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miércoles, 17 de noviembre de 2010

Web Trip

¿The Web is dead? Como toda ecología, la red peligra. No es tanto cuestión de dualismos ni de industrias (otro hardware, otras digitalidades) sino de ideologías: ahí están nuestras cosmovisiones de tránsito.

Como dice Piscitelli, bienvenidos a esta guerra. Como toda Tierra Media, la web necesita de profetas. Chris Anderson (Wired) bien puede ser uno de ellos. De hecho, su creciente popularidad puede ser un síntoma (tómense un rato y lean este reportaje). No voy a comentar la explosiva portada de Wired (que ni siquiera es noticia). Pero sí avanzar en la tautología del título de este posteo: si web es red, web es también tan trip como red.

Qué estemos todos conectados no es necesariamente el paraíso. Que sepamos diseñar nuestro propio manual de viaje y bocetar nuestra personal teoría crítica de navegación quizá tampoco lo sea, pero sin dudas resulta definitivamente más urgente.

La Web es un trip o es más de lo mismo.
Una computadora no debería ser un mueble ni un adorno. Tampoco una corbata ni otro electrodoméstico (una aspiradora de información). Posiblemente sea una mentira o una exageración que Steve Jobs y Woz hayan soñado a las primeras computadoras personales como la droga más demoledora, como la más peligrosa lisergia (la historia cuenta que IBM los rechazó). Sin embargo me entusiasma alimentar ese mito.
Me hace muy bien poder pensarme como una de las tantas fallidas consecuencias de la psicodelia digitalizada.

¿Qué sentido tendrían el Enterprise, el Nautilus, el Mach 5, el Halcón Milenario o el Súper Convertible del Profesor Locovich si su destino fuera exhibirlos en una tarima?

No son monumentos (o al menos no lo son en el sentido tradicional): son proyectiles habitables que nos proponen otra aventura.

El Señor Spock o Han Solo no inventaron sus naves. Rick Hunter no es el creador de los Veritech pero sí quien los llevó más lejos. Un buen piloto reconvierte los usos de su nave. Por ninguna otra razón Duchamp sigue resultándonos tan célebre.

¿Qué tan lejos podés viajar si salir de tu habitación?
Raymond Roussel, gigantesco viajero (¿vieron imágenes de su temprano motorhome?) adscribió al mito de haber recorrido el mundo sin moverse de su camarote (ver al planeta como una sobreextendida sucesión de puertos desde un ojo de buey). Con una laptop o un iPad hace rato que tus viajes pueden elevarse al cubo.

Hoy no propongo otro nonálogo, sino más bien cinco rápidas anotaciones sobre qué sigo entendiendo por viajar en tiempos de web. Voy por los verbos en infinitivo.

1. Resignificar el soporte. Tonta paradoja: lo que nos interesa es la música, no el instrumento. Podés tener tu piano favorito (con el que sentís más empatía) pero lo que más interesa es lo que hacés con él. Que tu fetichismo no te encapsule. La web es parte de tu libido. En el más impecable sentido mcluhaniano, la web es nuestra continuación por otros medios. Como quiso Mara Ballestrini en ¿Paréntesis Gutenberg?, si nuestro cerebro ya es una máquina de remixar, pues entonces ¡remixemos! No te veo sólo en vivo y en directo, sino que te conozco desde la red. Para saber quien sos, te googleo: tu primera carta de presentación es la que veo desde mi laptop.

Con el tiempo sigo completándote desde la web. Si la web es tan intima como cualquier otra prótesis, sería idiota suponer que mi percepción del mundo –y el modo en el que los demás me perciben- no depende de ella.
Imprimile tu estilo.

2. No detenerse, perderse otra vez. No estaciono nada en Facebook. Ni en la decena de portales mas visitados. Al revés, mis apetitos sicalípticos se regodean en las fluctuantes identidades de los blogs, en los jadeos de miles y miles de twitters, en las instantáneas de infinitos flickrs y fotologs. Los gestos pueden repetirse, pueden fatigarnos, pero siempre nos abren a otros y otros que nos dinamitan de placer con sus divinos detalles. Ya sabemos: la diferencia entre un viajero y un turista es que el segundo siempre está pensando volver a su casa. Como Roussel en su primitivo motorhome, prefiero ser mi propio gasterópodo.

3. Wonderland está por todas partes. Y en el lugar menos previsible. Lo más satisfactorio de los atajos son sus defectos medulares: la meta puede presentarse donde menos lo esperabas. Ningún mejor aprendizaje que nuestra intuición de tags.

4. Envejecemos más rápido que los soportes. Es algo que me parece patético muchas ideologías de las ciberculturas. ¡Dale tiempo a la plataforma! Si medimos tanto software y hardware desde nuestra maldita impaciencia o inseguridad de tener algo nuevo que decir cada día, lo seguro es que ya nos estemos privando de fabulosos recursos. Hay que aprender de Keith Richards: seguramente la mejor Telecaster tenga varias décadas de añejamiento. La web nunca nos hace esperar tanto.

5. Erótica de la infoxicación. No voy a redundar porque sí. Te recomiendo estas dos entrevistas a Kevin Kelly (otro Wired) realizadas por Andrés Hax. Ésta es una (click acá) y ésta es otra (click acá).

miércoles, 21 de abril de 2010

Sexy Shuffle

Ya sé, estamos hartos de ready-mades. Así y todo necesito darle una vuelta más a este sobresaturado y ya desleído concepto para acercarme un poco más a un gadget como el iPad, la nueva estrella de Apple.

