culturales que estallan muy por fuera de un ghetto de consumo (y producción).
El porno en estado web (incluso por fuera de la web).


Sin ir más lejos la blogósfera, en el vértigo de millones de incontrolables y proliferantes posteos-termómetro, pone en escena recorridos que nos sirven para husmear como nunca antes en “estados de cuestión”, que muchas veces resultan más precisos (y preciosos) que cualquier encuesta (despejado el vicio de unos pocos interrogantes mercadotécnicos para enfrentarnos a los disparadores menos previsibles). No existe mejor muestra que este posteo construido como una proliferación de links a otros posteos.
Porno desde la blogósfera.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Porno Gore

¿La estética sirve al arte o al revés?
El orden de los factores crea cataclismos. Hace veinte años, Baudrillard escribía “en el mundo del arte, no existe dios que reconozca a los suyos”.

¿Es trágico o es gracioso? Recién cuando las utopías se materializan comenzamos a advertir la infección: ya no existe política que no sea viral. Chequeá tu contagio: tus sentidos están hackeados, como todo.
¿Acaso para los medios el mundo no es un fenómeno estético?
¿Una gran escultura social, ecológica?
¿No son los sondeos de nuestro chip Beuys?

Más aún, hace cuarenta años, cuando Adorno publicaba su póstuma Teoría Estética la “evidente falta de evidencia” en todo lo referido al arte, la estética aún era lo que era (Larry Shiner lo desarrolló magistralmente en La invención del arte, bastante después).

Tampoco entonces el pop era lo que pronto fue. El arte sólo le sirvió de vidriera letrada.

Volvamos al Baudrillard de hace dos décadas: “Nada (ni siquiera Dios) desaparece ya por su final o por su muerte, sino por su proliferación, contaminación, saturación y transparencia, extenuación y exterminación, por una epidemia de simulación, transferencia a la existencia secundaria de la simulación. Ya no un modo fatal de desaparición, sino un modo fractal de dispersión” (Después de la orgía) . Una observación que implicaba una distancia. Hace rato que la distinción simulación / no simulación resulta imperceptible.
Nuestros sentidos olvidan progresivamente como advertir esa diferencia.

En las Jornadas Burroughs, Pablo Schanton instó a una nueva linealidad, a un orden clásico como actitud frente desborde.

Nos vendría bien, sin dudas, aunque el contexto avance en la dirección contraria. Precisamente por eso.

No existe información no estetizada. Ahí donde se manifiesta la representación, comienza el hacking. Ante el menor síntoma, los historiadores del arte se comportan como rotarios.
La intoxicación reinventa el pasado mucho más rápido que la historia misma.
No hacemos más que remixar y volver a samplear pasados.
Y ya ni siquiera podemos vivirlo como un exceso.

Ahora bien ¿la infoxicación es algo distinto a un epifenómeno de los sueños de la tecnología?

Es lo bueno del trash: la tecnología no debe postrarse una y otra vez ante el reino del funcionamiento impecable. No existe nada parecido a un buen funcionamiento por fuera del orden –de las coacciones- de lo enunciado. Ni más ni menos: la estética sublima a la tecnología, propone un corrosivo deseo –un interminable festín- con sus fallas. ¿Acaso las ideologías del hi y low tech no son estéticas de uso?
El trash ni siquiera devela. Simplemente acepta que no todo debe ser traducido.
O que todo ya posee su traducción.
Como en el porno.

El porno invariablemente sucede en otro lado. Ni más ni menos: su núcleo será siempre representacional. Pero por sobre todo previsible: el porno no es más que una variable de si mismo en la que el deseo queda cautivo. Gira sobre un repertorio cerrado de morfologías del cuerpo. Nada distinto a la quintaesencia del reino de la normas: la codificación elevada a la tautología.
Maravillas porno: ¿qué sucede con el porno gore?
Hablamos de límites del porno, en los cuales el cuerpo aparece por demás trasheado. ¿De qué rango de efectos estamos hablando? ¿Qué proliferación?
Quizá estemos ingresando en la era definitiva del porno mutante, que todo tiene para expandirse.

Sí, sí. Pienso en Tokio Gore Police.
No dejen de hacer clic en el link. Y acá también.

Frederic Jameson: “lo visual es esencialmente pornográfico.”
Sería muy fácil y hasta útil desarrollar una tabla de Pornoléiev (suerte de Mendeléiev del porno): matemática pura, incluso más que una pieza de Bach.

Álvaro García: “El objetivo de la pornografía es mostrar la sexualidad en todos sus detalles y variaciones. Esto, sin embargo, concluye en una desexualización de lo sexual. Así como cualquier cosa (como por ejemplo en los absurdos del humor sexual) puede adquirir un doble sentido y sexualizarse debido a un contexto o referente al cual se alude implícitamente, el sexo en sí mismo al ser representado pierde la condición metafórica del doble sentido y pasa de ser un significado a ser un mero significante. Esta reducción se condice con su estado verificable.”

