Me gusta pensar que la web es un gran experimento para resituar al mundo físico. Proponiendo entonces un juego de palabras, esta sería justamente la física de la web: no necesitamos de la teoría de las cuerdas para entender que podemos interactuar en dimensiones diversas.
Hace ya unos años, en las Jornadas Anfibias realizadas en Villa Ocampo se generó la discusión sobre las distintas genealogías de un planteo de dimensiones yuxtapuestas después de proyectar el último de los cortos que conforman la serie Animatrix. Me refiero a Matriculated, animé dirigido por Peter Chung. En un posteo de entonces volví sobre estos argumentos. Alguien sugirió si un relato como las borgeanas ruinas circulares no insistían ya en lo mismo. El año pasado, la última película de Christopher Nolan, Incepcion –estrenada en Argentina como El Origen- renovaba la misma estructura.
La diferencia básica es que en Matriculated ya no se trata de una gran caja china de sueños, sino por el contrario, de las problemáticas relaciones entre entornos digitales y entornos unplugged. Ni más ni menos que el ABC de la anfibiedad. Ese mismo portal que nos habilita al gran mercado de identidades: somos lo que la web informa de nosotros.
Esta división ideológica determina distintos tipos de glosarios y por ende de semiosis. Porque es cada vez más evidente que existe una web digerible y explicable en términos económicos (sigue siendo el gran límite de las redes sociales y de las ciberculturas más estándar) y otra web incuantificable, suerte de anárquica caja negra donde se resignifican todas las pesadillas y desbordes freak de la humanidad (¿o post-humanidad?). Hago referencia al arquetipo web que se establece en experiencias como el ya clásico Technosis, de Erik Davis. No en vano un cercano Mark Dery sugirió la vinculación de este tipo de tentativas a los desbordes de Genesis P. Orridge y su autosugestión por ruido televisivo.
Lo que en los sesentas para un David Lamelas –pensemos en su obra del Di Tella Situación de tiempo, que reconstruimos en prototipo para la muestra Televisión en Fundación Telefónica- era ni más ni menos un ejercicio de trance de raíz escultórica, para los miembros de Psychic TV fue el inicio de una secta. ¿Por qué la gran mayoría de glosadores de Bataille no revisan estas coordenadas, ahí donde una religiosidad extraviada en una perversa concepción de la tecnología muestra su cara más oscilante?
Nuestras neurosis sin dudas se alimentan de este desfasaje anfibio. Porque la web no es sueño y tampoco se adecúa fácilmente a los imperativos de los siempre renovados manuales de negocios. Por otra parte, en la web no pre-existen oscuras deidades. Por el contrario, su tiempo es una emulsión de nuestro presente colectivo. Es una verdadera lástima que el net-art siga mayormente encapsulado en su pretensión de autonomía artística. Es en este eje donde el hacktivismo más atractivo se extravía en su mesianismo: transformar los modos en que percibimos la web no es tan distinto de modificar muchas de las metáforas que sostienen nuestro nivel de autoindagación de la realidad. 
Cuando hace años me invitaron a realizar una curaduría en Second Life lo primero que me pregunté fue ¿no es redundante trasladar nuestra idea de arte a este metaverso? ¿Ya no existen demasiados museos y galerías en nuestro entorno?
También es en esta coyuntura donde las perspectivas situacionistas se muestran no sólo agotadas, sino redundantes. Como activista patafísico, descreo que el dixit de Guy Debord y su troupe sea una buena instancia de referencia, como en su momento lo propuso Stewart Home.
La épica de los superhéroes indicaban un camino más certero: crisis en los infinitos mundos.
¿Cuántas son las caras de la anfibiedad digital? Esa es una pregunta más atractiva. ¿De cuántos modos estamos capacitados para asimilar la anfibiedad? Es una respuesta a la que nadie se anima del todo. Baricco asimiló este desajuste a un nuevo tipo de barbarie. Demasiado general. Es fácil inventar bárbaros (una tarea secular, por demás). Repitamos: como si la neurosis fuera sólo una consecuencia, y no un motor que sostiene nuestras interrelaciones.
Admitámoslo: nada más verdadero que nuestras tecnoneurosis.
jueves, 23 de junio de 2011
Webgnosis
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rafael cippolini
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10:49:00 p. m.
Etiquetas: aliens terráqueos, anfibiología, comunidades virtuales, Descontextos, estética(s) del sentido, inconsciente informático, Infostranenie, Paisaje e Ideología, Software tribal
martes, 31 de mayo de 2011
El ritmo de la información
¿Qué otra cosa es un blog que ritmo?

Blog es swing en la información o no es.
No importa si se trata tanto de slow tempo o de data en taquicardia.
La web es presencia: tu huella está ahí. Ya no se trata de memoria –la memoria jamás es tan nítida- sino de pruebas, indicios que persisten en la escena del crimen hasta que lo decidas.

Ya escribí sobre los blogs muertos, sobre el cementerio de blogs que encontramos en cada blogósfera.
¿Uno es blogger o bloguista sólo si bloguea? Por alguna razón equiparo y barajo en un mismo mazo los verbos bloguear y rockear. Sostenemos la energía de un pulso.
¿Qué tiempos tiene el amor?
Un amor que se mide en posteos. La información nos define.

