¿Currículum virtuae?
Soy para los demás, y en gran parte, la información que sobre mí se encuentra en la web. Estoy distribuido en unos pocos formatos (textos, imágenes, videos). No tengo el control de esas referencias.
Elijo no tener Facebook: es una declaración de principios. Mi sociabilidad digital se plasma en este blog. En sus protocolos. Que sea Blogger y no Wordpress es parte de mi política.
Blog siempre es blogósfera, del mismo modo en que no concibo un libro sino una biblioteca (digo también hemeroteca). Leo muchos libros al mismo tiempo. Leo muchos blogs simultáneamente. Escribo mucho más manuscribiendo en cuadernos. Sin embargo, en este momento elijo ser el que encontrás en la web.
Aunque sin dudas soy mucho más el que se lee en mis textos impresos. Sobre todo en los libros.
Soy una colección de datos (tipográficos, visuales).
Otros son canciones o películas.
Artes del deslizamiento (de sentido, de la mirada): nuestra experiencia web se sostiene en elecciones de información (una lista que nos propone Google a partir de la referencia en la que inscribimos la búsqueda). Este blog nace de la cercanía: el listado horizontal que Google nos arroja interconecta de por sí elementos absolutamente diversos.
Lo que sigue es deslizamiento de archivos: me paseo por lo que encontró Google como lo hago por una exhibición de arte. Pieza por pieza.
Si en este blog existe un yo (eso que sostiene la voz de la escritura) es en la observación de esta distribución de información (en esta topología). En los primeros posteos nacía de una experiencia exógena a la web. Desde hace tres años y medio mi experiencia blogger no son otra cosa que procedimientos de lectura ¿qué otra cosa es la lógica web que el recorrido analítico de los listados de búsqueda?
Google más como mapa que como brújula. Google como GPS de información. Antes de Google amaba a Kartoo ¿alguien se acuerda ahora de Kartoo?
Este blog es un formato expandido. Ya: me refiero a lo que hago en este blog. Desde hace tres años y medio sigo este procedimiento: 1) Colecciono links, con información que me parece interesante revisar (referida a las estéticas de la misma web, a los imaginarios de la cultura web –a la que entiendo como una de las ramas de la imaginería pop-, a las artes visuales en tiempos de Google). 2) Escribo un texto que contenga esos links –los textos de este blog tienen la función de distribuir links- 3) Acompaño esta línea con imágenes que casi en todos los casos provienen de internet 4) Abro a diálogo. Aclaro: no acepto trolls porque no los entiendo como diálogo. Puedo alegrarme: en todos estos años casi no fui visitado por ellos. 5) Los posteos tienen una extensión de alrededor de 4000 caracteres.
Información es tiempo. Es navegación y elección. Mi yo-web es tiempo. Tiempo frente a una laptop, tiempo de dar vueltas por la virtualidad. Tiempo que en nada se diferencia a mi percepción del tiempo.
Mi actual escasez de tiempo no proviene de la web. Al revés, mi blog ilustra ese déficit. Si soy –en la web- un Gólem de información digital, ésta poco tiene que ver con mi intimidad no virtual. No estoy agregado a los castings de Cam4.
Hace ya rato que el Cippodromo radiografía esta (mi) ausencia.
No me cansé de internet ni mucho menos.
Menos todavía de escribir (no sabría qué hacer de mi vida si no pudiera escribir). 
Este blog no está abandonado. Una expresión amable (a modo de síntoma) sería “momentáneamente ralentizado”. Soy la misma continuidad de información que se exhibe momentáneamente lenta.
Anfibiamente lenta, jamás perezosa.
Me agotó dejar tantas pistas (concentradas) en la web. Hago trampa: ralentizar es toda una declaración. Una topología que requiere otros lapsos.
Slow Web.
¿Un posteo en una noticia sobre qué?
Abogo por disociar posteo de noticia. El mundo se sostiene en la incesante fábrica de noticias. ¿Noticia para quién? ¿Para qué?
La experiencia de este blog nació en la búsqueda de una erótica Google. De una erótica de la información en la era Google. Una erótica de los listados.
¿Hasta qué punto nuestra libido no imita a Google?
viernes, 11 de febrero de 2011
Erótica Google
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rafael cippolini
a la/s
10:28:00 p. m.
Etiquetas: aceleración, comunidades virtuales, Descontextos, inconsciente informático, política de fines, rechequeando identidades, sujeto pop, tiempo virtual
sábado, 25 de diciembre de 2010
Porno Mental
¿Qué tanto difieren las ideas de límite y fin? ¿Qué tan irrecuperable es el fin?
Mientras releo a Frank Kermode (El sentido de un final. Estudios sobre la teoría de la ficción) pienso en la eficacia de estos términos ¿de qué modo recomienza lo destinado a recomenzar?
Ninguna otra época tuvo tanta memoria disponible como ésta. No regresaré otra vez a Borges y su Funes, sino más bien a los hemisferios que nos tensionan: ¿de qué modo subsisten, culturalmente, la operatividad RAM y el almacenamiento de datos en nuestras vidas? ¿Qué tanto nos pertenece todo lo precedido-almacenado?
Simplemente dedico un tiempo a observar el paisaje de los archivos que fui almacenando en mi disco duro durante los últimos 365 días. Es decir, toda esa información que pasó por mí, del modo que sea. Carpetas dentro de carpetas dentro de carpetas, archivos de imagen, de texto, de video que conforman grupos y subgrupos vecinos en tanto bits.
Si un hacker intentara definirnos por aquello que encuentra en nuestro armario digital ¿a qué conclusión llegaría?
