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martes, 31 de mayo de 2011

El ritmo de la información

¿Qué otra cosa es un blog que ritmo?

Ritmo de la información que deseamos nos represente en la web durante un una fracción de tiempo -¿acaso el ritmo no es el modo más puro de interrogar al tiempo?-.

Blog es swing en la información o no es.
No importa si se trata tanto de slow tempo o de data en taquicardia.

Nunca dejo de pensar en ese arco que se sostiene entre estas dos aseveraciones: 1) “Si en el transcurso de la jam no sabés qué tocar, simplemente no toques” (Miles Davis). 2) “Sólo escribo cuando no tengo nada para decir. No es mi memoria la que escribe sino los agujeros, mis olvidos” (Marguerite Duras).

Entendamos: no se trata tanto de qué decir, ni de cómo (estos son aspectos secundarios), sino ante todo cuándo.
La web es presencia: tu huella está ahí. Ya no se trata de memoria –la memoria jamás es tan nítida- sino de pruebas, indicios que persisten en la escena del crimen hasta que lo decidas.

Ya escribí sobre los blogs muertos, sobre el cementerio de blogs que encontramos en cada blogósfera.

Debería también referirme a los blogs suicidados.
¿Uno es blogger o bloguista sólo si bloguea? Por alguna razón equiparo y barajo en un mismo mazo los verbos bloguear y rockear. Sostenemos la energía de un pulso.

Se dice habitualmente “fulano de tal mantiene un blog”, como quien sostiene o preservera con su amante. Seamos cursis: los blogs que nos interesan son actos de amor.
¿Qué tiempos tiene el amor?
Un amor que se mide en posteos. La información nos define.

Durante años mis posteos se sucedieron cada 4, 5, 6 días. Y fueron capítulos, jadeos de información poetizada, tamizada por estilos que antes que nada buscaban el swing. Un swing en nunca menos de 4000 caracteres. Ese tempo colisionó hace casi un año. El julio de 2010.

Tanto se estrelló –se deshizo en estrellas improbables- que el mes pasado, abril, no hubo ni un posteo. Y desde hace mucho –muchísimo en tiempos de la web- los posteos fueron mensuales.

Cuando alguien me dice “casi no uso internet” sospecho que me quiere decir: escapo de ese tiempo del mundo. Porque nada marca más el tiempo del mundo –más aún que su temperatura- que la web.

Las velocidades en que vivimos son dictadas por la web. Claro que nunca deberíamos confundir web con hardware ni software, sino con los usos y abusos que se hacen con ellos.

El término cibercultura habitualmente sólo refiere a un porcentaje mínimo de lo que se hace con internet, casi siempre de quienes se piensan como vanguardia y sólo hablan de mercado (a favor o en contra).

Por suerte la palabra tendencia es insuficiente y los geeks de tan diversos ya ni se reconocen entre ellos.

Si por cibercultura tantos reclaman un glosario de data dura –la reificación tan propia de la industria- ya sabemos, todo es viejo de este lado del espejo: ¿quién te marca el pulso? Deshabituarse a los mandatos del consumo, procurarse otros consumos. Que la cibercultura sea una de las hijas de la contracultura y no del márketing (otra expresión de deseo).

Mi swing –el swing del Cippodromo, anche el del Cippodromon- se han vuelto más y más imprecisos. Un posteo fue durante cuatro años un acto reflejo: una compulsión. Cuando esa compulsión se desistematiza, gana en otro tipo de precisión: no puede saberse cuándo sigue.

Es agradable saber que existen tantos y tantos y tantos blogs excelentes y atrapantes que siempre llegaremos tarde a ellos: leemos sus novedades como las botellas arrojadas por un náufrago. Nos alcanza con saber que ese pulso proseguirá, que hay alguien que lo sostiene, que conoceremos más ritmo.

Y el ritmo de la escritura no lo inventaron los beatniks. Ayer releía a Blaise Pascal. No sólo inventó la pascalina -¿hay algo más parecido a una computadora antes de su creación?- sino que da la impresión de que pensaba escribiendo. Ante todo swing.

La escritura también es música. Me gusta mirar a la gente que teclea y mentirme que está ejecutando un instrumento (musical). Que están poniendo en escena su ritmo (y no me refiero al pulso de tipeo, para nada. La velocidad sólo esconde ansiedad). Por alguna razón prefiero las frases que se arrastran y no quieren concluir.

Bloguear es eso: saber que en algún momento lo intentarás con otra frase.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Web Trip

¿The Web is dead? Como toda ecología, la red peligra. No es tanto cuestión de dualismos ni de industrias (otro hardware, otras digitalidades) sino de ideologías: ahí están nuestras cosmovisiones de tránsito.

Como dice Piscitelli, bienvenidos a esta guerra. Como toda Tierra Media, la web necesita de profetas. Chris Anderson (Wired) bien puede ser uno de ellos. De hecho, su creciente popularidad puede ser un síntoma (tómense un rato y lean este reportaje). No voy a comentar la explosiva portada de Wired (que ni siquiera es noticia). Pero sí avanzar en la tautología del título de este posteo: si web es red, web es también tan trip como red.

Qué estemos todos conectados no es necesariamente el paraíso. Que sepamos diseñar nuestro propio manual de viaje y bocetar nuestra personal teoría crítica de navegación quizá tampoco lo sea, pero sin dudas resulta definitivamente más urgente.

La Web es un trip o es más de lo mismo.
Una computadora no debería ser un mueble ni un adorno. Tampoco una corbata ni otro electrodoméstico (una aspiradora de información). Posiblemente sea una mentira o una exageración que Steve Jobs y Woz hayan soñado a las primeras computadoras personales como la droga más demoledora, como la más peligrosa lisergia (la historia cuenta que IBM los rechazó). Sin embargo me entusiasma alimentar ese mito.
Me hace muy bien poder pensarme como una de las tantas fallidas consecuencias de la psicodelia digitalizada.

