¿The Web is dead? Como toda ecología, la red peligra. No es tanto cuestión de dualismos ni de industrias (otro hardware, otras digitalidades) sino de ideologías: ahí están nuestras cosmovisiones de tránsito.
Como dice Piscitelli, bienvenidos a esta guerra. Como toda Tierra Media, la web necesita de profetas. Chris Anderson (Wired) bien puede ser uno de ellos. De hecho, su creciente popularidad puede ser un síntoma (tómense un rato y lean este reportaje). No voy a comentar la explosiva portada de Wired (que ni siquiera es noticia). Pero sí avanzar en la tautología del título de este posteo: si web es red, web es también tan trip como red.
Qué estemos todos conectados no es necesariamente el paraíso. Que sepamos diseñar nuestro propio manual de viaje y bocetar nuestra personal teoría crítica de navegación quizá tampoco lo sea, pero sin dudas resulta definitivamente más urgente.
La Web es un trip o es más de lo mismo.
Una computadora no debería ser un mueble ni un adorno. Tampoco una corbata ni otro electrodoméstico (una aspiradora de información). Posiblemente sea una mentira o una exageración que Steve Jobs y Woz hayan soñado a las primeras computadoras personales como la droga más demoledora, como la más peligrosa lisergia (la historia cuenta que IBM los rechazó). Sin embargo me entusiasma alimentar ese mito.
Me hace muy bien poder pensarme como una de las tantas fallidas consecuencias de la psicodelia digitalizada.
¿Qué sentido tendrían el Enterprise, el Nautilus, el Mach 5, el Halcón Milenario o el Súper Convertible del Profesor Locovich si su destino fuera exhibirlos en una tarima?
No son monumentos (o al menos no lo son en el sentido tradicional): son proyectiles habitables que nos proponen otra aventura.
El Señor Spock o Han Solo no inventaron sus naves. Rick Hunter no es el creador de los Veritech pero sí quien los llevó más lejos. Un buen piloto reconvierte los usos de su nave. Por ninguna otra razón Duchamp sigue resultándonos tan célebre.
¿Qué tan lejos podés viajar si salir de tu habitación?
Raymond Roussel, gigantesco viajero (¿vieron imágenes de su temprano motorhome?) adscribió al mito de haber recorrido el mundo sin moverse de su camarote (ver al planeta como una sobreextendida sucesión de puertos desde un ojo de buey). Con una laptop o un iPad hace rato que tus viajes pueden elevarse al cubo. 
Hoy no propongo otro nonálogo, sino más bien cinco rápidas anotaciones sobre qué sigo entendiendo por viajar en tiempos de web. Voy por los verbos en infinitivo.
1. Resignificar el soporte. Tonta paradoja: lo que nos interesa es la música, no el instrumento. Podés tener tu piano favorito (con el que sentís más empatía) pero lo que más interesa es lo que hacés con él. Que tu fetichismo no te encapsule. La web es parte de tu libido. En el más impecable sentido mcluhaniano, la web es nuestra continuación por otros medios. Como quiso Mara Ballestrini en ¿Paréntesis Gutenberg?, si nuestro cerebro ya es una máquina de remixar, pues entonces ¡remixemos! No te veo sólo en vivo y en directo, sino que te conozco desde la red. Para saber quien sos, te googleo: tu primera carta de presentación es la que veo desde mi laptop.
Con el tiempo sigo completándote desde la web. Si la web es tan intima como cualquier otra prótesis, sería idiota suponer que mi percepción del mundo –y el modo en el que los demás me perciben- no depende de ella.
Imprimile tu estilo.
2. No detenerse, perderse otra vez. No estaciono nada en Facebook. Ni en la decena de portales mas visitados. Al revés, mis apetitos sicalípticos se regodean en las fluctuantes identidades de los blogs, en los jadeos de miles y miles de twitters, en las instantáneas de infinitos flickrs y fotologs. Los gestos pueden repetirse, pueden fatigarnos, pero siempre nos abren a otros y otros que nos dinamitan de placer con sus divinos detalles. Ya sabemos: la diferencia entre un viajero y un turista es que el segundo siempre está pensando volver a su casa. Como Roussel en su primitivo motorhome, prefiero ser mi propio gasterópodo.
3. Wonderland está por todas partes. Y en el lugar menos previsible. Lo más satisfactorio de los atajos son sus defectos medulares: la meta puede presentarse donde menos lo esperabas. Ningún mejor aprendizaje que nuestra intuición de tags.
4. Envejecemos más rápido que los soportes. Es algo que me parece patético muchas ideologías de las ciberculturas. ¡Dale tiempo a la plataforma! Si medimos tanto software y hardware desde nuestra maldita impaciencia o inseguridad de tener algo nuevo que decir cada día, lo seguro es que ya nos estemos privando de fabulosos recursos. Hay que aprender de Keith Richards: seguramente la mejor Telecaster tenga varias décadas de añejamiento. La web nunca nos hace esperar tanto.
5. Erótica de la infoxicación. No voy a redundar porque sí. Te recomiendo estas dos entrevistas a Kevin Kelly (otro Wired) realizadas por Andrés Hax. Ésta es una (click acá) y ésta es otra (click acá).
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Web Trip
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rafael cippolini
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2:38:00 p. m.
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jueves, 28 de octubre de 2010
La abuela de la tecnología que rige al mundo sigue llamándose ficción
La tecnología existe ante todo para ratificar la ficción
¡La caverna de Platón fue el primer gran reality!
Si me fascinan las tecnologías (especialmente las digitales) es porque las observo desde una perspectiva estética. No es que me interese especialmente el diseño en su seducción visual, sino que me entusiasma seguir rastreando el origen de toda tecnología en una obra de ficción previa.
La tecnología existe para ratificar una ficción. Esa es su función más atractiva.