Olvidémonos del “fuera de contexto” y acerquémonos a la reutilización. Ready made es ante todo reutilizar un objeto de otra forma. No me interesa tanto como perversión del coleccionismo (la posibilidad de hacer de un mercado de pulgas un museo de arte) sino esa habilitada condición de botellero sensible: el gesto de tomar algo y proporcionarle otra lectura. ¿Qué otra cosa es el found footage?

Mientras que la tecnología insiste en producir nuevas plataformas (la renovación del contexto sobre el contenido) el ready made nos empuja a proporcionarle otro valor (un nuevo sentido) a un objeto sin novedad. Este es su principio político. Otro modo de fabricar algo distinto.

Jarvis Cocker: “¿Lo mejor de la década? ¡Shuffle!” (Votación en la última Rolling Stone).

En este punto el ready made se acerca a la remake: vuelve sobre lo mismo pero lo empuja en otra dirección. No se trata de soñar con una nueva puerta, sino en sospechar que la misma puerta puede conducirnos a otra parte.
Es precisamente en este cruce donde la estética debería dejar de ser contemplativa (el dejo teórico de lo estético) para amplificar su función: transformar la perversión del valor en perversión de uso. La estética debería presentársenos como un GPS intervenido, contaminado: mostrarnos el camino por el cual nadie quiere llevarnos.

El libro electrónico, como el iPad, nos invitan a conectarnos con el mismo contenido de otro modo. Más ágil, más práctico (revisemos esta última palabra). El ready made y el found footage nos señalan que en la misma plataforma se encuentra camuflado un nuevo planeta.

Por ninguna otra razón lo que entendemos por ready made nos sirve muy poco. Porque no basta con trasladar un objeto cualquiera a otro ámbito (una sala de exposiciones). Se trata de pervertir su sentido obligándolo a producir otra narrativa.
Las relecturas de un autor como Leónidas Lamborghini son ejemplares en lo que digo.
Against Me! Reiventing Axl Rose.

La tecnología vive de la caducidad de una plataforma. Al fin de cuentas, una de sus figuras centrales son los electrodomésticos. Cuando compramos una laptop sabemos que pronto se transformará en basura. Un botellero, como también un anticuario, sabe que ese plazo es pura fantasía. No hace falta luchar con el plazo de caducidad de una plataforma. Por el contrario, deberíamos investigar más en el estilo Han Solo: no olvidemos que el Halcón Milenario era una nave casi obsoleta.

Nos encantaría que nuestro sentido arduino no se simplifique en el mero hecho de poner en escena un prototipo alternativo. Sino en incentivar el pasadizo ucrónico: todo gadget puede proporcionarnos una narrativa que no coincida para nada con la versión oficial. Abrirnos a otra ficción, sintonizar con el canal de otra dimensión.

Lo que más me gusta de la web, de su dinámica, no es la accesibilidad, ese “tener todo tan a mano”, sino su infinita capacidad de cruce y fuga, su maravillosa metáfora de navegación. El ciberespacio no como una biblioteca o archivo gigantesco con cada cosa en su lugar, sino como una autopista donde una URL no es más que un conector con otra URL con otra URL y así indefinidamente. Creo que con mis ensayos de Contagiosa paranoia machaqué bastante con esta opción.

Es la diferencia básica entre adivinación y desciframiento. Éste último nace de la posibilidad de un destino: todo está previsto de antemano. Caminamos por el laberinto que alguien construyó. La adivinación, sin clausurar esta opción habilita otras: puede que el laberinto jamás haya existido. Si una noche de invierno un viajero. Lo mejor de las brújulas es que pueden enloquecer.

Magritte sabía que una pipa no es una pipa. Uno de los ejes centrales de (500) days of Summer (de Marc Webb) son las posiciones que intercambian los protagonistas: Summer Finn (Zooey Deschanel) no cree en el destino. Tom Henson (Joseph Gordon-Leavitt) quiere sobrepasar el azar.
¿Cuál es tu orden?

El arte sigue inventando procedimientos que no deberían jamás restringirse a las salas de un museo. Los publicitarios lo saben de sobra. Deberíamos ser más astutos que ellos.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Perversión avatar

El disco (quiero decir: el álbum o el single, que mutó de long-play de vinilo a cd y hace tiempo conocemos como archivo digital) ¿es hoy una intervención cultural significativa, en la era del MP3 y las descargas masivas?

¿Lo serán los formatos que popularizó el establecimiento definitivo del libro –novelas, ensayos, tratados, etcs- cuando los digital-books logren su irrefrenable popularidad?
Entendámonos: hablamos de información, sí, pero información sensible. La que pone en jaque nuestros modos de percibir, de entender y de relacionarnos. La que pone entre paréntesis nuestras certezas lógicas. Leí ayer por ahí: si la ciencia intenta aportar certezas, el arte salta sobre ellas, ni siquiera proponiéndose hacerlas zigzaguear.

Tecnología, ya sabemos, es ideología aplicada: si del universo digital hablamos, ningún software es neutro. El contexto (la web) es forma y la forma información aplicada. Intervenida por tradiciones de conocimiento, por metáforas de uso.

¿Cuál será entonces la intervención cultural más efectiva en tiempos de metaversos? Algunos de ustedes conocen mi primera aproximación a una respuesta: sigue siendo inútil (digamos mejor: estéril), a mediano y largo plazo, intentar traducir en todos sus detalles las acciones de nuestros entornos físicos a los cada vez más multiplicados y proliferantes contextos digitales.