Wikileaks pone en juego la potencia simbólica de lo público y lo privado ¿Cuánto vale nuestra privacidad en la era de la interconexión global? Si estamos hechos de información ¿cuál y cuánto de la información que producimos es realmente privada? ¿Nos resulta realmente saludable estar compuestos de información absolutamente pública?
Pensemos en esta utopía (si es que se trata de una utopía o más bien de un infierno) ¿cómo sería una sociedad en la que todos pudiéramos leer la mente de todos? No se entiendan estas palabras como un ataque a Wikileaks, nada más lejano a eso.
Al contrario, estoy intentando repreguntarme por el nuevo orden de nuestras privacidades ¿Realmente nos gustaría que cada una de nuestras horas transcurriera en un CAM 4 ininterrumpido? ¿Resulta simpático pensarnos en nuestro propio Show de Truman?
¿Quién sos para mí si sólo te conozco de Facebook? Información pública: somos nuestros consumos. Nuestros usos. Nuestras elecciones. ¿Por cuáles de nuestros consumos y elecciones nos gustaría ser recordados?
Odio los obituarios. Sin embargo, esta vez no puedo no regresar a Captain Beefheart, que acaba de abandonarnos hace algunos días.
Trece álbumes imprescindibles (incluso aquellos que él consideraba prescindibles), decenas de pinturas y dibujos que siguen pareciéndonos tan potentes como su voz.
En la teoría narratológica el modelo del iceberg goza de buena salud. Nunca es necesario narrarlo todo ¿todavía no vieron Sinécdoque Nueva York, de Charlie Kaufman?

Una narración no es sino una selección de gestos, una curaduría de actos y perfiles. Para que una narración funcione (así fuimos formateados) no toda la información debe estar disponible. Si existe algo a lo que llamamos pornografía, existe porque vulnera (fuerza, tensiona) los límites de lo privado y lo publico. Sartre fue categórico al respecto: “L'enfer, c'est les autres”.
Desconfío de la utopía de la visibilidad absoluta.
Regreso a los archivos acumulados durante un año. No son más que caminos, y simultáneamente rastros. Son partes de un puzzle que puede rearmarse de mil modos. Son partes de la pluralidad que nos compone. ¿De qué forma vas a armarme esta vez? ¿Y si el hacker trata de definirnos eligiendo los archivos equivocados? ¿Y si nosotros, en tanto hackers, armamos a los demás con los archivos equivocados?

¿Los títulos que leemos en la biblioteca de alguien a quien visitamos son exactamente aquellos que definen lo que es? O mejor ¿qué hacemos con esos títulos?
Volvamos al porno. ¿Qué intimidad es la que ofrecemos en espectáculo?
¿Qué tiene que poseer nuestra intimidad para ser interesante a los demás? El espectáculo es ese lugar donde muchos dirigen sus miradas. ¿Por qué esos muchos miran ahí y solamente ahí en tiempos de Long Tail?
¿Es que no podemos elegir nuestros espectáculos favoritos?
¿Adónde nos dirigimos cada vez que prendemos nuestra computadora?
¿Qué es la web para nosotros?
Captain Beefheart simplemente estaba ahí, pintando sólo en su taller.
Hoy sigue pintando en mi cabeza, y en la de tantos otros.
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rafael cippolini
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6:46:00 p. m.
Etiquetas: anfibiología, comunidades virtuales, Descontextos, intimidad informática, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, tiempo virtual
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Vos y tu fantasma semiótico
Cada uno de nosotros conecta y dispara más de una familia de imágenes. Me refiero a imágenes digitales, archivadas –y por lo tanto clasificadas- pero por sobre todo linkeadas.
Esas imágenes nos aportan un sentido residual, una suerte de fantasma semiótico que nos rodea.
En el primero de los posteos de este año me referí a un saber en formación, la conectología. Las políticas de conexión (algo que va mucho más allá de una metáfora). Desde hace un tiempo me interesan los linkeos secundarios, aquellos que avanzan en una sintonía de error sin serlo. Me vengo refiriendo desde hace años a la necesidad de una Historia Cultural del Error como relato fundante de nuestros días. Error redefinido: ¿qué se nos adjudica por simple cercanía, por saturación o exceso?
Es un ejercicio idiota. Escribamos nuestro nombre en el buscador de imágenes de Google y veamos qué pasa. Aparecen muchas imágenes que pertenecen a nuestra órbita de visualidad de modo residual. Este año, no recuerdo si fue un artista o un colectivo de artistas, presentó al premio ArteBA-Petrobrás un proyecto que por lo que recuerdo consistía en imprimir e instalar en un panel las imágenes obtenidas en Google Imágenes utilizando como punto de partida los nombres de los tres jurados de selección.
La propuesta me recordó cuando, en una oportunidad hace algunos años, una de mis sobrinas le enseñó a mi mamá qué sucedía cuando indagaba sobre mi nombre y Google disparaba su álbum instantáneo. Me cuentan que mamá indagó “¿qué tiene que ver todo eso con Rafael?”.
En gran parte somos, socialmente, el resultado de una búsqueda de Google. Es tan habitual escuchar la pregunta “¿lo googleaste?” cada vez que necesitamos información sobre alguien.
Estamos entrenados para leer entre líneas y despejar aquello que no es lo que nos sirve. Pero no menos certero resulta que todas esas familias de imágenes que son una suerte de Fotolog o Flickr instantáneo forman parte de la información que nos determina, más no sea como contenido latente (la infoxicación es el reino del contenido latente).
Construimos tanto sentido cultural como siempre. Y en esa determinación todos los linkeados que nos sitúan en nódulos de concentración (el buscador Kartoo resulta tan gráfico en esto) son parte nuestra. Como quería Salvador Elizondo “terminamos siendo aquellos que suponen los desconocidos”.