Durante años mis posteos se sucedieron cada 4, 5, 6 días. Y fueron capítulos, jadeos de información poetizada, tamizada por estilos que antes que nada buscaban el swing. Un swing en nunca menos de 4000 caracteres. Ese tempo colisionó hace casi un año. El julio de 2010.
Tanto se estrelló –se deshizo en estrellas improbables- que el mes pasado, abril, no hubo ni un posteo. Y desde hace mucho –muchísimo en tiempos de la web- los posteos fueron mensuales.
Cuando alguien me dice “casi no uso internet” sospecho que me quiere decir: escapo de ese tiempo del mundo. Porque nada marca más el tiempo del mundo –más aún que su temperatura- que la web.

Las velocidades en que vivimos son dictadas por la web. Claro que nunca deberíamos confundir web con hardware ni software, sino con los usos y abusos que se hacen con ellos.

Mi swing –el swing del Cippodromo, anche el del Cippodromon- se han vuelto más y más imprecisos. Un posteo fue durante cuatro años un acto reflejo: una compulsión. Cuando esa compulsión se desistematiza, gana en otro tipo de precisión: no puede saberse cuándo sigue.
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rafael cippolini
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Etiquetas: aceleración, cybergéneros, desarticulabilidad, Descontextos, Paisaje e Ideología, política de fines, Software tribal, tiempo virtual
martes, 11 de enero de 2011
No sé si bañarme o tener un hijo
¿La muerte de la ficción? ¿Su interminable caída? ¿Por qué los televidentes se muestran cada vez menos adictos a sus longevos encantos? 
¿Culpa de la web? ¿De sus efectos psicológicos? ¿Por qué a los productos de la ficción tanto les cuesta conservar sus antiguos prestigios? ¿A qué debemos estos síntomas?
¿Será finalmente la ficción un largo capítulo de la historia cultural de la neurosis? Lo que sí sabemos es que la ficción no existió siempre y que podemos rastrear -con algunas astucias- sus protocolos (las guerras de ceremonial). No reexaminaré en esta ocasión antecedentes o reemplazos (las invenciones de su necesidad, al fin y al cabo ¿para qué nos sirve la ficción?) sino que me hundiré un poco más en la confusión: imposible vaciar nuestros conceptos de ficción de su consabida carga ideológica.
¿Muerte de la ficción o su triunfo y expansión definitivos?
Lean ya El Azogue de China Miéville.
La ficción y la web se encuentran, ante todo, en nuestras cabezas.
No existe idea o percepción de la web que no sea ideológica como menos todavía deberíamos acercarnos a las reactualizadas neurosis como un tránsito inocente.
El viaje hacia la tierra de los monstruos que nos enseñó Maurice Sendak sigue siendo nuestra más preciada educación. ¿Acaso no nos formamos en los claustros de la autonomía artística? Ya lo dije: tengo una relación pornográfica con Gutenberg, así como mi inconsciente es un desbarajuste de bits. Mi inconsciente está tan digitalizado como tus mensajes de texto.
Agonizante o hibernada ¿quién ostenta hoy –aún- el protagónico de las ficciones que nos rigen? 
¡Freak Here! El elogio de los inadaptados es una de las cargas más pesadas (por fecundas) del Siglo XXI.
Y no se debe (claro que no) a que todos los contextos nos superan o nos resultan extraños, sino más bien al reiterado desajuste de nuestros interrogantes. ¿Qué es lo que intentamos detener? ¿Qué será lo que necesitamos preservar? Seguimos intentando aunar proposiciones que apenas se soportan. ¿Cuál sería el éxito de los freaks si no reinaran las distopías?
La modernidad (tanto como la antigüedad) están plagadas de freaks. Pero su funcionalidad no fue para nada la misma. Antes de Shrek, nadie deseaba ser un ogro verde. ¿Cuántos de nosotros crecimos queriendo ser el Sr. Spock? Si su sitio natal no fuera Vulcano sino Témperley, nadie dudaría en describir a Spock como un freak más. Perdón: un geek más.
Incluso vintage, Spock no deja de ser un taste maker.
¿Qué sería de la política sin la ficción?
¿Qué de las noticias?
No estamos inventando el espectáculo, sino que es el espectáculo quien nos inventa. ¿Acaso Gran Hermano es menos ficticio que Mad Men?
Durante más de tres siglos intentamos reducir el ruido. Encapsular las fronteras. Lo que parece inquietarnos es que el encapsulamiento se debilita día a día.
¿Cuál es el origen de nuestras fantasías? ¿Qué tal nos llevamos con ellas? ¿Con cuáles materiales las construimos? ¿Qué tanta desconfianza nos generan? ¿Cuánto podemos compartirlas? ¿De qué modo? Nosotros también somos el espectáculo.
Las audiencias lo son. Las multitudes no pueden pensarse de otro modo. Espectáculo jamás implicó inacción. Nada menos pasivo que un buen espectador.
¿Quién podría animarse a una Teoría General de la Ficción en una era plagada de trolls informáticos?
¿Qué nos impide pensar la ficción en tanto acción individual? ¿Todavía creemos que lo que vemos en la caverna es falso? ¿Cuánto desconfiamos de las pantallas? ¿Por qué?