¿Qué sentido tendrían el Enterprise, el Nautilus, el Mach 5, el Halcón Milenario o el Súper Convertible del Profesor Locovich si su destino fuera exhibirlos en una tarima?

No son monumentos (o al menos no lo son en el sentido tradicional): son proyectiles habitables que nos proponen otra aventura.

El Señor Spock o Han Solo no inventaron sus naves. Rick Hunter no es el creador de los Veritech pero sí quien los llevó más lejos. Un buen piloto reconvierte los usos de su nave. Por ninguna otra razón Duchamp sigue resultándonos tan célebre.

¿Qué tan lejos podés viajar si salir de tu habitación?
Raymond Roussel, gigantesco viajero (¿vieron imágenes de su temprano motorhome?) adscribió al mito de haber recorrido el mundo sin moverse de su camarote (ver al planeta como una sobreextendida sucesión de puertos desde un ojo de buey). Con una laptop o un iPad hace rato que tus viajes pueden elevarse al cubo.

Hoy no propongo otro nonálogo, sino más bien cinco rápidas anotaciones sobre qué sigo entendiendo por viajar en tiempos de web. Voy por los verbos en infinitivo.

1. Resignificar el soporte. Tonta paradoja: lo que nos interesa es la música, no el instrumento. Podés tener tu piano favorito (con el que sentís más empatía) pero lo que más interesa es lo que hacés con él. Que tu fetichismo no te encapsule. La web es parte de tu libido. En el más impecable sentido mcluhaniano, la web es nuestra continuación por otros medios. Como quiso Mara Ballestrini en ¿Paréntesis Gutenberg?, si nuestro cerebro ya es una máquina de remixar, pues entonces ¡remixemos! No te veo sólo en vivo y en directo, sino que te conozco desde la red. Para saber quien sos, te googleo: tu primera carta de presentación es la que veo desde mi laptop.

Con el tiempo sigo completándote desde la web. Si la web es tan intima como cualquier otra prótesis, sería idiota suponer que mi percepción del mundo –y el modo en el que los demás me perciben- no depende de ella.
Imprimile tu estilo.

2. No detenerse, perderse otra vez. No estaciono nada en Facebook. Ni en la decena de portales mas visitados. Al revés, mis apetitos sicalípticos se regodean en las fluctuantes identidades de los blogs, en los jadeos de miles y miles de twitters, en las instantáneas de infinitos flickrs y fotologs. Los gestos pueden repetirse, pueden fatigarnos, pero siempre nos abren a otros y otros que nos dinamitan de placer con sus divinos detalles. Ya sabemos: la diferencia entre un viajero y un turista es que el segundo siempre está pensando volver a su casa. Como Roussel en su primitivo motorhome, prefiero ser mi propio gasterópodo.

3. Wonderland está por todas partes. Y en el lugar menos previsible. Lo más satisfactorio de los atajos son sus defectos medulares: la meta puede presentarse donde menos lo esperabas. Ningún mejor aprendizaje que nuestra intuición de tags.

4. Envejecemos más rápido que los soportes. Es algo que me parece patético muchas ideologías de las ciberculturas. ¡Dale tiempo a la plataforma! Si medimos tanto software y hardware desde nuestra maldita impaciencia o inseguridad de tener algo nuevo que decir cada día, lo seguro es que ya nos estemos privando de fabulosos recursos. Hay que aprender de Keith Richards: seguramente la mejor Telecaster tenga varias décadas de añejamiento. La web nunca nos hace esperar tanto.

5. Erótica de la infoxicación. No voy a redundar porque sí. Te recomiendo estas dos entrevistas a Kevin Kelly (otro Wired) realizadas por Andrés Hax. Ésta es una (click acá) y ésta es otra (click acá).

jueves, 30 de septiembre de 2010

Tecnotribalismo y glamour

El futuro es aburrido” suele contestar Mark Dery cuando se lo consulta sobre la transformación de su foco de atención (de su interés en torno a las ciberculturas hace quince años a la inmersión en un enciclopedismo de patologías culturales en los últimos tiempos).
Creo que mucho tenemos que aprender de esta respuesta.

Uno. ¿las ciberculturas siguen lucrando –más no sea teóricamente- con el futuro como era tradición? Una vez más la lectura de Maffesoli nos sale al paso: si realmente estamos reconquistando la tribalidad por otros medios ¿de qué futuro estamos hablando?

Dos. Para narrativas como las de Dery y Erik Davis (regresemos a Techgnosis) las ciberculturas se manifestaban como pura alteración de nuestros principios de realidad cultural. Actuaban como una suerte de droga mística (no tan lejos de su reverso: Terence McKenna promulgando que la cultura es nuestro sistema operativo). Este movimiento de quiebre (la tecnología divorciada de la ideología del progreso de la modernidad, entronizada como novísimo misticismo) se convierte en una ecuación que sigue modificándose frente a nuestras narices.

Ni más ni menos: las relaciones entre tecnología y religiosidad (nuevos ritos, viejos mitos) reaparecen una y otra vez, remixadas con otros parámetros.

Tres. La frontera entre lo físico y lo virtual sigue estando mediada por el fantasma de la muerte. En este cruce, los enunciados religiosos se ponen a la orden del día. La virtualidad digital exige mucha energía física (mantener un canal de Twitter demanda muchas horas frente a una pantalla). Y a la vez, la visualidad resultante sigue amplificando el reino de la mediación (las intermodificaciones entre visualidad y virtualidad son uno de los núcleos más duros de nuestra contemporaneidad).

Nuestros avatares no envejecen. ¿Existirá algún tiempo en el que la digitalidad envejezca como un lienzo o como los óleos?
Seguimos siendo nuestro(s) soporte(s).

Cuatro. Envejece el diseño, no la virtualidad. Envejece la visualidad, no los bits. No existe religión que no se alimente de la vulnerabilidad de nuestros cuerpos.

Cinco. Los maquinistas nunca fueron muy bien considerados socialmente. Seguramente por esto crearon sus logias, sus sectas. Era el modo de cultivar un secreto al margen de sus patrones.

