Me gusta pensar que la web es un gran experimento para resituar al mundo físico. Proponiendo entonces un juego de palabras, esta sería justamente la física de la web: no necesitamos de la teoría de las cuerdas para entender que podemos interactuar en dimensiones diversas.
Hace ya unos años, en las Jornadas Anfibias realizadas en Villa Ocampo se generó la discusión sobre las distintas genealogías de un planteo de dimensiones yuxtapuestas después de proyectar el último de los cortos que conforman la serie Animatrix. Me refiero a Matriculated, animé dirigido por Peter Chung. En un posteo de entonces volví sobre estos argumentos. Alguien sugirió si un relato como las borgeanas ruinas circulares no insistían ya en lo mismo. El año pasado, la última película de Christopher Nolan, Incepcion –estrenada en Argentina como El Origen- renovaba la misma estructura.
La diferencia básica es que en Matriculated ya no se trata de una gran caja china de sueños, sino por el contrario, de las problemáticas relaciones entre entornos digitales y entornos unplugged. Ni más ni menos que el ABC de la anfibiedad. Ese mismo portal que nos habilita al gran mercado de identidades: somos lo que la web informa de nosotros.
Esta división ideológica determina distintos tipos de glosarios y por ende de semiosis. Porque es cada vez más evidente que existe una web digerible y explicable en términos económicos (sigue siendo el gran límite de las redes sociales y de las ciberculturas más estándar) y otra web incuantificable, suerte de anárquica caja negra donde se resignifican todas las pesadillas y desbordes freak de la humanidad (¿o post-humanidad?). Hago referencia al arquetipo web que se establece en experiencias como el ya clásico Technosis, de Erik Davis. No en vano un cercano Mark Dery sugirió la vinculación de este tipo de tentativas a los desbordes de Genesis P. Orridge y su autosugestión por ruido televisivo.
Lo que en los sesentas para un David Lamelas –pensemos en su obra del Di Tella Situación de tiempo, que reconstruimos en prototipo para la muestra Televisión en Fundación Telefónica- era ni más ni menos un ejercicio de trance de raíz escultórica, para los miembros de Psychic TV fue el inicio de una secta. ¿Por qué la gran mayoría de glosadores de Bataille no revisan estas coordenadas, ahí donde una religiosidad extraviada en una perversa concepción de la tecnología muestra su cara más oscilante?
Nuestras neurosis sin dudas se alimentan de este desfasaje anfibio. Porque la web no es sueño y tampoco se adecúa fácilmente a los imperativos de los siempre renovados manuales de negocios. Por otra parte, en la web no pre-existen oscuras deidades. Por el contrario, su tiempo es una emulsión de nuestro presente colectivo. Es una verdadera lástima que el net-art siga mayormente encapsulado en su pretensión de autonomía artística. Es en este eje donde el hacktivismo más atractivo se extravía en su mesianismo: transformar los modos en que percibimos la web no es tan distinto de modificar muchas de las metáforas que sostienen nuestro nivel de autoindagación de la realidad. 
Cuando hace años me invitaron a realizar una curaduría en Second Life lo primero que me pregunté fue ¿no es redundante trasladar nuestra idea de arte a este metaverso? ¿Ya no existen demasiados museos y galerías en nuestro entorno?
También es en esta coyuntura donde las perspectivas situacionistas se muestran no sólo agotadas, sino redundantes. Como activista patafísico, descreo que el dixit de Guy Debord y su troupe sea una buena instancia de referencia, como en su momento lo propuso Stewart Home.
La épica de los superhéroes indicaban un camino más certero: crisis en los infinitos mundos.
¿Cuántas son las caras de la anfibiedad digital? Esa es una pregunta más atractiva. ¿De cuántos modos estamos capacitados para asimilar la anfibiedad? Es una respuesta a la que nadie se anima del todo. Baricco asimiló este desajuste a un nuevo tipo de barbarie. Demasiado general. Es fácil inventar bárbaros (una tarea secular, por demás). Repitamos: como si la neurosis fuera sólo una consecuencia, y no un motor que sostiene nuestras interrelaciones.
Admitámoslo: nada más verdadero que nuestras tecnoneurosis.
jueves, 23 de junio de 2011
Webgnosis
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rafael cippolini
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martes, 31 de mayo de 2011
El ritmo de la información
¿Qué otra cosa es un blog que ritmo?

Blog es swing en la información o no es.
No importa si se trata tanto de slow tempo o de data en taquicardia.
La web es presencia: tu huella está ahí. Ya no se trata de memoria –la memoria jamás es tan nítida- sino de pruebas, indicios que persisten en la escena del crimen hasta que lo decidas.

Ya escribí sobre los blogs muertos, sobre el cementerio de blogs que encontramos en cada blogósfera.
¿Uno es blogger o bloguista sólo si bloguea? Por alguna razón equiparo y barajo en un mismo mazo los verbos bloguear y rockear. Sostenemos la energía de un pulso.
¿Qué tiempos tiene el amor?
Un amor que se mide en posteos. La información nos define.

Durante años mis posteos se sucedieron cada 4, 5, 6 días. Y fueron capítulos, jadeos de información poetizada, tamizada por estilos que antes que nada buscaban el swing. Un swing en nunca menos de 4000 caracteres. Ese tempo colisionó hace casi un año. El julio de 2010.
Tanto se estrelló –se deshizo en estrellas improbables- que el mes pasado, abril, no hubo ni un posteo. Y desde hace mucho –muchísimo en tiempos de la web- los posteos fueron mensuales.