¿Realmente creemos que la educación cultural de nuestras percepciones es menos artificial que aquello que sucede en las pantallas?
¿Qué sucederá con las ficciones que nos sostienen cuando la energía se agote por completo? ¿Ya no tendremos control sobre ellas? ¿Lo tenemos hoy? ¿de qué modo?
¿Acaso la autonomía artística no es la matriz –la generadora- de muestras ficciones? ¿Acaso la autonomía no sigue siendo el gran sistema de control y testeo para nuestras ficciones? ¡Qué error idiota seguir confundiendo autonomía con institucionalidad!
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rafael cippolini
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sábado, 25 de diciembre de 2010
Porno Mental
¿Qué tanto difieren las ideas de límite y fin? ¿Qué tan irrecuperable es el fin?
Mientras releo a Frank Kermode (El sentido de un final. Estudios sobre la teoría de la ficción) pienso en la eficacia de estos términos ¿de qué modo recomienza lo destinado a recomenzar?
Ninguna otra época tuvo tanta memoria disponible como ésta. No regresaré otra vez a Borges y su Funes, sino más bien a los hemisferios que nos tensionan: ¿de qué modo subsisten, culturalmente, la operatividad RAM y el almacenamiento de datos en nuestras vidas? ¿Qué tanto nos pertenece todo lo precedido-almacenado?
Simplemente dedico un tiempo a observar el paisaje de los archivos que fui almacenando en mi disco duro durante los últimos 365 días. Es decir, toda esa información que pasó por mí, del modo que sea. Carpetas dentro de carpetas dentro de carpetas, archivos de imagen, de texto, de video que conforman grupos y subgrupos vecinos en tanto bits.
Si un hacker intentara definirnos por aquello que encuentra en nuestro armario digital ¿a qué conclusión llegaría?
Wikileaks pone en juego la potencia simbólica de lo público y lo privado ¿Cuánto vale nuestra privacidad en la era de la interconexión global? Si estamos hechos de información ¿cuál y cuánto de la información que producimos es realmente privada? ¿Nos resulta realmente saludable estar compuestos de información absolutamente pública?
Pensemos en esta utopía (si es que se trata de una utopía o más bien de un infierno) ¿cómo sería una sociedad en la que todos pudiéramos leer la mente de todos? No se entiendan estas palabras como un ataque a Wikileaks, nada más lejano a eso.
Al contrario, estoy intentando repreguntarme por el nuevo orden de nuestras privacidades ¿Realmente nos gustaría que cada una de nuestras horas transcurriera en un CAM 4 ininterrumpido? ¿Resulta simpático pensarnos en nuestro propio Show de Truman?
¿Quién sos para mí si sólo te conozco de Facebook? Información pública: somos nuestros consumos. Nuestros usos. Nuestras elecciones. ¿Por cuáles de nuestros consumos y elecciones nos gustaría ser recordados?
Odio los obituarios. Sin embargo, esta vez no puedo no regresar a Captain Beefheart, que acaba de abandonarnos hace algunos días.
Trece álbumes imprescindibles (incluso aquellos que él consideraba prescindibles), decenas de pinturas y dibujos que siguen pareciéndonos tan potentes como su voz.
En la teoría narratológica el modelo del iceberg goza de buena salud. Nunca es necesario narrarlo todo ¿todavía no vieron Sinécdoque Nueva York, de Charlie Kaufman?

Una narración no es sino una selección de gestos, una curaduría de actos y perfiles. Para que una narración funcione (así fuimos formateados) no toda la información debe estar disponible. Si existe algo a lo que llamamos pornografía, existe porque vulnera (fuerza, tensiona) los límites de lo privado y lo publico. Sartre fue categórico al respecto: “L'enfer, c'est les autres”.
Desconfío de la utopía de la visibilidad absoluta.
Regreso a los archivos acumulados durante un año. No son más que caminos, y simultáneamente rastros. Son partes de un puzzle que puede rearmarse de mil modos. Son partes de la pluralidad que nos compone. ¿De qué forma vas a armarme esta vez? ¿Y si el hacker trata de definirnos eligiendo los archivos equivocados? ¿Y si nosotros, en tanto hackers, armamos a los demás con los archivos equivocados?

¿Los títulos que leemos en la biblioteca de alguien a quien visitamos son exactamente aquellos que definen lo que es? O mejor ¿qué hacemos con esos títulos?
Volvamos al porno. ¿Qué intimidad es la que ofrecemos en espectáculo?
¿Qué tiene que poseer nuestra intimidad para ser interesante a los demás? El espectáculo es ese lugar donde muchos dirigen sus miradas. ¿Por qué esos muchos miran ahí y solamente ahí en tiempos de Long Tail?
¿Es que no podemos elegir nuestros espectáculos favoritos?
¿Adónde nos dirigimos cada vez que prendemos nuestra computadora?
¿Qué es la web para nosotros?
Captain Beefheart simplemente estaba ahí, pintando sólo en su taller.
Hoy sigue pintando en mi cabeza, y en la de tantos otros.
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rafael cippolini
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lunes, 29 de noviembre de 2010
Tu software es mi biología
La diversidad cultural esta vez en código fuente
Veamos ¿de cuántas formas el software participa en nosotros? Y me refiero a esa invasión cultural que transforma nuestros hábitos y percepciones (casi) sin que nos demos cuenta, conectándonos al mundo mediante una sobrecarga informativa inmune al cansancio (o al menos a cierta clase de cansancio que creíamos conocer).