Seis. La tecnofobia tampoco es lo que era. Si el tecnófobo no se reconocía por su aversión a lo tecnológico sino, por el contrario, en su elección de una tecnología anterior, hoy este margen resulta cada vez más delgado. Pensemos como lucen los arquetipos-adalides, dentro y fuera de la narrativa de ficción.

Los verdaderos creadores de las ciberculturas –de Richard Stallman a Jaron Zepel Lanier- lookean más cerca de Berger en la película Hair que de Neo en Matrix-. Más acá, pensemos sino en el hacker Plaga de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. ¿Acaso Sillicon Valley no es la capital de la moda contemporánea? Los geeks lo saben mejor que nadie.

Siete. La mejor tecnología reinventa nuestras neurosis. Y lo hace de modo tan fino que rearticula nuestra percepción de realidad sin que lo advirtamos. ¿Cuántas veces leemos la palabra Twitter en las páginas de un diario? Ni más ni menos: Twitter, Facebook o Youtube son palabras que aparecen repetidas en los medios con más frecuencia que tantos tecnicismos de política y economía que hasta hace poco recorrían los enunciados de las noticias.

No es que repentinamente todos amen escribir o filmar(se). Diversamente, nadie quiere dejar de decir presente en la virtualidad.

Ocho. La cultura de la virtualidad digital promovida por internet es por definición ubicua. Está en todos lados. Incluso en tus bolsillos –en tu iPhone, ese ciberespacio adaptado a tus pantalones-. Inscribirte –redes sociales mediante- en la virtualidad alimenta la fantasía de estar siempre presente, aunque muy pocos se enteren. ¿Puede existir hoy por hoy la opinión pública sin la web?

Nueve. El vudú hoy se practica en código fuente. ¿Hasta qué punto modificando tu presencia en la virtualidad no estamos alterando tu integridad en el mundo físico?

miércoles, 19 de mayo de 2010

Tan elemental como que nuestro presente no es más que la ciencia ficción de nuestros tíos abuelos

Los modos de hacer arte siempre desconfiaron de la multiplicidad. Tanto, que nos sigue resultando útil historiar todas las formas que fuimos diseñando para limitar esa proliferación. Es fácil inventarnos muletillas, lugares comunes. La pérdida del aura ensayada por Benjamin ya es, a tanto tiempo de su escritura, simplemente otro lugar común entre otros.

Sin embargo la pretensión de unicidad, de singularidad última de toda obra nos resulta (y para nada paradójicamente) una herramienta clave y resistente en nuestras prácticas sociales.
La enseñanza de figuras como el ready-made o el found footage lo dejan en claro: aquello que se concibió seriado puede acrecentar demoledoramente su valor a partir del simple gesto de un secuestro. Pues ready-made, found footage o object trouvé (al igual que el detournement, todos ejemplares diversos de la misma familia) determinan que la extracción constituye un valor fundante. El quitar de su hábitat, el modificar el uso para el cual fueron concebidos.
Tecnología desviada. Digámoslo otra vez más: el arte barbariza las lenguas de la tecnología.

Las relaciones entre arte y tecnología no se sostienen en ningún otro supuesto.

Una obra de arte es tecnológica cuando se presenta en tanto tecnología de autor. Por supuesto que existe una gran diversidad de tecnologías de autor y la gran mayoría de estas manifestaciones nada tienen que ver con el arte. La diferencia es básica: la tecnología barbarizada se clausura o limita a sí misma. Impide o cuestiona su proliferación. Ya sabemos: lo que muchas veces se percibe, desinformadamente, como absurdo o inútil no indica más que la sustracción de un uso socialmente difundido.
Cada vez estoy más interesado en la obra del artista argentino Leonello Zambon. En sus propuestas de laboratorios móviles. Dos paradigmas se conjugan en cada una de sus obras: sofisticación y precariedad.
Volveré sobre él y sus proyectos en próximos posteos.

Las nuevas tecnologías sólo parecen aceptar la singularidad por medio del tuneo del software (y en verdad no se trata de ningún tuneo). En la limitada elección de ciertos presupuestos sostenidos por el diseño.

En posibilidades tales como en la elección de los motivos de escritorio. Dime cómo dispones tu pantalla inicial y te diré que tanto problematizas las estéticas más cotidianas de tu vida social. En menor medida en el tipo de sistema operativo y los programas que lo articulan: al fin de cuentas, adoptar a Linux implica tanto una ideología, como un modo de pensar el mundo.

Pero en todos los casos el sistema que pone en funcionamiento tu computadora es exactamente el mismo al de millones de otras máquinas. Un clon entre tantísimos otros. Es precisamente en este punto en el cual el arte expone su diferencia.

Más que nunca, el arte de nuestros días se posiciona y traza sus estrategias en una historia cultural de la virtualidad que nos interna en un capítulo por demás inédito.

Todo hardware reclama un software: no constituyen sino dos hemisferios de lo mismo. Dos dimensiones con relativa independencia y desde cierto punto de vista, nadie podría decir cuál manda a cuál. Estamos ante la metáfora más precisa sobre los comportamientos más contemporáneos de la virtualidad.
Lo material y lo virtual durante siglos se presentaron en sociedad exhibiendo su jerarquía: después de todo, lo virtual no es nada diferente a otro estado de lo material. Escribí en otra oportunidad que lo que conocemos como virtual durante siglos y siglos no fue nada diferente al basurero de lo real. Pero esta interrelación hace tiempo que no guarda las mismas proporciones.

Cada vez más nos definimos en lo virtual. Cada vez más nos comunicamos mediante elementos que se determinan más en tanto virtuales que materiales. ¿La oveja Dolly nos puso en estado de alerta? Todos somos hoy (al menos en parte) la oveja Dolly. Una vez más el ABC de la teoría cyborg: el software que nos define puede clonarse indefinidamente.
No existen hardware ni software que no se articule en un complejo de metáforas. Navegación, ciberespacio y tantas otras figuras que la tecnología apropió de los imaginarios y glosarios de la ciencia ficción.
¿Necesitás aprender más sobre la tecnología de pasado mañana?
Leé (o releé) a Tinianov.