En otros sitios conté (más de una vez) la escena que modificó mi estrategia de encarar una curaduría en un metaversos (en un mundo virtual). Invitado a realizar una curaduría en Second Life, progresiva y metódicamente fui aburriéndome de cada una de las alternativas de aquello que, hasta ese momento, se había presentado como práctica artística en Second Life. Incluso las experiencias de mis admirados 0100101110101101.ORG (Eva y Franco Mattes), siendo, de lejos, la oferta artística más interesante (hace dos o tres años atrás, Odyssey –una isla de instalaciones virtuales- un sitio de visita inevitable).

Todo cambió cuando en un sim de Rotterdam me topé con un minotauro (un avatar-minotauro) que me doblaba en altura. Conversando con él me enteré que, quien lo animaba desde el mundo físico era una escribana de Gijón a pronto de jubilarse, que por las noches, luego de concluir su jornada laboral, se transformaba en la mítica figura.
Mi interés se volvió más decisivo cuando me teletransportó a una isla (un portal, uno de esos sitios a los que no es posible acceder sin invitación) donde las orgías de minotauros eran prácticas habituales.

¿Este tipo de experiencias no resultan por demás mucho más intensas y significativas culturalmente –en tiempos de rearticulación anfibia- que cualquier intento de traducción? Ya lo vemos, el concepto cultural del software jamás podría reducirse a una tarea de programadores informáticos. Sin proponérselo, el grupo al que pertenecía esta notaria de Gijón llevaba la apuesta (de sociabilidad, de sensibilidad, incluso estética) mucho más lejos que cualquier otra intervención cultural de la que haya tenido noticia.

Otro tanto podría decir sobre la Orden Tiresías, sobre la que escribí ayer en el Cippodromon.

En esta predisposición (inclinación-limitación) del software (su morfología de uso) existe, ante todo, un elemento que me interesa subrayar, sobre el que necesito reflexionar. Y es el siguiente: nosotros no vemos (no observamos) desde los ojos (digitales) de un avatar (como sucede en los videojuegos de arcade, en esa tradición popularizada por un juego como Doom), sino que observamos a nuestro avatar de la misma forma que en algún momento nos desplazamos con Lara Croft en Tom Rider.

Los metaversos no imitan nuestra percepción (como si lo intenta la realidad virtual) sino que altera esa posibilidad de percepción.

¿No existe una perversión que estamos asumiendo no tan soslayadamente? Cito a Zizek:

“Hay algo extremadamente desagradable y obsceno en esta experiencia de sentir que nuestra mirada es ya la mirada de otro. ¿Por qué? La respuesta lacaniana es que, precisamente, esa coincidencia de las miradas define la posición del perverso. Allí reside, según Lacan, la diferencia entre la mística “femenina” y la “masculina”, entre (digamos) Santa Teresa y Jacob Boehme: la mística masculina consiste, precisamente, en esa superposición de las miradas en virtud de la cual el místico experimenta que su intuición de Dios es al mismo tiempo la visión por medio de la cual Dios se mira a Sí Mismo:

‘confundir este ojo contemplativo con el ojo con el que Dios se mira a sí mismo debe seguramente formar parte del goce perverso. (…) La posición del perverso está determinada, en el núcleo más íntimo, por esa instrumentalización radical de su propia actividad: él no realiza su actividad para su propio placer, sino para el goce del Otro”.

Y Lacan: ""la perversión es una experiencia que permite profundizar lo que puede llamarse en su sentido pleno la pasión humana, es decir eso por lo cual el hombre está abierto a esa división con sigo mismo que estructura lo imaginario, la relación especular.
La relación intersubjetiva que subyace al deseo perverso sólo se sostiene en el anonadamiento ya sea del deseo del otro, ya del sujeto. El otro sujeto se reduce a no ser más que instrumento del primero, que es el único que permanece sujeto como tal, pero reduciéndose él mismo a no ser sino un ídolo ofrecido al deseo del otro. El deseo perverso se apoya en el ideal de un objeto inanimado. Pero no se contenta con su realización pues si sucede en ese momento mismo pierde su objeto, cuando lo alcanza".

Un avatar somos nosotros, pero nos vemos como si estuviéramos por fuera, como si encarnáramos a nuestros propios espectadores.
Esta escisión es el principio de una experiencia que aún estamos comenzando a entender.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Orgasmos mecánicos: Faustrollsteampunk

¿Por qué no la ‘Patafísica como una rama de la ciencia ficción?
O más bien al revés. Sí, sí, mejor al revés.

A ver, digamos ¿los imaginarios del steampunk no son muy, pero muy járrycos? Es cierto, los viajes del padre de Faustroll parecen hundirse en trips más enrarecidos y perversos; sin embargo, en uno y otro caso, tecnología y ciencia parecen procesadas por diferentes filtros de distorsión.
Pero ¿no es demasiado sencillo imaginarnos a Faustroll como un héroe del steampunk?

Volviendo a los géneros y sus inadecuaciones ¿fue realmente tan excepcional que la primera edición en español de Ubú Rey –la de traducción de Juan Esteban Fassio y Enrique Alonso- haya sido publicada en una colección dedicada a la ciencia ficción?

Por si poco fuera ¿no resulta por lo menos sugestivo que una colección de ciencia ficción se llame, ni más ni menos, Minotauro?

Pocas cosas más atractivas que el mal comportamiento de los géneros. Borges –lo hemos repetido hasta el cansancio- propuso a la teología como una rama de la literatura fantástica. ¿Y si la mitología –facilitando la inversión- fuera una propuesta más de los más elaborados imaginarios tecnológicos?
Mito y tecnología: dos palabras que, de tan cercanas, posiblemente reclamen a gritos una tercera: ¿’Patafísica?