No debemos ahondar demasiado en la cuestión para percatarnos que, aunque no sepamos ni siquiera enchufar una computadora, el software ya nos atraviesa y constituye. Antes decíamos: el ser humano es un compuesto de hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, calcio, fósforo, cloro y potasio. Hace tiempo que sabemos que el software es parte de esta lista.
Sin dudas, la pregunta inicial es muy tramposa: el software jamás será algo homogéneo, sino otro territorio de disputas (una marca de poder, de la que aún desconfiamos porque no nos resignamos a formar parte de ella. No hay caso, seguimos siendo campeones en paranoia social).
Directa o indirectamente cada uno de nosotros usa y es usado por algún programa (esto ya Donna Harawaylo sabía cuando, hace un cuarto de siglo, publicó su tan glosado Manifiesto Cyborg): así no uses celular, ni te hagas ecografías, ni utilices ningún servicio de correo electrónico, el Wi Fi, sin ir más lejos, es cada vez más parte del aire que estás respirando.
Por supuesto, no estoy sugiriendo que no exista la brecha tecnológica -la desigualdad de oportunidades para acceder a las aún denominadas nuevas tecnologías-, nada más lejos que eso. Incluso Bernard Kouchner, entusiasta Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, quien no deja de festejar que dentro de cinco años la mitad de la humanidad (3500 millones de personas) tendrá acceso a la web, se deja ver preocupado por las condiciones de disponibilidad. Sin dudas preferimos el software libre al corporativo, teniendo muy en cuenta que se trata de una guerra ideológica que va tanto más allá (por favor no dejen de leer el indispensable Crímenes de la razón, del Premio Nobel Robert Laughlin sobre el salvaje abuso de las patentes).
Lo que trato de señalar es que no resulta suficiente intentar acortar esa brecha, sino más exactamente seguir repensando como reinventamos la virtualidad, de qué modo incidimos en ella en tanto usuarios y prosumidores (algo así como consumidores críticos y activos –consumidores en tanto productores-).
Es sabido, Michel Maffesoli (quien acuñó el término tribus urbanas) reconoce la impronta de Internet en los nuevos modos tribales. Al fin de cuentas ¿qué serían los floggers sin la web? Si la red promueve otros modos de sociabilidad anfibia (pues se desarrollan simultáneamente en contextos virtuales y físicos) es porque estos intercambios implican una dinámica que excede los usos que los programadores puedan haber previsto. ¿Estos nuevos tribalismos implican software tribal y programadores tribales?
Obviamente exagero, pero resulta cada vez más evidente que dentro de las currículas básicas de alfabetización se impone la enseñanza de escritura de código fuente (textos instructivos que hacen al funcionamiento de cualquier computadora). Parafraseando a Lautreámont, el software sólo será realmente libre cuando el código fuente pueda ser hecho por todos. 
Addenda: Hace ya unos cuantos meses (este año quizá haya sido uno de los más extensos de mi vida) Daniel Molina me encargó dos notas para un número de la revista Gazpacho, del Centro Cultural de España en Buenos Aires. Entonces se publicó –por problemas de espacio y edición- uno de mis textos, quedando el otro inédito hasta el día de hoy. Más que nunca se trata de un texto-remix, una variación-escorzo diferencial en la que sintetizo y a la vez retomo algunos de los tópicos de investigación del Cippodromo.
Digámoslo de otro modo: el remix textual como el más operativo de los estilos para reproblematizar un objeto cultural. El remix no sólo como lifting cognitivo sino, y sobre todo, como estilo de acción.
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rafael cippolini
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11:29:00 a. m.
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miércoles, 17 de noviembre de 2010
Web Trip
¿The Web is dead? Como toda ecología, la red peligra. No es tanto cuestión de dualismos ni de industrias (otro hardware, otras digitalidades) sino de ideologías: ahí están nuestras cosmovisiones de tránsito.
Como dice Piscitelli, bienvenidos a esta guerra. Como toda Tierra Media, la web necesita de profetas. Chris Anderson (Wired) bien puede ser uno de ellos. De hecho, su creciente popularidad puede ser un síntoma (tómense un rato y lean este reportaje). No voy a comentar la explosiva portada de Wired (que ni siquiera es noticia). Pero sí avanzar en la tautología del título de este posteo: si web es red, web es también tan trip como red.
Qué estemos todos conectados no es necesariamente el paraíso. Que sepamos diseñar nuestro propio manual de viaje y bocetar nuestra personal teoría crítica de navegación quizá tampoco lo sea, pero sin dudas resulta definitivamente más urgente.
La Web es un trip o es más de lo mismo.
Una computadora no debería ser un mueble ni un adorno. Tampoco una corbata ni otro electrodoméstico (una aspiradora de información). Posiblemente sea una mentira o una exageración que Steve Jobs y Woz hayan soñado a las primeras computadoras personales como la droga más demoledora, como la más peligrosa lisergia (la historia cuenta que IBM los rechazó). Sin embargo me entusiasma alimentar ese mito.
Me hace muy bien poder pensarme como una de las tantas fallidas consecuencias de la psicodelia digitalizada.