Sin embargo, todavía cuesta aceptar, al menos masivamente, que estamos constituidos por estos modos de relato y que lo que llamamos ciencia ficción, hoy más que nunca, no es más que otra variable de tiempo.

viernes, 16 de abril de 2010

Mi abuela era cyberpunk

¿Novela en Twitter?
¿Cine para Youtube?

¿Qué es lo que evaluamos cuando nos encontramos con una experiencia como la de Serial Chicken? ¿El estado de la novela o las posibilidades de Twitter? ¿O ambas?

¿Para cuando un movimiento de cineastas que sólo filmen para Youtube? ¿No existe ya? No de programas o seriales, sino de largometrajes.

Exactamente al revés de Benjamin y sus glosadores, el momento que más me atrae de un medio es cuando, inmediatamente después de su irrupción masiva, todo parece desajustado, cuando el fantasma de los formatos pasados descalifica y exige lo que éste no está interesado en proveer. Benjamin, como el divino Luchino Visconti, sabía que la decadencia es elegante cuando se formatea en aristocracia.
La desconfianza y torpeza frente a la tecnología pasa socialmente para muchos como signo de aristocracia cultural.

¿No deberíamos plantearnos por enésima vez qué es lo experimental? ¿Qué papel juega? En realidad la pregunta que más me ronda es otra ¿de qué modo envejece lo experimental?
¿No hay algo conmovedor en un vanguardista entrado en años?
¿Y si complejizáramos una vez más las relaciones no siempre fáciles entre experimentación y vanguardia?
Más aún cuando convenimos en reconocer a las vanguardias (y lo vanguardístico) como un capítulo ¿momentánea, definitivamente? clausurado.

Vivimos de historias y de mitos (por suerte). ¿No seguimos denominando experimental al desacople que se produce entre nuestro modo de percibir (lo que esperamos recibir) y esa zona de prueba que explora las posibilidades postergadas o negadas de de un medio? Nos cuesta aceptar que tantas veces denominamos natural a lo que decodificamos tan velozmente que casi no nos damos cuenta.

Por ejemplo, estos géneros que no tienen todavía nombre, o al menos no un nombre definitivo, posibles gracias al inconmensurable archivo que la web pone a nuestro alcance (chistes idiotas y tan divertidos realizados con imágenes obtenidas de la misma red) son tan viejos y novedosos al mismo tiempo que nadie se atreve a reclamarlos como una estética.

Fernando Castro Florez. “El devenir histórico había limitado las tendencias desmaterializadoras, aunque como consecuencia se anatematizara la pintura y concediera a la contextualización (eso que imprecisamente se denomina "instalación") carta de naturaleza. Pero el desplazamiento hacia el sociologismo, la "retórica política" o los escándalos pactados han hecho que la mercadotecnia
(sea en clave paródica, con vocación desmanteladora o meramente integrada) se neutralice a sí misma. De nuevo se plantea la pregunta por el hic et nunc de la obra de arte, qué tipo de presencia puede tener en la era de la digitalización de la mirada.”

Del mismo modo que el rock inventó alguna vez la No-Wave, más que la Post-Web pregonada por Jaron Zepel Lanier, deberíamos indagarnos sobre la No-Web, la contracara de las estéticas que la web promueve.

Hace ya mucho que me pregunto qué es lo que puede llegar a presentar como distinto o específico el arte realizado especialmente para los metaversos. Ya: las redes sociales imponen su estética, su pobre idea de lo que pueden ser los formatos de las ficciones que desde nuestro presente susurran los futuros inmediatos.

¿Relatos?
Tan elemental y definitivo como que cada uno de nosotros tiene una historia, y nos sabemos protagonistas de un relato constituido y cruzado por cientos y miles de otros relatos, cuando todo relato es una acumulación de sensaciones, dudas, certezas y programáticos olvidos.

Me gusta pensar a cientos de miles de miles de blogs y twitters y videos en Youtube o Vimeo como los disparadores de una monstruosa dinámica que produce la conexión no siempre azarosa entre tantas memorias en tiempo virtual. Si la web es disponibilidad e interconexión, lo cierto es que en ninguna otra época tantas historias estuvieron tan interconectadas e interinfluidas. Jamás antes un libro, una canción, una película, un dibujo, una fotografía se interrelacionaron de tal forma, en tan demoledor ritmo. Y a pesar de que infatigablemente seguimos reflexionando sobre en qué clase de lectores, de observadores, de escritores y de productores de imágenes estamos convirtiéndonos, cada vez experimentamos más el vértigo de estar expuestos y atravesados por millones de historias a una demoledora velocidad.


Estamos hechos de la misma materia de esos relatos.
Ya no leemos ni vemos ni oímos ni escribimos del mismo modo, aunque tengamos la impresión de que todo sigue más o menos como siempre.

sábado, 20 de marzo de 2010

Mush Up Zombie

Los zombies están devorándose la historia (sus estéticas y conflictos). Pero ¿quiénes son los zombies? ¿Por qué sucede esto?

Anteanoche Delius escuchaba, como de costumbre, su programa de radio de cabecera, Alegría Sueca (radio por Internet). Especialmente su extenso reporte sobre la tan comentada novela de Seth Grahame-Smith, Orgullo y Prejuicio y Zombies (la versión de la celebrísima novela de Jane Austen pero esta vez con muertos vivos). Estábamos al tanto. Hace muy poco, Bompland Karenin dejó un comentario en este blog a propósito de esta producción. Pero no estábamos enterados sobre la versión de una película que parece que está en marcha (producida y actuada por la perseverante Natalie Portman).

Me gustan las revisiones, los puntos de vista anormales sobre un conflicto que ya se volvió tradicional, pieza clave en nuestros imaginarios. Ahora bien ¿esta anormalidad no es también parte de un sobreextendido clasicismo?