Una vez me sucedió: alguien que no me conocía personalmente necesitaba una foto mía para referenciar un texto y la que eligió distaba mucho de ser un retrato mío. Me confesó más tarde, cuando ya estaba impresa, que la había conseguido del Google Imágenes. También a esto me refiero cuando señalo una sensibilidad Google. No existe sensibilidad sin giro semiótico (Fabbri dixit.)
Conectar es comunicar. Y como nunca los protocolos de comunicación mutan y mutan.
Una vez más, la diversidad se articula también en los imaginarios de la web: no sólo nos determinados en la información disponible sobre nosotros, sino en los modos en que ésta se articula. Qué tiempo (el tiempo es siempre tiempo de tu vida) invertís en tu blog, tu Twitter, tu Fotolog, los videos que subís a Vimeo o a Youtube modificaran los modos de acceso con los cuales lo que sos para los demás cristaliza. Leemos y conocemos a los demás a partir de diferentes plataformas de internet.
Estamos desarrollando otra sensibilidad frente a la interrelación social. No necesariamente mejor. Más comunicación (Mario Perinola, una vez más) no implica más conocimiento. Tampoco menos. El momento anfibio que vivimos se define como una época de ajustes y desajustes ininterrumpidos. Las relaciones entre lo virtual y lo físico no cesan de encontrar distintas configuraciones culturales. Los fantasmas semióticos (de interconexión anexacta) son otro de los tantos aspectos de la era trash que modela nuestras sensaciones. Ni más ni menos: un fantasma semiótico –invariablemente tecnológico, industrial- es parte de una operatoria trash (espacios de interferencia, según Serres).
Me gustan tus fantasmas.
Mucho. Otra aura para tu fashion.
Postdata: las imágenes de este posteo son una antología de las obtenidas con el Google Imágenes a partir de las palabras "fantasma semiótico".
Addenda del 15 de setiembre: Hace apenas unos días, recibí un mail con el siguiente link (click acá). Se trata de un sitio de información personal, WebMii. Nunca más acabado un ejemplo de fantasmagoría semiótica. 
Por ejemplo, no uso Facebook, jamás tuve una cuenta en esa plataforma. ¿Cómo voy a tener una foto de Facebook, entonces? Se trata del Facebook de Villa Ocampo, donde transcurrieron las Jornadas Anfibias, hace exactamente dos años. Entre las imágenes, aparece una fotografía de Yamandú Rodriguez, uno de sus célebres retratos eróticos. Galaxia de sentido construida con visualidad web. Mi ejemplo más cerrado.
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rafael cippolini
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5:57:00 p. m.
Etiquetas: anfibiología, estética(s) del sentido, exploraciones, inconsciente informático, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, régimenes de ficción, tiempo virtual
sábado, 31 de julio de 2010
Webfiction
¿Sólo guerra sucia?
¿Nada más que lucro obsceno?
Cada día son más las denuncias que hacen foco en operadores políticos que utilizan la blogósfera, las redes sociales, Twitter y demás portales web para distorsionar, coaccionar y distribuir falsa información con fines tanto comerciales como políticos.Un ejemplo, otro ejemplo. Y uno más (no hay político que no difunda su máscara en internet).
Operadores de diversas ideologías que actúan como gerentes de marketing y viceversa. Hace rato que el mimetismo es puro flujo en ambas direcciones. Pero ¿dónde termina la máscara y comienza el rol?

Desde empleados más o menos ocultos de las multinacionales de la comunicación a cibermilitantes de ocasión ganando terreno en una estructura partidaria.
¿Pero es sólo eso?
¿Identidades descartables, trolls politizados?
¿Discursos de sabotaje diseñados a medida?
¿No será que acaso esta nueva fauna de agitación navega en territorios digitales en tanto anfibios que mutan a velocidades impensadas generando otra presencia, otro impacto, otra locación de discurso?
Propagandistas intangibles para audiencias que se miden en bits.
En este escenario anfibio ¿qué grado de irrealidad tiene El Otro, cualquier Otro? ¿Todo el andamiaje especular que furiosamente pronosticaron los situacionistas sigue siendo tan sólo manipulación y sustitución?
¿Sustitución de qué?
De hecho no es ninguna novedad que la web sigue redefiniendo nuestros conceptos y modos de ficción, al punto que lo formatos ficcionales que alimentaron la ecología de los medios durante medio siglo? Me refiero a ese paisaje virtual que sigue generando sospechas en la veracidad de hitos como la llegada del hombre a la luna o “ese terrible espectáculo que no tuvo lugar”, como denominaba Baudrillard a la Guerra del Golfo .
El deseo, el horror, las estéticas, no existe aquello que no atraviese ni sea atravesado por algún código fuente, que no obtenga referencia en la visualidad digital.

Copio y pego un fragmento del texto que escribí para el bootleg:

Mientras tanto, las teorías conspirativas siguen multiplicándose.
Pronto el concepto mismo de ficción será sospechado de conspirativo.
Prosigue el texto que escribí para la obra de Bacal: “(…) Lo cierto es que [el amigo de Nico B.] envió un mensaje de texto a su novia avisándole que estaba esperándola en la puerta de su edificio. Pero en verdad aún le faltaban dos cuadras para llegar, y necesitaba ganar tiempo mientras ella bajaba desde su departamento. [Inmediatamente pensó]: “Me pregunto ahora si buscar ganar tiempo, de la forma en que lo hicimos, es lo más cercano que vamos a estar a viajar en el tiempo”.
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rafael cippolini
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4:36:00 a. m.