Generamos tecnología para que una narrativa de ficción transforme su protocolo. Ya vimos Skype a fines de los sesentas. Ya existía en 2001 la Odisea del Espacio. La función de la estética (en tanto gnoseología) es reeducar nuestros sentidos. Lo que llamamos tecnología también debe ser analizado estéticamente.
Lo que llamamos ficción (el concepto de ficción) es un invento moderno. Igual que el concepto de tecnología. No existe mayor epistemólogo que Giambattista Vico. La ficción es la que garantiza una tradición.
Y la sensación de perduración y progreso que guían lo que llamamos Humanidad.
Las catástrofes también suceden antes en la ficción: se las llama distopías.
Fue al comienzo mismo de las vanguardias. No sólo los Futuristas, sino también Picabia y Duchamp comenzaron a retratar máquinas como si fueran obras de arte. Al contrario que sus colegas soviéticos, a los citados europeos no les importaba tanto que sus máquinas no funcionasen. Al fin de cuentas eran pura representación. Las máquinas se volvían menos invisibles que nunca. Se transformaban en puro fetiche, puro deseo.
Warhol deseaba actuar como una máquina. Ser observado como una máquina. ¡Edipo Kraftwerk! El tiempo pasa y nos vamos volviendo cada vez más máquinas. Máquinas sobre el escenario. 
Máquinas observando a máquinas.
Cuando ingresamos a un Metaverso como Second Life sabemos que seremos observados como un diseño, como una pura representación gráfica: como el producto de una máquina.
Alberto Ginastera pidió a Marta Minujín un diseño de puesta para su Bomarzo (ópera inspirada en la novela de Manucho Mujica Láinez). Minujín le presentó una invasión de televisores (televisores en vez de músicos, televisores en vez de público). ¿Televisores en vez de Ginastera? En los estadios, el público casi no ve a los músicos sino a través de enormes pantallas.
Aprendimos a no tenerle miedo a la mediación porque crecimos con la televisión. Si Debord hubiera tenido la suerte de crecer con la televisión hoy utilizaríamos mejor gran parte de nuestras paranoias.
El arte creció con la televisión y al revés también: la tele tomó bastante del arte. Si hubiera tomado más del naciente arte contemporáneo, la televisión sería ahora una experiencia interesante. Por ninguna otra razón, antes de cerrar definitivamente el Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella Romero Brest intentó convertirlo en un estudio de experimentación televisiva.
Esto sucedía en 1969.
Por la misma época que el hombre pisaba la luna.
Y nosotros lo veíamos por televisión.
Y seguimos dudando si esas imágenes eran realmente lunares.
¿A qué llamamos ficción?
A las narrativas fuera de tiempo.
Al fin de cuentas, hablar de lo que sucede en la televisión supone al menos una tercera parte de los contenidos de la sociabilidad contemporánea. 
¿Una pintura no era acaso –desde el renacimiento, al menos- una pantalla? Un cuadro es una pantalla, esto lo supo muy bien Rhod Rothfuss. Las ventanas fueron las primeras pantallas. Bill Gates y Microsoft no se confundieron cuando bautizaron a su bebé.
¿Existiría el Pop sin la tele?
Mejor dicho ¿existiría el pop sin la reformulación de los imaginarios televisivos?
Tom Verlaine nos enseñó que sus iniciales eran la clave de su banda, pioneras del punk si las hay. No es raro que uno de mis grupos predilectos de los últimos años se llame TV on the Radio. Entre unos y otros, Phychic TV, Genesis P. Orridge y el T.O.P.Y.
Nuestra educación sentimental se funda en estos rayos catódicos.
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rafael cippolini
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jueves, 30 de septiembre de 2010
Tecnotribalismo y glamour
“El futuro es aburrido” suele contestar Mark Dery cuando se lo consulta sobre la transformación de su foco de atención (de su interés en torno a las ciberculturas hace quince años a la inmersión en un enciclopedismo de patologías culturales en los últimos tiempos).
Creo que mucho tenemos que aprender de esta respuesta.
Uno. ¿las ciberculturas siguen lucrando –más no sea teóricamente- con el futuro como era tradición? Una vez más la lectura de Maffesoli nos sale al paso: si realmente estamos reconquistando la tribalidad por otros medios ¿de qué futuro estamos hablando?
Dos. Para narrativas como las de Dery y Erik Davis (regresemos a Techgnosis) las ciberculturas se manifestaban como pura alteración de nuestros principios de realidad cultural. Actuaban como una suerte de droga mística (no tan lejos de su reverso: Terence McKenna promulgando que la cultura es nuestro sistema operativo). Este movimiento de quiebre (la tecnología divorciada de la ideología del progreso de la modernidad, entronizada como novísimo misticismo) se convierte en una ecuación que sigue modificándose frente a nuestras narices.
Ni más ni menos: las relaciones entre tecnología y religiosidad (nuevos ritos, viejos mitos) reaparecen una y otra vez, remixadas con otros parámetros.
Tres. La frontera entre lo físico y lo virtual sigue estando mediada por el fantasma de la muerte. En este cruce, los enunciados religiosos se ponen a la orden del día. La virtualidad digital exige mucha energía física (mantener un canal de Twitter demanda muchas horas frente a una pantalla). Y a la vez, la visualidad resultante sigue amplificando el reino de la mediación (las intermodificaciones entre visualidad y virtualidad son uno de los núcleos más duros de nuestra contemporaneidad).
Nuestros avatares no envejecen. ¿Existirá algún tiempo en el que la digitalidad envejezca como un lienzo o como los óleos?
Seguimos siendo nuestro(s) soporte(s).
Cuatro. Envejece el diseño, no la virtualidad. Envejece la visualidad, no los bits. No existe religión que no se alimente de la vulnerabilidad de nuestros cuerpos.