Mark Dery (que tanto exploró y sigue buceando en la imaginería de las ciberculturas, tampoco pudo privarse de Jarry. En Velocidad de escape se le coló (¡vaya polizonte!) este epígrafe escalofriante:

En esta era en que el metal y la mecánica son todopoderosos, el hombre, para sobrevivir, debe hacerse más fuerte que la máquina, igual que tuvo que hacerse más fuerte que las bestias.

Ahora bien: no se trata de una lectura directa, sino de una cita (cita de cita). Dery subraya lo que leyó en un catálogo del MoMA, de 1968. El texto (The Machine as Seen at the End of the Mechanical Age) es de K. G. Pontus Hulten, teórico suizo (1924-2006), figura clave en la compleja transición entre el arte moderno y el contemporáneo.

¿De cuántas formas el arte contemporáneo releva las pesadillas tecnológicas que los pioneros del arte moderno pusieron en órbita?
Regresemos apenas unos párrafos: ¿un género como el steampunk intenta reinventar un origen? ¿Un punto de quiebre?

¿Es una ucronía retrospectiva? Esto último entusiasma, y tanto ¿por qué no proyectarlo en las líneas regresivas de una singularísima narración histórica paralela?

¿Acaso cuando Fassio entremezcló máquinas ficcionales y no ficcionales como si obedecieran a una misma y única respuesta (mejor digamos: solución imaginaria) no procedió de un modo bastante próximo al que utilizan, para describir sus contextos, los narradores del steampunk?

¿Sería tan arriesgado afirmar que “la máquina de Lawrence Walstrom, con sus 700 piezas que marchan a la perfección sin cumplir ninguna función productiva definida, la hipotética máquina de calcular que se descompone cuando se la pone en marcha

[así como] la máquina de pintar del Doctor Faustroll, la máquina amatoria de El Supermacho y la célebre máquina de descerebrar, de Ubú” pertenecen a un mismo horizonte de sentido? (lo entrecomillado pertenece, con mínimas variantes, a un emotivo texto de Jorge B. Rivera, compañero de Fassio en tiempos de su fugaz paso por el movimiento madí, esto es, antes de su ingreso al celebrísimo Colegio).


La diferencia, sin embargo, sigue siendo clave: el steampunk, en todos los casos y en tanto género narrativo, se acomoda plácidamente al espacio de ficción ¿y la ‘Patafísica?
¡Benditos problemas! ¡Bienvenidos sean!

Quizá deberíamos (una vez más) parafrasear al Trascendente Sátrapa Duchamp cuando recomendaba “distender las leyes de la física y la química” y ensayar esta vez “también los parámetros de la percepción y los imaginarios –históricos, pero por sobre todo míticos- con los que dialogan”.

¿El steampunk, en un sitio como Argentina, no se presentaría como una versión súper deforme (o mejor: ultra remozada) del positivismo criollo? Sin abdicar, para nada, de cierto romanticismo tardío encumbrado por el decadentismo local. Mezcla de José Ingenieros, Horacio Quiroga, Carlos de Soussens y E. L. Holmberg con Jules Verne y Pierre de Sélènes.

Pronto a cumplirse los primeros 19.141 días del Longevo Instituto de Altos Estudios Patafísicos de uBuenos Aires (¡sólo faltan horas para las maratones de las Jornadas Patafísicas Universales!) ¿qué nuevas máquina de estirpe descerebrante estaremos a punto de alumbrar?

domingo, 9 de agosto de 2009

Cultura pop del Siglo XXI

Etnología digital del Alterpop

Hans Belting tiene absolutamente razón cuando sugiere postergar las pesadas líneas de la Historia del Arte en favor de la antropología.

Al fin de cuentas estamos hablando de arte contemporáneo y no de arte moderno. Necesito ir más allá y agregar: se trata de construir una antropología pop, no académica.

Escribí: antropología pop y no antropología del pop. Un relato que escape de la sucesividad, de la línea cronológica (esa es otra tarea, jamás rectora). ¿Adónde nos lleva la historia en su fuga permanente hacia el pasado?
Los imaginarios que exploramos con la antropología, como la memoria, son presente contínuo.

Busco en Google: quiero encontrar rastros. Primero encuentro este posteo (sí, un blog suspendido de título insuperable (“antropoplogía”) de apenas 12 posteos.

Propone una antropología del diseño. Lo que busco es otra cosa: es una etnografía digital. Porque si algo define a nuestro tiempo social de manera fulminante es la hiperpresencia de la web y sus imaginarios. Ahora ¿cómo atraviesan estos a la biosfera cultural?

Encuentro otro sitio. + Pop. Se trata de una empresa de comunicaciones estratégicas venezolana. Me detengo en dos autodefiniciones:

Creemos que nuestro valor es aceptar la cultura pop como fuente de conocimiento”. “Creemos que la lógica digital es la metáfora que da sentido al pensamiento y la acción contemporáneo y por venir”.

Cara y ceca (propuesta bifronte) de lo mismo: la lógica digital deviene pop. No porque haya sido concebida necesariamente desde el pop, sino porque la cultura pop de los últimos treinta años se la ha apropiado.

Lo mismo que sucede con lo mejor del arte contemporáneo. Una interminable metonimia antropológica: el pop aprende del las prácticas contemporáneas de arte y éstas remixan pop infatigablemente.
Indispensable proponer una parada en este posteo del Cippodromon. Por favor, hagan click acá.

