Mostrando las entradas con la etiqueta exploraciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta exploraciones. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Vos y tu fantasma semiótico

Cada uno de nosotros conecta y dispara más de una familia de imágenes. Me refiero a imágenes digitales, archivadas –y por lo tanto clasificadas- pero por sobre todo linkeadas.

Esas imágenes nos aportan un sentido residual, una suerte de fantasma semiótico que nos rodea.

En el primero de los posteos de este año me referí a un saber en formación, la conectología. Las políticas de conexión (algo que va mucho más allá de una metáfora). Desde hace un tiempo me interesan los linkeos secundarios, aquellos que avanzan en una sintonía de error sin serlo. Me vengo refiriendo desde hace años a la necesidad de una Historia Cultural del Error como relato fundante de nuestros días. Error redefinido: ¿qué se nos adjudica por simple cercanía, por saturación o exceso?

Es un ejercicio idiota. Escribamos nuestro nombre en el buscador de imágenes de Google y veamos qué pasa. Aparecen muchas imágenes que pertenecen a nuestra órbita de visualidad de modo residual. Este año, no recuerdo si fue un artista o un colectivo de artistas, presentó al premio ArteBA-Petrobrás un proyecto que por lo que recuerdo consistía en imprimir e instalar en un panel las imágenes obtenidas en Google Imágenes utilizando como punto de partida los nombres de los tres jurados de selección.
La propuesta me recordó cuando, en una oportunidad hace algunos años, una de mis sobrinas le enseñó a mi mamá qué sucedía cuando indagaba sobre mi nombre y Google disparaba su álbum instantáneo. Me cuentan que mamá indagó “¿qué tiene que ver todo eso con Rafael?”.

En gran parte somos, socialmente, el resultado de una búsqueda de Google. Es tan habitual escuchar la pregunta “¿lo googleaste?” cada vez que necesitamos información sobre alguien.

Estamos entrenados para leer entre líneas y despejar aquello que no es lo que nos sirve. Pero no menos certero resulta que todas esas familias de imágenes que son una suerte de Fotolog o Flickr instantáneo forman parte de la información que nos determina, más no sea como contenido latente (la infoxicación es el reino del contenido latente).

Construimos tanto sentido cultural como siempre. Y en esa determinación todos los linkeados que nos sitúan en nódulos de concentración (el buscador Kartoo resulta tan gráfico en esto) son parte nuestra. Como quería Salvador Elizondoterminamos siendo aquellos que suponen los desconocidos”.

Una vez me sucedió: alguien que no me conocía personalmente necesitaba una foto mía para referenciar un texto y la que eligió distaba mucho de ser un retrato mío. Me confesó más tarde, cuando ya estaba impresa, que la había conseguido del Google Imágenes. También a esto me refiero cuando señalo una sensibilidad Google. No existe sensibilidad sin giro semiótico (Fabbri dixit.)
Conectar es comunicar. Y como nunca los protocolos de comunicación mutan y mutan.
Una vez más, la diversidad se articula también en los imaginarios de la web: no sólo nos determinados en la información disponible sobre nosotros, sino en los modos en que ésta se articula. Qué tiempo (el tiempo es siempre tiempo de tu vida) invertís en tu blog, tu Twitter, tu Fotolog, los videos que subís a Vimeo o a Youtube modificaran los modos de acceso con los cuales lo que sos para los demás cristaliza. Leemos y conocemos a los demás a partir de diferentes plataformas de internet.

Estamos desarrollando otra sensibilidad frente a la interrelación social. No necesariamente mejor. Más comunicación (Mario Perinola, una vez más) no implica más conocimiento. Tampoco menos. El momento anfibio que vivimos se define como una época de ajustes y desajustes ininterrumpidos. Las relaciones entre lo virtual y lo físico no cesan de encontrar distintas configuraciones culturales. Los fantasmas semióticos (de interconexión anexacta) son otro de los tantos aspectos de la era trash que modela nuestras sensaciones. Ni más ni menos: un fantasma semiótico –invariablemente tecnológico, industrial- es parte de una operatoria trash (espacios de interferencia, según Serres).
Me gustan tus fantasmas.
Mucho. Otra aura para tu fashion.

