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martes, 15 de marzo de 2011

¿Un canon de tsunamis?

¿Estamos compitiendo en nuestro inventario de nuevas y a la vez ancestrales catástrofes? ¿Para qué inventamos al canon? ¿Para deshacernos de la inabarcable potencia de la mirada? ¿Qué tanto sabemos observar a nuestro entorno?

El canon no es otra cosa que un modo de tensionar a la tradición: un ranking ocasional, mutable. Un elemento de discusión (hace tiempo que aprendimos que las jerarquías nos sirven ante todo, para organizarnos internamente ¿por qué nos dejamos seducir más por unas estéticas que otras?

Detrás de cada estética se articula una estrategia, aunque esta no sea del todo perceptible en un primer análisis. La tradición rescata, preserva y establece un mapa de esas estrategias: el mundo no es más que lo que creemos percibir.
Por supuesto, la panorámica que escribí semanas atrás para Ñ daba cuenta de la atomización por sobreexpansión de ese concentrado que insistimos en llamar canon. Adhiero a la dispersión: me gusta que mis sentidos se pierdan.

Es más, todo el arte que me interesa insiste en esta dispersión, en la sucesión interminable de pistas que nos convencen que no hay un camino, sino miles y miles.
Este blog, durante años, no fue otra cosa que la puesta en escena de un catálogo de poéticas de la información. Porque si la información es discurso entonces no puede abdicar de su estilo. Hasta el más ridículo de los anuncios comerciales posee su estilo. La vida cotidiana es pura estética, ahí donde el gesto esteticista se vuelve redundante.
Discutamos con Rancière: no es que las artes visuales se hayan apropiado de la palabra, menos aún que la hayan monopolizado. Sino que disponiéndolas en otro estado (en otra dimensión, por fuera de las sintonías habituales de recepción) nos permiten suspendernos, reinventarnos como lectores.
Coincido plenamente con Jordi Carrión: las artes visuales no sólo nos han reenseñado a leer, sino que han puesto en crisis tantos otros modelos habituales de lectura. Por empezar, muchos de los modelos literarios más afianzados del siglo XX.

Mi elección por el ensayo como modo de interrelacionarme con el mundo no obedece a ninguna coyuntura distinta: si la ficción está en crisis es porque sus protocolos ya dejaron de ser efectivos. Al menos tan efectivos.

Será por eso que elijo –siempre- a Pynchon sobre Sebald: la nostalgia es una velocidad que entorpece. La enloquecida nave del escritor del cual sólo conocemos cuatro retratos (antiguos) no se ancla en viejas formas de percibir el mundo, sino en reinventar el pasado como si nunca hubiera sucedido. Al menos, no de la misma manera.

¿Alto, bajo? Carrión cita a Aira: “ Lo verdaderamente inexplicable no tiene otro santuario que los medios de comunicación masivos”. ¿Dónde comienzan y cómo se conforman los medios masivos de comunicación? ¿La masividad implica qué distribución de número? ¿Muchísimas miradas en un único punto? En los ochentas y parte de los noventa las noticias sólo se glosaban en publicaciones que necesariamente nos alcanzaban con retraso. En la web la instantaneidad se compone de discursos contaminados de viralidad digital: la información no es más que “otro pedazo de atmósfera”, para citar al eterno Federico Peralta Ramos.

Dispersión, distención. Me viene a la memoria un relato que me leyó mi hermana cuando estaba en la primaria. Para un clochard que habitaba en la intemperie, “la televisión era el cielo estrellado”. ¿Existe algo menos direccionado que un cielo estrellado? ¿No será que debemos seguir pensando las coincidencias de términos y conceptos como canon y pantalla? Las computadoras personales hicieron de la pantalla un escritorio. Deberíamos prestar más atención a una de las máximas jamás escritas del arte contemporáneo: la ventana (el marco, el borde de mirada) es un espacio como cualquier otro.

Hasta no hace mucho, mi modo de accionar el Cippodromo era desmontar la poética de una información bien específica (espesores del porno, las relaciones entre virtualidad y visualidad, entre digitalidad y percepción, entre cultura web y hábito). Todo en el cruce de una temporalidad específica: ese tiempo fluctuante que es el tiempo de internet. El mismo tiempo y la misma fluctuación que están demoliendo nuestras relaciones con la ficción.
Publico menos en este blog, posteo menos. ¿Quiere decir esto que mi tiempo es menos digital? ¿Qué intento reinventar mis contactos con la ficción?
El futuro se vuelve cada vez más arcaico, justo ahí donde no existe nada más contemporáneo que lo arcaico.
¿Estamos en condiciones de fabricar masivamente computadoras sumergibles que resistan cualquier amenaza de tsunami?

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Vos y tu fantasma semiótico

Cada uno de nosotros conecta y dispara más de una familia de imágenes. Me refiero a imágenes digitales, archivadas –y por lo tanto clasificadas- pero por sobre todo linkeadas.

Esas imágenes nos aportan un sentido residual, una suerte de fantasma semiótico que nos rodea.

En el primero de los posteos de este año me referí a un saber en formación, la conectología. Las políticas de conexión (algo que va mucho más allá de una metáfora). Desde hace un tiempo me interesan los linkeos secundarios, aquellos que avanzan en una sintonía de error sin serlo. Me vengo refiriendo desde hace años a la necesidad de una Historia Cultural del Error como relato fundante de nuestros días. Error redefinido: ¿qué se nos adjudica por simple cercanía, por saturación o exceso?

Es un ejercicio idiota. Escribamos nuestro nombre en el buscador de imágenes de Google y veamos qué pasa. Aparecen muchas imágenes que pertenecen a nuestra órbita de visualidad de modo residual. Este año, no recuerdo si fue un artista o un colectivo de artistas, presentó al premio ArteBA-Petrobrás un proyecto que por lo que recuerdo consistía en imprimir e instalar en un panel las imágenes obtenidas en Google Imágenes utilizando como punto de partida los nombres de los tres jurados de selección.
La propuesta me recordó cuando, en una oportunidad hace algunos años, una de mis sobrinas le enseñó a mi mamá qué sucedía cuando indagaba sobre mi nombre y Google disparaba su álbum instantáneo. Me cuentan que mamá indagó “¿qué tiene que ver todo eso con Rafael?”.