Sigo con + Pop. En sus conversaciones encuentro dos links claves: primero recuerdo que prometí a ADN de La Nación una nota que jamás escribí sobre el Manifiesto Altermodernista que Nicolas Bourriaud escribió como articulación para su propuesta curatorial.

¿Otra modernidad? ¿El fin de la posmodernidad?
Si bien no de sus usos y manipulaciones, la cultura pop siempre se mantuvo equidistante de las pretensiones modernas y posmodernas. Tiene su lógica propia. Es otro canal. Otra operación.

¿Alterpop? Ya sabemos, el pop es un campo de batalla como cualquier otro. Es lo que estratégicamente entendieron programas tan diversos en lo ideológico como los de Wu Ming y Maurice Dantec. Pero seguimos necesitando delinear un discurso, una “frecuencia de relato”.

Encuentro entonces este otro blog y este posteo sobre etnología digital. Se trata de un reporte de la bitácora Etnovirtual sobre una presentación de Bruce Mason titulada “Del hipermedia a la etnografía digital”. Leemos:

“(…) La investigación que incluye las prácticas digitales de los sujetos investigados, por decirlo de algún modo. Este tipo de etnografías digitales se diferencia de las anteriores en que parte del trabajo etnográfico se desarrolla en la red y se ocupa también de cómo la gente usa este medio para sus propios fines y tareas.

Dentro de este tipo de etnografías cabrían las “típicamente” digitales, como el estudio de una comunidad virtual, de un entorno como Second Life o de las prácticas al rededor de Youtube. Pero también cabrían otras etnografías que tuvieran en cuenta las prácticas online de los sujetos de estudio. Por ejemplo, Si estudiamos el activismo de un colectivo como el mapuche, no podemos obviar cómo integran el uso de Internet en sus estrategias políticas o en la forma de organizarse. Si estudiamos un fenómeno relacionado con la inmigración, no podemos olvidar el papel que juegan las nuevas tecnologías de la comunicación en el mantenimiento de vínculos sociales, etc.”

Cultura Web, el área en formación del Centro Cultural Rojas en la que estoy trabajando también implica la reelaboración de una etnografía digital, en este caso centrado en cómo los imaginarios de la web (esa historia cultural del ciberespacio) interpelan y redefinen prácticas artísticas.

Ninguna otra cosa es Metaversia: un ejercicio anfibio en un contexto progresivamente alterpop.

"Arte, cultura, juego y activismo: año tras año, los mundos digitales se expanden, complejizan y reinventan ¿cómo intervenirlos? ¿de qué modo reutilizarlos, convirtiéndolos en una fabulosa plataforma de experimentación?". El Alterpop no es más que otro viaje exploratorio de la etnografía digital del Siglo XXI.

miércoles, 15 de julio de 2009

Gramática del Noise

Abstracción y virtualidad: ¿Qué tan abstracto resulta hoy el cyberespacio? A fines de 1995, con el mito de origen del Net Art fraguado por Vuk Cosic, la ilegibilidad se hizo (nuevamente) presente: bajo la piel electrónica de nuestros programas de interacción masiva se develaba que todo era ruido (visual, incluso mental).

Un mail “leído” por el software incorrecto se convertía inmediatamente en la pérdida de toda certeza (la información como residuo). La virtualidad se definía como una abstracción apenas encubierta. La abstracción como una lectura radical. O mejor: la radicalización extrema de toda lectura.

Net Art: El Net Art no sólo nació dando cuenta de esa fragilidad, sino que la exploró y la multiplicó. Durante un tiempo, experiencias como Jodi.org o absurd.org nos proyectaron en la certeza (y a su vez en la confianza) de la descomposición del código. La abstracción (un nuevo capítulo de la abstracción) como la desarticulación progresiva de los lenguajes que nos conectaban con el mundo.

La desaparición y lo invisible: Winfried Hassler: “¿Cómo asumir las cosas –la sociedad, yo, el arte, la vida misma y la muerte- en este mundo que tiende a la desaparición del signo?”.

Jean Pol: “Si los hilos de la Aldea hoy son invisibles –por satelitales e inalámbricos-, el arte será doblemente invisible y silenciosa en esa red”. Uno y otro citados por Héctor Libertella en El árbol de Saussure. Una utopía.

Semiótica trash: Justo cuando el signo se convierte en puro desecho. El último de los paraísos de la anarquía epistemológica: los usos imaginarios de la información inservible.

Abstracción (1): El triunfo cultural de la abstracción es una consecuencia directa de una crisis generalizada en los sistemas de representación. El arte moderno (sus certezas ópticas, la organización de los sonidos que lo definen, sus construcciones narrativas) se edificó, puso de manifiesto y ahondó en los beneficios de esta crisis. Worringer trazó sus direcciones, Cirlot teorizó su universalidad y consecuencias históricas. Para Kandinsky sólo fue el espíritu detentando otras frecuencias.


Abstracción (2): Para los artistas del movimiento concreto, la abstracción no era sino el grado terminal de la representación, justo ahí donde ésta se comenzaba a suicidarse.

Noise (1): O el arte por la seducción del ruido. Quienes detestan al noise reclaman la urgencia de nuevos sistemas de representación. No es que la experiencia de los sentidos organizó al mundo, sino que la cultura del mundo dogmatizó nuestros sentidos. Dubuffet nos enseñó que la cultura protege restringiendo. El noise es la perfección de la barbarie: el conocimiento de la lengua por la ininteligibilidad. La utopía comunicacional de una lengua perfectamente inentendible.