Etiquetas: anfibiología, comunidades virtuales, desarticulabilidad, Descontextos, estética(s) del sentido, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, régimenes de ficción, tiempo virtual
jueves, 1 de julio de 2010
Soy un varitech, un snark, un zulú, una bacteria, un ankylosaurus
Sobre la Otredad en la Era Web (posteo de posteos)
¿Cuánto te virtualiza la web? O planteado de otro modo ¿qué y cuántas distorsiones acepta tu idea de identidad cuando se manifiesta por medio de internet? Identidad, al fin y al cabo, es aquello que a la vez que te hace único, te linkea con una pertenencia determinada.
Pertenencia que hace rato es básicamente anfibia: existimos en varios contextos simultáneamente.
Si lo pensamos estrictamente en términos de internet ¿a qué filtros y matices se somete lo que entendés como identidad?
Velocidad, ubicuidad, accesibilidad: todos fuimos identidades spam alguna vez. La web pone a prueba cada día nuestro coeficiente paranoico: ¿Quién, qué es el otro cuando su cuerpo se nos aparece por completo mediatizado? Es el ese mismo instante en el que la distancia filtra (nos afecta) ficcionalmente.
La otredad en la web (aceptar al otro en la web, interceptarlo) implica enfrentarnos a su presencia no física, a su presencia digital (virtual).
Hace dos días, Alejandro Schmidt en uno de sus blogs (Romanticismo y verdad) posteaba:
“Cada tanto, al enviar la data de este blog (u otros) a correos electrónicos que figuran en perfiles, o donde sea, de otros blogs, recibo estas respuestas: ¿nos conocemos? ¿de dónde?¿quién sos? etc...bueno...por otra parte, en la mayoría de las ocasiones, no hay respuesta y en otras, se establece una comunicación, el cumplimiento del propósito (…)”.
Se manifiesta y necesitamos de eso que tantas veces por default denominamos identidad (que no es más que una lectura del otro, un modo de escanear al otro reduciéndolo a cierta y determinada información) cuando entramos en contacto. Pero en este caso lo hacemos en un contexto digital que se sobreagrega a nuestro contexto físico, lo cual nos apronta a un menú de opciones al que, hasta hace algunas décadas atrás, no estábamos habituados.
¿Qué es, finalmente, un “amigo” al que sólo conocemos de Facebook?
¿O, más extremo, alguien que conocemos nada más que por su avatar en un metaverso como Second Life?
¿Qué sucede culturalmente si elegimos, para presentarnos socialmente, esa identidad que armamos con las posibilidades que la web nos brinda? Prosigue Alejandro Schmidt, refiriéndose a aquellos que pretenden nuestro currículum virtual (Napoleón Baroque dixit):
“[Ellos] Carecen de imaginación, a la aventura del ser las leen en novelitas, duermen sobre el nombre que les tocó en suerte y lo aplastan, procrean la mediocridad, la sequedad del espíritu... Jamás se me ocurriría preguntarle a nadie si me conoce, de dónde y para qué se dirige a mí, o contra mí, son preguntas imposibles; mucho de lo mejor de mi vida ocurrió en la deriva, el enigma, el no querer saber, el entregarse...cualquiera en cualquier lugar y de infinitos modo trae el tesoro, el cisne, la sangre aérea...
pocas experiencias del ser superan la confianza, la fe en los otros (en todos, en cualquiera) quien la ejerce y cede su temor o su prejuicio, crece, se multiplica, aprende.”
Necesitaba llegar a este punto: la emergencia de esta “presencia virtualizada” no es un síntoma propio de la era web, sino más bien una situación que los medios digitales enfatizaron, profundizaron. Un rasgo que sigue en vías de extinción.
Aquellos aún denominados nativos digitales, que crecieron en una cultura preponderantemente anfibia, tienen naturalmente incorporados como elementos de interrelación los gadgets que fundan modos cada vez más extendidos de sociabilidad. Hace rato que a nadie sorprende que más y más parejas se hayan formado en la web.
Ya es un lugar común afirmar que toda tribu urbana es finalmente digital y se reproduce viralmente.
Quiero volver a una instancia del posteo anterior. No es que inventemos de cero nuestras identidades web, sino que estas vienen cargadas de imaginarios por demás sobreexpandidos.
Quiero recordar a la Orden Tiresias, con sus mutaciones múltiples de sexo y raza. Pero también al perro de Steiner (ya tan famoso como el de Pavlov) y a la proliferación de neópatas.
¿Sabés quién soy?
Todos. Y también más.
Soy tu imaginario.
Y también puedo ser un sapo.
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rafael cippolini
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5:58:00 p. m.
Etiquetas: anfibiología, Contagiosa Paranoia, Descontextos, inconsciente informático, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, régimenes de ficción, Software tribal
sábado, 12 de junio de 2010
Trollcontamination
¿Por qué no entender al Troll como una estética?
¿Acaso no lo es? Quiero decir: un look. Una manera de ser visto.
En las fábulas inspiradas en las mitologías nórdicas no es otra cosa que una función: representa cierto modo de comportarnos (el linkbaiting puede transformarse en un fashion de nuestras emociones bajas). Envidia y resentimiento y todos sus derivados y afluentes. No nacemos trolls, sino que mutamos en ellos. Los deleuzianos bien podrán decir: devenimos trolls.
Insisto, un troll es una marca de visibilidad baja. En una cultura de redes electrónicas el troll se vuelve visible en los comentarios.
¿Umberto Eco les dedica un capítulo en su Historia de la Fealdad? No estaría mal argumentar que lo que más nos interesó del arte feísta de los dos últimos siglos es la reflexión -subsiguiente a la manifestación- de la fealdad como algo propio, como un modo de autoanálisis. ¿De qué modo participamos de lo bajo?
Banalidad del mal (Hannah Arendt dixit): ¿bajo cuantas máscaras podemos escondernos? El mal puede ser divertido siempre que le suceda a los otros.