Cinco. Los maquinistas nunca fueron muy bien considerados socialmente. Seguramente por esto crearon sus logias, sus sectas. Era el modo de cultivar un secreto al margen de sus patrones.
Seis. La tecnofobia tampoco es lo que era. Si el tecnófobo no se reconocía por su aversión a lo tecnológico sino, por el contrario, en su elección de una tecnología anterior, hoy este margen resulta cada vez más delgado. Pensemos como lucen los arquetipos-adalides, dentro y fuera de la narrativa de ficción.
Los verdaderos creadores de las ciberculturas –de Richard Stallman a Jaron Zepel Lanier- lookean más cerca de Berger en la película Hair que de Neo en Matrix-. Más acá, pensemos sino en el hacker Plaga de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. ¿Acaso Sillicon Valley no es la capital de la moda contemporánea? Los geeks lo saben mejor que nadie.
Siete. La mejor tecnología reinventa nuestras neurosis. Y lo hace de modo tan fino que rearticula nuestra percepción de realidad sin que lo advirtamos. ¿Cuántas veces leemos la palabra Twitter en las páginas de un diario? Ni más ni menos: Twitter, Facebook o Youtube son palabras que aparecen repetidas en los medios con más frecuencia que tantos tecnicismos de política y economía que hasta hace poco recorrían los enunciados de las noticias.
No es que repentinamente todos amen escribir o filmar(se). Diversamente, nadie quiere dejar de decir presente en la virtualidad.
Ocho. La cultura de la virtualidad digital promovida por internet es por definición ubicua. Está en todos lados. Incluso en tus bolsillos –en tu iPhone, ese ciberespacio adaptado a tus pantalones-. Inscribirte –redes sociales mediante- en la virtualidad alimenta la fantasía de estar siempre presente, aunque muy pocos se enteren. ¿Puede existir hoy por hoy la opinión pública sin la web?
Nueve. El vudú hoy se practica en código fuente. ¿Hasta qué punto modificando tu presencia en la virtualidad no estamos alterando tu integridad en el mundo físico?
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rafael cippolini
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2:51:00 a. m.
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viernes, 18 de junio de 2010
Porno Ficción
¿A qué se debe el éxito –continuado y por demás heterogéneo- de las versiones porno de célebres personajes de ficción? ¿Por qué son tan populares?
En todo tipo de estilos: desde Blancanieves a Los Picapiedras, de Futurama a Tintín, de Las Tortugas Ninjas a Plaza Sésamo y los Pitufos, la lista resulta interminable.
¿Es que el porno funciona en estos casos como un subgénero de la parodia? ¿Al revés? ¿Es sólo eso? ¿Se trata de otra relación empática con una presencia que deseamos cercana?
¿Se desacraliza así a estas legendarias personalidades o por el contrario se las sitúa en otro estadio de admiración?
Como sea, no decae, sino todo lo contrario: This ain’t Star Trek XXX, la versión porno producida por Hustler, está protagonizada nada menos que por Sasha Grey; por su parte, la productora Vivid viene anunciando toda una serie de versiones porno de sagas de superhéroes.
¿El Hentai es más una consecuencia o un acelerador de lo que hablo?
¿Qué clase de motivación guía a un usuario de Second Life que moldea su avatar como Pikachu o Hulk para sumergirlo de inmediato en una orgía en el continente “adulto” de Zindra? ¿Será una extensión de la voracidad del espectador porno que intuitivamente hurga en su banco de afectos intentando explorarlos de todas las formas posibles, intimando con ellos desde otra fantasía?
¿Es otro modo de entender las fanfictions?
Ya sea de detractores: pocos ejemplos más perversos que los proyectados sobre los Teletubbies.
A nadie sorprende que las versiones porno de Lara Croft hayan acelerado el vertiginoso crecimiento del mercado de los videojuegos porno.
Son demasiados temas en uno.
La virtualidad y la web no hicieron más que multiplicar un viejo síntoma. Me divirtió (y también impresionó) leer, hace ya muchos años, que Burt Ward (el actor que personificaba a Robin en la inolvidable y tan popular versión sixtie de Batman) confesó en su autobiografía (My Life in Tights, algo así como Mi vida en calzas) que junto a Adam West (el Hombre Murciélago para el caso), protagonizaron no pocas correrías sexuales donde sus trajes de superhéroes cumplían un papel para nada menor. Es más: hasta revela cortos XXX filmados en paralelo a la producción de la serie. ¿Batiorgías en la Baticueva? También escuché y leí que existen hoteles temáticos especializados en estos imaginarios.
Se podrá argumentar y con razón el argumento del consumo (vender una vez más la misma historia pero de otro modo), incluso, como veníamos diciendo, de la propagación indiscriminada de los géneros paródicos (de hecho, el porno paródico es una industria en sí).
No debería ser curioso que estas incursiones al sexo de los héroes y heroínas de ficción no necesariamente resultan paródicas.
¿Debería serlo la fetichización de los elementos que conforman un personaje de ficción? Es más. Estas excursiones ¿no nos llevan a repensar cuál es el papel –la función- que estas creaciones de ficción ocupan en nuestras vidas? ¿En nuestra cultura?
Días atrás, recordábamos con Fabián Casas algo que Nabokov comentó en referencia a los personajes creados por Tolstoi: a principios del Siglo XX resultaba habitual que muchos ciudadanos rusos se refirieran a ellos (a Anna Karenina, por ejemplo) como a una persona existente.
Tanto tiempo dedican los medios argentinos a un personaje como Ricardo Fort ¿cuánto hay en él de ficción? ¿cuánto de pornografía velada? ¿No existe acaso un equilibrio tácito entre la construcción mediática de la celebridad y la inmediata mirada pornográfica que se adhiere a ella?