Abstraer: Su etimología proviene del latín “abstrahere”, derivada de “trahere”, traer, e implica en todos los casos “separar mentalmente”. La fractura se produce justo ahí, donde la división divorcia por completo dos continentes: el hundimiento de la vieja Atlántida de nuestros sentidos.

Realidad, virtualidad y pornografía: Lo real, como la pornografía, rara vez se manifiesta en la abstracción. En Second Life no existen espejos: en ningún mundo virtual (o metaverso) los espejos funcionan: nada reflejan. Sin embargo, los mundos virtuales son el reino de la representación.




Si la pornografía no es más que representación ¿cuáles son sus límites en un metaverso, donde absolutamente todo es representación? ¿Acaso la pornografía no exige que todo sea “visualmente legible”?

Noise (2): Alan Courtis, maestro del noise, realizó todo un disco con una guitarra eléctrica sin cuerdas. Un instrumento descompuesto e inútil proporcionando un paisaje sonoro sin precedentes.


El Art Virus o arte practicado con virus informáticos no debería jamás consumirse (efectivizarse) en el gesto ofensivo (un software alterando otro software) sino, por el contrario, proyectarse en los elementos ya irreversiblemente alterados (como la guitarra sin cuerdas de Courtis).

Instrumento y resultado establecen otro pacto: una distancia en la que se encuentran más a gusto. Una lengua inesperada.

Borde: La abstracción, la virtualidad, el ruido (noise) y la basura (trash) no son sino, como la muerte, los bodes de la experiencia tal cual (aún) la concebimos.


Mona Lisa Overdrive: “En los últimos siete u ocho años han pasado cosas raras ahí afuera, en los circuitos salvajes de la consola… Tronos y dominios… Sí, hay cosas ahí afuera. Fantasmas, voces. ¿Por qué no? Los océanos tenían sirenas y todas esas mierdas y nosotros teníamos un mar de silicio ¿lo entendés?

El cyberespacio no es más que una alucinación confeccionada acorde a lo que todos hemos acordado tener, pero todo el que se conecta sabe, sabe jodidamente bien, que es un universo completo”. (William Gibson, 1998).

sábado, 20 de junio de 2009

De mitologías, conspiradores y fans

La diversificación resulta absolutamente total, cualquier cosa puede ser arte. Pero atención: siempre que cumpla ciertos requisitos. El más importante requisito es su autonomía, garante de su protocolo.

¿Garantes quienes? Las instituciones, claro, que tautológicamente garantizan al artista que a su vez valida sus obras (ciertas prácticas artísticas) y también, en vertiginoso círculo autofágico, a las instituciones.
Todos los ataques que se realizan al arte contemporáneo provienen del mismo prejuicio: espectadores que necesitan (otras) garantías.

“¿Quién me garantiza a mí que esta cosa es arte?” me preguntaban, para nada calmas aunque risueñas, unas señoras frente a una instalación de Octavio Garabello Borús en una edición pasada de ArteBA en la que actué como jurado.

La escena se repitió después (casi idéntica) frente a otra instalación, esta vez de Valeria Maculán. Pero ya no se trataba de señoras, sino estudiantes de arte –así se presentaron- que no llegaban a los treinta años. “El arte hoy es una farsa que inventan los críticos y sus cómplices” me afirmaban. “Esto dicen entenderlo muy pocas personas en una suerte de conspiración”.
No debería sorprendernos que alguien como Baudrillard haya manifestado lo mismo en más de una ocasión. Ya escribí sobre esto, pueden consultarlo acá.

Sigo pensando como entonces, que si la paranoia (que como dice un amigo suele ser sabia) advierte una conspiración ahí donde nos cuesta aceptarla, lo mejor siempre es hacerse cargo y aprovechar el síntoma en propio provecho.Sí, conspiramos ¿y qué?”. Ahora como en ese momento, me parece bueno recordar que conspirar significa, etimológicamente, respirar juntos.
Hay pocas experiencias más gratificantes que reconocer esa sintonía de vida.

La autonomía redunda en especialización y cuando la especialización se alambica –cuando crea sus propios códigos, y más en una materia como es el arte- se vuelve inmediatamente sospechosa. ¡Pues bien, seamos sospechosos!
En lo personal, que mi actividad sea tildada así es básicamente un potente incentivo.

Hace un tiempo, con un criterio realmente idiota, las autoridades de un popular centro cultural de Buenos Aires propusieron una exhibición en la que cualquiera, con sólo presentarse, pudiera exponer su producción. Esto hubiera sido interesante y valiente hace más de cuarenta años atrás, pero ¿en tiempos de web?. Más aún: soy de los que insisten en recomendar efusivamente la lectura de los libros teóricos de Jean Dubuffet, tales como La cultura asfixiante (en una muy querible edición de De la Flor), o El hombre de la calle ante la obra de arte.

Recién decía que el último garante (y más potente) de la institución arte no es más que el artista, que aún goza de su aura.

Quienes teorizamos y ensayamos sobre arte –ni que hablar los que practicamos la curaduría- siempre somos (con salvedad de los historiadores de arte, garantes por antonomasia de la autonomía) los más sospechosos y cuestionados. Íntimamente creo que es una de las intensas razones por la cual me dedico a lo que me dedico. Hace rato que pienso que realizar curadurías –al menos del modo en que quiero realizarlas, posiblemente muy diverso a la de la muchos de mis colegas- y entrometerme en los modos de hacer arte desde la escritura suele ser infinitamente menos cómodo que autodefinirse y ser reconocido como artista. Busco esa posición, la disfruto mucho aunque a veces también la padezco.