No es casual que los trolls electrónicos sean en un 99% anónimos. Es un síntoma nada menor: pocos quieren hacerse cargo de ese aspecto propio. Tampoco estoy diciendo nada que no sepamos si describo al troll como a una descarga. Aunque también sería muy simplista delinearlos únicamente como otro de los modos sociales de “hacer catársis”.
Sin embargo, no deberíamos desplazar lo obvio. La “situación-troll” implica siempre un blanco. Un sitio al cual disparar (un troll por definición jamás descarga contra sí mismo). El troll entiende que ese blanco lo vulnera, le está quitando algo: visibilidad ¿o acaso lo que intenta el troll no es contaminar esa visibilidad?
En la ecología de los medios el troll invariablemente es un factor contaminante. Es polución. Por eso no deja de ser irónico que muchos medios masivos sigan prestándole tanta atención a los comentarios, que son el mayor coto troll (hasta hay quienes dicen que para los medios los comentarios son como el rating en la televisión ¿será tan así?). Tanta razón tiene Guillermo Piro cuando insiste: los comentarios casi siempre están escritos por alguien que está mal de la cabeza. Y de inmediato aclara: sólo valen la pena cuando la expansión del comentario es moderada.
Esto es: cuando el diálogo nos permite no escondernos debajo de ninguna máscara.
Cuando no es necesario devenir-troll.
¡Información polucionada en la opinología trash!
Hay algo de divismo mal digerido en los trolls. ¡Look at me! Como pedían ciertos sujetos en una canción de Laurie Anderson (Lenguaje is a virus).
Estoy absolutamente a favor de la moderación de comentarios.
Mañana acometeremos con Lux Lindner otro de esos experimentos que nos gustan tanto: un paseo público por la muestra titulada el Universo Futurista. Esto es, propondremos notas al pie de página-orales, comentarios ocasionales, caligrafía vocal en los márgenes de la exhibición sobre las huestes de Filippo Tomasso Marinetti y sus muchachos que puede visitarse en la Fundación Proa de Buenos Aires.
Esa es la diferencia máxima con la agresividad de los trolls: al fin de cuentas, un troll es algo exterior, una voz que contamina pero de la que nadie se hace cargo. El troll aspira a no poseer sujeto, a producirse como un mero y potente enunciado corrosivo.
¿Sujeto trash? Por supuesto que sí, en su más baja escala.
Basura de la información que sólo es superada por quienes la consumen.
Cazadores o provocadores de trolls: Se comportan de acuerdo al principio del «segundo golpe». No inician el conflicto, pero lo intensifican en cuanto empieza. Con frecuencia usan otros trolls como excusa para su propio mal comportamiento, y en muchos casos califican a un usuario como troll, a pesar de los propósitos de éste.
Indiferentes: Intentan ignorar el conflicto, continuando con el tema original de discusión. Suelen expresar despreocupado desdén hacia el troll, pero no persiguen insultarle activamente. Se comportan como hermanos mayores, repartiendo sabias palabras tales como «No alimentéis a los trolls» u otras frases hechas que normalmente significan lo mismo: «Ignorad al alborotador y así se rendirá y se marchará». Este tipo de respuestas puede tomarse como un comportamiento pasivo-agresivo de provocador de trolls.
moderadores: No los moderadores del sistema, sino los usuarios que intentan «resolver» el conflicto, contentando a todas las partes si es posible.
Espectadores: Se apartan del conflicto. En casos particularmente malos, abandonarán el foro asqueados.
Secuestradores: Comienzan una discusión fuera de tema en respuesta a los mensajes provocativos de un troll.
No-trolls: Usuarios que son calificados de troll por otros usuarios o incluso moderadores para ser silenciados y desacreditados más fácilmente."
Un enunciado que desea generar un “efecto de denuncia” –subrayar esa pretensión de visibilidad indebida- y se transforma a sí en un espectáculo de miseria cultural.
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rafael cippolini
a la/s
4:39:00 p. m.
Etiquetas: aliens terráqueos, anfibiología, comunidades virtuales, confusión, Descontextos, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, violentainment
martes, 25 de mayo de 2010
Cultivando aún más la Divina Paranoia
Tu vida como procrastinauta
Nuestra vida es un índice.
Y digo índice en tanto listado de contenidos de un libro. 
Libro peculiar, ya que se trata sólo de una metáfora que se va escribiendo en la inmediatez del tiempo virtual. Paso a explicarme.
Es un buen ejercicio graficar a nuestra vida como un archivo. Un archivo de archivos. Cuanto más avanza la virtualidad digital en nuestra cotidianeidad más elementos generamos (disponemos a voluntad de terceros) para ser estudiados. Nos determinamos en el consumo de información que realizamos y se encuentra a disposición de los demás (el bendito índice).
No abundemos más con lo mismo, con el sobreextendido uso de las redes y su consabida procrastinación. Pasamos horas y horas dando vueltas en la web y lo cierto es que todo queda registrado. Alguien puede leer tu vida con la minuciosidad del que sabe que es lo que hacés hora por hora. 
Muchos ustedes conocerán el rigor maniático del escritor Martín Kohan que anota qué hace cada una de las horas de su vida en una agenda: una vida escrita en tiempo real. No es el único: cada uno de nosotros va desplegando que es lo que hace minuto a minuto de su vida cuando ésta transcurre en la web (que no es un tiempo para nada menor). Hablo del registro del memorial.
No tenés más que buscar en el historial de tu navegador (ya sea el Mozilla Forefox, el Google Chrome, el Windows Explorer, el Opera o el que elijas). Es la herramienta que deja cuenta con absoluta precisión de qué es lo que hacés cuando estás en la web.