En gran parte somos, socialmente, el resultado de una búsqueda de Google. Es tan habitual escuchar la pregunta “¿lo googleaste?” cada vez que necesitamos información sobre alguien.

Estamos entrenados para leer entre líneas y despejar aquello que no es lo que nos sirve. Pero no menos certero resulta que todas esas familias de imágenes que son una suerte de Fotolog o Flickr instantáneo forman parte de la información que nos determina, más no sea como contenido latente (la infoxicación es el reino del contenido latente).

Construimos tanto sentido cultural como siempre. Y en esa determinación todos los linkeados que nos sitúan en nódulos de concentración (el buscador Kartoo resulta tan gráfico en esto) son parte nuestra. Como quería Salvador Elizondoterminamos siendo aquellos que suponen los desconocidos”.

Una vez me sucedió: alguien que no me conocía personalmente necesitaba una foto mía para referenciar un texto y la que eligió distaba mucho de ser un retrato mío. Me confesó más tarde, cuando ya estaba impresa, que la había conseguido del Google Imágenes. También a esto me refiero cuando señalo una sensibilidad Google. No existe sensibilidad sin giro semiótico (Fabbri dixit.)
Conectar es comunicar. Y como nunca los protocolos de comunicación mutan y mutan.
Una vez más, la diversidad se articula también en los imaginarios de la web: no sólo nos determinados en la información disponible sobre nosotros, sino en los modos en que ésta se articula. Qué tiempo (el tiempo es siempre tiempo de tu vida) invertís en tu blog, tu Twitter, tu Fotolog, los videos que subís a Vimeo o a Youtube modificaran los modos de acceso con los cuales lo que sos para los demás cristaliza. Leemos y conocemos a los demás a partir de diferentes plataformas de internet.

Estamos desarrollando otra sensibilidad frente a la interrelación social. No necesariamente mejor. Más comunicación (Mario Perinola, una vez más) no implica más conocimiento. Tampoco menos. El momento anfibio que vivimos se define como una época de ajustes y desajustes ininterrumpidos. Las relaciones entre lo virtual y lo físico no cesan de encontrar distintas configuraciones culturales. Los fantasmas semióticos (de interconexión anexacta) son otro de los tantos aspectos de la era trash que modela nuestras sensaciones. Ni más ni menos: un fantasma semiótico –invariablemente tecnológico, industrial- es parte de una operatoria trash (espacios de interferencia, según Serres).
Me gustan tus fantasmas.
Mucho. Otra aura para tu fashion.

Postdata: las imágenes de este posteo son una antología de las obtenidas con el Google Imágenes a partir de las palabras "fantasma semiótico".

Addenda del 15 de setiembre: Hace apenas unos días, recibí un mail con el siguiente link (click acá). Se trata de un sitio de información personal, WebMii. Nunca más acabado un ejemplo de fantasmagoría semiótica.

Por ejemplo, no uso Facebook, jamás tuve una cuenta en esa plataforma. ¿Cómo voy a tener una foto de Facebook, entonces? Se trata del Facebook de Villa Ocampo, donde transcurrieron las Jornadas Anfibias, hace exactamente dos años. Entre las imágenes, aparece una fotografía de Yamandú Rodriguez, uno de sus célebres retratos eróticos. Galaxia de sentido construida con visualidad web. Mi ejemplo más cerrado.

sábado, 31 de julio de 2010

Webfiction

¿Sólo guerra sucia?
¿Nada más que lucro obsceno?


Cada día son más las denuncias que hacen foco en operadores políticos que utilizan la blogósfera, las redes sociales, Twitter y demás portales web para distorsionar, coaccionar y distribuir falsa información con fines tanto comerciales como políticos.

Un ejemplo, otro ejemplo. Y uno más (no hay político que no difunda su máscara en internet).
Operadores de diversas ideologías que actúan como gerentes de marketing y viceversa. Hace rato que el mimetismo es puro flujo en ambas direcciones. Pero ¿dónde termina la máscara y comienza el rol?

Desde empleados más o menos ocultos de las multinacionales de la comunicación a cibermilitantes de ocasión ganando terreno en una estructura partidaria.

¿Pero es sólo eso?
¿Identidades descartables, trolls politizados?
¿Discursos de sabotaje diseñados a medida?
¿No será que acaso esta nueva fauna de agitación navega en territorios digitales en tanto anfibios que mutan a velocidades impensadas generando otra presencia, otro impacto, otra locación de discurso?
Propagandistas intangibles para audiencias que se miden en bits.
En este escenario anfibio ¿qué grado de irrealidad tiene El Otro, cualquier Otro? ¿Todo el andamiaje especular que furiosamente pronosticaron los situacionistas sigue siendo tan sólo manipulación y sustitución?
¿Sustitución de qué?

¿Qué es lo ficticio?
¿De qué modo se intermoldean identidades, voces y contextos?
¿Vieron este video?

De hecho no es ninguna novedad que la web sigue redefiniendo nuestros conceptos y modos de ficción, al punto que lo formatos ficcionales que alimentaron la ecología de los medios durante medio siglo? Me refiero a ese paisaje virtual que sigue generando sospechas en la veracidad de hitos como la llegada del hombre a la luna o “ese terrible espectáculo que no tuvo lugar”, como denominaba Baudrillard a la Guerra del Golfo .
El deseo, el horror, las estéticas, no existe aquello que no atraviese ni sea atravesado por algún código fuente, que no obtenga referencia en la visualidad digital.








No resulta para nada sorprendente cuando crece el nivel de neurosis generada por las “interrelaciones digitales”. Contactos cada vez más mediados por la web.