Los curadores que me interesan son generadores de contexto, y jamás intermediarios de nada.

Por ninguna otra razón reniego categóricamente del mote “crítico de arte”. Soy simplemente un ensayista interesado en temas culturales y estéticos que se entromete con el arte de las últimas décadas porque admira cierta sensibilidad y sagacidad en las que éste puede manifestarse. Y en tanto tal, soy de los que proponen revisar y hasta fatigar la supuesta autonomía como un bien.

Wu Ming lo señala con contundente claridad en éste texto.

“Si queremos producir una cultura viva tenemos que comprender esta sensibilidad e incentivar intercambios e interacciones. ¿Qué hacer?
Acabamos de ver la primera indicación: cambiar los contextos. Sacar las historias de los libros, transformarlas en cómics, cortometrajes, páginas web, lecturas, conciertos de rock, videojuegos. La paleta del narrador de historias nunca ha tenido tantos colores, ¿por qué tenemos que seguir usando sólo uno?
La segunda indicación no puede ser otra que: crear mundos, como decíamos en el segundo artículo de esta serie.

Henry Jenkins, profesor del MIT y autor de Convergence Culture, sostiene que el comportamiento de un fan es una extraña alquimia entre fascinación y frustración. La mitología griega es tan compleja porque al encanto de las historias principales se unía la frustración por detalles no aclarados, personajes secundarios demasiado sacrificados, ramificaciones posibles pero apenas esbozadas. Pues bien, un mundo nuevo te fascina pero siempre es imperfecto e incompleto, y por tanto genera la sana frustración que empuja a completarlo y a menudo a mejorarlo.

Pongamos por un momento entre paréntesis lo de “narrar historias”.
En todas las prácticas admiro esa posibilidad del “por fuera” y del fan.
Simplemente entender que si el arte sólo se sostiene en bienales, ferias, museos, becas, residencias, activismo político y galerías aburre.
Y que al mismo tiempo y en estos términos, ser imputando de conspirador tiene su gracia.

miércoles, 10 de junio de 2009

Millones de canciones

Me encuentro descansando mi cerebro, sentado en un bar. Simplemente dejo que mis ojos se muevan, sin perseguir nada preciso.

Entonces pienso que todas las personas que aparecen en mi campo visual (son decenas y decenas, a esta hora de la tarde) tienen su soundtrack personal. No el que llevan en su iPod (que seguramente es música casual), sino un top 40 que define su sensibilidad, su memoria y le propone cierta forma a sus vidas.

Si, ya. Las 31 canciones de Nick Hornby (que como buen fan grabé todas juntas en un cd). También Cast K., la obra en la que el artista Fabio Kacero propone, como si de un minucioso colofón se tratase, los créditos de su vida (todas las personas que conoció, en un interminable work in progress). Cada nueva versión de su película posee un soundtrack diferente, esas canciones que ya no se separan de uno.

La sumatoria de todos esos transeúntes conformaría una colosal cacofonía, canciones sobre canciones sobre canciones. Un rompecabezas sonoro como Zaireeka, de Flaming Lips, pero totalmente desacompasado.
No me basta con el espectro de audio de la ciudad. Necesito eso que se sobreimprime, esos acordes que se eligen, que poco tienen de casual.

Nuestra escucha se parece cada vez más a esto. Un interminable y siempre desordenado Rasti en un iPod. El efecto de esa inacabable fragmentación no sólo repercute sobre nuestras neuronas y percepciones, sino sobre nuestra vida toda.
Navegando por la web doy por casualidad con el trailer de este emocionante videojuego, Rock Band: The Beatles (Machinima), que estará disponible este año. Más allá del juego en sí, y efecto indeleble de los Anthology mediante, me pregunto si todavía serán posibles mitologías tan contundentes y universales como la de los cuatro de Liverpool (cada escena un álbum, cada disco un manifiesto cultural). A propósito ¿no es notorio que hayan prolijamente ignorado al Sargento Pimienta?

Por supuesto que la dimensión Machinima conoce y lucra con las radiaciones de estas leyendas (obras maestras) cuyo soporte son los medios masivos, contratando escritores de series como Futurama, los Simpsons, Pinky y Cerebro y Daria. Pero ¿cómo relacionarnos con las partículas cada vez más multiexpandidas de la cultura que nos toca? ¿De qué modo nos conectamos con esas galaxias?

¿Realmente somos capaces de crear intensas mitologías en épocas del Long Tail descripto por Chris Anderson?
Tribus de sub-tribus, de sub-tribus, cada una con su espacio sonoro y su imaginario a cuestas.

Los blogs son como estos peatones que veo por la ventana. Tantos de ellos tienen su música. Paso por Pólvora en Chimangos y escucho a Los Babasónicos y su Vórtice Marxista. En Melpómene Mag, a las Chordettes y su Mr. Sandman, y como sucede que no cerré la pestaña anterior, los audios se superponen. El silencio vuelve con el Diario de un viaje a Misiones, sigue con Violet Robots, continúa con los siempre musicales y visionarios Un Faulduo, prosigue con Instantes de, va más allá con Chicks on comics y ya sabemos, se impone como una dimensión sonora como cualquier otra.

Ya en Artilunio y las canciones regresan, esta vez el cassette nos trae a The Cure, Out of This World.
Excepción hecha con las divinas dibujantes ¿será que las chicas web atesoran más sonidos?