Hablo de esto.
Y ahora, hoy, con las máquinas móviles, con los iPhone, más aún con el iPad,
Este “estar el la web” se acrecienta de manera notable. 
La red es nuestra sombra. Nos sigue, está en nuestra mochila o en nuestro bolsillo adonde quiera que vayamos. Aquello que anunciaron Eva & Franco Mattes en su proyecto Vopos, ya es parte de nuestra cotidianeidad. Y no es que estos artistas italianos sean visionarios, sino que hace tiempo nos advirtieron: “cuando ustedes se den cuenta, el archivo de sus vidas ya estará bien almacenado en disposición de otros.”
¿Tenemos que ponernos paranoicos?
No es esa la clave o no debería serla. Lo que sigo pensando es que tenemos que modelar la paranoia en nuestro favor.
Como hijos y producto de la cultura contemporánea, somos adictos a la información. A todo tipo de información. Y ésta no es otra cosa que uso del tiempo, modelación de conductas sociales. 
Hasta no hace mucho, un buen modo de indagar en la sociabilidad y productividad cultural de un individuo era someterlo al test del Hombre bajo la lluvia. Ya no debería ser necesario. Ahora pueden saber cómo somos, en qué nos definimos, con sólo analizar cómo procrastinamos. La procrastinación, por supuesto, es compulsiva. Parte de un deseo continuo de información, de la información como una droga a la que todos somos adictos.
Un deseo pornópata de verlo todo, de entenderlo todo, de enterarnos de todo. De la vida de nuestros amigos y enemigos, de las noticias del mundo, de todo aquello que siempre quisimos saber y antes no sabíamos cómo buscar, dónde buscar. 
Digo información y me refiero a toneladas y toneladas de información baja. De información basura, de descarte. Todo eso que no nos interesa recordar, que se desecha en el mismo instante. Es la información, una vez más, trazando una nueva morfología del deseo. Un deseo que es siempre cultural y que la procrastinación no hace más que alimentar y acrecentar.
Pero hay algo que nuestras conductas procrastinantes parecen distraer y es que la virtualidad digital es inscriptiva: genera archivos.
Todo lo que pasa por un software en red queda inscripto en algún lado.
Somos lo que consumimos, la información que consumimos. Es decir, somos también esa información que alguien puede leer. El hábito (porque este archivo es cronológico, se desarrolla en el tiempo, dibuja una agenda que no controlamos, o no controlamos del todo) que nos transforma en información.
Mircea Eliade: En toda sociedad tradicional, cualquier gesto responsable reproducía un modelo mítico, trashumano y, por consecuencia, se desenvolvía en un tiempo sagrado. El trabajo, los oficios, la guerra, el amor, eran sacramentos. Volver a vivir lo que los dioses habían vivido in illio tempore traducíase por una sacralización de la existencia humana que completaba de ese modo la sacralización del cosmos y de la vida. (…) La verdadera “caída del tiempo” comienza con la des-sacralización del trabajo: sólo en las sociedades modernas ocurre que el hombre se siente prisionero de su oficio. Y es porque no puede “matar” su tiempo durante las horas del trabajo – esto es, el momento en que goza de su verdadera identidad social- por lo que se esfuerza en “salir del Tiempo” en sus horas libres; de donde el número vertiginoso de distracciones inventadas por las civilizaciones modernas”.
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rafael cippolini
a la/s
2:43:00 p. m.
Etiquetas: alto y bajo, anfibiología, comunidades virtuales, Descontextos, inconsciente informático, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, sobreinformación, tiempo virtual
miércoles, 19 de mayo de 2010
Tan elemental como que nuestro presente no es más que la ciencia ficción de nuestros tíos abuelos
Los modos de hacer arte siempre desconfiaron de la multiplicidad. Tanto, que nos sigue resultando útil historiar todas las formas que fuimos diseñando para limitar esa proliferación. Es fácil inventarnos muletillas, lugares comunes. La pérdida del aura ensayada por Benjamin ya es, a tanto tiempo de su escritura, simplemente otro lugar común entre otros. 
Sin embargo la pretensión de unicidad, de singularidad última de toda obra nos resulta (y para nada paradójicamente) una herramienta clave y resistente en nuestras prácticas sociales.
La enseñanza de figuras como el ready-made o el found footage lo dejan en claro: aquello que se concibió seriado puede acrecentar demoledoramente su valor a partir del simple gesto de un secuestro. Pues ready-made, found footage o object trouvé (al igual que el detournement, todos ejemplares diversos de la misma familia) determinan que la extracción constituye un valor fundante. El quitar de su hábitat, el modificar el uso para el cual fueron concebidos.
Tecnología desviada. Digámoslo otra vez más: el arte barbariza las lenguas de la tecnología.
Las relaciones entre arte y tecnología no se sostienen en ningún otro supuesto.
Una obra de arte es tecnológica cuando se presenta en tanto tecnología de autor. Por supuesto que existe una gran diversidad de tecnologías de autor y la gran mayoría de estas manifestaciones nada tienen que ver con el arte. La diferencia es básica: la tecnología barbarizada se clausura o limita a sí misma. Impide o cuestiona su proliferación. Ya sabemos: lo que muchas veces se percibe, desinformadamente, como absurdo o inútil no indica más que la sustracción de un uso socialmente difundido.
Cada vez estoy más interesado en la obra del artista argentino Leonello Zambon. En sus propuestas de laboratorios móviles. Dos paradigmas se conjugan en cada una de sus obras: sofisticación y precariedad.
Volveré sobre él y sus proyectos en próximos posteos.
Las nuevas tecnologías sólo parecen aceptar la singularidad por medio del tuneo del software (y en verdad no se trata de ningún tuneo). En la limitada elección de ciertos presupuestos sostenidos por el diseño. 