¿Qué sentido tendrían el Enterprise, el Nautilus, el Mach 5, el Halcón Milenario o el Súper Convertible del Profesor Locovich si su destino fuera exhibirlos en una tarima?
No son monumentos (o al menos no lo son en el sentido tradicional): son proyectiles habitables que nos proponen otra aventura.
El Señor Spock o Han Solo no inventaron sus naves. Rick Hunter no es el creador de los Veritech pero sí quien los llevó más lejos. Un buen piloto reconvierte los usos de su nave. Por ninguna otra razón Duchamp sigue resultándonos tan célebre.
¿Qué tan lejos podés viajar si salir de tu habitación?
Raymond Roussel, gigantesco viajero (¿vieron imágenes de su temprano motorhome?) adscribió al mito de haber recorrido el mundo sin moverse de su camarote (ver al planeta como una sobreextendida sucesión de puertos desde un ojo de buey). Con una laptop o un iPad hace rato que tus viajes pueden elevarse al cubo. 
Hoy no propongo otro nonálogo, sino más bien cinco rápidas anotaciones sobre qué sigo entendiendo por viajar en tiempos de web. Voy por los verbos en infinitivo.
1. Resignificar el soporte. Tonta paradoja: lo que nos interesa es la música, no el instrumento. Podés tener tu piano favorito (con el que sentís más empatía) pero lo que más interesa es lo que hacés con él. Que tu fetichismo no te encapsule. La web es parte de tu libido. En el más impecable sentido mcluhaniano, la web es nuestra continuación por otros medios. Como quiso Mara Ballestrini en ¿Paréntesis Gutenberg?, si nuestro cerebro ya es una máquina de remixar, pues entonces ¡remixemos! No te veo sólo en vivo y en directo, sino que te conozco desde la red. Para saber quien sos, te googleo: tu primera carta de presentación es la que veo desde mi laptop.
Con el tiempo sigo completándote desde la web. Si la web es tan intima como cualquier otra prótesis, sería idiota suponer que mi percepción del mundo –y el modo en el que los demás me perciben- no depende de ella.
Imprimile tu estilo.
2. No detenerse, perderse otra vez. No estaciono nada en Facebook. Ni en la decena de portales mas visitados. Al revés, mis apetitos sicalípticos se regodean en las fluctuantes identidades de los blogs, en los jadeos de miles y miles de twitters, en las instantáneas de infinitos flickrs y fotologs. Los gestos pueden repetirse, pueden fatigarnos, pero siempre nos abren a otros y otros que nos dinamitan de placer con sus divinos detalles. Ya sabemos: la diferencia entre un viajero y un turista es que el segundo siempre está pensando volver a su casa. Como Roussel en su primitivo motorhome, prefiero ser mi propio gasterópodo.
3. Wonderland está por todas partes. Y en el lugar menos previsible. Lo más satisfactorio de los atajos son sus defectos medulares: la meta puede presentarse donde menos lo esperabas. Ningún mejor aprendizaje que nuestra intuición de tags.
4. Envejecemos más rápido que los soportes. Es algo que me parece patético muchas ideologías de las ciberculturas. ¡Dale tiempo a la plataforma! Si medimos tanto software y hardware desde nuestra maldita impaciencia o inseguridad de tener algo nuevo que decir cada día, lo seguro es que ya nos estemos privando de fabulosos recursos. Hay que aprender de Keith Richards: seguramente la mejor Telecaster tenga varias décadas de añejamiento. La web nunca nos hace esperar tanto.
5. Erótica de la infoxicación. No voy a redundar porque sí. Te recomiendo estas dos entrevistas a Kevin Kelly (otro Wired) realizadas por Andrés Hax. Ésta es una (click acá) y ésta es otra (click acá).
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rafael cippolini
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2:38:00 p. m.
Etiquetas: anfibiología, asobi, comunidades virtuales, cybergéneros, desarticulabilidad, mitologías, Paisaje e Ideología, remixología, tiempo virtual
jueves, 30 de septiembre de 2010
Tecnotribalismo y glamour
“El futuro es aburrido” suele contestar Mark Dery cuando se lo consulta sobre la transformación de su foco de atención (de su interés en torno a las ciberculturas hace quince años a la inmersión en un enciclopedismo de patologías culturales en los últimos tiempos).
Creo que mucho tenemos que aprender de esta respuesta.
Uno. ¿las ciberculturas siguen lucrando –más no sea teóricamente- con el futuro como era tradición? Una vez más la lectura de Maffesoli nos sale al paso: si realmente estamos reconquistando la tribalidad por otros medios ¿de qué futuro estamos hablando?
Dos. Para narrativas como las de Dery y Erik Davis (regresemos a Techgnosis) las ciberculturas se manifestaban como pura alteración de nuestros principios de realidad cultural. Actuaban como una suerte de droga mística (no tan lejos de su reverso: Terence McKenna promulgando que la cultura es nuestro sistema operativo). Este movimiento de quiebre (la tecnología divorciada de la ideología del progreso de la modernidad, entronizada como novísimo misticismo) se convierte en una ecuación que sigue modificándose frente a nuestras narices.
Ni más ni menos: las relaciones entre tecnología y religiosidad (nuevos ritos, viejos mitos) reaparecen una y otra vez, remixadas con otros parámetros.