Para los aún denominados nativos digitales la intimidad es impensable sin vinculación a alguna plataforma digital. No puedo dejar de pensar en un relato que Nicolás Bacal utilizó para su obra-CD 4440 veces vos.
Copio y pego un fragmento del texto que escribí para el bootleg:

“En octubre de 2008, Nicolás B. recibió un mail de un amigo en el que le advertía: “lo que voy a contar va en forma de ficción porque no quiero, o mejor dicho me cuesta, aceptar lo que pasó”. En una época en la cual una cuota altísima de nuestros modos de relacionarnos están mediados por la web ¿de qué material se componen nuestras ficciones? ¿de qué tiempo? ¿en qué se diferencian ficción y deseo? ¿cómo modifica la ficción a nuestros deseos y al revés?

La era de la información, ya sabemos, también lo es de la desinformación (o información distorsionada). No son otros los conductores preferidos de los neópatas o psicópatas de la red. Pero bien ¿cómo distinguir o radiografiar los límites entre información, desinformación o información distorsionada? ¿Acaso no se mueven como virus informáticos?

Mientras tanto, las teorías conspirativas siguen multiplicándose.
Pronto el concepto mismo de ficción será sospechado de conspirativo.

Con Webfictions o Ficciones de la Red no me refiero a relatos (en cualquiera de sus formatos, textuales, sonoros o en video) producidos para circular en internet, sino a las narraciones que utilizan (a la vez que alimentan) el desajuste entre las percepciones de lo ficcional y no ficcional en la web.

Una vez más ¿dónde comienza y dónde terminan los efectos de la web?

Prosigue el texto que escribí para la obra de Bacal: “(…) Lo cierto es que [el amigo de Nico B.] envió un mensaje de texto a su novia avisándole que estaba esperándola en la puerta de su edificio. Pero en verdad aún le faltaban dos cuadras para llegar, y necesitaba ganar tiempo mientras ella bajaba desde su departamento. [Inmediatamente pensó]: “Me pregunto ahora si buscar ganar tiempo, de la forma en que lo hicimos, es lo más cercano que vamos a estar a viajar en el tiempo”.

jueves, 1 de julio de 2010

Soy un varitech, un snark, un zulú, una bacteria, un ankylosaurus

Sobre la Otredad en la Era Web (posteo de posteos)

¿Cuánto te virtualiza la web? O planteado de otro modo ¿qué y cuántas distorsiones acepta tu idea de identidad cuando se manifiesta por medio de internet? Identidad, al fin y al cabo, es aquello que a la vez que te hace único, te linkea con una pertenencia determinada.

Pertenencia que hace rato es básicamente anfibia: existimos en varios contextos simultáneamente.
Si lo pensamos estrictamente en términos de internet ¿a qué filtros y matices se somete lo que entendés como identidad?

Velocidad, ubicuidad, accesibilidad: todos fuimos identidades spam alguna vez. La web pone a prueba cada día nuestro coeficiente paranoico: ¿Quién, qué es el otro cuando su cuerpo se nos aparece por completo mediatizado? Es el ese mismo instante en el que la distancia filtra (nos afecta) ficcionalmente.

La otredad en la web (aceptar al otro en la web, interceptarlo) implica enfrentarnos a su presencia no física, a su presencia digital (virtual).

Hace dos días, Alejandro Schmidt en uno de sus blogs (Romanticismo y verdad) posteaba:

“Cada tanto, al enviar la data de este blog (u otros) a correos electrónicos que figuran en perfiles, o donde sea, de otros blogs, recibo estas respuestas: ¿nos conocemos? ¿de dónde?¿quién sos? etc...bueno...por otra parte, en la mayoría de las ocasiones, no hay respuesta y en otras, se establece una comunicación, el cumplimiento del propósito (…)”.

Se manifiesta y necesitamos de eso que tantas veces por default denominamos identidad (que no es más que una lectura del otro, un modo de escanear al otro reduciéndolo a cierta y determinada información) cuando entramos en contacto. Pero en este caso lo hacemos en un contexto digital que se sobreagrega a nuestro contexto físico, lo cual nos apronta a un menú de opciones al que, hasta hace algunas décadas atrás, no estábamos habituados.

¿Qué es, finalmente, un “amigo” al que sólo conocemos de Facebook?
¿O, más extremo, alguien que conocemos nada más que por su avatar en un metaverso como Second Life?

¿Qué sucede culturalmente si elegimos, para presentarnos socialmente, esa identidad que armamos con las posibilidades que la web nos brinda? Prosigue Alejandro Schmidt, refiriéndose a aquellos que pretenden nuestro currículum virtual (Napoleón Baroque dixit):

“[Ellos] Carecen de imaginación, a la aventura del ser las leen en novelitas, duermen sobre el nombre que les tocó en suerte y lo aplastan, procrean la mediocridad, la sequedad del espíritu... Jamás se me ocurriría preguntarle a nadie si me conoce, de dónde y para qué se dirige a mí, o contra mí, son preguntas imposibles; mucho de lo mejor de mi vida ocurrió en la deriva, el enigma, el no querer saber, el entregarse...cualquiera en cualquier lugar y de infinitos modo trae el tesoro, el cisne, la sangre aérea...

pocas experiencias del ser superan la confianza, la fe en los otros (en todos, en cualquiera) quien la ejerce y cede su temor o su prejuicio, crece, se multiplica, aprende.”
Necesitaba llegar a este punto: la emergencia de esta “presencia virtualizada” no es un síntoma propio de la era web, sino más bien una situación que los medios digitales enfatizaron, profundizaron. Un rasgo que sigue en vías de extinción.

Aquellos aún denominados nativos digitales, que crecieron en una cultura preponderantemente anfibia, tienen naturalmente incorporados como elementos de interrelación los gadgets que fundan modos cada vez más extendidos de sociabilidad. Hace rato que a nadie sorprende que más y más parejas se hayan formado en la web.

Ya es un lugar común afirmar que toda tribu urbana es finalmente digital y se reproduce viralmente.

Quiero volver a una instancia del posteo anterior. No es que inventemos de cero nuestras identidades web, sino que estas vienen cargadas de imaginarios por demás sobreexpandidos.

Quiero recordar a la Orden Tiresias, con sus mutaciones múltiples de sexo y raza. Pero también al perro de Steiner (ya tan famoso como el de Pavlov) y a la proliferación de neópatas.

¿Sabés quién soy?
Todos. Y también más.

Soy tu imaginario.