Regresemos a uno de los puntos claves de aquella charla en las Jornadas Burroughs. Propongamos por un momento un elemental esquema de sinécdoque porno gore.

¿Cuál sería la historia de nuestro deseo?

jueves, 22 de octubre de 2009

Porno 4.0

¡Reinventar la obscenidad!
Una tautología, claro. Pero ardua, demasiado ardua. La tarea, ya lo sabemos, no presenta ninguna facilidad. El porno, su aliado durante décadas (¿siglos?) se retrae cada vez más de la escena: a medida que se expande, se exhibe más y más limpio.

La digitalidad reformatea sus normas de higiene. Es claro: vivimos en tiempos de porno progresivamente menos obsceno.

¿Acaso The Game, o Virtual Hottie 2, por citar apenas unos pocos softwares de inspiración porno, no son tan asépticos como una clase de biología?

¿El porno en la era del Photoshop no tiene demasiado de un clásico como Et on tuera tous les affreux (Que se mueran los feos”) de Boris Vian? Recordemos: una exhibición de anatomía tan diseñada que consigue que los feos, por simple diferencia, se transformen en los ejemplares más sexys del universo.

¿Acaso Megan Fox (absolutamente ubicua en estos días: ayer conté cinco tapas de revistas con su imagen en un kiosco) no es una suerte de Simone, la belleza programable craneada por Andrew Niccol en la película protagonizada por Al Pacino y Rachel Roberts?
No se pierdan este video sobre sus “agentes de post-producción” (Megan Fox como un inventario de efectos especiales).

¡Hasta las imperfecciones son pautas de diseño!
Cuando Diablo Cody escribió su guión para Jennifer’s body (estrenada hace poco entre nosotros como ¡Una diabólica tentación!) lo sabía perfectamente. Esta especulación es la que puede volver interesante la maniobra.

Pues bien: la obscenidad, por definición, incesantemente debe reinventarse (de allí nuestra imputación de tautología: no existe obscenidad que no exhiba constantes síntomas de mutación). Obscenidad, digámoslo de otro modo, no es más que reinventar los modos de suciedad cultural.
Así fue siempre.

¿En qué consistió, históricamente, su suciedad? Quizá sus clásicos aspectos vergonzantes nos proporcionen una pista. O muchas. El pornógrafo y su socio discreto, el consumidor, hablaron siempre en voz baja. ¿Acaso Wikipedia no equipara la biografía de cualquier pornostar a la de las actrices cine que jamás hicieron un desnudo? Tampoco la desnudez es lo que era porque lo vergonzoso, en tanto síntoma cultural, muta vertiginosamente.

¿Desvergüenza o neovergüenza?
Entre los dos términos se perfilan abismos.

Si el porno molesta, si provoca, lo hace en cada vez más reducidos sectores. Digámoslo así: el porno ya no abre ninguna puerta de nuestras zonas oscuras. A menos no el porno que se nos ofrece como primera opción en las listas de cualquier buscador web.
¿La obscenidad se dispara acaso a las zonas más secretas de la industria?

Adhiero a esta hipótesis: la digitalidad, al reformular las posibilidades de lo virtual, alteró definitivamente la matriz de lo que llamábamos porno.
Virtualidad, lo hemos dicho y repetido, no es sino una versión extrema de lo físico (de un modo no tan diferente a la concepción que tenían los artistas concretos de lo abstracto como último refugio de lo figurativo; la comparación no es casual ni banal).

El porno 3.0 se sostiene en el mainstream del porno, esto es, en los clisés de belleza. Lo dije en otro sitio: el porno nos obliga a reconocer la vulgaridad de nuestros deseos. Con los avatares (con los sitios de sexo en los mundos virtuales –pensemos en Zindra de Second Life-) esta proyección se entroniza en su obviedad máxima. El porno es la práctica donde la innovación no resulta efectista.

Es cierto, el post-porno, en tanto respuesta e intervención político-estética, recupera y reelabora zonas que aún pueden resultar molestas, pero ¿a esta altura no lo hace también sobre clisés?
Volveré en otros posteos sobre el tema de la distancia: la virtualidad altera incesantemente la distancia entre los cuerpos. Si esta distancia, atávicamente, servía para sostener diferencias, para remodelarlas, para establecer resistencias, hoy parece un espacio publicitario entre otros.
Sí, sí: la publicidad siempre supo que el porno es una herramienta fabulosa. Pero ahora la ecuación se invirtió por completo: el porno no es más que una profiláctica currícula de operadores comerciales.