Tres. La frontera entre lo físico y lo virtual sigue estando mediada por el fantasma de la muerte. En este cruce, los enunciados religiosos se ponen a la orden del día. La virtualidad digital exige mucha energía física (mantener un canal de Twitter demanda muchas horas frente a una pantalla). Y a la vez, la visualidad resultante sigue amplificando el reino de la mediación (las intermodificaciones entre visualidad y virtualidad son uno de los núcleos más duros de nuestra contemporaneidad).
Nuestros avatares no envejecen. ¿Existirá algún tiempo en el que la digitalidad envejezca como un lienzo o como los óleos?
Seguimos siendo nuestro(s) soporte(s).
Cuatro. Envejece el diseño, no la virtualidad. Envejece la visualidad, no los bits. No existe religión que no se alimente de la vulnerabilidad de nuestros cuerpos.
Cinco. Los maquinistas nunca fueron muy bien considerados socialmente. Seguramente por esto crearon sus logias, sus sectas. Era el modo de cultivar un secreto al margen de sus patrones.
Seis. La tecnofobia tampoco es lo que era. Si el tecnófobo no se reconocía por su aversión a lo tecnológico sino, por el contrario, en su elección de una tecnología anterior, hoy este margen resulta cada vez más delgado. Pensemos como lucen los arquetipos-adalides, dentro y fuera de la narrativa de ficción.
Los verdaderos creadores de las ciberculturas –de Richard Stallman a Jaron Zepel Lanier- lookean más cerca de Berger en la película Hair que de Neo en Matrix-. Más acá, pensemos sino en el hacker Plaga de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. ¿Acaso Sillicon Valley no es la capital de la moda contemporánea? Los geeks lo saben mejor que nadie.
Siete. La mejor tecnología reinventa nuestras neurosis. Y lo hace de modo tan fino que rearticula nuestra percepción de realidad sin que lo advirtamos. ¿Cuántas veces leemos la palabra Twitter en las páginas de un diario? Ni más ni menos: Twitter, Facebook o Youtube son palabras que aparecen repetidas en los medios con más frecuencia que tantos tecnicismos de política y economía que hasta hace poco recorrían los enunciados de las noticias.
No es que repentinamente todos amen escribir o filmar(se). Diversamente, nadie quiere dejar de decir presente en la virtualidad.
Ocho. La cultura de la virtualidad digital promovida por internet es por definición ubicua. Está en todos lados. Incluso en tus bolsillos –en tu iPhone, ese ciberespacio adaptado a tus pantalones-. Inscribirte –redes sociales mediante- en la virtualidad alimenta la fantasía de estar siempre presente, aunque muy pocos se enteren. ¿Puede existir hoy por hoy la opinión pública sin la web?
Nueve. El vudú hoy se practica en código fuente. ¿Hasta qué punto modificando tu presencia en la virtualidad no estamos alterando tu integridad en el mundo físico?
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rafael cippolini
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2:51:00 a. m.
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miércoles, 8 de septiembre de 2010
Vos y tu fantasma semiótico
Cada uno de nosotros conecta y dispara más de una familia de imágenes. Me refiero a imágenes digitales, archivadas –y por lo tanto clasificadas- pero por sobre todo linkeadas.
Esas imágenes nos aportan un sentido residual, una suerte de fantasma semiótico que nos rodea.
En el primero de los posteos de este año me referí a un saber en formación, la conectología. Las políticas de conexión (algo que va mucho más allá de una metáfora). Desde hace un tiempo me interesan los linkeos secundarios, aquellos que avanzan en una sintonía de error sin serlo. Me vengo refiriendo desde hace años a la necesidad de una Historia Cultural del Error como relato fundante de nuestros días. Error redefinido: ¿qué se nos adjudica por simple cercanía, por saturación o exceso?
Es un ejercicio idiota. Escribamos nuestro nombre en el buscador de imágenes de Google y veamos qué pasa. Aparecen muchas imágenes que pertenecen a nuestra órbita de visualidad de modo residual. Este año, no recuerdo si fue un artista o un colectivo de artistas, presentó al premio ArteBA-Petrobrás un proyecto que por lo que recuerdo consistía en imprimir e instalar en un panel las imágenes obtenidas en Google Imágenes utilizando como punto de partida los nombres de los tres jurados de selección.
La propuesta me recordó cuando, en una oportunidad hace algunos años, una de mis sobrinas le enseñó a mi mamá qué sucedía cuando indagaba sobre mi nombre y Google disparaba su álbum instantáneo. Me cuentan que mamá indagó “¿qué tiene que ver todo eso con Rafael?”.
En gran parte somos, socialmente, el resultado de una búsqueda de Google. Es tan habitual escuchar la pregunta “¿lo googleaste?” cada vez que necesitamos información sobre alguien.
Estamos entrenados para leer entre líneas y despejar aquello que no es lo que nos sirve. Pero no menos certero resulta que todas esas familias de imágenes que son una suerte de Fotolog o Flickr instantáneo forman parte de la información que nos determina, más no sea como contenido latente (la infoxicación es el reino del contenido latente).