Y también puedo ser un sapo.

lunes, 15 de febrero de 2010

War Muses

El espectáculo afecta a tus sentidos (que son su alimento).
Canibaliza tu memoria. Establece todo tipo de vínculos y analogías.

Y cada vez más nos preguntamos ¿dónde sucede? ¿cuáles son sus límites? ¿cuál es su cuota de ficción?

Hace poco menos de treinta años Ithiel de Sola Pool diagnosticó un futuro de convergencias mediáticas: “Un proceso llamado “convergencia de modos” está difuminando las líneas entre los medios, incluso entre las comunicaciones entre dos puntos, como el correo, el teléfono y el telégrafo, y las comunicaciones de masas, como la prensa, la radio y la televisión. Un solo medio físico (ya se trate de cables o de ondas) puede transmitir servicios que en el pasado se proveían por caminos separados. Inversamente, un servicio provisto en el pasado por un medio determinado (ya sea la radio, la televisión, la prensa o la telefonía) hoy puede ofrecerse por varios medios físicos diferentes.

Por consiguiente, se está erosionando la relación de uno a uno que solía existir entre un medio y su uso”.

Durante mucho tiempo supimos dónde se desarrollaba el espectáculo ¿y ahora? En una época en la cuales los medios se multiplican ¿en qué sitio suceden los acontecimientos? Eco lo sabe: los soportes, más que almacenar información, la difunden cada vez más rápido. ¿Qué característica única guardan para sí las prácticas artísticas en tiempos de Cultura_RAM (Brea dixit)?

En los sesentas, Oscar Masotta declamaba la superación del pop citando a El Lissitzky y un “adelgazamiento tecnológico” de la materia. “Hoy los consumidores son todo el mundo, las masas –comenzaba la cita- “[y] la desmaterialización es la característica de la época.” Así el telégrafo había “adelgazado” la materia del correo postal, así la radio alivianó al telégrafo, etc. Concluyendo: “perezosas masas de materia son reemplazadas por energía liberada”.

Masotta sugiere que las prácticas artísticas más innovadoras surgieron de esta pérdida de peso.
Para muchos ya, con un iPhone, el antiguo espacio del museo está en cualquier parte; o mejor: en tu bolsillo.
Si la cultura web es pop, nada existe fuera del pop.
No existe ningún después del pop.

¿Escuchaste hablar o leíste sobre la “música reactiva” (reactive music) desarrollada por RjDj? ¿Estamos en condiciones de programar nuestras sensaciones? ¿Seguiremos llamando a estos gadgets drogas digitales? ¿Realmente el software es el futuro de los estupefacientes?
¿Acaso no se difunden cada vez más las drogas para avatares?

¿Cuánto falta para que proyectos como Sonic City realmente exploten?

Ya sabemos: no existe nada por fuera del espectáculo (Jean Duvignaud entendió lo que Debord aplazó: sólo existen espectáculos en guerra). El afuera es un recurso más, como cualquier otro. Ni más ni menos que un concepto.
También sabemos que la virtualidad (digital) no es lo OTRO de la materia, sino una de sus instancias, la que nosotros aún percibimos como de las más sutiles. Toda materia se nos presenta imbricada de virtualidad. Las prácticas artísticas viven este reacomodamiento: lo unplugged tampoco es lo que era.
No existe aún ningún después de lo digital porque su virtualidad es parte fundante de nuestra materia.
Y lo será aún cuando todas las máquinas fallen.


Acaba de estrenarse Buzz. Las redes sociales batallan entre sí ¿qué clase de espectáculo realizan los artistas en tiempos donde las reglas del espectáculo lo implican absolutamente todo?

Sigo leyendo el precioso libro de Jean-Luc Nancy sobre Las Musas.
“Según confiesan los propios fisiólogos, toda partición es insatisfactoria y exige el recurso a una noción de “integración sensorial”. Siempre aparece, por consiguiente, un momento en que la unidad sensual debe restablecerse contra la abstracción sensorial. A esto podrían responder, en apariencia, la unidad sinestética o las “correspondencias” (Baudelaire, Verlaine, Debussy, entre otros), precisamente reivindicadas en una correlación histórica evidente con la posición del “arte” en singular, (…) así como con la postulación del “arte total”.

LDF: "Ahora bien, el pensamiento de Nancy es una filosofía del cuerpo; la publicación de Corpus (1992) lo situó en un territorio clave para la concepción de una corporalidad densa y compleja, que no cae ni en las divisiones dicotómicas evidentes ni en exaltación intervencionista del cuerpo prefabricado (de las modelos a los bodybuilders) que aparece en algunos pensadores posmodernos como Jean Baudrillard o Gilles Lipovetsky. El cuerpo de Nancy se define por una dinámica del “entre“, por una materialidad plástica; Él mismo lo dice: “Un cuerpo es por lo tanto una tensión. Y el origen griego de la palabra es “tonos”, el tono. Un cuerpo es un tono. Ser un cuerpo es ser un cierto tono, cierta tensión. El alma es un nombre para la experiencia que el cuerpo es”. Por lo tanto, esta caracterización táctil que hace Derrida de la filosofía de Nancy resulta ontológica."

¿Acaso no vivimos en una época de nuevas correspondencias?
Es evidente: hasta las musas convergen
.

martes, 9 de febrero de 2010

Future Fashion Now

La escena es absolutamente lisérgica (tanto como podría serlo un animé facturado por Nickelodeon): es una historia de amor, pero también una estudiantina, que a su vez es una obra de arte, tanto como una publicidad y un bastión fashion

¿acaso el pop del siglo XXI no lo es todo simultáneamente?
Las próximas generaciones no admitirán las diferencias.

¿Acaso ese cybercupido descendiente de Pokemón -y por lo tanto de los tamagoshi- no pertenece ya a una tradición que remixa decenas de referencias culturales en unos pocos minutos?
El sincretismo es feroz.

Superflat First Love (video al que me refiero, y que les recomiendo ver haciendo clic acá) es una obra por encargo que el mega-star Takashi Murakami realizó para Luis Vuitton. La lengua de Murakami ya no es (exactamente) el animé, sino algo que va un poco más allá (y más acá): él sabe que nuestro inconsciente imita al animé.