Postdata: las imágenes de este posteo son una antología de las obtenidas con el Google Imágenes a partir de las palabras "fantasma semiótico".

Addenda del 15 de setiembre: Hace apenas unos días, recibí un mail con el siguiente link (click acá). Se trata de un sitio de información personal, WebMii. Nunca más acabado un ejemplo de fantasmagoría semiótica.

Por ejemplo, no uso Facebook, jamás tuve una cuenta en esa plataforma. ¿Cómo voy a tener una foto de Facebook, entonces? Se trata del Facebook de Villa Ocampo, donde transcurrieron las Jornadas Anfibias, hace exactamente dos años. Entre las imágenes, aparece una fotografía de Yamandú Rodriguez, uno de sus célebres retratos eróticos. Galaxia de sentido construida con visualidad web. Mi ejemplo más cerrado.

martes, 31 de agosto de 2010

Esto no es ni un ensayo ni un apunte

Odio que utilicen el espacio de los comentarios para contactarme. A partir de ahora comenzaré a borrar sistemática y militantemente todos aquellos comentarios que no refieran a los temas tratados en los posteos.

Es cierto, muchas veces suelo tardar en contestar los mails. Recibo muchos y cada vez tengo menos tiempo ocioso. No es una buena combinación. Pero es la que vivo y de algún modo soy feliz así.

Paciencia con los mails que me envían. Suelo leerlos todos y tenerlos en cuenta. Hace rato que estoy bastante sobrepasado, y suelo perderme muchas cosas que me gustan e interesan. Incluso de postear, que me hace bien, me equilibra. Puro footing mental. Escribir ensayos es lo mismo, pero con otros elementos. Parcelas de mis formas de estar en el mundo.

Escribo posteos (no son ensayos remozados, sino posteos) que tienen básicamente dos disparadores: links que voy recolectando (adoro navegar por la web) y fotografías que en su inmensa mayoría encuentro en la red y enseguida captan mi atención. Los comentarios de este blog están habilitados abriendo la posibilidad de diálogo sobre lo que me va interesando a cada momento. Son rastros, trato de saber de qué modo consumo información y qué hago con ella.

Victoria Lescano escribió un libro encantador, Prêt-à-Rocker. Su libro anterior también es una maravilla. Me encantó que Damián Tabarovsky acercara nuestras escrituras bajo un mismo síntoma: la información como derroche o don, una hipótesis que ya aventuró en la contratapa de mi colección de ensayos Contagiosa paranoia. (A propósito aclaro: la última versión de un texto mío es la única que tomo en cuenta.

Considero idiota abandonar un texto cualquiera en aras de originalidad, no repetirme o lo que sea. Lo que escribo es un rastro, algo que queda y que reutilizo tanto como se me da la gana. Todo lo que escribo es provisorio. La versión más reciente de cualquier cosa que haya escrito es una versión también provisoria, pero más cercana a mi actualidad. Si vuelvo sobre esas palabras es porque algo diferente quise hacer con ellas).

Mis posteos se repiten. Y siempre incorporo todo lo que me comentan. Me gusta pensar a la blogósfera como una comunidad de conversación. Estoy sumamente agradecido a todos los que me acompañan desde hace mucho tiempo en esta tarea. Diego de Instantes de, Fabiana de Artilunio, Ana de Mao y Lenin, entre algunos otros. Hay quienes experimento virtualmente como muy cercanos sin que nos comentemos mucho, como me sucede con un blog como Ciudad Multicolor (en todos los casos observen mi roll en la columna izquierda.) Me resulta fundante su valentía para avanzar entre conceptos de modo tan desenfadado.

Este posteo está siendo escrito de otro modo: sin la dirección rectora de links ni de imágenes. De las segundas sólo diré que me resultan excelentes disparadores para algunas ideas u ocurrencias que me están revoloteando desde hace un tiempo. Buenísimo el retrato de espaldas de Vicente Grondona de Rosana Schoijett, una amiga cuya producción admiro hace años. No sé si se acuerda, pero nos conocimos en un festipunk cuando todavía éramos teenagers. Me parece buenísima también la foto que mis editores de Caja Negra (Ezequiel Fanego y Diego Esteras) publicaron de la reunión que profesaron en la salida de La Revolución electrónica, de William Burroughs (ahí estoy, en el escenario del desaparecido centro Cultural Moca, junto al dúo de Pablos, Schanton y Martín. Mis reverencias a ambos y a los Cajanegra.