Cuando alguien me dice “casi no uso internet” sospecho que me quiere decir: escapo de ese tiempo del mundo. Porque nada marca más el tiempo del mundo –más aún que su temperatura- que la web.

Las velocidades en que vivimos son dictadas por la web. Claro que nunca deberíamos confundir web con hardware ni software, sino con los usos y abusos que se hacen con ellos.

Mi swing –el swing del Cippodromo, anche el del Cippodromon- se han vuelto más y más imprecisos. Un posteo fue durante cuatro años un acto reflejo: una compulsión. Cuando esa compulsión se desistematiza, gana en otro tipo de precisión: no puede saberse cuándo sigue.
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rafael cippolini
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9:56:00 p. m.
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martes, 15 de marzo de 2011
¿Un canon de tsunamis?
¿Estamos compitiendo en nuestro inventario de nuevas y a la vez ancestrales catástrofes? ¿Para qué inventamos al canon? ¿Para deshacernos de la inabarcable potencia de la mirada? ¿Qué tanto sabemos observar a nuestro entorno?
El canon no es otra cosa que un modo de tensionar a la tradición: un ranking ocasional, mutable. Un elemento de discusión (hace tiempo que aprendimos que las jerarquías nos sirven ante todo, para organizarnos internamente ¿por qué nos dejamos seducir más por unas estéticas que otras?
Por supuesto, la panorámica que escribí semanas atrás para Ñ daba cuenta de la atomización por sobreexpansión de ese concentrado que insistimos en llamar canon. Adhiero a la dispersión: me gusta que mis sentidos se pierdan.

Es más, todo el arte que me interesa insiste en esta dispersión, en la sucesión interminable de pistas que nos convencen que no hay un camino, sino miles y miles.
Este blog, durante años, no fue otra cosa que la puesta en escena de un catálogo de poéticas de la información. Porque si la información es discurso entonces no puede abdicar de su estilo. Hasta el más ridículo de los anuncios comerciales posee su estilo. La vida cotidiana es pura estética, ahí donde el gesto esteticista se vuelve redundante.
Discutamos con Rancière: no es que las artes visuales se hayan apropiado de la palabra, menos aún que la hayan monopolizado. Sino que disponiéndolas en otro estado (en otra dimensión, por fuera de las sintonías habituales de recepción) nos permiten suspendernos, reinventarnos como lectores.
Coincido plenamente con Jordi Carrión: las artes visuales no sólo nos han reenseñado a leer, sino que han puesto en crisis tantos otros modelos habituales de lectura. Por empezar, muchos de los modelos literarios más afianzados del siglo XX.

Mi elección por el ensayo como modo de interrelacionarme con el mundo no obedece a ninguna coyuntura distinta: si la ficción está en crisis es porque sus protocolos ya dejaron de ser efectivos. Al menos tan efectivos.
Será por eso que elijo –siempre- a Pynchon sobre Sebald: la nostalgia es una velocidad que entorpece. La enloquecida nave del escritor del cual sólo conocemos cuatro retratos (antiguos) no se ancla en viejas formas de percibir el mundo, sino en reinventar el pasado como si nunca hubiera sucedido. Al menos, no de la misma manera.
¿Alto, bajo? Carrión cita a Aira: “ Lo verdaderamente inexplicable no tiene otro santuario que los medios de comunicación masivos”. ¿Dónde comienzan y cómo se conforman los medios masivos de comunicación? ¿La masividad implica qué distribución de número? ¿Muchísimas miradas en un único punto? En los ochentas y parte de los noventa las noticias sólo se glosaban en publicaciones que necesariamente nos alcanzaban con retraso. En la web la instantaneidad se compone de discursos contaminados de viralidad digital: la información no es más que “otro pedazo de atmósfera”, para citar al eterno Federico Peralta Ramos.

Dispersión, distención. Me viene a la memoria un relato que me leyó mi hermana cuando estaba en la primaria. Para un clochard que habitaba en la intemperie, “la televisión era el cielo estrellado”. ¿Existe algo menos direccionado que un cielo estrellado? ¿No será que debemos seguir pensando las coincidencias de términos y conceptos como canon y pantalla? Las computadoras personales hicieron de la pantalla un escritorio. Deberíamos prestar más atención a una de las máximas jamás escritas del arte contemporáneo: la ventana (el marco, el borde de mirada) es un espacio como cualquier otro.
Publico menos en este blog, posteo menos. ¿Quiere decir esto que mi tiempo es menos digital? ¿Qué intento reinventar mis contactos con la ficción?
El futuro se vuelve cada vez más arcaico, justo ahí donde no existe nada más contemporáneo que lo arcaico.
¿Estamos en condiciones de fabricar masivamente computadoras sumergibles que resistan cualquier amenaza de tsunami?
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rafael cippolini
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viernes, 11 de febrero de 2011
Erótica Google
¿Currículum virtuae?
Soy para los demás, y en gran parte, la información que sobre mí se encuentra en la web. Estoy distribuido en unos pocos formatos (textos, imágenes, videos). No tengo el control de esas referencias.
Elijo no tener Facebook: es una declaración de principios. Mi sociabilidad digital se plasma en este blog. En sus protocolos. Que sea Blogger y no Wordpress es parte de mi política.