Hace mucho que vengo insistiendo con la necesidad de estudiar minuciosamente las múltiples mutaciones estéticas de la ciencia ficción para poder abordar una antropología de la web.

Los imaginarios que delinean la red de redes no conocen otro origen (¿acaso los paraísos artificiales de la psicodelia no son el reverso de la ciencia ficción?). Por supuesto, lo que entendemos por ciencia ficción se viene transformando tanto, que quienes se formaron con la ciencia ficción clásica, como Pablo Capanna, ya no la reconocen en ella.

Sin embargo, la ciencia ficción no sólo es una ficcionalización de los imaginarios de la ciencia, sino también un fashion de la ciencia. Recomiendo y mucho leer este artículo de un blog que sigo, el de Proyecto Líquido, que describe el momento en el cual De la Tierra a la Luna de Jules Verne dispara un quizá inesperado nuevo mundo: la ciencia ficción de indumentaria.

Es precisamente este artículo el que cita un momento clave en el desarrollo en cuestión: cuando el imprescindible Gilbert Rohde, convocado por la revista Vogue estadounidense en 1939, propone su Future Man (ver foto). Una producción impecable: el futuro de la moda.

¿Acaso el fashion de Barbarella – no sólo el de la película de Roger Vadim, estrenado en 1968 (año de expansión psicodélica si los hay) sino también el del cómic de Jean Claude Forest creado seis años antes, no traza ya las coordenadas para el encuentro definitivo de todos estos intereses que aún seguimos observando, en cierto modo, como diversos? Pop en estado puro.

Muchos pueden recordar a Rohde como un clásico del modernismo, pero lo cierto es que ayudó a proyectar un fashion de la ciencia ficción que todavía sigue su curso. Así como la ciencia ficción diseñó su historia antes de que existiera el término (el año pasado falleció su creador, Forrest Ackerman, aunque el género como tal ya existía, con su fisonomía autónoma, desde 1927 por obra y gracia de Hugo Gernsback, creador de Amazing Stories) de modo similar desde Rohde pudo leerse a una película como Metrópolis (1926) de Fritz Lang, como una avanzada del fashion.

No son pocos los cruces, todo ya estaba ahí. Como vimos; Metrópolis se adelanta sólo un año a la revista de Gernsback, en la que comenzó a publicarse otro clásico de clásicos, Buck Rogers (una historieta, como la posterior Flash Gordon, en donde los vestuarios eran una parte clave de su atractivo). ¿Cómo el mismísimo Osamu Tezuka, padre del animé y entre tantas otras maravillas, de Astroboy, no iba a ser fan declarado de la película de Lang, de la que haría una versión libre estrenada postmortem, en el 2001?
Más pop en estado puro.

Ahora bien ¿puede verse Superflat First Love como una historia de ciencia ficción? Como Pablo Capanna me pregunto ¿es ciencia ficción tanta narrativa contemporánea heredera de los relatos de William Gibson, Bruce Sterling o Neal Stephenson y que se promociona como tal?

Seguramente poco guardan de los modelos originales, pero es difícil argumentar que no son consecuencia de la misma corriente.
Un río que desbordó tanto que ya nos cuesta reconocer las orillas.

Hernán Ortiz: “Gracias al programa espacial norteamericano, la tecnología y la moda se fusionaron para desarrollar el traje espacial.

La tarea de los diseñadores fue predecir cómo las superficies de la tela, capas, forros, metales y plásticos reaccionarían en el espacio exterior, teniendo en cuenta los cambios en la masa corporal (que requerían el ajuste automático de las telas) y los problemas de confort, bienestar físico y movilidad. A medida que se hacían más sofisticados, los trajes espaciales, al igual que el diseño de Rohde, regulaban la temperatura corporal, y estaban equipados con transmisores para enviar información sobre los signos vitales del astronauta. (…)

Yves Saint Laurent, André Courrèges, Pierre Cardin y Paco Rabanne fueron pioneros del aspecto de la “era espacial”. Esto les permitió expresar una imagen ultra-moderna y progresiva del futuro muy acorde con la cultura joven y callejera de los 60s. Paco Rabanne, arquitecto apodado por Coco Chanel como “el metalúrgico”, era reconocido por utilizar materiales experimentales y alternativos. (…) Recientemente, en el libro Tomorrow Now: When design meets science ficción (Mudam, 2008), Paco Rabanne dijo que no se considera futurista y que: “una moda de ciencia ficción tendría que estar hecha de tecnología imaginaria que no existe”.

Chrismas on Mars.

sábado, 30 de enero de 2010

Amor in Machina

En el mundo de Appleseed in Machina (2007), animé dirigido por Shinji Aramaki y producido por John Woo, las emociones humanas se encuentran tecnológicamente intervenidas, ecualizadas, en una suerte de Prozac Wi Fi.

Al fin de cuentas, se trata de una distopía clásica: entre los nueve temas claves de la ciencia ficción, Harry Harrison señaló hace tiempo la persistencia (y clasicidad) del temor humano frente al dominio maquínico. ¿Qué sucede si nuestro amor es controlado por un software?

Como sabemos, la ciencia ficción (o lo que queda de ella) no es más que una variable de coordenadas del presente.

Un año antes de que se estrenara esta película, me había llamado la atención un sitio web titulado www.imaginarygirlfiends.com, que ofrecía la interacción 2.0 con una novia imaginaria por la módica suma de U$S 19,95. Por supuesto, la oferta en la red ya era enorme (acaso ¿qué otra cosa son los chats del amor sino trabajo-esclavo-en-casa para mucha gente?) pero lo que me esta vez me intrigaba es que existía alguien que parecía aceptar gozosamente el pacto: sabía que la chica de su sueños estaba del otro lado del monitor ¡y hasta sólo podía ser un software!

Por lo menos un avatar sigue indicando presencia humana (al fin de cuentas ¿no se trata de una transformación del antiquísimo concepto de máscara?).