En términos de blogs, especialmente de este díptico titulado Cippodromo y Cippodromon, se trata de un mes muy singular: jamás había posteado tan poco. Al punto en que éste es el único posteo del Cippodromo en agosto. Por otra parte, cada posteo, los ocasionales lectores lo saben, obedece a una hipótesis en sintonía web. En éste no hay hipótesis alguna. Simplemente estoy acumulando algo de lo que dejé en el tintero. Un blog no sólo es una radiografía mínima de un cerebro, sino de la vida a secas. Todo lo insoportable que suelo ser se da cita en esta bitácora.

Ojalá estén terminando bien el mes.
Ojalá tengan un buen balance.
Por lo pronto, este posteo concluye acá.

martes, 12 de enero de 2010

Linkadelik

Borradores sobre conectología

La palabra ¿mágica? es conectar.
Un anglicismo (to connect, que a su vez nos llega del latín, connectere). En su acepción actual, como muy remota se remonta a cinco siglos. No se trata simplemente de “poner en relación” sino producir circuito.

Lo que transforma nuestra cultura es el modo en que entendemos lo que llamamos conexión, esto es, su protocolo. ¿De qué modo estás conectado?
Es algo básico: entramos o no entramos en corriente.
Y estar en circuito es poder viajar. Lejos. Demasiado lejos.
Como sabemos, la diferencia entre el turista y el viajero es que este último nunca sabe si regresará.

Hace cuatro años, la revista Time anunciaba: el personaje del año eres tú. Las redes sociales (sobre todo Facebook) encontraron en esta declaración un estado del mundo. Las tecnologías 2.0 te ponían por fin en el mapa.
Es el estado de la cuestión que menos me interesa.

Si Tim Berners-Lee revolucionó nuestros modos conectivos lo más atractivo es que podemos perdernos, como nunca. Hace tiempo que no hago más que investigar, detenerme a observar cómo se conectan las cosas. La web 2.0 no es más que una multiplicación de las posibilidades conectivas: observemos las menos obvias.

Contagiosa paranoia, mi libro de 2007, no fue más que arqueologizar tantos modos unplugged de esas conexiones que para muchos resultaron extrañas, sorpresivas. No fue difícil encontrarlas: están delante de nuestras narices.
Una vez que estamos conectados, el universo se agiganta y contrae simultáneamente. Cada vez más glocal, para volver al neologismo de Virilio.
De un link a otro link a otro link a otro link a otro link.

La fuga también es un avance, aunque en otra dirección.

Últimamente juego a proporcionarle un horizonte epistemológico a un nuevo saber, el estudio de los modos conectivos. La tecnología de la que disponemos no hace mas que poner en evidencia, subrayar las instancias de generación de circuito.
Soy ensayista, no tengo más que escudriñar el punto de partida ¿acaso los textos de Montaigne no resultan un fabuloso catálogo de impensadas conexiones?

Cada cultura pone en escena conexiones que sorprenderían a sus vecinos, sucesores y antepasados. La web no las vulgariza, al contrario. Es tanta la vegetación que las plantas se disuelven rápidamente en el caos de formas.

Cuando la conexión se presenta como inesperada, muchos sospechan que nos estamos perdiendo el objeto. Por el contrario, no hacemos más que transformarlo.
Es lo que Frans Johansson denomina “El efecto Medici”.

“Cuando nos adentramos en una intersección de campos, disciplinas o culturas, podemos combinar los conceptos existentes y formar un gran número de ideas nuevas y extraordinarias. El nombre que he dado a este fenómeno, el efecto Medici, procede de la explosión notable de creatividad que se produjo en la Italia del siglo XV.

Los Medici eran una familia de banqueros de Florencia que financiaron a los creadores de una amplia gama de disciplinas. Gracias a esta familia, y a otras como ella, escultores, científicos, poetas, filósofos, financiaron, pintores y arquitectos convergieron en la ciudad de Florencia.