Blog siempre es blogósfera, del mismo modo en que no concibo un libro sino una biblioteca (digo también hemeroteca). Leo muchos libros al mismo tiempo. Leo muchos blogs simultáneamente. Escribo mucho más manuscribiendo en cuadernos. Sin embargo, en este momento elijo ser el que encontrás en la web.
Aunque sin dudas soy mucho más el que se lee en mis textos impresos. Sobre todo en los libros.
Soy una colección de datos (tipográficos, visuales).
Otros son canciones o películas.
Artes del deslizamiento (de sentido, de la mirada): nuestra experiencia web se sostiene en elecciones de información (una lista que nos propone Google a partir de la referencia en la que inscribimos la búsqueda). Este blog nace de la cercanía: el listado horizontal que Google nos arroja interconecta de por sí elementos absolutamente diversos.
Lo que sigue es deslizamiento de archivos: me paseo por lo que encontró Google como lo hago por una exhibición de arte. Pieza por pieza.
Si en este blog existe un yo (eso que sostiene la voz de la escritura) es en la observación de esta distribución de información (en esta topología). En los primeros posteos nacía de una experiencia exógena a la web. Desde hace tres años y medio mi experiencia blogger no son otra cosa que procedimientos de lectura ¿qué otra cosa es la lógica web que el recorrido analítico de los listados de búsqueda?
Google más como mapa que como brújula. Google como GPS de información. Antes de Google amaba a Kartoo ¿alguien se acuerda ahora de Kartoo?
Este blog es un formato expandido. Ya: me refiero a lo que hago en este blog. Desde hace tres años y medio sigo este procedimiento: 1) Colecciono links, con información que me parece interesante revisar (referida a las estéticas de la misma web, a los imaginarios de la cultura web –a la que entiendo como una de las ramas de la imaginería pop-, a las artes visuales en tiempos de Google). 2) Escribo un texto que contenga esos links –los textos de este blog tienen la función de distribuir links- 3) Acompaño esta línea con imágenes que casi en todos los casos provienen de internet 4) Abro a diálogo. Aclaro: no acepto trolls porque no los entiendo como diálogo. Puedo alegrarme: en todos estos años casi no fui visitado por ellos. 5) Los posteos tienen una extensión de alrededor de 4000 caracteres.
Información es tiempo. Es navegación y elección. Mi yo-web es tiempo. Tiempo frente a una laptop, tiempo de dar vueltas por la virtualidad. Tiempo que en nada se diferencia a mi percepción del tiempo.
Mi actual escasez de tiempo no proviene de la web. Al revés, mi blog ilustra ese déficit. Si soy –en la web- un Gólem de información digital, ésta poco tiene que ver con mi intimidad no virtual. No estoy agregado a los castings de Cam4.
Hace ya rato que el Cippodromo radiografía esta (mi) ausencia.
No me cansé de internet ni mucho menos.
Menos todavía de escribir (no sabría qué hacer de mi vida si no pudiera escribir). 
Este blog no está abandonado. Una expresión amable (a modo de síntoma) sería “momentáneamente ralentizado”. Soy la misma continuidad de información que se exhibe momentáneamente lenta.
Anfibiamente lenta, jamás perezosa.
Me agotó dejar tantas pistas (concentradas) en la web. Hago trampa: ralentizar es toda una declaración. Una topología que requiere otros lapsos.
Slow Web.
¿Un posteo en una noticia sobre qué?
Abogo por disociar posteo de noticia. El mundo se sostiene en la incesante fábrica de noticias. ¿Noticia para quién? ¿Para qué?
La experiencia de este blog nació en la búsqueda de una erótica Google. De una erótica de la información en la era Google. Una erótica de los listados.
¿Hasta qué punto nuestra libido no imita a Google?
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rafael cippolini
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martes, 11 de enero de 2011
No sé si bañarme o tener un hijo
¿La muerte de la ficción? ¿Su interminable caída? ¿Por qué los televidentes se muestran cada vez menos adictos a sus longevos encantos? 
¿Culpa de la web? ¿De sus efectos psicológicos? ¿Por qué a los productos de la ficción tanto les cuesta conservar sus antiguos prestigios? ¿A qué debemos estos síntomas?
¿Será finalmente la ficción un largo capítulo de la historia cultural de la neurosis? Lo que sí sabemos es que la ficción no existió siempre y que podemos rastrear -con algunas astucias- sus protocolos (las guerras de ceremonial). No reexaminaré en esta ocasión antecedentes o reemplazos (las invenciones de su necesidad, al fin y al cabo ¿para qué nos sirve la ficción?) sino que me hundiré un poco más en la confusión: imposible vaciar nuestros conceptos de ficción de su consabida carga ideológica.
¿Muerte de la ficción o su triunfo y expansión definitivos?
Lean ya El Azogue de China Miéville.
La ficción y la web se encuentran, ante todo, en nuestras cabezas.
No existe idea o percepción de la web que no sea ideológica como menos todavía deberíamos acercarnos a las reactualizadas neurosis como un tránsito inocente.
El viaje hacia la tierra de los monstruos que nos enseñó Maurice Sendak sigue siendo nuestra más preciada educación. ¿Acaso no nos formamos en los claustros de la autonomía artística? Ya lo dije: tengo una relación pornográfica con Gutenberg, así como mi inconsciente es un desbarajuste de bits. Mi inconsciente está tan digitalizado como tus mensajes de texto.
Agonizante o hibernada ¿quién ostenta hoy –aún- el protagónico de las ficciones que nos rigen? 
¡Freak Here! El elogio de los inadaptados es una de las cargas más pesadas (por fecundas) del Siglo XXI.