En posibilidades tales como en la elección de los motivos de escritorio. Dime cómo dispones tu pantalla inicial y te diré que tanto problematizas las estéticas más cotidianas de tu vida social. En menor medida en el tipo de sistema operativo y los programas que lo articulan: al fin de cuentas, adoptar a Linux implica tanto una ideología, como un modo de pensar el mundo.
Pero en todos los casos el sistema que pone en funcionamiento tu computadora es exactamente el mismo al de millones de otras máquinas. Un clon entre tantísimos otros. Es precisamente en este punto en el cual el arte expone su diferencia.
Más que nunca, el arte de nuestros días se posiciona y traza sus estrategias en una historia cultural de la virtualidad que nos interna en un capítulo por demás inédito. 
Todo hardware reclama un software: no constituyen sino dos hemisferios de lo mismo. Dos dimensiones con relativa independencia y desde cierto punto de vista, nadie podría decir cuál manda a cuál. Estamos ante la metáfora más precisa sobre los comportamientos más contemporáneos de la virtualidad.
Lo material y lo virtual durante siglos se presentaron en sociedad exhibiendo su jerarquía: después de todo, lo virtual no es nada diferente a otro estado de lo material. Escribí en otra oportunidad que lo que conocemos como virtual durante siglos y siglos no fue nada diferente al basurero de lo real. Pero esta interrelación hace tiempo que no guarda las mismas proporciones. 
Cada vez más nos definimos en lo virtual. Cada vez más nos comunicamos mediante elementos que se determinan más en tanto virtuales que materiales. ¿La oveja Dolly nos puso en estado de alerta? Todos somos hoy (al menos en parte) la oveja Dolly. Una vez más el ABC de la teoría cyborg: el software que nos define puede clonarse indefinidamente.
No existen hardware ni software que no se articule en un complejo de metáforas. Navegación, ciberespacio y tantas otras figuras que la tecnología apropió de los imaginarios y glosarios de la ciencia ficción.
¿Necesitás aprender más sobre la tecnología de pasado mañana?
Leé (o releé) a Tinianov.
Sin embargo, todavía cuesta aceptar, al menos masivamente, que estamos constituidos por estos modos de relato y que lo que llamamos ciencia ficción, hoy más que nunca, no es más que otra variable de tiempo.
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rafael cippolini
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12:16:00 p. m.
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domingo, 9 de mayo de 2010
Porno Chino
¿Acaso no son cada vez más las parejas que se filman teniendo sexo? (ver).
¿Acaso no son cada vez más las filmaciones de parejas teniendo sexo que circulan por Internet? (ver).
¿Acaso el porno profesional no imita cada vez más en sus estéticas al porno casual, casero? (ver).
¿Acaso no es un fenómeno no tan distante al de los Fotologs y los Flickrs, donde miles y miles de personas nos abren las puertas de su intimidad? Si el erotismo prometía y se fundaba en un secreto, el porno todo lo habilita.
¿Acaso no crece la oferta de webcams sexuales? (ver).
¿Acaso no se multiplican las oportunidades de portales como CAM4, donde lo no sexual –otras intimidades- exigen un espectador porno? (ver).
Si el porno se define como la posibilidad de ver sexo, es el mismo sujeto porno (quien observa) el que sigue ampliando su apetito.
Todo comienza a verse con ojos –porno. Porque los ojos (nuestros ojos) siguen metabolizando la mediación de la imagen. ¿Acaso pronto no pueden ser masivos los lentes de contacto con realidad aumentada?
La realidad como otro videogame, entre otros. (ver).
Porno de prosumisión. (ver). Porno realizado por productores-consumidores. Si una noticia sobre el porno recorrió los blogs y portales web en estas últimas semanas esta fue los pedidos de los productores y estrellas de “películas para adultos” que, mediante Youtube y otros portales, pedían a quienes quisieran escucharlos que compren porno.
“Trabajamos para usted. Queremos excitarlo y divertirlo”. (ver).
Vean este video. Y este. Lean sus reclamos. (ver).
Mientras tanto, las palabras siguen desplazándose: Confucio estaba en lo cierto. Nunca más escindidos los regímenes de visualidad y los de enunciado.
Vivimos el triunfo absoluto de la visualidad: la promesa de verlo todo nos invade. Prácticas como el Found Footage lo aprovechan: las filmaciones de cámaras de seguridad suelen ser un material fabuloso para reconstruir narraciones ahí donde nadie se atrevía a buscarlas. (ver).
La visualidad-junk se recotiza. ¿Acaso no hago nada distinto a proponer ver, ver, ver y seguir viendo?
Si el sexo era la posibilidad de reutilizar todos los sentidos, de perderse en caricias, olores, gustos, hace rato que hasta los sonidos parecen un epifenómeno de lo visual. La visualidad lo domina todo (aunque, con Martin Jay, advirtamos que cada vez se desconfía más en ella; pero esto, también lo sabemos, es transitorio).
¿Acaso el sexo virtual no es el triunfo total de la visualidad? (ver).
La imagen se disocia más y más del resto de los sentidos. Nos hace creer que los reemplaza. Que puede reordenarlos, enseñarnos el mundo (nuestro entorno) sin más que un desdibujado papel del resto.
Maffesoli insiste: la modernidad no ha podido refrenar lo indomable, lo brutal de nuestros más atávicos instintos. (ver). El sexo virtual (las experiencias en una plataforma digital 3D, en un mundo de software) lo reducen todo a un espectador que se quiere protagonista.
Es que ya no existe protagonista que no sea un espectador privilegiado.
Espectador, no necesariamente lector.
No se trata de la evolución de la Galaxia Gutenberg.