Allí se conocieron, aprendieron juntos unos de otros y eliminaron las barreras entre disciplinas y culturas.”
Florencia no fue más que una forma de poner en circuito.

¿Qué tan lejos podés llegar en tu cruce?
¿Cómo se delinea tu política de intersecciones?
Roger Caillois y sus Ciencias Diagonales no son más que parientes cercanos.

No estoy refiriéndome a híbridos, a mixturas provocadas o propiciadas (ningún Doctor Moreau, ni siquiera el Animalario Universal del Profesor Revillod). Tampoco al efecto Madonna que Daniel Molina señaló en las páginas de ADN hace unas semanas. No se trata de concentración en un punto, sino de los flujos que lo atraviesan a toda velocidad, ininterrumpidamente.
No se trata de una práctica universal, sino de la conexión de decenas de prácticas con el mundo como materia.

El saber que me propongo se funda en una interrogación seminal ¿por qué nos resultan sorprendentes ciertas conexiones? ¿Por qué, invariablemente, se producen innumerables conexiones que nos resultaría imposible prever?

Conectarse siempre. "No quedan dudas de que Internet modificó la conducta y los hábitos globales. Una de las tendencias para este año que comienza indica que la gente elige estar siempre conectada. Lo que en muchos casos constituye un estilo de vida. Un estudio llevado a cabo por la Home & Networks Mobility de Motorola sostiene que siete de cada diez estadounidenses manifiestan que "es importante estar disponible a toda hora," y casi ocho de cada diez sienten la necesidad de mantener un contacto virtual con sus familiares, amigos y colegas. Estas cifras se dan, incluso, en las personas mayores de edad."

miércoles, 25 de noviembre de 2009

La cultura es tu sistema operativo ¿y qué?

¿Existiría Internet sin las tantas metáforas que lo sostienen?
Estos últimos días me colgué con la visión de Terence McKenna y la cultura entendida como un sistema operativo (vean este video, no se lo pierdan): la cultura como una droga que sólo se limpia con otra droga (ritual).

Drogas-paisaje que reformatean nuestros sentidos.
Otra manera de pertenecer al planeta y sus fronteras.
El tempranísimo Internet Dreams –Arquetipos, mitos y metáforas- de Mark Stefik ya nos zambullía en este mapa.
Adeudamos una metaforología (Blumenberg) de la web.

En los últimos quince años cada vez más y progresivamente utilizamos figuras vinculadas a la cultura software al modo de ejemplos didácticos (los recursos digitales como generadores de una lingua franca, de un glosario internacional del que nos servimos cada vez más como valores simbólicos de intercambio).

Otros van más allá y observan en este imaginario una epistemología, una cultura-ram.
Lo cierto es que somos hablados por las lenguas del software.
Somos pensados por ellas.

Somos ni más ni menos que su interferencia.
Su producción.

Michel Serres: “El ambiente tecnológico ha privilegiado, hasta nuestros días, los objetos destinados a la producción. Sentida, en el dolor de la necesidad y la solicitud indefinida del deseo; vivida en la exigencia de conservación y de perpetuación de la vida; experimentada, en todos los órdenes de la praxis; hablada, pensada, reflejada –del poema a la receta, del rito al método, del acto perceptivo al sistema filosófico-; sentida, vivida, experimentada, reflejada como un problema .” (La interferencia monádica).

Conocemos de sobremanera las constantes mareas de reapropiación semántica, los flujos dispersivos (Steve Jobs rebosante de psicodelia, Second Life reelaborando una novela de Neal Stephenson, Thimoty Leary observando a Silicon Valley como la novísima Katmandú, la teoría de los medios cautiva de las elucubraciones circundantes a la web 2.0) que proponen como saldo mucho más que un vocabulario: una sensibilidad, una explosión de sensaciones, un sentido del mundo, una cosmovisión (la cultura web como welstanchauung).
Otros dirán: la más poderosa ideología.
¿Qué determina su “detrás”?