Y no se debe (claro que no) a que todos los contextos nos superan o nos resultan extraños, sino más bien al reiterado desajuste de nuestros interrogantes. ¿Qué es lo que intentamos detener? ¿Qué será lo que necesitamos preservar? Seguimos intentando aunar proposiciones que apenas se soportan. ¿Cuál sería el éxito de los freaks si no reinaran las distopías?
La modernidad (tanto como la antigüedad) están plagadas de freaks. Pero su funcionalidad no fue para nada la misma. Antes de Shrek, nadie deseaba ser un ogro verde. ¿Cuántos de nosotros crecimos queriendo ser el Sr. Spock? Si su sitio natal no fuera Vulcano sino Témperley, nadie dudaría en describir a Spock como un freak más. Perdón: un geek más.
Incluso vintage, Spock no deja de ser un taste maker.
¿Qué sería de la política sin la ficción?
¿Qué de las noticias?
No estamos inventando el espectáculo, sino que es el espectáculo quien nos inventa. ¿Acaso Gran Hermano es menos ficticio que Mad Men?
Durante más de tres siglos intentamos reducir el ruido. Encapsular las fronteras. Lo que parece inquietarnos es que el encapsulamiento se debilita día a día.
¿Cuál es el origen de nuestras fantasías? ¿Qué tal nos llevamos con ellas? ¿Con cuáles materiales las construimos? ¿Qué tanta desconfianza nos generan? ¿Cuánto podemos compartirlas? ¿De qué modo? Nosotros también somos el espectáculo.
Las audiencias lo son. Las multitudes no pueden pensarse de otro modo. Espectáculo jamás implicó inacción. Nada menos pasivo que un buen espectador.
¿Quién podría animarse a una Teoría General de la Ficción en una era plagada de trolls informáticos?
¿Qué nos impide pensar la ficción en tanto acción individual? ¿Todavía creemos que lo que vemos en la caverna es falso? ¿Cuánto desconfiamos de las pantallas? ¿Por qué?
¿Realmente creemos que la educación cultural de nuestras percepciones es menos artificial que aquello que sucede en las pantallas?
¿Qué sucederá con las ficciones que nos sostienen cuando la energía se agote por completo? ¿Ya no tendremos control sobre ellas? ¿Lo tenemos hoy? ¿de qué modo?
¿Acaso la autonomía artística no es la matriz –la generadora- de muestras ficciones? ¿Acaso la autonomía no sigue siendo el gran sistema de control y testeo para nuestras ficciones? ¡Qué error idiota seguir confundiendo autonomía con institucionalidad!
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rafael cippolini
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sábado, 25 de diciembre de 2010
Porno Mental
¿Qué tanto difieren las ideas de límite y fin? ¿Qué tan irrecuperable es el fin?
Mientras releo a Frank Kermode (El sentido de un final. Estudios sobre la teoría de la ficción) pienso en la eficacia de estos términos ¿de qué modo recomienza lo destinado a recomenzar?
Ninguna otra época tuvo tanta memoria disponible como ésta. No regresaré otra vez a Borges y su Funes, sino más bien a los hemisferios que nos tensionan: ¿de qué modo subsisten, culturalmente, la operatividad RAM y el almacenamiento de datos en nuestras vidas? ¿Qué tanto nos pertenece todo lo precedido-almacenado?
Simplemente dedico un tiempo a observar el paisaje de los archivos que fui almacenando en mi disco duro durante los últimos 365 días. Es decir, toda esa información que pasó por mí, del modo que sea. Carpetas dentro de carpetas dentro de carpetas, archivos de imagen, de texto, de video que conforman grupos y subgrupos vecinos en tanto bits.
Si un hacker intentara definirnos por aquello que encuentra en nuestro armario digital ¿a qué conclusión llegaría?
Wikileaks pone en juego la potencia simbólica de lo público y lo privado ¿Cuánto vale nuestra privacidad en la era de la interconexión global? Si estamos hechos de información ¿cuál y cuánto de la información que producimos es realmente privada? ¿Nos resulta realmente saludable estar compuestos de información absolutamente pública?
Pensemos en esta utopía (si es que se trata de una utopía o más bien de un infierno) ¿cómo sería una sociedad en la que todos pudiéramos leer la mente de todos? No se entiendan estas palabras como un ataque a Wikileaks, nada más lejano a eso.
Al contrario, estoy intentando repreguntarme por el nuevo orden de nuestras privacidades ¿Realmente nos gustaría que cada una de nuestras horas transcurriera en un CAM 4 ininterrumpido? ¿Resulta simpático pensarnos en nuestro propio Show de Truman?
¿Quién sos para mí si sólo te conozco de Facebook? Información pública: somos nuestros consumos. Nuestros usos. Nuestras elecciones. ¿Por cuáles de nuestros consumos y elecciones nos gustaría ser recordados?
Odio los obituarios. Sin embargo, esta vez no puedo no regresar a Captain Beefheart, que acaba de abandonarnos hace algunos días.
Trece álbumes imprescindibles (incluso aquellos que él consideraba prescindibles), decenas de pinturas y dibujos que siguen pareciéndonos tan potentes como su voz.
En la teoría narratológica el modelo del iceberg goza de buena salud. Nunca es necesario narrarlo todo ¿todavía no vieron Sinécdoque Nueva York, de Charlie Kaufman?