Si de escorzos y cosmovisiones vibrantes se trata, voces narrativas tan dispares como las de Faulkner (El sonido y la furia) y Reinaldo Arenas (Celestino antes que el alba) nos enseñaron que el mundo puede ser extremadamente extraño, depende de cuáles ojos lo examinan.
¡Desconfiemos siempre de los puntos de vista que nos resultan demasiado naturales y cercanos!

La reescritura (sobreimprimir una voz a otra) invariablemente nos descubre las diferencias. Cuanto más estridentes, más molesto y necesario es el efecto. Las estrategias del porno están ahí para demostrarlo (la más contemporánea de las reencarnaciones de la sátira). El porno se monta (perdón por la facilidad de esta figura) sobre todo éxito para, literalmente, enseñar las mecánicas ridículas de su desnudez. ¿Y no es también una de las premisas de una buena corriente del hip-hop? Esta semana estuve escuchando mucho una de las últimas ediciones de Blue Note. Tal cual: Jazzmatazz (hosted by Guru).

¿Acaso el mush-up no es primo hermano de la mirada gélida de la sátira?
El género derivado de Silenos, mentor del afamado Dionisios.

¿Reencarnación de los antiguos sátiros en la putrefacta piel de los zombies?
¿Cuál es la sorpresa? ¿Acaso los sátiros y zombies no estuvieron eternamente obsesionados con la carne fresca?
El otro lado de la muerte.
También existe la opción zombi”, señaló Delius.
Hablé del porno ¿acaso la primera película de sexo explícito de la historia –ese mito situado en las riveras de la ciudad de Quilmes- no se tituló, precisamente, El Satario?

Satirización de los zombies, zombificación de los sátiros: como bien se dijo en el programa Alegría Sueca, sólo es necesario poner una letra Y, crear el nexo y los imaginarios que podrían parecer distantes comienzan a diseminar sus vasos comunicantes.

Pero ¿los imaginarios no se superponen siempre? Ya sabemos, los géneros actúan como cualquier ecosistema (se devoran unos a otros). Los géneros, al fin de cuentas, no son más que estéticas recodificadas.
¿Habrá que pagar derechos?

No tuve oportunidad de ver aún la versión de Alice in Wonderland de Tim Burton, pero ya estoy al tanto (el reportaje de la última edición de la Rolling Stone argentina, sin ir más lejos, le dedica un extenso margen a la cuestión) que precisamente se trata de una versión (es decir, otra versión). El título homónimo confunde, pero no estamos frente a una adaptación del relato de Lewis Carroll sino ante una fanfiction. Ni más ni menos que una nueva aventura de Alicia, en la mejor tradición pop ¿no nos alcanza con I’m the Walrus de Lennon o Canción de Alicia en el País del regresado Charly García?

Dije Mush up. Como los mitos, son propiedad de la humanidad.
Reutilizarlos implica volver a narrarlos. Incluso en lo que no sabemos de ellos.
Como lo hizo Marcelo Eckhardt, que buceó en lo que le sucedió a Silvio Astier después del Juguete Rabioso.

Hace ya tiempo que estoy compilado escenas ajenas en Second Life, utilizando el fabuloso visor Emerald. Con él nos convertimos en aún más esmerados espectadores: podemos seguir pequeñas historias al modo de películas involuntarias en tiempo real. Por ejemplo, días atrás exploré una ciudad de inspiración Blade Runner (de hecho así está señalada en el buscador). Blade Runner: Philip Dick y también William Burroughs (otro mix). Me colgué viendo trabajar a dos personajes –parecían una pareja- que indudablemente exhibían un look sutilmente steampunk.
Ninguna mejor fanfiction que los universos paralelos. Podríamos narrar, retrospectiva y prospectivamente, a la ciudad de Blade Runner como una evolución de las ciudades steampunk.

¿No es lo que hizo el siempre inspirado Lorenzo García Vega con el concepto macedoniano de novela mala en su Devastación del Hotel San Luis? ¿No es lo que hicieron Arturo Carrera y Teresa Arijón con esa exquisitez denominada Teoría del Cielo hace casi vente años?

martes, 2 de marzo de 2010

Arte para Zombies

Un posteo de imaginación vintage

En casi todos los sentidos, la desbordante presencia de la web en nuestras vidas vuelve a señalar el triunfo de la cultura pop sobre los imaginarios reinantes.

Hasta el punto de que hablando de cultura web estamos refiriéndonos, por elevación, a la cultura pop.
(¿No es acaso lo que nos separa tout court de Paula Sibilia que sigue referenciando a la imaginación técnica en Walter Benjamin?).

Pero atención: lo que entendemos por cultura pop no es un concepto acabado, cerrado, delimitado. Muy mal hacemos si creemos que su epicentro es o fue el arte pop (la filosofía visual de los tiempos Warhol y todo cuanto inspiró). Precisamente, la eclosión de la cultura web viene a confirmarnos que la cultura pop sigue definiéndose en una perpetua mutación.

Esa mutación estética que no es más que ideología.
Nuestra ideología.

Casualmente, buscando un viejo texto de Pablo Schanton, volví a encontrarme con un blog (éste) en el que se publicaron las notas de aquel proyecto de Daniel Melero que conocimos con el titulo de Recolección Vacía (hace ya muchos años de esto).

Me interesa ahora rescatar dos párrafos que parecen (junto a varios otros) resistir maravillosamente bien al paso del tiempo (lo que implica: cuidar otros pasados para recordarnos que este presente puede formatearse de otro modo). El primero dice:

La artesanía es un zombie del Arte. Toma una forma que en su momento fue arte con el fin de reproducirla infinitamente como un clon de menor resolución que el original. Me imagino que alguna vez hubo un coya que hizo una vasijita realmente increíble y admirable. Hoy existe un mercado de vasijas coyas. Con el rock' n' roll sucedió lo mismo, e incluso con cierta música tecno que ya está hiperclonada.”