Por supuesto es una exageración, pero cada vez nos asalta más la sensación que cierto tipo de celebridad exaltada por los medios parece fabricada a la medida de su consumo pornográfico. Y la ficción que la constituye resulta clave para que esto suceda.
Dos ejemplos en un mismo blog (en dos posteos de Ciudad Tecnicolor): el porno fascismo y su espectáculo (sobre los escándalos de Silvio Berlusconi en Villa Certosa) y los tres relatos sobre la relación saber-poder-imagen en la modernidad. Todo lo que acabo de escribir no es más que una anotación marginal de estas lecturas.
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rafael cippolini
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10:26:00 p. m.
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martes, 1 de junio de 2010
Web y Vintage
Por una nueva ergonomía social: los tecnófobos también tienen blogs y escriben mails
El geek se define en su gusto por indiferenciar entre moda y tecnología (perfecto tropos donde una y otra coinciden en la más exacta confusión).
El tecnófobo, por su parte, también se objetiva en el mismo gusto, salvo que prefiere claramente una tecnología filiada a una época anterior. Otro modo de asumir lo vintage.
¿Estos aspectos que pudimos creer confrontados no ponen en escena una disputa apenas encubierta en lo que entendemos por confort? Es algo que tratamos de maquillar, pero la tecnología en todas sus fisonomías (directa o indirectamente) implica a las ideologías del confort. Ideologías que redundan y se consuman, claro está, en propuestas estéticas.
Es la enseñanza de artistas vanguardistas clásicos como Picabia, Raymond Roussel o Duchamp: ahí donde se determina una tecnología, se impone una estética.
Confort: el objetivo final de la tecnología industrial es invisibilizarse. Es lo que sucede con cualquier electrodoméstico: lo naturalizamos de inmediato, se camufla sumándose a las rutinas que le imprimimos. Lo convertimos en un elemento más de nuestro decorado. Sólo vuelve a manifestarse cuando no funciona como nosotros le exigimos. Ya lo sabemos: la tecnología se vuelve visible cuando falla.
Síntoma de nuestro horizonte cultural: tecnófobo no es aquel que no utiliza la tecnología, sino por el contrario aquel que utilizándola (y tan a menudo de modo intenso), la desprecia. Otro modo de estar a la moda.
Durante muchísimo tiempo el cenit de toda tecnología fue la creación de robots. Incluso antes de que el escritor checo Karel Kapek inventara la denominación. El robot, en tanto sirviente, no es más que un constructor de confort.
La peor pesadilla de la tecnología, por lo tanto, no es más que la perversión de ese confort. Todas las versiones de Astroboy, sus fábulas, la exponen: nada más horroroso que un confort para las máquinas.
El mismo terror que Asimov describió en Yo Robot.
Si para McLuhan la tecnología es nuestra continuación, en estas distopías el ser humano, por horrorosa inversión, no deja de ser sólo la extensión de las cada vez más autosuficientes máquinas. ¿Cuál sería entonces la tarea del arte que la de señalar infatigablemente lo extrañas que pueden resultar las máquinas? No estoy refiriéndome a ninguna otra cosa que no sea su desnaturalización: eyectarlas de la invisibilidad cotidiana.
¿Qué otra cosa es el vintage? Pura reutilización. Una estética que por definición se recorta de los modos visuales del presente. Si la estética es una forma de nombrar al tiempo, el vintage implica la puesta en escena de otra lengua. El vintage reinicia un camino que suponíamos clausurado: retoma el relato en el mismo punto en el que nuestro predecesores comenzaron a abandonarlo.
No debería tratarse de nostalgia, sino de la confianza en una estética que aún tiene mucho por decir. En este sentido, los pre-rafaelistas fueron vintage avant-la-lettre.
El esquema vintage no convoca ni a la utopía ni a su revés, la distopía, sino a su prima hermana, la ucronía. Interroga sobre los futuros probables e improbables de una trama que creíamos clausurada para siempre. El vintage desmuseifica convirtiéndolo todo en un museo (allanando las diferencias).
La virtualidad digital (la que hoy reorganiza nuestros imaginarios vintage) se determina, en todos los casos, en un hardware (condición elemental de existencia, al menos en nuestros tiempos anfibios). Hardware que necesariamente propone una ergonomía social (el sitio donde nuestro cuerpo se aloja mientras lo virtual se expande). No puedo más que recordar aquella figura narrada por Michel Tournier en su novela El Rey de los Alisos: el hipnódromo, esto es, la descripción de los cuerpos de los niños mientras duermen.
¿Cuál es tu postura corporal en este mismo momento, mientras leés estas líneas?
¿Qué nuevas posturas experimentamos mientras damos vueltas con nuestro iPad?
Cuantas más horas interactuamos en y con entornos virtuales, más sobredeterminante resultan nuestras posiciones corporales por personales. ¿Cómo se nos verá cuando todo esté de una vez por todas desenchufado?
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rafael cippolini
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miércoles, 19 de mayo de 2010
Tan elemental como que nuestro presente no es más que la ciencia ficción de nuestros tíos abuelos
Los modos de hacer arte siempre desconfiaron de la multiplicidad. Tanto, que nos sigue resultando útil historiar todas las formas que fuimos diseñando para limitar esa proliferación. Es fácil inventarnos muletillas, lugares comunes. La pérdida del aura ensayada por Benjamin ya es, a tanto tiempo de su escritura, simplemente otro lugar común entre otros. 
Sin embargo la pretensión de unicidad, de singularidad última de toda obra nos resulta (y para nada paradójicamente) una herramienta clave y resistente en nuestras prácticas sociales.