Una narración no es sino una selección de gestos, una curaduría de actos y perfiles. Para que una narración funcione (así fuimos formateados) no toda la información debe estar disponible. Si existe algo a lo que llamamos pornografía, existe porque vulnera (fuerza, tensiona) los límites de lo privado y lo publico. Sartre fue categórico al respecto: “L'enfer, c'est les autres”.
Desconfío de la utopía de la visibilidad absoluta.
Regreso a los archivos acumulados durante un año. No son más que caminos, y simultáneamente rastros. Son partes de un puzzle que puede rearmarse de mil modos. Son partes de la pluralidad que nos compone. ¿De qué forma vas a armarme esta vez? ¿Y si el hacker trata de definirnos eligiendo los archivos equivocados? ¿Y si nosotros, en tanto hackers, armamos a los demás con los archivos equivocados?

¿Los títulos que leemos en la biblioteca de alguien a quien visitamos son exactamente aquellos que definen lo que es? O mejor ¿qué hacemos con esos títulos?
Volvamos al porno. ¿Qué intimidad es la que ofrecemos en espectáculo?
¿Qué tiene que poseer nuestra intimidad para ser interesante a los demás? El espectáculo es ese lugar donde muchos dirigen sus miradas. ¿Por qué esos muchos miran ahí y solamente ahí en tiempos de Long Tail?
¿Es que no podemos elegir nuestros espectáculos favoritos?
¿Adónde nos dirigimos cada vez que prendemos nuestra computadora?
¿Qué es la web para nosotros?
Captain Beefheart simplemente estaba ahí, pintando sólo en su taller.
Hoy sigue pintando en mi cabeza, y en la de tantos otros.
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rafael cippolini
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lunes, 29 de noviembre de 2010
Tu software es mi biología
La diversidad cultural esta vez en código fuente
Veamos ¿de cuántas formas el software participa en nosotros? Y me refiero a esa invasión cultural que transforma nuestros hábitos y percepciones (casi) sin que nos demos cuenta, conectándonos al mundo mediante una sobrecarga informativa inmune al cansancio (o al menos a cierta clase de cansancio que creíamos conocer).
No debemos ahondar demasiado en la cuestión para percatarnos que, aunque no sepamos ni siquiera enchufar una computadora, el software ya nos atraviesa y constituye. Antes decíamos: el ser humano es un compuesto de hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, calcio, fósforo, cloro y potasio. Hace tiempo que sabemos que el software es parte de esta lista.
Sin dudas, la pregunta inicial es muy tramposa: el software jamás será algo homogéneo, sino otro territorio de disputas (una marca de poder, de la que aún desconfiamos porque no nos resignamos a formar parte de ella. No hay caso, seguimos siendo campeones en paranoia social).
Directa o indirectamente cada uno de nosotros usa y es usado por algún programa (esto ya Donna Harawaylo sabía cuando, hace un cuarto de siglo, publicó su tan glosado Manifiesto Cyborg): así no uses celular, ni te hagas ecografías, ni utilices ningún servicio de correo electrónico, el Wi Fi, sin ir más lejos, es cada vez más parte del aire que estás respirando.
Por supuesto, no estoy sugiriendo que no exista la brecha tecnológica -la desigualdad de oportunidades para acceder a las aún denominadas nuevas tecnologías-, nada más lejos que eso. Incluso Bernard Kouchner, entusiasta Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, quien no deja de festejar que dentro de cinco años la mitad de la humanidad (3500 millones de personas) tendrá acceso a la web, se deja ver preocupado por las condiciones de disponibilidad. Sin dudas preferimos el software libre al corporativo, teniendo muy en cuenta que se trata de una guerra ideológica que va tanto más allá (por favor no dejen de leer el indispensable Crímenes de la razón, del Premio Nobel Robert Laughlin sobre el salvaje abuso de las patentes).
Lo que trato de señalar es que no resulta suficiente intentar acortar esa brecha, sino más exactamente seguir repensando como reinventamos la virtualidad, de qué modo incidimos en ella en tanto usuarios y prosumidores (algo así como consumidores críticos y activos –consumidores en tanto productores-).
Es sabido, Michel Maffesoli (quien acuñó el término tribus urbanas) reconoce la impronta de Internet en los nuevos modos tribales. Al fin de cuentas ¿qué serían los floggers sin la web? Si la red promueve otros modos de sociabilidad anfibia (pues se desarrollan simultáneamente en contextos virtuales y físicos) es porque estos intercambios implican una dinámica que excede los usos que los programadores puedan haber previsto. ¿Estos nuevos tribalismos implican software tribal y programadores tribales?
Obviamente exagero, pero resulta cada vez más evidente que dentro de las currículas básicas de alfabetización se impone la enseñanza de escritura de código fuente (textos instructivos que hacen al funcionamiento de cualquier computadora). Parafraseando a Lautreámont, el software sólo será realmente libre cuando el código fuente pueda ser hecho por todos. 
Addenda: Hace ya unos cuantos meses (este año quizá haya sido uno de los más extensos de mi vida) Daniel Molina me encargó dos notas para un número de la revista Gazpacho, del Centro Cultural de España en Buenos Aires. Entonces se publicó –por problemas de espacio y edición- uno de mis textos, quedando el otro inédito hasta el día de hoy. Más que nunca se trata de un texto-remix, una variación-escorzo diferencial en la que sintetizo y a la vez retomo algunos de los tópicos de investigación del Cippodromo.