Decididamente: seamos tautológicos y reinventemos la obscenidad.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Porno pop

Veamos.
Son tres afirmaciones por demás contundentes: “1) La ópera es un excelente sustituto del Diazepam. Ya era hora de que alguien se decidiera a despertar al público. 2) Toda la cultura es pop. Si no es pop, no es cultura. Y por sobre todo

3) El porno es pop. La ópera es pop. La violencia es pop. Mezclemos.”
Tres contundentes statements que forman parte de un decálogo que se presenta más descriptivo que provocador.

Lo citado (un para nada involuntario silogismo) lo leemos en una nota publicada en la revista Ñ (ver acá) , firmada por David Barba y que originalmente fue publicada en La Vanguardia.
La referencia es clara: Dwight MacDonald. “Ya no hay highbrow, midcult y masscult”. Pero por sobre todo: porno y pop tienden a confundirse, en una época en que “si la cultura no es pop, no es cultura”.
En consecuencia, el público también es pop. Y pornográfico, el modo hegemónico de la mirada.

Así la política es porno (y por sobre todo la biopolítica –imperdibles esta entrada y ésta entrada de Ciudad Tecnicolor).

Sí, tal cual: pop y porno (dos caras de una misma moneda) no son ya objetos, manifestaciones culturales a observar (percibir). Sino que se imbrican en la condición misma de expectación (nuestra percepción es porno-pop).

El porno (pop) es un paradigma de mirada. Una epistemología (una ¿pornosofía?). La condición dominante.

La estética (o lo que se entienda todavía con este nombre) invariablemente retrasa. No es patrón de nada: el porno la devoró por completo. Así “Un ballo in maschera” de Verdi es porno (y pop) en la versión del coreógrafo Johann Kresnika. Deberíamos redefinir lo obsceno: hace rato que no señala lo mismo.
¿Fue Baudrillard un profeta o un estadista?

Cuando Philippe Petit le subrayó la tesis de Gombrowicz (coincidente con la de Dubuffet) “lo cultural corrompe los instintos”, Baudrillard le contestó: “lo cultural depende de una tecnología. No abarca sólo los museos y los ministerios, sino que es un aparato de percepción y una técnica mental”.
¿Qué sería de la tecnología sin los imaginarios que la definen?
Seamos claros: no existe tecnología por fuera de la cultura.
Y no existe cultura en la que los imaginarios no determinen las conductas.

Me levanto temprano y me desayuno con que la noticia más leída en la BBC digital –versión en castellano- es una crónica de la Lección Superior de ‘Patafísica en 4290 segundos que dicté en la biblioteca del Malba el pasado viernes 18 (11 de Absoluto de 137 ep según calendario patafísico).
Esto sucede a las nueve menos diez de la mañana, hora argentina.

Uno de los puntos más interesantes de la reseña de Valeria Perasso son sus links ejemplificativos, también de la BBC (es así, me gusta leer el site de la BBC ¡vaya exquisitez de la tautología!): uno titulado ¿Ventanilla, pasillo o cocodrilo?, que narra esa deliciosa experiencia de tener como compañero de vuelo a un joven cocodrilo; y otro bajo el nombre de “Con mochila pero sin ropa” y da noticia de las discusiones provocadas por el proyecto del director de campamento alemán Heinz Ludwing, confeso nudista, quien quiere establecer un recorrido de 18 km por las montañas de Harz exclusivamente dedicado a los amantes de las caminatas sin ropa.

Se trata de exactamente lo contrario a lo expuesto en el célebre relato de Hans Christian Andersen que tanto fascinó a Freud:

El traje del emperador”. Si en este último todos querían convencerse de estar viendo lo ausente, la base misma del porno-pop se determina en lo opuesto: todos estamos desnudos, por más vestidos que nos encontremos.
El nudismo, de este modo, no es más que otra fashion. La biología como indumentaria.

Sucede también que, mientras leo estas notas, estoy escuchando la banda L’autopsie a revelé que la mort etait due a l’autopsie, experiencia francesa de Anla Courtis con músicos galos. Pero esta vez ya no se trata de una tautología (o no sólo), sino de un Kundalini, un Ouroboros: lo mismo autodevorándose.

Baudrillard: "Pornografía de la imagen en tres o cuatro dimensiones, de la música en tres o cuatro o cuarenta y ocho pistas y aún más, siempre ajustándose a lo real, añadiendo lo real a lo real para lograr la ilusión perfecta (la de la semejanza, la del estereotipo realista), que mata toda ilusión en profundidad. Es el porno, que añade una dimensión a la imagen del sexo, en detrimento de la dimensión del deseo y descalificando toda ilusión seductora. El apogeo de esta desimaginación de la imagen, de estos esfuerzos inútiles para hacer que una imagen deje de serlo, es la imagen de síntesis, la imagen numérica, la realidad virtual."

¿El pop devora al porno en esa espiral interminable en la que el porno devora al pop?
La sinonimia seguramente está en proceso.