Bueno, lo cierto es que Konami Digital Entertaiment acaba de lanzar un programa que se denomina nada menos que Love Plus y es un juego de citas con novias en bits, cuyo kit incluye posters símil tamaño natural para fotografiarse con ellas. ¿Acaso no sabíamos que el planeta otaku es una de las tantas variables del fetichismo?

La virtualidad digital es un efecto informático (maquínico) pero no sus metáforas, que son sobre las cuales se establecen los pactos de sociabilidad. En algunos comentarios-apostillas recientes me referí al residuo semántico como aquel efecto que se adhiere a ciertos conceptos y palabras, tantas veces aprovechándose de homofonías, y planteando torsiones de sentido que de no ser tan grotescas por lo menos serían graciosas. Los imaginarios que se despliegan en el arte sobre la figura del curador no delatan ninguna otra procedencia: pocas armas políticamente tan eficaces como las metáforas de la cultura web.

Al contrario de lo que muchos creen, la virtualidad digital no acelera ni expande per se las patologías de la neurosis. Por el contrario, en los mejores casos replantea los repartos ficcionales con los que interactuamos cotidianamente. Los residuos semánticos pueden ser excelentes aliados o temibles boicoteadores. En todos los casos, materia básica de las dinámicas de la virtualidad, que son las de nuestras percepciones.

Marc Augé: “Hoy son las tecnologías las que organizan nuestras representaciones del espacio y del tiempo. Esto se ve muy bien a través de la televisión, en los horarios de las noticias: la vida deportiva y la vida política organizadas al ritmo de los medios. Y en los últimos años hemos visto surgir una nueva representación del espacio, debida al teléfono móvil y a Internet. Se puede decir que las tecnologías se han vuelto, más que medios, representaciones por sí mismas, particularmente para los niños y adolescentes.”

Pero ¿hablamos solamente de espacio? ¿es en esta idea de entorno donde concluye el impacto tecnológico? Continúa Augé.

“El arquitecto Rem Koolhass propuso la expresión de "ciudad genérica" para designar el modelo uniforme de las ciudades que se encuentran hoy en día por doquier en el planeta. La ciudad genérica, escribe él, "es lo que queda una vez que unos vastos lienzos de vida urbana hayan pasado por el ciberespacio. Un lugar donde las sensaciones fuertes están embotadas y difusas, las emociones enrarecidas, un lugar discreto y misterioso como un vasto espacio iluminado por una lámpara de cabecera".

Ahora hagamos un breve ejercicio.

Cambiemos, en el párrafo anterior, las palabras “ciudad” y “ciudades” por “novia” y “novias” y “vida urbana” por “vida amorosa”. ¿No nos acercamos así a una conjetura muy precisa sobre las sociabilidades otaku?

Augé, otra vez más: “Tiempo atrás, la prensa escribió sobre una parte de la juventud japonesa, la cual, a través de los medios de comunicación, llegaba hasta el aislamiento absoluto. Despolitizados, poco informados sobre la historia del Japón, naturalmente opuestos a la bomba atómica y tentados a huir en el mundo virtual, los otaku (es así como los llaman) se quedan en su casa entre su televisor, sus vídeos y sus ordenadores, dedicándose a una pasión monomaníaca con un fondo de música incesante. Un informe americano muy fundamentado dio a conocer recientemente el sentimiento de soledad que invade a la mayoría de los internautas.”

El interrogante es ¿se trata de una antiquísima soledad o de un nuevo capítulo en la historia de la presencia amorosa?

sábado, 16 de enero de 2010

Virtualmente irresistible

Ecologías de la virtualidad

Estamos en Wonderland y amamos este sitio extraño porque en él nada es verosímil. Perdón: porque todo lo que estamos conociendo es perfectamente verosímil, pero de otro modo. ¡Bienvenidas sean estas sensibilidades de las que aún tan poco sabemos!

Y no es que Wonderland sea el paraíso ni mucho menos. Es simplemente un planeta que empezamos a descubrir, a medida que lo inventamos.

¿Por qué confiamos tanto en el estado actual de nuestros sentidos cuando sabemos que no es más que un reformateo cultural entre otros? Hay algo en lo que coinciden nuestras percepciones en el mundo físico y el mundo digital: cuando te miro no estoy viendo nada distinto a una construcción cultural.

Por suerte seguimos aprendiendo de la biopolítica.
Cuando Thimoty Leary afirmaba que Silicon Valley no era sino el reverso de la cultura del ácido, sabía perfectamente de lo que hablaba.

Me sumerjo en el concepto de cosmopolitismo pop, de Henry Jenkins

No son otros los imaginarios que moldean la web. Empatía semiótica: más de una generación está más familiarizada con los personajes de Pokemón que con los de los Hermanos Grimm o los de Hans Christian Andersen.

Jenkins: “Los etnógrafos han descubierto que el mismo contenido mediático puede interpretarse de maneras radicalmente diferentes en los distintos contextos regionales o nacionales, toda vez que los consumidores lo interpretan sobre el telón de fondo de los géneros más familiares. Incluso en un mismo contexto, determinados sectores pueden sentirse particularmente atraídos por los contenidos mediáticos extranjeros, mientras que otros pueden mostrar indignación moral y política. La mayoría negociará con esta cultura importada de maneras que reflejen los intereses locales de los consumidores mediáticos, más que los intereses globales de los productores mediáticos”.

Pero ¿qué sucede cuando una buena parte de nuestro tiempo transcurre en un sitio que denominamos ciberespacio? Una vez más ¿volviste a preguntarte cuántas horas diarias estás conectad@?
¿Qué sucede cuando gran parte de nuestra sociabilidad se modela virtualmente (en la web) en imaginarios globales que compartimos mientras nos los apropiamos de los modos más diversos?
Sí, sí: una vieja tradición y culto que inauguró el siglo XX, pero que aún asusta.
(¿Quién no quiere ser un producto de Lewis Carroll y la psicodelia?).

Leo (fuera de contexto) una cita de Janon Lanier (New York Times) en Melpómene Mag y no puedo sino pensar: “cuánto debemos proteger aún nuestra virtualidad. Pues ésta también determina nuestra calidad de vida”. Como novísimos parias: avancemos por el desierto.