Digámoslo de otro modo: el remix textual como el más operativo de los estilos para reproblematizar un objeto cultural. El remix no sólo como lifting cognitivo sino, y sobre todo, como estilo de acción.
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rafael cippolini
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jueves, 28 de octubre de 2010
La abuela de la tecnología que rige al mundo sigue llamándose ficción
La tecnología existe ante todo para ratificar la ficción
¡La caverna de Platón fue el primer gran reality!
Si me fascinan las tecnologías (especialmente las digitales) es porque las observo desde una perspectiva estética. No es que me interese especialmente el diseño en su seducción visual, sino que me entusiasma seguir rastreando el origen de toda tecnología en una obra de ficción previa.
La tecnología existe para ratificar una ficción. Esa es su función más atractiva.
Generamos tecnología para que una narrativa de ficción transforme su protocolo. Ya vimos Skype a fines de los sesentas. Ya existía en 2001 la Odisea del Espacio. La función de la estética (en tanto gnoseología) es reeducar nuestros sentidos. Lo que llamamos tecnología también debe ser analizado estéticamente.
Lo que llamamos ficción (el concepto de ficción) es un invento moderno. Igual que el concepto de tecnología. No existe mayor epistemólogo que Giambattista Vico. La ficción es la que garantiza una tradición.
Y la sensación de perduración y progreso que guían lo que llamamos Humanidad.
Las catástrofes también suceden antes en la ficción: se las llama distopías.
Fue al comienzo mismo de las vanguardias. No sólo los Futuristas, sino también Picabia y Duchamp comenzaron a retratar máquinas como si fueran obras de arte. Al contrario que sus colegas soviéticos, a los citados europeos no les importaba tanto que sus máquinas no funcionasen. Al fin de cuentas eran pura representación. Las máquinas se volvían menos invisibles que nunca. Se transformaban en puro fetiche, puro deseo.
Warhol deseaba actuar como una máquina. Ser observado como una máquina. ¡Edipo Kraftwerk! El tiempo pasa y nos vamos volviendo cada vez más máquinas. Máquinas sobre el escenario. 
Máquinas observando a máquinas.
Cuando ingresamos a un Metaverso como Second Life sabemos que seremos observados como un diseño, como una pura representación gráfica: como el producto de una máquina.
Alberto Ginastera pidió a Marta Minujín un diseño de puesta para su Bomarzo (ópera inspirada en la novela de Manucho Mujica Láinez). Minujín le presentó una invasión de televisores (televisores en vez de músicos, televisores en vez de público). ¿Televisores en vez de Ginastera? En los estadios, el público casi no ve a los músicos sino a través de enormes pantallas.
Aprendimos a no tenerle miedo a la mediación porque crecimos con la televisión. Si Debord hubiera tenido la suerte de crecer con la televisión hoy utilizaríamos mejor gran parte de nuestras paranoias.
El arte creció con la televisión y al revés también: la tele tomó bastante del arte. Si hubiera tomado más del naciente arte contemporáneo, la televisión sería ahora una experiencia interesante. Por ninguna otra razón, antes de cerrar definitivamente el Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella Romero Brest intentó convertirlo en un estudio de experimentación televisiva.
Esto sucedía en 1969.
Por la misma época que el hombre pisaba la luna.
Y nosotros lo veíamos por televisión.
Y seguimos dudando si esas imágenes eran realmente lunares.
¿A qué llamamos ficción?
A las narrativas fuera de tiempo.
Al fin de cuentas, hablar de lo que sucede en la televisión supone al menos una tercera parte de los contenidos de la sociabilidad contemporánea. 
¿Una pintura no era acaso –desde el renacimiento, al menos- una pantalla? Un cuadro es una pantalla, esto lo supo muy bien Rhod Rothfuss. Las ventanas fueron las primeras pantallas. Bill Gates y Microsoft no se confundieron cuando bautizaron a su bebé.
¿Existiría el Pop sin la tele?
Mejor dicho ¿existiría el pop sin la reformulación de los imaginarios televisivos?
Tom Verlaine nos enseñó que sus iniciales eran la clave de su banda, pioneras del punk si las hay. No es raro que uno de mis grupos predilectos de los últimos años se llame TV on the Radio. Entre unos y otros, Phychic TV, Genesis P. Orridge y el T.O.P.Y.
Nuestra educación sentimental se funda en estos rayos catódicos.
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rafael cippolini
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martes, 31 de agosto de 2010
Esto no es ni un ensayo ni un apunte
Odio que utilicen el espacio de los comentarios para contactarme. A partir de ahora comenzaré a borrar sistemática y militantemente todos aquellos comentarios que no refieran a los temas tratados en los posteos.
Es cierto, muchas veces suelo tardar en contestar los mails. Recibo muchos y cada vez tengo menos tiempo ocioso. No es una buena combinación. Pero es la que vivo y de algún modo soy feliz así.
Paciencia con los mails que me envían. Suelo leerlos todos y tenerlos en cuenta. Hace rato que estoy bastante sobrepasado, y suelo perderme muchas cosas que me gustan e interesan. Incluso de postear, que me hace bien, me equilibra. Puro footing mental. Escribir ensayos es lo mismo, pero con otros elementos. Parcelas de mis formas de estar en el mundo.
Escribo posteos (no son ensayos remozados, sino posteos) que tienen básicamente dos disparadores: links que voy recolectando (adoro navegar por la web) y fotografías que en su inmensa mayoría encuentro en la red y enseguida captan mi atención. Los comentarios de este blog están habilitados abriendo la posibilidad de diálogo sobre lo que me va interesando a cada momento. Son rastros, trato de saber de qué modo consumo información y qué hago con ella.