¿Acaso existe algo más privado que la lectura? 
Mientras que exista representación, mientras podamos advertirla, el reinado de la imagen no será absoluto. El concepto de representación nos recuerda que existe algo más. Que existe algo representado.
Que no se nos valora sólo en tanto imágenes.
Quizá nuestra tarea (nuestro desafío) sea ayudar a nuestros otros sentidos a dar más batalla. (ver.)
Proclamar que todo no puede ser visto. Que el espectador-porno tiene sus limitaciones. Que clausura más y más posibilidades.
Porno sigue siendo, también, ver lo que ya sabíamos que íbamos a ver.
El porno fascina y seduce precisamente por y en su previsibilidad (el kamasutra agotó su catálogo).
Los vanguardistas clásicos clamaron por el erotismo por sobre la pornografía.
Cuando el erotismo no es sino una de las variables del secreto.
Reinventar la privacidad (ya que no existe nada más estratégico que la intimidad). Reinventar sus significados, usos y consecuencias.
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rafael cippolini
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Etiquetas: anfibiología, desarticulabilidad, Paisaje e Ideología, rechequeando identidades, Serie Pornográfica
jueves, 25 de febrero de 2010
Orgía total
Apuntes de software ritual y primitivismo web: más remixes de imaginación arcaica
“¡Bakunin derrotado por el fin de semana! Aún mejor: Bakunin-Ray Ban-Coca Cola. Todo es lo mismo. Por otra parte, en los recogedores de basura, en los basureros, donde todo acaba, también los muertos asesinados, ¿acaso no vuelve a ser todo lo mismo? Entropía de las entropías, el desorden general asimila y empareja todo ¡He ahí el verdadero igualitarismo! (Enrico Baj).
Ritos, ritos, ritos y más ritos en la era web.
La cultura de la red no hace más que reactualizar y deformar las siempre renovadas (y tan arcaicas) potencias del reencantamiento del mundo (Maffesoli dixit). La batalla de antiquísimos imaginarios en el paisaje de una infinita telaraña de información.
Nada más tribal que la sociedad de la información.
¿Cuál es el límite entre la tecnosis y la techgnosis?
Si los neoluditas tienen un rol en nuestra cultura, este será el de revisibilizar a las máquinas (sus novísimos daimones). O, con mayor precisión, denunciar las políticas de anexión de nuestras más triviales conductas a los protocolos maquínicos, en esa erótica que comparten con los geeks –su contracara absoluta-. Sí, sí: un neoludita es un geek al revés. Y viceversa. Una vez más, nos referimos a las guerras de la ergonomía.
Tal cual: deberíamos recaratular nuestras épocas de acuerdo a las ergonomías triunfantes. Aunque no es su fin, lo cierto es que las ergonomías invisibilizan a la máquina y sus efectos. La ergonomía rige las ecologías de la virtualidad.
Nada compromete más al cuerpo que la expansión de la virtualidad digital.
Comodidad e incomodidad de las máquinas. En esta línea se multiplican todos los eslogans de esta guerra.
Tecnosis: resistencia del cuerpo. (La virtualidad refuncionaliza al cuerpo).
Techgnosis: si los gnósticos creían que de todo laberinto se salía por arriba, los techgnósticos saben que no existe más que laberintos de información.
Política junk: Bakunin-Ray Ban-Coca Cola.
Entropía de las entropías.
Pero ¿acaso la web no comienza en tu cerebro?
¿En tus terminales nerviosas?
¿Acaso no la experimentás antes y después de la web?
La polución anida en tus sentidos.
¿Anarquía perceptiva?
¿O nueva redistribución de los estímulos e imaginarios?
“Gregory Bateson, partidario de una ecología de la mente, dice que toda la contaminación nace de la mente antes que de la chimenea de una fábrica.
Y es justo, yo voy incluso un poco más allá y digo que la contaminación nace de la imaginación. Y es la imaginación que hace a uno pensar en construir una fábrica, después entra la mente racional que la hace proyectar la fábrica, pero el primer momento, el primer input viene de la imaginación que provoca ideas e impulsos.” (Enrico Baj).
Los paisajes actuales irritan.
Ningún antídoto más efectivo que el elegante reclamo de los modos que se esfuman (loas a Sebald). ¿Realmente el pasado es más elegante, más sabio?
La guerra no se debate en los dominios de la tecnología, sino en los imaginarios que la resignifican.
¿Qué imaginarios transitan a Jennifer K. Dick?
“Jacques Sivan, Susan Howe, Anne-Marie Albiach, Mathias Goeritz, Ricardo Goncalves, Philadelpho Menezes, Maurice Roche, Clemente Padin, Franklin Capistrano et -bien sûr-Mallarmé!”
Sí, Mallarmé.
(“Un Dante de la Edad Industrial”, como afirmó Haroldo de Campos).
Un golpe de dados jamás abolirá el bazar. (Eric Raymond).
Una vez más, no se trata de una “nueva imaginación”.
Nadie más actual que Giambattista Vico.
El futuro sigue siendo Raymond Roussel.
Maffesoli, otra vez: “No es exactamente el retorno de las tribus tradicionales. Es la vuelta de la tribu, más Internet. Y esa sinergia entre lo arcaico y el desarrollo tecnológico es la gran marca de la posmodernidad y el lugar donde las tribus se expresan.
Llegué a esto analizando cómo las tribus musicales del sur de Francia se ponían en contacto con tribus que hacían la misma música en Budapest o Bratislava. Compartían el mismo gusto musical y gracias a Internet se contactaban. Nuestra marca de época es la tribu, lo arcaico, más el desarrollo de Internet.”
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rafael cippolini
a la/s
10:49:00 a. m.
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