Lo que conozco de vos es lo que me muestra la web. Ergo, las ecologías de la virtualidad son prioritarias en nuestra sana sociabilidad. Una digitalizad enferma es aquella que se esfuerza por duplicar todo.
James Cameron lo sabe: un avatar debería cambiarte la cabeza. Reconectarte con lo que creías que eras de otro modo.

No deja de resultar curiosa la inversión: si para los hinduistas el avatar es la materialización de un dios (Vishnú, principalmente) en nuestro marco terrestre, para la cultura web, contrario sensu, es el modo más efectivo que conocemos para virtualizarnos en un entorno digital, de proponer nuestra presencia en la red, que es tan entorno nuestro como los objetos físicos que nos rodean cotidianamente.

Las consecuencias son radicales: el concepto de “espacio público” se viene trastornando por completo (y por suerte). No estamos construyendo una zona para que sólo la habiten nuestros cuerpos. Lo que llamamos representación cobra otro sentido. Si las posibilidades del Photoshop nos permiten rediseñar la información visual que nos define, más que nunca podemos explorar por fuera de los imperativos modelos de belleza con los que nos bombardean a diario.

Los metaversos lo dejan perfectamente en claro: los sims más interesantes son aquellos que abdican de replicar una instancia física. ¿Acaso no nos fascinan las ciudades inventadas, o en su defecto, lo que no tienen de verosímil los espacios preexistentes? Adoro Buenos Aires, la ciudad en la que vivo. No necesito ninguna réplica.

Marín Ardilla: "somos habitantes de la virtualidad desde que somos homo sapiens-demens. Somos virtualidad porque no sólo morimos sino que también sabemos que vamos a morir. Vivir en el mundo imaginario no es un atributo que corresponda a etapas pasadas de la humanidad, a los pueblos “primitivos”. La imaginación no es una fase evolutiva inferior frente a la conciencia científica y/o racional. Homo sapiens-demens (arcaico o moderno) está constituido por una estructura antropológica de lo imaginario. Lo virtual es un elemento de la estructura antropológica y, un elemento de la estructura de la realidad".

domingo, 27 de diciembre de 2009

Avatar Revolution

Como nunca, el régimen de representación muta.
Durante siglos, la representación jamás sucedía en nuestro plano: no era más que una versión (el mismo término invención sigue denotando su cuota de falsedad).

Una representación (cualquier representación) delimitaba contextos –al punto que durante más de dos siglos la Historia del Arte se articuló en esta diferencia-.

Incluso en una película como Matrix los contextos-dimensiones permanecían bien diferenciados (ingresabas al software o salías de él: su visión de la tecnología –del par virtualidad / materia- no hacía más que proseguir las más ortodoxas coordenadas platónicas).

La tecnología digital vehiculizó siempre la virtualidad como anexo (una continuidad de la materia, una extensión en la cual las fronteras siempre resultaron implacables). Pero ¿esto sigue siendo así?

Es evidente: las relaciones entre virtualidad y representación ya no son las mismas.

El arte contemporáneo (una vez más) resultó el más prolífico territorio de pruebas. De hecho, no hay más que observar de cerca los discursos más conservadores y reaccionarios. ¿Qué es lo que reclaman? La radicalidad de esa separación. La no alteración de las diferencias: el boicot permanente a la predicción de William Gibsonen un futuro próximo ya no vamos a saber cuándo estamos adentro o afuera”.

El continuo resulta horroroso.
Vuelvo a ejemplificarlo del mismo modo: si un relato como La continuidad de los parques resultó en sus días tan efectivo es porque estamos formados culturalmente en la fundante separación de los planos.

Insisto también con la disponibilidad del avatar como nave de exploración anfibia en la identidad de estas fronteras. ¿Qué las sostiene? ¿Cómo defender hoy esta dualidad? El situacionismo demonizó el desbarajuste en los repartos de la ficción: refundó la noción de espectáculo como sustitución.
¿Y si un avatar fuera bastante más que un mero espectáculo?

Virilio: “No tenemos un cuerpo fuera del mundo; tenemos un cuerpo territorial, un cuerpo social (o socius), un cuerpo animal. El primer cuerpo es el mundo. Sin mundo propio, no hay socius ni cuerpo propio. En un primer momento, la técnica se volcó sobre el espacio exterior por medio de las vías romanas, de los grandes canales, de las vías ferroviarias, de las líneas de alta tensión, la infraestructura; y hoy en día va por la colonización del cuerpo animal. El cuerpo territorial es más importante que el social o que el cuerpo animal.

Si no hay territorio, no hay hombres. La primera mortalidad consiste en interrumpir la relación entre el cuerpo propio y el mundo propio. No hay ningún ejemplo de de un ser viviente, de un cuerpo propio, que viva sin un mundo propio.”

Ahora bien ¿de qué está hecho ese mundo?
Hace tiempo creo que el relato y análisis de las prácticas artísticas (las mismas que durante tanto tiempo se construyeron en las preceptivas más tradicionales de representación) debe practicarse desde la (supuesta) ambigüedad de una voz-avatar. Es decir, una voz proveniente de otro contexto. Es un desafío interesante al momento de intentar dejar atrás la voz institucional, es decir, la mayor de las trampas.

Ahora bien ¿un metaverso pertenece al mundo territorial o meramente al mundo de socius? En la respuesta a este interrogante se determina una filosofía de vida. No existe discrepancia ideológica más radical que la que se funda en este dualismo.

Baudrillard fue, ante todo, un moralista (como Sade): ¿cuál es el valor de la representación cuando la virtualidad avanza, invasiva, y tiende a borrar fronteras?

Decíamos hace tiempo que la realidad se encuentra cada vez más photoshopeada (nuestra percepción es la que imita a programas de edición como Photoshop).
¿De qué hablamos cuando hablamos de territorio?
El mercado sigue vendiendo lo inédito con discursos muy antiguos.

Jean Duvignaud: “¿Cómo destruir la explicación vulgar? Se nos dice: un individuo simula un personaje, construye su silueta y su imagen con restos de armas o trajes (como hacen los niños, en quienes el poder simbólico alcanza el paroxismo), se exalta y acaba creyendo que es el personaje que quisiera ser. ¿No habría más bien que considerar en otra forma el asunto de estas ceremonias mágicas o sagradas?”.