Victoria Lescano escribió un libro encantador, Prêt-à-Rocker. Su libro anterior también es una maravilla. Me encantó que Damián Tabarovsky acercara nuestras escrituras bajo un mismo síntoma: la información como derroche o don, una hipótesis que ya aventuró en la contratapa de mi colección de ensayos Contagiosa paranoia. (A propósito aclaro: la última versión de un texto mío es la única que tomo en cuenta.
Considero idiota abandonar un texto cualquiera en aras de originalidad, no repetirme o lo que sea. Lo que escribo es un rastro, algo que queda y que reutilizo tanto como se me da la gana. Todo lo que escribo es provisorio. La versión más reciente de cualquier cosa que haya escrito es una versión también provisoria, pero más cercana a mi actualidad. Si vuelvo sobre esas palabras es porque algo diferente quise hacer con ellas).
Mis posteos se repiten. Y siempre incorporo todo lo que me comentan. Me gusta pensar a la blogósfera como una comunidad de conversación. Estoy sumamente agradecido a todos los que me acompañan desde hace mucho tiempo en esta tarea. Diego de Instantes de, Fabiana de Artilunio, Ana de Mao y Lenin, entre algunos otros. Hay quienes experimento virtualmente como muy cercanos sin que nos comentemos mucho, como me sucede con un blog como Ciudad Multicolor (en todos los casos observen mi roll en la columna izquierda.) Me resulta fundante su valentía para avanzar entre conceptos de modo tan desenfadado.
Este posteo está siendo escrito de otro modo: sin la dirección rectora de links ni de imágenes. De las segundas sólo diré que me resultan excelentes disparadores para algunas ideas u ocurrencias que me están revoloteando desde hace un tiempo. Buenísimo el retrato de espaldas de Vicente Grondona de Rosana Schoijett, una amiga cuya producción admiro hace años. No sé si se acuerda, pero nos conocimos en un festipunk cuando todavía éramos teenagers. Me parece buenísima también la foto que mis editores de Caja Negra (Ezequiel Fanego y Diego Esteras) publicaron de la reunión que profesaron en la salida de La Revolución electrónica, de William Burroughs (ahí estoy, en el escenario del desaparecido centro Cultural Moca, junto al dúo de Pablos, Schanton y Martín. Mis reverencias a ambos y a los Cajanegra.
En términos de blogs, especialmente de este díptico titulado Cippodromo y Cippodromon, se trata de un mes muy singular: jamás había posteado tan poco. Al punto en que éste es el único posteo del Cippodromo en agosto. Por otra parte, cada posteo, los ocasionales lectores lo saben, obedece a una hipótesis en sintonía web. En éste no hay hipótesis alguna. Simplemente estoy acumulando algo de lo que dejé en el tintero. Un blog no sólo es una radiografía mínima de un cerebro, sino de la vida a secas. Todo lo insoportable que suelo ser se da cita en esta bitácora.
Ojalá estén terminando bien el mes.
Ojalá tengan un buen balance.
Por lo pronto, este posteo concluye acá.
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rafael cippolini
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9:45:00 p. m.
Etiquetas: anfibiología, Contagiosa Paranoia, desarticulabilidad, Descontextos, exploraciones, intimidad informática, tiempo virtual
sábado, 31 de julio de 2010
Webfiction
¿Sólo guerra sucia?
¿Nada más que lucro obsceno?
Cada día son más las denuncias que hacen foco en operadores políticos que utilizan la blogósfera, las redes sociales, Twitter y demás portales web para distorsionar, coaccionar y distribuir falsa información con fines tanto comerciales como políticos.Un ejemplo, otro ejemplo. Y uno más (no hay político que no difunda su máscara en internet).
Operadores de diversas ideologías que actúan como gerentes de marketing y viceversa. Hace rato que el mimetismo es puro flujo en ambas direcciones. Pero ¿dónde termina la máscara y comienza el rol?

Desde empleados más o menos ocultos de las multinacionales de la comunicación a cibermilitantes de ocasión ganando terreno en una estructura partidaria.
¿Pero es sólo eso?
¿Identidades descartables, trolls politizados?
¿Discursos de sabotaje diseñados a medida?
¿No será que acaso esta nueva fauna de agitación navega en territorios digitales en tanto anfibios que mutan a velocidades impensadas generando otra presencia, otro impacto, otra locación de discurso?
Propagandistas intangibles para audiencias que se miden en bits.
En este escenario anfibio ¿qué grado de irrealidad tiene El Otro, cualquier Otro? ¿Todo el andamiaje especular que furiosamente pronosticaron los situacionistas sigue siendo tan sólo manipulación y sustitución?
¿Sustitución de qué?
De hecho no es ninguna novedad que la web sigue redefiniendo nuestros conceptos y modos de ficción, al punto que lo formatos ficcionales que alimentaron la ecología de los medios durante medio siglo? Me refiero a ese paisaje virtual que sigue generando sospechas en la veracidad de hitos como la llegada del hombre a la luna o “ese terrible espectáculo que no tuvo lugar”, como denominaba Baudrillard a la Guerra del Golfo .
El deseo, el horror, las estéticas, no existe aquello que no atraviese ni sea atravesado por algún código fuente, que no obtenga referencia en la visualidad digital.

Copio y pego un fragmento del texto que escribí para el bootleg:

Mientras tanto, las teorías conspirativas siguen multiplicándose.