La enseñanza de figuras como el ready-made o el found footage lo dejan en claro: aquello que se concibió seriado puede acrecentar demoledoramente su valor a partir del simple gesto de un secuestro. Pues ready-made, found footage o object trouvé (al igual que el detournement, todos ejemplares diversos de la misma familia) determinan que la extracción constituye un valor fundante. El quitar de su hábitat, el modificar el uso para el cual fueron concebidos.
Tecnología desviada. Digámoslo otra vez más: el arte barbariza las lenguas de la tecnología.
Las relaciones entre arte y tecnología no se sostienen en ningún otro supuesto.
Una obra de arte es tecnológica cuando se presenta en tanto tecnología de autor. Por supuesto que existe una gran diversidad de tecnologías de autor y la gran mayoría de estas manifestaciones nada tienen que ver con el arte. La diferencia es básica: la tecnología barbarizada se clausura o limita a sí misma. Impide o cuestiona su proliferación. Ya sabemos: lo que muchas veces se percibe, desinformadamente, como absurdo o inútil no indica más que la sustracción de un uso socialmente difundido.
Cada vez estoy más interesado en la obra del artista argentino Leonello Zambon. En sus propuestas de laboratorios móviles. Dos paradigmas se conjugan en cada una de sus obras: sofisticación y precariedad.
Volveré sobre él y sus proyectos en próximos posteos.
Las nuevas tecnologías sólo parecen aceptar la singularidad por medio del tuneo del software (y en verdad no se trata de ningún tuneo). En la limitada elección de ciertos presupuestos sostenidos por el diseño. 
En posibilidades tales como en la elección de los motivos de escritorio. Dime cómo dispones tu pantalla inicial y te diré que tanto problematizas las estéticas más cotidianas de tu vida social. En menor medida en el tipo de sistema operativo y los programas que lo articulan: al fin de cuentas, adoptar a Linux implica tanto una ideología, como un modo de pensar el mundo.
Pero en todos los casos el sistema que pone en funcionamiento tu computadora es exactamente el mismo al de millones de otras máquinas. Un clon entre tantísimos otros. Es precisamente en este punto en el cual el arte expone su diferencia.
Más que nunca, el arte de nuestros días se posiciona y traza sus estrategias en una historia cultural de la virtualidad que nos interna en un capítulo por demás inédito. 
Todo hardware reclama un software: no constituyen sino dos hemisferios de lo mismo. Dos dimensiones con relativa independencia y desde cierto punto de vista, nadie podría decir cuál manda a cuál. Estamos ante la metáfora más precisa sobre los comportamientos más contemporáneos de la virtualidad.
Lo material y lo virtual durante siglos se presentaron en sociedad exhibiendo su jerarquía: después de todo, lo virtual no es nada diferente a otro estado de lo material. Escribí en otra oportunidad que lo que conocemos como virtual durante siglos y siglos no fue nada diferente al basurero de lo real. Pero esta interrelación hace tiempo que no guarda las mismas proporciones. 
Cada vez más nos definimos en lo virtual. Cada vez más nos comunicamos mediante elementos que se determinan más en tanto virtuales que materiales. ¿La oveja Dolly nos puso en estado de alerta? Todos somos hoy (al menos en parte) la oveja Dolly. Una vez más el ABC de la teoría cyborg: el software que nos define puede clonarse indefinidamente.
No existen hardware ni software que no se articule en un complejo de metáforas. Navegación, ciberespacio y tantas otras figuras que la tecnología apropió de los imaginarios y glosarios de la ciencia ficción.
¿Necesitás aprender más sobre la tecnología de pasado mañana?
Leé (o releé) a Tinianov.
Sin embargo, todavía cuesta aceptar, al menos masivamente, que estamos constituidos por estos modos de relato y que lo que llamamos ciencia ficción, hoy más que nunca, no es más que otra variable de tiempo.
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rafael cippolini
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jueves, 25 de marzo de 2010
Somos la peor de las plagas
Ecología 3.0
El entorno es (también) lo que aprendimos a percibir en él.
Toda imagen (cualquier imagen) está atravesada por infinidad de lenguajes.
¿Qué somos capaces de leer? ¿qué tan políglotas somos? Polígloto no es sólo quien habla muchas lenguas, sino quien sabe leerlas.
Toda ecología es un sistema de lenguas. Y nuestro ambiente, desde hace rato, yuxtapone lo que aún entendemos como físico y virtual. Insisto: no existen dos ecologías, la de lo físico y aquella de lo virtual, sino una sola. Caerá en desuso el molesto término “nativos digitales” cuando por fin entendamos que entre una dimensión y otra no existen costuras, sino continuidades mucho más sutiles y complejas. Estas son, en todos los casos, culturales.
Los mensajes de texto ¿no funcionan en este umbral?
El fallo de la tecnología Blogger que invisibilizó (o directamente eliminó) miles de diálogos ¿no es a su modo un problema ecológico?
Pero todavía vivimos en tiempos anfibios en los que aún estamos obligados a referirnos a una ecología de lo virtual como si se tratara de una pura contaminación, de la polución de lo real. Nada distinto son las hipótesis sobre el simulacro de Baudrillard.
Sin embargo, cuando un grupo de estudiantes de la Universidad de Buenos Aires reconstruyen la memoria del horror con ayuda de animaciones interactivas 3D, afirmando que están utilizando un lenguaje que muchos adolescentes comprenden mejor debido a su crianza en los entornos de los videojuegos, pocas dudas nos quedan que los cambios ecológicos suceden, antes que nada, en nuestros cerebros. Lean esta nota. Miren sus videos.
Los historiadores y arqueólogos saben que no existe mejor máquina del tiempo que los programas de animación 3D. Cada vez son más los eco-activistas que utilizan animaciones digitales para concientizar sobre los efectos a corto y mediano plazo de los desequilibrios que estamos produciendo.
Sí, somos la peor plaga. Pregúntenle al planeta Tierra.