Construimos tanto sentido cultural como siempre. Y en esa determinación todos los linkeados que nos sitúan en nódulos de concentración (el buscador Kartoo resulta tan gráfico en esto) son parte nuestra. Como quería Salvador Elizondo “terminamos siendo aquellos que suponen los desconocidos”.
Una vez me sucedió: alguien que no me conocía personalmente necesitaba una foto mía para referenciar un texto y la que eligió distaba mucho de ser un retrato mío. Me confesó más tarde, cuando ya estaba impresa, que la había conseguido del Google Imágenes. También a esto me refiero cuando señalo una sensibilidad Google. No existe sensibilidad sin giro semiótico (Fabbri dixit.)
Conectar es comunicar. Y como nunca los protocolos de comunicación mutan y mutan.
Una vez más, la diversidad se articula también en los imaginarios de la web: no sólo nos determinados en la información disponible sobre nosotros, sino en los modos en que ésta se articula. Qué tiempo (el tiempo es siempre tiempo de tu vida) invertís en tu blog, tu Twitter, tu Fotolog, los videos que subís a Vimeo o a Youtube modificaran los modos de acceso con los cuales lo que sos para los demás cristaliza. Leemos y conocemos a los demás a partir de diferentes plataformas de internet.
Estamos desarrollando otra sensibilidad frente a la interrelación social. No necesariamente mejor. Más comunicación (Mario Perinola, una vez más) no implica más conocimiento. Tampoco menos. El momento anfibio que vivimos se define como una época de ajustes y desajustes ininterrumpidos. Las relaciones entre lo virtual y lo físico no cesan de encontrar distintas configuraciones culturales. Los fantasmas semióticos (de interconexión anexacta) son otro de los tantos aspectos de la era trash que modela nuestras sensaciones. Ni más ni menos: un fantasma semiótico –invariablemente tecnológico, industrial- es parte de una operatoria trash (espacios de interferencia, según Serres).
Me gustan tus fantasmas.
Mucho. Otra aura para tu fashion.
Postdata: las imágenes de este posteo son una antología de las obtenidas con el Google Imágenes a partir de las palabras "fantasma semiótico".
Addenda del 15 de setiembre: Hace apenas unos días, recibí un mail con el siguiente link (click acá). Se trata de un sitio de información personal, WebMii. Nunca más acabado un ejemplo de fantasmagoría semiótica. 
Por ejemplo, no uso Facebook, jamás tuve una cuenta en esa plataforma. ¿Cómo voy a tener una foto de Facebook, entonces? Se trata del Facebook de Villa Ocampo, donde transcurrieron las Jornadas Anfibias, hace exactamente dos años. Entre las imágenes, aparece una fotografía de Yamandú Rodriguez, uno de sus célebres retratos eróticos. Galaxia de sentido construida con visualidad web. Mi ejemplo más cerrado.
Publicado por
rafael cippolini
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5:57:00 p. m.
Etiquetas: anfibiología, estética(s) del sentido, exploraciones, inconsciente informático, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, régimenes de ficción, tiempo virtual
sábado, 31 de julio de 2010
Webfiction
¿Sólo guerra sucia?
¿Nada más que lucro obsceno?
Cada día son más las denuncias que hacen foco en operadores políticos que utilizan la blogósfera, las redes sociales, Twitter y demás portales web para distorsionar, coaccionar y distribuir falsa información con fines tanto comerciales como políticos.Un ejemplo, otro ejemplo. Y uno más (no hay político que no difunda su máscara en internet).
Operadores de diversas ideologías que actúan como gerentes de marketing y viceversa. Hace rato que el mimetismo es puro flujo en ambas direcciones. Pero ¿dónde termina la máscara y comienza el rol?

Desde empleados más o menos ocultos de las multinacionales de la comunicación a cibermilitantes de ocasión ganando terreno en una estructura partidaria.
¿Pero es sólo eso?
¿Identidades descartables, trolls politizados?
¿Discursos de sabotaje diseñados a medida?
¿No será que acaso esta nueva fauna de agitación navega en territorios digitales en tanto anfibios que mutan a velocidades impensadas generando otra presencia, otro impacto, otra locación de discurso?
Propagandistas intangibles para audiencias que se miden en bits.
En este escenario anfibio ¿qué grado de irrealidad tiene El Otro, cualquier Otro? ¿Todo el andamiaje especular que furiosamente pronosticaron los situacionistas sigue siendo tan sólo manipulación y sustitución?
¿Sustitución de qué?
De hecho no es ninguna novedad que la web sigue redefiniendo nuestros conceptos y modos de ficción, al punto que lo formatos ficcionales que alimentaron la ecología de los medios durante medio siglo? Me refiero a ese paisaje virtual que sigue generando sospechas en la veracidad de hitos como la llegada del hombre a la luna o “ese terrible espectáculo que no tuvo lugar”, como denominaba Baudrillard a la Guerra del Golfo .
El deseo, el horror, las estéticas, no existe aquello que no atraviese ni sea atravesado por algún código fuente, que no obtenga referencia en la visualidad digital.

Copio y pego un fragmento del texto que escribí para el bootleg:

Mientras tanto, las teorías conspirativas siguen multiplicándose.
Pronto el concepto mismo de ficción será sospechado de conspirativo.