Pronto el concepto mismo de ficción será sospechado de conspirativo.
Prosigue el texto que escribí para la obra de Bacal: “(…) Lo cierto es que [el amigo de Nico B.] envió un mensaje de texto a su novia avisándole que estaba esperándola en la puerta de su edificio. Pero en verdad aún le faltaban dos cuadras para llegar, y necesitaba ganar tiempo mientras ella bajaba desde su departamento. [Inmediatamente pensó]: “Me pregunto ahora si buscar ganar tiempo, de la forma en que lo hicimos, es lo más cercano que vamos a estar a viajar en el tiempo”.
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rafael cippolini
a la/s
4:36:00 a. m.
Etiquetas: anfibiología, comunidades virtuales, desarticulabilidad, Descontextos, estética(s) del sentido, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, régimenes de ficción, tiempo virtual
viernes, 16 de julio de 2010
Criogenizándonos
Blogs muertos, blooks, pulso, tiempo virtual
Miles. Miles de miles de blogs muertos. Detenidos.
Criogenados en la virtualidad. Algunos breves (con pocos posteos). Otros extensos. Un blog sobrevive cuando, aún detenido, sigue recibiendo visitas.
Un libro (y la inmensa mayoría de los websites) se presentan terminados. Completos. El blog (o mismo Twitter) por definición es incompleto. ¿Cuántas veces te encontraste con un blog genial cuyo último posteo está fechado hace meses o años? Creo que fue Cocteau (¿o Rimbaud? ¡confusión imperdonable!) quien describió las horas en movimiento desde el reloj pulsera de un soldado muerto. Un blog muerto suele ser exactamente al revés.
Es un tiempo personal que se detiene.
Un hábito puesto en suspenso.
No debería ser curioso que siempre transitamos la virtualidad. Y lo hacemos de tantísimos modos. Podríamos también definir la virtualidad como unos de los tantos tiempos diversos al biológico. 
La virtualidad es contagiosa. Adictiva. Twitter es un síntoma de ese “no poder salirse”. Un blog muerto puede ser sólo un punto final que deviene en otro blog. Sucede mucho. Pero también un abandono, un modo de desintoxicarnos de una de las presencias culturales de lo virtual.
¿Acaso un blook (un libro compilatorio o antológico de posteos de blog) no es una avanzada anfibia de un blog muerto? Es la diferencia fundante entre libros, cuadernos, blogs y revistas. Los dos primeros se acaban. Incitan a una completud. Los últimos pueden continuar, siempre. Hace unos veinte años le pregunté a César Aira cuántos números se editaron de la revista El Cielo (que dirigía junto a Arturo Carrera.) “El próximo está al salir”, me contestó. Desde 1969 que no tenemos más noticias de la publicación.
Podríamos parafrasear a Mallarmé y afirmar: “el mundo existe para terminar en un buen blog”. O mejor: la blogósfera no es más que otro estado del mundo. Estilos de nombrarlo, de exorcizarlo. Un blog, como toda bitácora, es una relación de tiempo y escala. Pero sobre todo de ritmo.
Es tu pulso. El de tu escritura, el de tu lectura.
Nos hacemos adictos a blogs por temporadas. Son capítulos de una historia, por más abstracta o teórica que sea ésta. Lo mismo que un Fotolog.
La blogósfera es otra biblioteca interminable.
Pero ¿qué es la blogósfera? Un estado de navegación. Ingresar a un tiempo desde muchas voces. La frecuencia (la periodicidad) logran que una voz (un modo de realizar posteos) se convierta en familiar. Un blog es un modo de construir familiaridad, por más radical o anómala que ésta quiera ser.
La extrañeza también se instala como familiaridad, si ese es tu deseo.
Siempre buscamos historias.
Aunque estas cada vez se parezca menos a las articuladas según los clásicos modelos del siglo XIX. Ya no sabemos dónde comienza, dónde prosigue, cuál de sus conflictos es el más atendible, ni cuando puede terminar.
Por lo mismo un blog en suspenso (un blog cuyo último posteo hace demasiado que no es actual), siempre señala una incertidumbre ¿qué sucedió con esa voz? ¿Regresará?
¿En qué mutó?
Este también es un pequeño homenaje a Napoleón Baroque, avatar que abandonó Second Life para tomarse unas vacaciones de cinco años, pero nos dejó sus blogs,
detenidos en la virtualidad hasta –supuestamente- que su regreso al metaverso se haga efectivo.
Es una situación vital: o imponemos nuestro pulso a la virtualidad, o ésta nos obliga a ofrendarle más horas, días, meses y años.
Estoy releyendo el epistolario entre Leiris y Bataille. Qué placer con sólo leer las fechas de cada carta. Tiempos reposados de lectura y escritura, incluso en la urgencia. Qué bueno cuando no escribimos únicamente para “dar noticia”. Los diarios personales siguen agradándome infinitamente más que las agendas.
16 de julio de 2010. El blog de la tan promocionada bloguera Lola Copacabana (Naughty Bits) se detuvo en septiembre último.
Las relaciones entre visualidad y virtualidad se redefinen ininterrumpidamente.
Cuando falleció Dani The O, pasé muchas veces por su blog intentando mitigar el absurdo de su ausencia.
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
10:18:00 a. m.
Etiquetas: anfibiología, comunidades virtuales, Descontextos, Inactualizaciones, intimidad informática, Software tribal, tiempo virtual