Y a su historia.
¿Cuánto hay de sádico cuando advertimos que las distopías se transforman, día a día, en factores de goce? Michel Serres señalaba que en la Cumbre Climática de Copenhague celebrada hace unos meses la mayor ausente el gran ausente, el gran afásico había sido precisamente el planeta.
Que no suene principista cuando decimos que estamos asistiendo al suicidio colectivo de una especie: la nuestra.
Volvamos a Baudrillard. Cuando éste hipotetizaba sobre el crimen perfecto, en verdad también lo hacía sobre el suicidio perfecto.
Somos nuestros propios asesinos. 
Y que tampoco suene frívolo cuando decimos que la ecología es un compendio de estéticas. Por ninguna otra razón hace rato Mark Dery prefirió desplazarse del futuro al presente y convertirse en un patólogo cultural. El futuro es una estética (incluso un género) vintage.
No hago ningún juego retórico con esto.
Si el futuro aburre es porque sus estéticas pueden estar pasadas de moda.
Los geeks lo saben mejor que nadie. Confunden estética con moda, pero ese es otro tema. ¿Acaso los grandes modistos no se construyen en el mismo malentendido?
Siempre tengo a mano el indispensable “Estética del Mito”, de Gillo Dorfles. Y por sobre todo el primero de los ensayos, “Mito y metáfora en Vico y en la estética contemporánea”. Sigo creyendo que si Vico hubiera tenido la sobreextendida influencia de Descartes, nuestro presente (y sus futuros) serían por demás menos calamitosos.
Cuando hablamos de estética en todos los casos nos referimos a la filosofía viquiana, a su Scienza Nuova. Libro por demás capital. 
¿Cómo observar nuestro entorno sin su ayuda?
Hans Belting propugnó una antropología de la imagen. Y estamos de acuerdo.
Con la historia seguimos limitados. Con el arte obedeciendo y glosando a la historia, aún más. El arte que nos interesa no es un producto de la historia, sino del mito.
¿Existe un mejor glosario para desentrañar nuestros lazos con el entorno que las potencias del arte?
¿Qué otro saber puede acaso indagar justo ahí donde lo físico y lo virtual confunden sus límites?
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rafael cippolini
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sábado, 20 de marzo de 2010
Mush Up Zombie
Los zombies están devorándose la historia (sus estéticas y conflictos). Pero ¿quiénes son los zombies? ¿Por qué sucede esto?
Anteanoche Delius escuchaba, como de costumbre, su programa de radio de cabecera, Alegría Sueca (radio por Internet). Especialmente su extenso reporte sobre la tan comentada novela de Seth Grahame-Smith, Orgullo y Prejuicio y Zombies (la versión de la celebrísima novela de Jane Austen pero esta vez con muertos vivos). Estábamos al tanto. Hace muy poco, Bompland Karenin dejó un comentario en este blog a propósito de esta producción. Pero no estábamos enterados sobre la versión de una película que parece que está en marcha (producida y actuada por la perseverante Natalie Portman).
Me gustan las revisiones, los puntos de vista anormales sobre un conflicto que ya se volvió tradicional, pieza clave en nuestros imaginarios. Ahora bien ¿esta anormalidad no es también parte de un sobreextendido clasicismo?
Si de escorzos y cosmovisiones vibrantes se trata, voces narrativas tan dispares como las de Faulkner (El sonido y la furia) y Reinaldo Arenas (Celestino antes que el alba) nos enseñaron que el mundo puede ser extremadamente extraño, depende de cuáles ojos lo examinan.
¡Desconfiemos siempre de los puntos de vista que nos resultan demasiado naturales y cercanos!
La reescritura (sobreimprimir una voz a otra) invariablemente nos descubre las diferencias. Cuanto más estridentes, más molesto y necesario es el efecto. Las estrategias del porno están ahí para demostrarlo (la más contemporánea de las reencarnaciones de la sátira). El porno se monta (perdón por la facilidad de esta figura) sobre todo éxito para, literalmente, enseñar las mecánicas ridículas de su desnudez. ¿Y no es también una de las premisas de una buena corriente del hip-hop? Esta semana estuve escuchando mucho una de las últimas ediciones de Blue Note. Tal cual: Jazzmatazz (hosted by Guru).
¿Acaso el mush-up no es primo hermano de la mirada gélida de la sátira?
El género derivado de Silenos, mentor del afamado Dionisios.
¿Reencarnación de los antiguos sátiros en la putrefacta piel de los zombies?
¿Cuál es la sorpresa? ¿Acaso los sátiros y zombies no estuvieron eternamente obsesionados con la carne fresca?
El otro lado de la muerte.
“También existe la opción zombi”, señaló Delius.
Hablé del porno ¿acaso la primera película de sexo explícito de la historia –ese mito situado en las riveras de la ciudad de Quilmes- no se tituló, precisamente, El Satario?
Satirización de los zombies, zombificación de los sátiros: como bien se dijo en el programa Alegría Sueca, sólo es necesario poner una letra Y, crear el nexo y los imaginarios que podrían parecer distantes comienzan a diseminar sus vasos comunicantes.
Pero ¿los imaginarios no se superponen siempre? Ya sabemos, los géneros actúan como cualquier ecosistema (se devoran unos a otros). Los géneros, al fin de cuentas, no son más que estéticas recodificadas.
¿Habrá que pagar derechos?
No tuve oportunidad de ver aún la versión de Alice in Wonderland de Tim Burton, pero ya estoy al tanto (el reportaje de la última edición de la Rolling Stone argentina, sin ir más lejos, le dedica un extenso margen a la cuestión) que precisamente se trata de una versión (es decir, otra versión). El título homónimo confunde, pero no estamos frente a una adaptación del relato de Lewis Carroll sino ante una fanfiction. Ni más ni menos que una nueva aventura de Alicia, en la mejor tradición pop ¿no nos alcanza con I’m the Walrus de Lennon o Canción de Alicia en el País del regresado Charly García?