Lo mismo sucede con la cultura pop. Convertida en cierta artesanía de diseño (valga el oxímoron, es indudable que existe una cultura pop reconstruida a partir de clisés) bien puede ser un zombie del arte.

Pero el fracaso de esos clisés (esos objetivos traicionados, esa comunicabilidad interferida) nos abre a territorios de aprendizaje que siguen siendo nuestra mejor droga.

A ver ¿con qué metáforas pensamos la web? (Y cuando escribo “pensamos” también digo “imaginamos”). Insistimos en que las metáforas que sostienen la cultura web provienen del glosario de la ciencia ficción (y hay que ver hasta qué punto este vocabulario y sus consecuencias siguen interalimentándose).
Y cuando digo imaginamos también quiero decir interactuamos.
¿De qué modo utilizamos un programa, incluso un hardware? (ese uso que no es más que estética y por lo tanto política en estado puro).

Segunda cita de Recolección Vacía:

“Hace casi cuarenta años Robert Moog insistió en la necesidad de aplicarle un teclado al sintetizador oponiéndose a Don Buchla, mi ídolo, que había inventado un instrumento con sensores, unas placas que con sólo tocarlas emitían sonidos.

Por supuesto, Moog respondió al mercado que siempre tiende a la estabilidad y a la necesidad de los viejos tecladistas que exigían afinaciones estables (que la escala se mantuviera todo el tiempo perfectamente temperada ya que la belleza musical dependía de la relación entre alturas tonales impecables). Buchla prefería sus sensores análogos cuyos sonidos jamás llegaban a ser los mismos, ni a estar afinados según los parámetros académicos. ¡Imagínense los problemas que le hubiera agregado este hombre a un Rick Wakeman que pegaba sus perillas con poxipol para que sus ejecuciones en vivo reprodujeran con una exactitud total (nunca la conseguía, claro) lo que había tocado en los discos! Estos músicos no soportan lo impredecible y lo combaten influyendo en el mercado, además de difundir las ideas de control, reproductibilidad y exactitud como valores a los que la tecnología debe responder. Es una lástima; si el sintetizador modelo Buchla hubiera vencido en el mercado, la música habría sido otra.”

Lo que sigue resultando tan atractivo del low tech es su aún pregnante aroma a pequeño David frente al demoledor Goliat.

Low tech no es solamente modestia de recursos sino resistencia a un status quo de uso. Es otra imaginación, del mismo modo que los imaginarios de Don Buchla y de Robert Moog fueron por completo contrapuestos. Dos ideas muy diferenciales de música. Lo mismo podríamos decir de la web: ¿de qué forma la usás?
Si existe hoy un estilo, ese es de los fundamentales.
Tu estilo web.

Son los tantos futuros del pasado en nuestro presente. Si adoramos a Kraftwerk (cita obligada del arte contemporáneo electrónico –sí, sí: los suyos no son sólo recitales sino muestras sonoras de arte-) también celebramos esas otras estéticas donde el tiempo vuelve a enrarecerse: La Roux, pero por sobre todo Chew Lips y Telephate.
Capsulas de tiempo.

Nunca deberíamos olvidar que en su origen las computadoras portátiles formaron parte de una cultura tan psicodélica como de garage. (Más credo estético).
Un magma que jamás debería escindirse.

Nota Bene: Estuve buscando en mi hemeroteca ese número (ya museográfico) de Expreso Imaginario en el cual Damián Tabarovsky expande su no tan velada Oda al Mini-Moog. No lo encontré. Sin embargo, vuelvo a festejar la referencia.

Wendy Carlos forever.

jueves, 25 de febrero de 2010

Orgía total

Apuntes de software ritual y primitivismo web: más remixes de imaginación arcaica


“¡Bakunin derrotado por el fin de semana! Aún mejor: Bakunin-Ray Ban-Coca Cola. Todo es lo mismo. Por otra parte, en los recogedores de basura, en los basureros, donde todo acaba, también los muertos asesinados, ¿acaso no vuelve a ser todo lo mismo? Entropía de las entropías, el desorden general asimila y empareja todo ¡He ahí el verdadero igualitarismo! (Enrico Baj).

Ritos, ritos, ritos y más ritos en la era web.
La cultura de la red no hace más que reactualizar y deformar las siempre renovadas (y tan arcaicas) potencias del reencantamiento del mundo (Maffesoli dixit). La batalla de antiquísimos imaginarios en el paisaje de una infinita telaraña de información.
Nada más tribal que la sociedad de la información.

¿Cuál es el límite entre la tecnosis y la techgnosis?

Si los neoluditas tienen un rol en nuestra cultura, este será el de revisibilizar a las máquinas (sus novísimos daimones). O, con mayor precisión, denunciar las políticas de anexión de nuestras más triviales conductas a los protocolos maquínicos, en esa erótica que comparten con los geeks –su contracara absoluta-. Sí, sí: un neoludita es un geek al revés. Y viceversa. Una vez más, nos referimos a las guerras de la ergonomía.

Tal cual: deberíamos recaratular nuestras épocas de acuerdo a las ergonomías triunfantes. Aunque no es su fin, lo cierto es que las ergonomías invisibilizan a la máquina y sus efectos. La ergonomía rige las ecologías de la virtualidad.
Nada compromete más al cuerpo que la expansión de la virtualidad digital.
Comodidad e incomodidad de las máquinas. En esta línea se multiplican todos los eslogans de esta guerra.

Tecnosis: resistencia del cuerpo. (La virtualidad refuncionaliza al cuerpo).
Techgnosis: si los gnósticos creían que de todo laberinto se salía por arriba, los techgnósticos saben que no existe más que laberintos de información.
Política junk: Bakunin-Ray Ban-Coca Cola.
Entropía de las entropías.

Pero ¿acaso la web no comienza en tu cerebro?
¿En tus terminales nerviosas?
¿Acaso no la experimentás antes y después de la web?
La polución anida en tus sentidos.
¿Anarquía perceptiva?
¿O nueva redistribución de los estímulos e imaginarios?