Podrá parecer provocativo, pero realmente creo que el arte contemporáneo pone en órbita muchísimos más recursos que ninguna otra disciplina para indagar en esta ¿nueva? línea de conocimiento, en sus abismos sintéticos, en su autogenerada meteorología. Digo arte contemporáneo y también me refiero a la teoría sin la cual éste no existiría.

Detengámonos un minuto ¿realmente entenderíamos el mundo en el que vivimos –nuestra contemporaneidad- sin la retórica con que la web nos invade día a día?
Ya: otro vocabulario histórico, entre tantos.

Pero acaso ¿las ciencias sociales no siguen demasiado embelezadas con sus propios ejes, con el incesante testeo de la eficacia de sus metodologías sin atender lo suficiente a la expansión de este imaginario, a sus zonas más oscuras?

Al fin de cuentas ¿dónde comienza y hasta dónde se expande el trabajo de campo en la cultura web? ¿Cuáles son sus núcleos? ¿De qué modo se construyen sus enlaces? ¿Cómo escapar de los campos magnéticos de los discursos imperantes? ¿Cómo se constituye el tan cacareado léxico en cuestión?

En este punto las prácticas artísticas lo tienen todo para expandirse.
(Atención y dejémoslo claro de una vez: jamás podrían limitarse al espectro semántico de la mitografía web. Así y todo, la extensión ofrecida no resulta para nada menor).

Ahora bien: si es cierto que caemos en cuenta de la importancia de una tecnología cuando esta falla y el funcionamiento de nuestra cotidianeidad se altera (un par de días sin la red para algunos redunda en paraíso y para otros en una de las mayores catástrofes pensables) ¿no es precisamente el imaginario web y sus recursos –sus metáforas- los que reorganizan el desequilibrio de energías en el corazón de cada cultura? ¿No es precisamente esta zona alterada uno de los botines más potentes de la cotidianeidad?

jueves, 12 de noviembre de 2009

Hackear / Jaquear

No cualquier inadaptado, sino un inadaptado estratega.
El inadaptado estratega inadapta su contexto: es el contexto el que funcionará perfectamente, pero de otro modo.

Es la idea: que hackear contextos sea jaquear contextos, obligar a desplazarse a la pieza-rey.

La inadaptación cumple su cometido cuando el contexto nos empuja a percibir de otra forma.
Las zonas (y ecuaciones) de inadaptación siempre fueron implacablemente necesarias para nuestra supervivencia cultural –y no sólo-. El tan mentado desajuste, la interferencia que reabre la órbita de la extrañeza.

Wayne Coyne, de Flaming Lips, contestándole a Austin Scaggs a propósito de Embryonics, en un reportaje reciente: “Siempre recuerdo algo que George Martin dijo sobre el Álbum Blanco de los Beatles: “Hubiese sido un gran disco simple”.

De haber sido un único disco, uno de mis tracks favoritos de toda la historia, “Revolution 9”, no habría quedado. Así que empezamos a grabar mierda rara, y nos gustó tanto que seguimos por ese lado.”
¿Cuántos discos de covers de Revolution 9 hay en el mercado ahora?

Sistema inestable: no un continuo programa de composiciones de Stockhausen, sino una pieza absolutamente experimental en un disco de canciones. Un elemento fuera de contexto. La inadaptación pop es precisamente eso: arena en la vaselina. Sylvére Lotringer dijo alguna vez: “la teoría ya no necesita proyectarse hacia delante para aprehender el fenómeno. Le basta con juntar lo que ya existe. Como decía William Burroughs, paranoia es conocer los hechos”.

Es el lugar del arte en la ecología de los medios.

El arte no debería ser otra cosa: un compendio de modelos de inadaptación sistemática. Cuando pensamos en desacomodamientos no deberíamos pensar en trauma, sino por el contrario, en conocimiento y preservación. Es el desafío de la contemporaneidad. Ya liberados del dogma de la novedad, sólo queda diseñar ucronías ya no proyectivas (residuos del futuro) sino, siguiendo a Lotringer, “juntar -en el sobreextendido presente- lo que ya existe-“. Juntar, es decir conectar, hacer circuito. Jamás yuxtaponer.