Dije Mush up. Como los mitos, son propiedad de la humanidad.
Reutilizarlos implica volver a narrarlos. Incluso en lo que no sabemos de ellos.
Como lo hizo Marcelo Eckhardt, que buceó en lo que le sucedió a Silvio Astier después del Juguete Rabioso.
Hace ya tiempo que estoy compilado escenas ajenas en Second Life, utilizando el fabuloso visor Emerald. Con él nos convertimos en aún más esmerados espectadores: podemos seguir pequeñas historias al modo de películas involuntarias en tiempo real. Por ejemplo, días atrás exploré una ciudad de inspiración Blade Runner (de hecho así está señalada en el buscador). Blade Runner: Philip Dick y también William Burroughs (otro mix). Me colgué viendo trabajar a dos personajes –parecían una pareja- que indudablemente exhibían un look sutilmente steampunk.
Ninguna mejor fanfiction que los universos paralelos. Podríamos narrar, retrospectiva y prospectivamente, a la ciudad de Blade Runner como una evolución de las ciudades steampunk.
¿No es lo que hizo el siempre inspirado Lorenzo García Vega con el concepto macedoniano de novela mala en su Devastación del Hotel San Luis? ¿No es lo que hicieron Arturo Carrera y Teresa Arijón con esa exquisitez denominada Teoría del Cielo hace casi vente años?
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rafael cippolini
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martes, 2 de marzo de 2010
Arte para Zombies
Un posteo de imaginación vintage
En casi todos los sentidos, la desbordante presencia de la web en nuestras vidas vuelve a señalar el triunfo de la cultura pop sobre los imaginarios reinantes.
Hasta el punto de que hablando de cultura web estamos refiriéndonos, por elevación, a la cultura pop.
(¿No es acaso lo que nos separa tout court de Paula Sibilia que sigue referenciando a la imaginación técnica en Walter Benjamin?).
Pero atención: lo que entendemos por cultura pop no es un concepto acabado, cerrado, delimitado. Muy mal hacemos si creemos que su epicentro es o fue el arte pop (la filosofía visual de los tiempos Warhol y todo cuanto inspiró). Precisamente, la eclosión de la cultura web viene a confirmarnos que la cultura pop sigue definiéndose en una perpetua mutación.
Esa mutación estética que no es más que ideología.
Nuestra ideología.
Casualmente, buscando un viejo texto de Pablo Schanton, volví a encontrarme con un blog (éste) en el que se publicaron las notas de aquel proyecto de Daniel Melero que conocimos con el titulo de Recolección Vacía (hace ya muchos años de esto).
Me interesa ahora rescatar dos párrafos que parecen (junto a varios otros) resistir maravillosamente bien al paso del tiempo (lo que implica: cuidar otros pasados para recordarnos que este presente puede formatearse de otro modo). El primero dice:
“La artesanía es un zombie del Arte. Toma una forma que en su momento fue arte con el fin de reproducirla infinitamente como un clon de menor resolución que el original. Me imagino que alguna vez hubo un coya que hizo una vasijita realmente increíble y admirable. Hoy existe un mercado de vasijas coyas. Con el rock' n' roll sucedió lo mismo, e incluso con cierta música tecno que ya está hiperclonada.”
Lo mismo sucede con la cultura pop. Convertida en cierta artesanía de diseño (valga el oxímoron, es indudable que existe una cultura pop reconstruida a partir de clisés) bien puede ser un zombie del arte.
Pero el fracaso de esos clisés (esos objetivos traicionados, esa comunicabilidad interferida) nos abre a territorios de aprendizaje que siguen siendo nuestra mejor droga.
A ver ¿con qué metáforas pensamos la web? (Y cuando escribo “pensamos” también digo “imaginamos”). Insistimos en que las metáforas que sostienen la cultura web provienen del glosario de la ciencia ficción (y hay que ver hasta qué punto este vocabulario y sus consecuencias siguen interalimentándose).
Y cuando digo imaginamos también quiero decir interactuamos.
¿De qué modo utilizamos un programa, incluso un hardware? (ese uso que no es más que estética y por lo tanto política en estado puro).
Segunda cita de Recolección Vacía:
“Hace casi cuarenta años Robert Moog insistió en la necesidad de aplicarle un teclado al sintetizador oponiéndose a Don Buchla, mi ídolo, que había inventado un instrumento con sensores, unas placas que con sólo tocarlas emitían sonidos.
Por supuesto, Moog respondió al mercado que siempre tiende a la estabilidad y a la necesidad de los viejos tecladistas que exigían afinaciones estables (que la escala se mantuviera todo el tiempo perfectamente temperada ya que la belleza musical dependía de la relación entre alturas tonales impecables). Buchla prefería sus sensores análogos cuyos sonidos jamás llegaban a ser los mismos, ni a estar afinados según los parámetros académicos. ¡Imagínense los problemas que le hubiera agregado este hombre a un Rick Wakeman que pegaba sus perillas con poxipol para que sus ejecuciones en vivo reprodujeran con una exactitud total (nunca la conseguía, claro) lo que había tocado en los discos! Estos músicos no soportan lo impredecible y lo combaten influyendo en el mercado, además de difundir las ideas de control, reproductibilidad y exactitud como valores a los que la tecnología debe responder. Es una lástima; si el sintetizador modelo Buchla hubiera vencido en el mercado, la música habría sido otra.”
Lo que sigue resultando tan atractivo del low tech es su aún pregnante aroma a pequeño David frente al demoledor Goliat.