Gregory Bateson, partidario de una ecología de la mente, dice que toda la contaminación nace de la mente antes que de la chimenea de una fábrica.

Y es justo, yo voy incluso un poco más allá y digo que la contaminación nace de la imaginación. Y es la imaginación que hace a uno pensar en construir una fábrica, después entra la mente racional que la hace proyectar la fábrica, pero el primer momento, el primer input viene de la imaginación que provoca ideas e impulsos.” (Enrico Baj).

Los paisajes actuales irritan.
Ningún antídoto más efectivo que el elegante reclamo de los modos que se esfuman (loas a Sebald). ¿Realmente el pasado es más elegante, más sabio?
La guerra no se debate en los dominios de la tecnología, sino en los imaginarios que la resignifican.
¿Qué imaginarios transitan a Jennifer K. Dick?
“Jacques Sivan, Susan Howe, Anne-Marie Albiach, Mathias Goeritz, Ricardo Goncalves, Philadelpho Menezes, Maurice Roche, Clemente Padin, Franklin Capistrano et -bien sûr-Mallarmé!”

Sí, Mallarmé.
(“Un Dante de la Edad Industrial”, como afirmó Haroldo de Campos).
Un golpe de dados jamás abolirá el bazar. (Eric Raymond).

Una vez más, no se trata de una “nueva imaginación”.
Nadie más actual que Giambattista Vico.
El futuro sigue siendo Raymond Roussel.

Maffesoli, otra vez: “No es exactamente el retorno de las tribus tradicionales. Es la vuelta de la tribu, más Internet. Y esa sinergia entre lo arcaico y el desarrollo tecnológico es la gran marca de la posmodernidad y el lugar donde las tribus se expresan.
Llegué a esto analizando cómo las tribus musicales del sur de Francia se ponían en contacto con tribus que hacían la misma música en Budapest o Bratislava. Compartían el mismo gusto musical y gracias a Internet se contactaban. Nuestra marca de época es la tribu, lo arcaico, más el desarrollo de Internet.”

martes, 9 de febrero de 2010

Future Fashion Now

La escena es absolutamente lisérgica (tanto como podría serlo un animé facturado por Nickelodeon): es una historia de amor, pero también una estudiantina, que a su vez es una obra de arte, tanto como una publicidad y un bastión fashion

¿acaso el pop del siglo XXI no lo es todo simultáneamente?
Las próximas generaciones no admitirán las diferencias.

¿Acaso ese cybercupido descendiente de Pokemón -y por lo tanto de los tamagoshi- no pertenece ya a una tradición que remixa decenas de referencias culturales en unos pocos minutos?
El sincretismo es feroz.

Superflat First Love (video al que me refiero, y que les recomiendo ver haciendo clic acá) es una obra por encargo que el mega-star Takashi Murakami realizó para Luis Vuitton. La lengua de Murakami ya no es (exactamente) el animé, sino algo que va un poco más allá (y más acá): él sabe que nuestro inconsciente imita al animé.

Hace mucho que vengo insistiendo con la necesidad de estudiar minuciosamente las múltiples mutaciones estéticas de la ciencia ficción para poder abordar una antropología de la web.

Los imaginarios que delinean la red de redes no conocen otro origen (¿acaso los paraísos artificiales de la psicodelia no son el reverso de la ciencia ficción?). Por supuesto, lo que entendemos por ciencia ficción se viene transformando tanto, que quienes se formaron con la ciencia ficción clásica, como Pablo Capanna, ya no la reconocen en ella.

Sin embargo, la ciencia ficción no sólo es una ficcionalización de los imaginarios de la ciencia, sino también un fashion de la ciencia. Recomiendo y mucho leer este artículo de un blog que sigo, el de Proyecto Líquido, que describe el momento en el cual De la Tierra a la Luna de Jules Verne dispara un quizá inesperado nuevo mundo: la ciencia ficción de indumentaria.

Es precisamente este artículo el que cita un momento clave en el desarrollo en cuestión: cuando el imprescindible Gilbert Rohde, convocado por la revista Vogue estadounidense en 1939, propone su Future Man (ver foto). Una producción impecable: el futuro de la moda.

¿Acaso el fashion de Barbarella – no sólo el de la película de Roger Vadim, estrenado en 1968 (año de expansión psicodélica si los hay) sino también el del cómic de Jean Claude Forest creado seis años antes, no traza ya las coordenadas para el encuentro definitivo de todos estos intereses que aún seguimos observando, en cierto modo, como diversos? Pop en estado puro.

Muchos pueden recordar a Rohde como un clásico del modernismo, pero lo cierto es que ayudó a proyectar un fashion de la ciencia ficción que todavía sigue su curso. Así como la ciencia ficción diseñó su historia antes de que existiera el término (el año pasado falleció su creador, Forrest Ackerman, aunque el género como tal ya existía, con su fisonomía autónoma, desde 1927 por obra y gracia de Hugo Gernsback, creador de Amazing Stories) de modo similar desde Rohde pudo leerse a una película como Metrópolis (1926) de Fritz Lang, como una avanzada del fashion.

No son pocos los cruces, todo ya estaba ahí. Como vimos; Metrópolis se adelanta sólo un año a la revista de Gernsback, en la que comenzó a publicarse otro clásico de clásicos, Buck Rogers (una historieta, como la posterior Flash Gordon, en donde los vestuarios eran una parte clave de su atractivo). ¿Cómo el mismísimo Osamu Tezuka, padre del animé y entre tantas otras maravillas, de Astroboy, no iba a ser fan declarado de la película de Lang, de la que haría una versión libre estrenada postmortem, en el 2001?
Más pop en estado puro.

Ahora bien ¿puede verse Superflat First Love como una historia de ciencia ficción? Como Pablo Capanna me pregunto ¿es ciencia ficción tanta narrativa contemporánea heredera de los relatos de William Gibson, Bruce Sterling o Neal Stephenson y que se promociona como tal?

Seguramente poco guardan de los modelos originales, pero es difícil argumentar que no son consecuencia de la misma corriente.
Un río que desbordó tanto que ya nos cuesta reconocer las orillas.