Un mundo propio: ¿con qué leyes?
¿Qué funcione de qué modo?

lunes, 7 de diciembre de 2009

Avatares versus fantasmas

Un avatar es todo lo diverso a un fantasma.
Este último siempre fue un espectro en un mundo físico, razón por la cual nuestros sentidos proporcionaban la voz de alarma: el mundo material tiene (advertía) una falla (una grieta, un umbral alterado).

Esto que nos circunda no debería estar aquí. Investiguemos por dónde ingresó.

El avatar, contrario sensu, no es sino nuestro avance físico en un mundo digital, virtualizado. Si necesitamos otros ojos y otros sentidos para hundirnos justo ahí donde antes no veíamos, debemos ante todo estar equipados. El software es nuestro equipamiento. Nuestros ojos (nuestros sentidos), definitivamente intervenidos, están listos para capturar la información de nos falta.

Diferencia clave: el fantasma viene de otro tiempo y lugar, es un alien en nuestra dimensión. Es un tiempo ajeno invadiendo el nuestro, aun cuando ese ajeno sea parte de nosotros mismos. Algo que está desembarcando en las coordinadas de nuestro presente sin pedir permiso.

Un avatar también es un alien, pero ese alien somos definitivamente nosotros. No es otra cosa que la más efectiva de nuestras máscaras (mejor deberíamos decir: de nuestras escafandras). Un avatar es un explorador, o mejor: un sistema de exploración. Es la nave con la cual nos aventuramos en un espacio que no es físico del mismo modo.

En el fantasma, para Lacan, es el deseo el que está en juego (¿acaso fantasma no es ante todo uno de los nombres del deseo?). O dicho de otro modo: el fantasma es ante todo un juego –un movimiento- de deseo. Mientras que, sin ocultar jamás su etimología religiosa, el concepto de avatar implica una continuidad, su relación tecnológica definitiva (¿o acaso la tecnología no es EL modo por antonomasia de las extensiones que creamos?).

¿Tenemos más dominio sobre nuestro avatar que sobre nuestros fantasmas?

James Cameron parece tener algo para decirnos al respecto. No hay gratuidad en ningún avatar. Tanto confunden su cálculo los que creen que un avatar es simplemente un password anfibio.
Un avatar digital no es sólo nuestra representación gráfica: siendo nuestra continuidad nos altera, modifica nuestra vida unplugged.
Si esto no sucede, es porque jamás fue un avatar.

¿Necesitan más pruebas? Lean el blog de Napoleón Baroque.
Se trata de una gema anfibia: cuando utilizamos la virtualidad del software (esa radicalidad de lo físico) debemos aprenderlo todo de nuevo. La cultura se encuentra en estado de bits.
Los tentáculos son parte del cuerpo, pero no de la cabeza.
Le pertenecen de otro modo.

Primera curiosidad: la virtualidad en la cual nos zambullimos con nuestro avatar la estamos creando nosotros. Esta diferencia es clave. No es una selva o un desierto que simplemente están ahí, constituyendo un afuera.
Nunca antes creamos virtualidad del mismo modo. Desde que los modelos de virtualidad se digitalizan, la virtualidad se vuelve más y más heurística. Digámoslo así: la virtualidad digital es un territorio de guerra, donde nos disputamos no sólo los modos de metaforizar, sino las políticas de todo imaginario.
¿Realmente existen dos bandos? ¿los que niegan que la imaginación moldee también el mundo físico y los que no desean enterarse de nada?

¿Tanto es el temor a los sueños?

Días atrás, en Rosario, Lucrecia Martel se refirió a la necesidad de apropiarnos de las ficciones como una cuestión vital. De la inmaterialidad de la ficción (de los imaginarios) como modo de abrazar definitivamente el mundo físico. Su punto de partida fue la casa de su abuela. Ahí donde su mamá le narraba los cuentos de Horacio Quiroga (Cuentos de amor, locura y muerte) como si realmente hubieran habitado ese espacio, como si fuesen su memoria e historia. Lucrecia creció convencida que la casa realmente había sido el escenario de todo lo contado, que en el almohadón de la habitación contigua había efectivamente habitado el temible chupasangre.
Esa no era simplemente otra historia.
Es SU historia.

Los alcances y efectos de esta presencia virtual inseparable del mundo físico es la que hoy más que nunca está en juego: el tránsito de las ficciones se juega en la virtualidad digital más que en ningún otro sitio.
Tus sueños están por todas partes.

Napoleon Baroque: "Supongamos lo siguiente: eres el dueño de una gran empresa. De un gran comercio y tienes muchos empleados a tu cargo. O bien, eres un simple administrativo en una oficina gigantesca, donde trabajas con muchas otras personas. En un caso u otro, interpretas tu papel. A veces te resulta cómodo, al fin de cuentas eres justamente eso que representas. Pero no sólo. También eres otras tantas cosas que no muestras a tus empleados o jefes o compañeros de trabajo, por el simple hecho de que no tiene sentido. Perderías el tiempo. Así que sigues interpretando tu papel, haciendo de eso que la sociedad hace de tí. Actúas naturalmente, te has habituado a eso. Te sale fácil. Pero a veces te cansas, sabes perfectamente que tu rol no lo es todo. Que tienes otros pensamientos, otras fantasías, otra dimensión que no puedes compartir con los que te rodean, simplemente porque ellos están en otra frecuencia.
Llegas a tu casa, prendes tu computadora y te sumerges en Second Life. Allí no necesitas representar ningún papel. A nadie le interesa. Puedes hacer lo que te de la gana. No tienes ni jefes a quienes rendir cuenta ni empleados frente a los cuales no puedes relajarte. Nada de eso. Allí haces exactamente lo que quieres. Es un oasis en lo real. Es lo real, claro que lo es (eres tu, al fin y al cabo) pero sin los mandatos de la sociedad que te circunda.
Ahora puedes explorar exactamente quién eres. Quién te gustaría ser. Quién quieres ser.
Dime
¿dónde eres más real?"