Prosigue el texto que escribí para la obra de Bacal: “(…) Lo cierto es que [el amigo de Nico B.] envió un mensaje de texto a su novia avisándole que estaba esperándola en la puerta de su edificio. Pero en verdad aún le faltaban dos cuadras para llegar, y necesitaba ganar tiempo mientras ella bajaba desde su departamento. [Inmediatamente pensó]: “Me pregunto ahora si buscar ganar tiempo, de la forma en que lo hicimos, es lo más cercano que vamos a estar a viajar en el tiempo”.
Publicado por
rafael cippolini
en
4:36:00 a. m.
Etiquetas: anfibiología, comunidades virtuales, desarticulabilidad, Descontextos, estética(s) del sentido, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, régimenes de ficción, tiempo virtual
jueves, 1 de julio de 2010
Soy un varitech, un snark, un zulú, una bacteria, un ankylosaurus
Sobre la Otredad en la Era Web (posteo de posteos)
¿Cuánto te virtualiza la web? O planteado de otro modo ¿qué y cuántas distorsiones acepta tu idea de identidad cuando se manifiesta por medio de internet? Identidad, al fin y al cabo, es aquello que a la vez que te hace único, te linkea con una pertenencia determinada.
Pertenencia que hace rato es básicamente anfibia: existimos en varios contextos simultáneamente.
Si lo pensamos estrictamente en términos de internet ¿a qué filtros y matices se somete lo que entendés como identidad?
Velocidad, ubicuidad, accesibilidad: todos fuimos identidades spam alguna vez. La web pone a prueba cada día nuestro coeficiente paranoico: ¿Quién, qué es el otro cuando su cuerpo se nos aparece por completo mediatizado? Es el ese mismo instante en el que la distancia filtra (nos afecta) ficcionalmente.
La otredad en la web (aceptar al otro en la web, interceptarlo) implica enfrentarnos a su presencia no física, a su presencia digital (virtual).
Hace dos días, Alejandro Schmidt en uno de sus blogs (Romanticismo y verdad) posteaba:
“Cada tanto, al enviar la data de este blog (u otros) a correos electrónicos que figuran en perfiles, o donde sea, de otros blogs, recibo estas respuestas: ¿nos conocemos? ¿de dónde?¿quién sos? etc...bueno...por otra parte, en la mayoría de las ocasiones, no hay respuesta y en otras, se establece una comunicación, el cumplimiento del propósito (…)”.
Se manifiesta y necesitamos de eso que tantas veces por default denominamos identidad (que no es más que una lectura del otro, un modo de escanear al otro reduciéndolo a cierta y determinada información) cuando entramos en contacto. Pero en este caso lo hacemos en un contexto digital que se sobreagrega a nuestro contexto físico, lo cual nos apronta a un menú de opciones al que, hasta hace algunas décadas atrás, no estábamos habituados.
¿Qué es, finalmente, un “amigo” al que sólo conocemos de Facebook?
¿O, más extremo, alguien que conocemos nada más que por su avatar en un metaverso como Second Life?
¿Qué sucede culturalmente si elegimos, para presentarnos socialmente, esa identidad que armamos con las posibilidades que la web nos brinda? Prosigue Alejandro Schmidt, refiriéndose a aquellos que pretenden nuestro currículum virtual (Napoleón Baroque dixit):
“[Ellos] Carecen de imaginación, a la aventura del ser las leen en novelitas, duermen sobre el nombre que les tocó en suerte y lo aplastan, procrean la mediocridad, la sequedad del espíritu... Jamás se me ocurriría preguntarle a nadie si me conoce, de dónde y para qué se dirige a mí, o contra mí, son preguntas imposibles; mucho de lo mejor de mi vida ocurrió en la deriva, el enigma, el no querer saber, el entregarse...cualquiera en cualquier lugar y de infinitos modo trae el tesoro, el cisne, la sangre aérea...
pocas experiencias del ser superan la confianza, la fe en los otros (en todos, en cualquiera) quien la ejerce y cede su temor o su prejuicio, crece, se multiplica, aprende.”
Necesitaba llegar a este punto: la emergencia de esta “presencia virtualizada” no es un síntoma propio de la era web, sino más bien una situación que los medios digitales enfatizaron, profundizaron. Un rasgo que sigue en vías de extinción.
Aquellos aún denominados nativos digitales, que crecieron en una cultura preponderantemente anfibia, tienen naturalmente incorporados como elementos de interrelación los gadgets que fundan modos cada vez más extendidos de sociabilidad. Hace rato que a nadie sorprende que más y más parejas se hayan formado en la web.
Ya es un lugar común afirmar que toda tribu urbana es finalmente digital y se reproduce viralmente.
Quiero volver a una instancia del posteo anterior. No es que inventemos de cero nuestras identidades web, sino que estas vienen cargadas de imaginarios por demás sobreexpandidos.
Quiero recordar a la Orden Tiresias, con sus mutaciones múltiples de sexo y raza. Pero también al perro de Steiner (ya tan famoso como el de Pavlov) y a la proliferación de neópatas.
¿Sabés quién soy?
Todos. Y también más.
Soy tu imaginario.
Y también puedo ser un sapo.
Publicado por
rafael cippolini
en
5:58:00 p. m.
Etiquetas: anfibiología, Contagiosa Paranoia, Descontextos, inconsciente informático, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, régimenes de ficción, Software tribal