Hernán Ortiz: “Gracias al programa espacial norteamericano, la tecnología y la moda se fusionaron para desarrollar el traje espacial.

La tarea de los diseñadores fue predecir cómo las superficies de la tela, capas, forros, metales y plásticos reaccionarían en el espacio exterior, teniendo en cuenta los cambios en la masa corporal (que requerían el ajuste automático de las telas) y los problemas de confort, bienestar físico y movilidad. A medida que se hacían más sofisticados, los trajes espaciales, al igual que el diseño de Rohde, regulaban la temperatura corporal, y estaban equipados con transmisores para enviar información sobre los signos vitales del astronauta. (…)

Yves Saint Laurent, André Courrèges, Pierre Cardin y Paco Rabanne fueron pioneros del aspecto de la “era espacial”. Esto les permitió expresar una imagen ultra-moderna y progresiva del futuro muy acorde con la cultura joven y callejera de los 60s. Paco Rabanne, arquitecto apodado por Coco Chanel como “el metalúrgico”, era reconocido por utilizar materiales experimentales y alternativos. (…) Recientemente, en el libro Tomorrow Now: When design meets science ficción (Mudam, 2008), Paco Rabanne dijo que no se considera futurista y que: “una moda de ciencia ficción tendría que estar hecha de tecnología imaginaria que no existe”.

Chrismas on Mars.

viernes, 22 de enero de 2010

Mega Porno

Más porno alien, más porno avatar: la arrasadora película de James Cameron ya tiene su versión XXX en marcha. No hay más que pasearse un poco por la blogósfera: ¡hay quienes ya se lamentan porque no será en 3D!

La productora Hulster a sugerido un título: “This Aint Avatar XXX”. Seguimos observando como crece una tradición trash: el merchandising más extremo y más obvio de las superproducciones de Hollywood es… cine paródico. Aunque bien ¿cuál es la parodia? ¿No deberíamos hablar de mimetismo obsceno?

Sigo creyendo que tanto el porno como el trash (escorzos del mismo objeto) resultan el ejemplo más acabado del estado de las estéticas que definen nuestra época (un tiempo mediado por la web). Abdican de “lo novedoso”, asumen sin pudores su cualidad de producto, funcionan como una representación de la representación (Baudrillard: continuamos rumiando –lo admitamos o no- tus hipótesis sobre la sobreexpansión del simulacro).

Antiguo seguir hablando de la “muerte del autor”. Un concepto que pertenece a otros tiempos.

Hace rato que un autor no es mas que un clon de otro clon de otro clon. La diferencia sólo es una variable de la repetición.
El pornotrash (tautología pura) es viral. Replica, expande. El porno es información (visual, económica, corporal). ¿Quieren estadísticas? No pierdan un segundo más: hagan clic acá. No se pierdan este video. Las encuestas son pura estética: pornografía deificada.

Dije: porno avatar. Sexo software: el erotismo como gadget.
Hoy por hoy: ¿Existe algo más mecánico, robótico, que la representación de sexo avatar? Cuerpos que repiten una acción como si fueran juguetes de cuerda. Al Marqués de Sade sin dudas le divertiría esta culminación digital de los eternos autómatas.

Escuchaba en Second Life, donde proliferan las versiones del planeta Pandora (¡avatares de avatares!): los adictos al sexo del Metaverso buscan y exigen, cada vez más, animaciones de mayor complejidad.

Si el cuerpo se digitaliza ¿cuál es la frontera? ¿Cuál será el verosímil?
¿Cómo afectan los imaginarios de tratamiento digital a nuestras sensaciones?
Hace un siglo atrás, el mandato de la ideología del progreso comenzaba a empujar a las artes visuales en la aventura de la no figuración, de la no representación.
Nuestra época es la pesadilla de Platón: experimentamos la representación a la enésima potencia.
Mega Porno.

Hace cuarenta años, en su célebre Theatrum Philosophicum, Foucault arengaba: “Invertir el platonismo ¿qué filosofía no lo ha intentado? ¿Y si definiésemos, en última instancia, como filosofía cualquier empresa encaminada a invertir el platonismo?

A más de un cuarto de siglo de fallecido el pensador galo, no vivimos en ningún status quo que el enunciado. Imposible arqueologizar algo que se antoje como original. La pornografía y el trash están más allá de la parodia: la absorbieron de tal modo, tanto la estilizaron (en su brutalidad) y la distorsionaron, que nos resulta sumamente dificultoso establecer la diferencia.

¿Cómo acercarnos teóricamente a estas coordenadas?
¿Cómo encarnar la situación? ¿No es finalmente la maquinaria pop la que se pone, una vez más, en juego?

Leemos en el impecable Furia & Clase, de LDF (Luis Diego Fernández):

“Estoy seguro que Gwen Stefani estaba chequeando The Superficial cuando una casta algo insólita (e irregularmente, filosofal) de pornógrafos se dio cita en el mismo lugar en el que se encontraba la diva pop. A saber, sin órdenes particulares: Michael Ninn –pornógrafo fashion-, Bruce La Bruce –pornógrafo gay y punk-, es decir, queercore-, Tanya Hyde –pornógrafa fetish- y Jules Jordan –pornógrafo gonzo, californiano, ass adict-. También, por cierto, otros pornies más cult, como Georges Bataille, Leopold Von Sacher Masoch o hasta el propio divino marqués (de Sade, obvio). Por el corredor lateral, donde desfilan las musas inasibles pero, radicalmente, carnales, aparecían figuras y seres de “poca definición”.

El estilo de LDF atrapa a la perfección el clima de lo que intento describir (brillante la cita a Merovingian y Perséfone; cuestión de gustos, mi imaginación me lleva más al desparpajo de Lady Gaga –sensualidad trash de la nueva década- que a la proliferante Gwen).

En la era web, el porno lo invade todo: en ella (parafraseando a Gombrowicz) no existe pensamiento que no sea porno.