La ficción jamás debería ser una reflexión sobre lo real, menos aún su reservorio, sino por el contrario, un incesante sabotaje a los relatos de lo admitido como real, a su ADN. La Máquina Sade. La materia del arte será siempre el trabajo sobre la percepción de una cultura. Cualquier cultura sólo existe a partir de aquello que nos informan nuestros sentidos y justamente ellos son nuestro más preciado botín.

La ficción nos ayuda a adaptarnos de otro modo.

Es el núcleo de una novela pionera como Insaciabilidad, del polaco Stanislaw Ignacy Witkiewicz, de1932 (la historia de las píldoras Murti-Bing, creadas por un filósofo mongol homónimo y que contenían en forma condensada su “concepción del mundo”. Czeslaw Milosz le dedicó un precioso ensayo). Pero también de toda la estética de Gombrowicz, pues ¿qué es la inmadurez sino la consecuente inadaptabilidad a la Forma? La inmadurez es ejercicio continuo, impostergado el elemento de autojaqueo del sistema.

La inadaptación no es la negación de un contexto, sino la suspensión de sus certezas (una puesta en crisis). Hackear. Una violenta transformación de escala para los alcances de nuestros sentidos. Es donde adivinamos el gigantesco conformismo de la inmensa mayoría de los hackers (aunque deberíamos escribir, quizá con más precisión, crackers): se contentan con jaquear (hackear) un sistema, no tu percepción.

Los hábitos de nuestras percepciones son el más sabroso alimento para los artistas más avezados.
Dubuffet y Philip K. Dick siempre lo tuvieron claro.

No se trata de cambiar de horizonte. Sino de sembrarlo de cada vez más perfeccionadas paranoias.

Pascal Quignard: “Así como los perros confrontan los olores presentes con olores remanentes, los hombres confrontan las visiones con los verba. Plutarco refiere que Heráclito de Éfeso decía: “los perros (kynes) gruñen contra lo que no identifican, las almas (psychai) huelen lo invisible (Hades).”

La palabra Hades que usa Heráclito quiere decir en griego lo que no tiene vista (aides), el lugar donde lo visible se apaga, el lugar donde van los mortales después de la muerte, el dios que gobierna su morada”.

Brea: "Nudo gordiano –o territorio de problemas- puesto por la asunción de dificultad de una especulación que, indagando una cuestión primariamente epistemológico-cognitiva (el darse culturalmente condicionado de los modos del ver), toma inmediatamente consciencia de la no neutralidad efectiva de sus propias actuaciones, en cuanto a la propia evolución del campo: en cuanto a los desplazamientos, redefiniciones, reforzamientos o sustituciones de unos códigos por otros que tienen lugar en él. Dicho de otra manera: por cuanto la propia investigación ensayística en el campo de la visualidad cultural toma conciencia de que su actuación participa activamente en el juego de fuerzas –la batalla de los imaginarios culturales- en que interviene. Es un arma efectiva en ese escenario y ha de hacerse críticamente autoconsciente por tanto de que sus propias intervenciones se constituyen como políticamente activas en las evoluciones, transformaciones históricas y desarrollos del registro de la visualidad y los imaginarios circulantes."

Vemos sólo lo que identificamos como visible.
El arte debería enseñarnos a ver aquello que la visibilidad señala como inverificable.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Porno pop

Veamos.
Son tres afirmaciones por demás contundentes: “1) La ópera es un excelente sustituto del Diazepam. Ya era hora de que alguien se decidiera a despertar al público. 2) Toda la cultura es pop. Si no es pop, no es cultura. Y por sobre todo

3) El porno es pop. La ópera es pop. La violencia es pop. Mezclemos.”
Tres contundentes statements que forman parte de un decálogo que se presenta más descriptivo que provocador.

Lo citado (un para nada involuntario silogismo) lo leemos en una nota publicada en la revista Ñ (ver acá) , firmada por David Barba y que originalmente fue publicada en La Vanguardia.
La referencia es clara: Dwight MacDonald. “Ya no hay highbrow, midcult y masscult”. Pero por sobre todo: porno y pop tienden a confundirse, en una época en que “si la cultura no es pop, no es cultura”.
En consecuencia, el público también es pop. Y pornográfico, el modo hegemónico de la mirada.