En la intro a la nota central de la última Inrockuptibles, un reportaje de Diz y Delucchi a Thurston Moore, compositor, cantante y guitarrista de Sonic Youth, leemos:

“(…) No hay que tantear demasiado para intuir el dejo de desconfianza de aquel que alguna vez se dijo “fan”, pero hoy acumula cientos de discos en un iPod –por semana- y espeta frases como “siempre hacen lo mismo”, al referirse a lo último de Moore & cía y ese supuesto desinterés por lo “ya conocido”, algo cercano a la necedad que se mete en zonas donde la ignorancia lo abarca todo.

Así, la pregunta obligada: amigos, colegas, damas y caballeros ¿escuchan de verdad los discos?”.

Hace muchos años (muchos), en una de las páginas centrales de la revista Cerdos & Peces, Jorge Di Paola (Dipi) le decía a B.Ode Lescano:

Me parece que el mundo es así. Y que por un esfuerzo de imaginación o tozudez se extraen partes más o menos homogéneas y se las llama una novela, un cuadro…”.

¿Las canciones no son parte de lo más preciado de lo que extraemos del mundo? ¿Cómo nos llegan las canciones? ¿De qué modo?

Volviendo a los Beatles, una de las canciones que más me gustan del White Album es su epílogo, Good Night, simplemente porque tiene tanto de los domingos a la tarde de mi infancia.
Posiblemente sea una estupidez, pero no puedo dejar de emocionarme profundamente cada vez que la escucho.

Como la música de los Banana Split.

sábado, 11 de abril de 2009

Otras depravaciones

¿Facebook y Google empujan los nuevos experimentos de la narrativa?
Comencemos por dar vuelta al interrogante y desdoblarlo: ¿gana algo la narrativa con plataformas como Facebook o Google? O bien ¿qué pierde?

El lenguaje narrativo siempre se define en relación a un soporte (el libro, el celuloide, la oralidad, los formatos televisivos, etc) al punto que el soporte invariablemente implica un test de forma para la narrativa y viceversa.

Me viene ahora a la cabeza cómo el precioso documental Luca, de Rodrigo Espina, construye un eje poderoso a partir de la escucha de casetes que Prodan enviaba a Italia e Inglaterra desde las sierras cordobesas. Esas cintas no sólo se convirtieron en apuntes para una autobiografía dialogada, sino que sugirieron una visualidad específica, un ritmo y, por supuesto una intimidad cómplice.

Del registro del relato oral al video, de la emocionante cadencia de una voz a las miradas sobre los distintos climas de locaciones dispersas por el mundo (Escocia, Londres, Roma, Buenos Aires, Córdoba) la narrativa gana en percepción, en estímulos, en delicadezas.
No se trata sólo del lenguaje cinematográfico, sino de diferentes soportes que como mamushkas se van redimensionando paulatinamente conformando un ecosistema narrativo que a veces se confunde con una arqueología.

Sea esta arqueología un experimento de ficción digital (una obra de interrogación anfibia -¿un documento o sólo una puesta en escena?- como en la intervención de la chica Bree que revisamos acá) o bien una reconstrucción de dispersas pistas que generan una sensación de collage multimedial (qué palabra que detesto).



Si el soporte aporta un modo, si de él deducimos una poética, entonces la comunicación gana. No es este el caso de miles y miles de escritores o aspirantes a serlo que tienen su blog cuando éste jamás reemplazará (para bien o para mal) el irradiante imaginario del libro. No es lo mismo una narrativa diversificada que un libro subido a un blog, haya sido pensado para este medio o no.

En un caso muy publicitado como el de la obra de Hernán Casciari, el giro recién sucede cuando el relato producido para un blog es adaptado en obra teatral para un clásico de la televisión como Antonio Gasalla (Julián Gorodischer lo analiza acá). Es en estas traducciones-adaptaciones posteriores donde la narración encuentra su mayor desafío, tanteando distintos límites.

A veces cansa. Hace casi veinte años Luis Chitarroni me comentaba que The Buenos Aires Affair de nuestro admirado Manuel Puig le parecía un “pretencioso inventario de efectos”. Comparto bastante el juicio, aunque particularmente la novela me atrae por eso mismo ¿No es la misma exageración de pruebas la que la vuelve más anómala y seductora?

Otra cuestión es: blogs como El Cocinero Salvaje o El Conejo de la Suerte de Juan Terranova, Once Sur de Cecilia Pavón o Chicos Índigo de Alejandro Méndez, sólo por citar algunos que leo ¿son literatura? ¿pretenden serlo? ¿Son un nuevo género? Extiendo mi pregunta a Twitter y a las más tradicionales páginas web. Patricio Pron también se lo interroga (¿acaso los blogs no tienen más lectores que los libros?) para enseguida responderse sobre las mitologías del márketing. De la construcción social de un escritor por medio de la red a la afectación digital de sus escrituras.

En noviembre pasado en el marco del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires (Filba), compartí una charla pública sobre e-lit con el escritor ecuatoriano Leonardo Valencia, autor de El libro Flotante de Caytran Dölphin, experiencia en colaboración con el programador y poeta Eduardo Tisselli.

Vale la pena internarse en esta lectura. En este caso la programación es parte de la obra: ya no se trata de escritura montada sobre un software sino de un software especialmente adaptado para este relato.

Insisto en la diferencia. No es lo mismo vehiculizar poemas y relatos en redes sociales que establecer software que modifique las prácticas literarias tal como las conocemos. Edoardo Sanguineti estudió y debatió sobre estos temas hace más de cuarenta años ¿alguien recuerda a los pioneros de la producción de poesía electrónica en la Italia de los sesentas?).

Ante tantos reparos literarios, no está mal pensar la web como el más irresistible de los vicios.