Low tech no es solamente modestia de recursos sino resistencia a un status quo de uso. Es otra imaginación, del mismo modo que los imaginarios de Don Buchla y de Robert Moog fueron por completo contrapuestos. Dos ideas muy diferenciales de música. Lo mismo podríamos decir de la web: ¿de qué forma la usás?
Si existe hoy un estilo, ese es de los fundamentales.
Tu estilo web.
Son los tantos futuros del pasado en nuestro presente. Si adoramos a Kraftwerk (cita obligada del arte contemporáneo electrónico –sí, sí: los suyos no son sólo recitales sino muestras sonoras de arte-) también celebramos esas otras estéticas donde el tiempo vuelve a enrarecerse: La Roux, pero por sobre todo Chew Lips y Telephate.
Capsulas de tiempo.
Nunca deberíamos olvidar que en su origen las computadoras portátiles formaron parte de una cultura tan psicodélica como de garage. (Más credo estético).
Un magma que jamás debería escindirse.
Nota Bene: Estuve buscando en mi hemeroteca ese número (ya museográfico) de Expreso Imaginario en el cual Damián Tabarovsky expande su no tan velada Oda al Mini-Moog. No lo encontré. Sin embargo, vuelvo a festejar la referencia.
Wendy Carlos forever.
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rafael cippolini
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jueves, 25 de febrero de 2010
Orgía total
Apuntes de software ritual y primitivismo web: más remixes de imaginación arcaica
“¡Bakunin derrotado por el fin de semana! Aún mejor: Bakunin-Ray Ban-Coca Cola. Todo es lo mismo. Por otra parte, en los recogedores de basura, en los basureros, donde todo acaba, también los muertos asesinados, ¿acaso no vuelve a ser todo lo mismo? Entropía de las entropías, el desorden general asimila y empareja todo ¡He ahí el verdadero igualitarismo! (Enrico Baj).
Ritos, ritos, ritos y más ritos en la era web.
La cultura de la red no hace más que reactualizar y deformar las siempre renovadas (y tan arcaicas) potencias del reencantamiento del mundo (Maffesoli dixit). La batalla de antiquísimos imaginarios en el paisaje de una infinita telaraña de información.
Nada más tribal que la sociedad de la información.
¿Cuál es el límite entre la tecnosis y la techgnosis?
Si los neoluditas tienen un rol en nuestra cultura, este será el de revisibilizar a las máquinas (sus novísimos daimones). O, con mayor precisión, denunciar las políticas de anexión de nuestras más triviales conductas a los protocolos maquínicos, en esa erótica que comparten con los geeks –su contracara absoluta-. Sí, sí: un neoludita es un geek al revés. Y viceversa. Una vez más, nos referimos a las guerras de la ergonomía.
Tal cual: deberíamos recaratular nuestras épocas de acuerdo a las ergonomías triunfantes. Aunque no es su fin, lo cierto es que las ergonomías invisibilizan a la máquina y sus efectos. La ergonomía rige las ecologías de la virtualidad.
Nada compromete más al cuerpo que la expansión de la virtualidad digital.
Comodidad e incomodidad de las máquinas. En esta línea se multiplican todos los eslogans de esta guerra.
Tecnosis: resistencia del cuerpo. (La virtualidad refuncionaliza al cuerpo).
Techgnosis: si los gnósticos creían que de todo laberinto se salía por arriba, los techgnósticos saben que no existe más que laberintos de información.
Política junk: Bakunin-Ray Ban-Coca Cola.
Entropía de las entropías.
Pero ¿acaso la web no comienza en tu cerebro?
¿En tus terminales nerviosas?
¿Acaso no la experimentás antes y después de la web?
La polución anida en tus sentidos.
¿Anarquía perceptiva?
¿O nueva redistribución de los estímulos e imaginarios?
“Gregory Bateson, partidario de una ecología de la mente, dice que toda la contaminación nace de la mente antes que de la chimenea de una fábrica.
Y es justo, yo voy incluso un poco más allá y digo que la contaminación nace de la imaginación. Y es la imaginación que hace a uno pensar en construir una fábrica, después entra la mente racional que la hace proyectar la fábrica, pero el primer momento, el primer input viene de la imaginación que provoca ideas e impulsos.” (Enrico Baj).
Los paisajes actuales irritan.
Ningún antídoto más efectivo que el elegante reclamo de los modos que se esfuman (loas a Sebald). ¿Realmente el pasado es más elegante, más sabio?
La guerra no se debate en los dominios de la tecnología, sino en los imaginarios que la resignifican.
¿Qué imaginarios transitan a Jennifer K. Dick?
“Jacques Sivan, Susan Howe, Anne-Marie Albiach, Mathias Goeritz, Ricardo Goncalves, Philadelpho Menezes, Maurice Roche, Clemente Padin, Franklin Capistrano et -bien sûr-Mallarmé!”
Sí, Mallarmé.
(“Un Dante de la Edad Industrial”, como afirmó Haroldo de Campos).
Un golpe de dados jamás abolirá el bazar. (Eric Raymond).
Una vez más, no se trata de una “nueva imaginación”.
Nadie más actual que Giambattista Vico.
El futuro sigue siendo Raymond Roussel.
Maffesoli, otra vez: “No es exactamente el retorno de las tribus tradicionales. Es la vuelta de la tribu, más Internet. Y esa sinergia entre lo arcaico y el desarrollo tecnológico es la gran marca de la posmodernidad y el lugar donde las tribus se expresan.
Llegué a esto analizando cómo las tribus musicales del sur de Francia se ponían en contacto con tribus que hacían la misma música en Budapest o Bratislava. Compartían el mismo gusto musical y gracias a Internet se contactaban. Nuestra marca de época es la tribu, lo arcaico, más el desarrollo de Internet.”
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rafael cippolini
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10:49:00 a. m.
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