Así la política es porno (y por sobre todo la biopolítica –imperdibles esta entrada y ésta entrada de Ciudad Tecnicolor).

Sí, tal cual: pop y porno (dos caras de una misma moneda) no son ya objetos, manifestaciones culturales a observar (percibir). Sino que se imbrican en la condición misma de expectación (nuestra percepción es porno-pop).

El porno (pop) es un paradigma de mirada. Una epistemología (una ¿pornosofía?). La condición dominante.

La estética (o lo que se entienda todavía con este nombre) invariablemente retrasa. No es patrón de nada: el porno la devoró por completo. Así “Un ballo in maschera” de Verdi es porno (y pop) en la versión del coreógrafo Johann Kresnika. Deberíamos redefinir lo obsceno: hace rato que no señala lo mismo.
¿Fue Baudrillard un profeta o un estadista?

Cuando Philippe Petit le subrayó la tesis de Gombrowicz (coincidente con la de Dubuffet) “lo cultural corrompe los instintos”, Baudrillard le contestó: “lo cultural depende de una tecnología. No abarca sólo los museos y los ministerios, sino que es un aparato de percepción y una técnica mental”.
¿Qué sería de la tecnología sin los imaginarios que la definen?
Seamos claros: no existe tecnología por fuera de la cultura.
Y no existe cultura en la que los imaginarios no determinen las conductas.

Me levanto temprano y me desayuno con que la noticia más leída en la BBC digital –versión en castellano- es una crónica de la Lección Superior de ‘Patafísica en 4290 segundos que dicté en la biblioteca del Malba el pasado viernes 18 (11 de Absoluto de 137 ep según calendario patafísico).
Esto sucede a las nueve menos diez de la mañana, hora argentina.

Uno de los puntos más interesantes de la reseña de Valeria Perasso son sus links ejemplificativos, también de la BBC (es así, me gusta leer el site de la BBC ¡vaya exquisitez de la tautología!): uno titulado ¿Ventanilla, pasillo o cocodrilo?, que narra esa deliciosa experiencia de tener como compañero de vuelo a un joven cocodrilo; y otro bajo el nombre de “Con mochila pero sin ropa” y da noticia de las discusiones provocadas por el proyecto del director de campamento alemán Heinz Ludwing, confeso nudista, quien quiere establecer un recorrido de 18 km por las montañas de Harz exclusivamente dedicado a los amantes de las caminatas sin ropa.

Se trata de exactamente lo contrario a lo expuesto en el célebre relato de Hans Christian Andersen que tanto fascinó a Freud:

El traje del emperador”. Si en este último todos querían convencerse de estar viendo lo ausente, la base misma del porno-pop se determina en lo opuesto: todos estamos desnudos, por más vestidos que nos encontremos.
El nudismo, de este modo, no es más que otra fashion. La biología como indumentaria.

Sucede también que, mientras leo estas notas, estoy escuchando la banda L’autopsie a revelé que la mort etait due a l’autopsie, experiencia francesa de Anla Courtis con músicos galos. Pero esta vez ya no se trata de una tautología (o no sólo), sino de un Kundalini, un Ouroboros: lo mismo autodevorándose.

Baudrillard: "Pornografía de la imagen en tres o cuatro dimensiones, de la música en tres o cuatro o cuarenta y ocho pistas y aún más, siempre ajustándose a lo real, añadiendo lo real a lo real para lograr la ilusión perfecta (la de la semejanza, la del estereotipo realista), que mata toda ilusión en profundidad. Es el porno, que añade una dimensión a la imagen del sexo, en detrimento de la dimensión del deseo y descalificando toda ilusión seductora. El apogeo de esta desimaginación de la imagen, de estos esfuerzos inútiles para hacer que una imagen deje de serlo, es la imagen de síntesis, la imagen numérica, la realidad virtual."

¿El pop devora al porno en esa espiral interminable en la que el porno devora al pop?
La sinonimia seguramente está en proceso.

martes, 8 de septiembre de 2009

Digital Flâneur

Estamos hechos de tiempo. Y el tiempo pasa” pronosticó el poeta.
Ok, pero ¿cómo pasa? La subjetividad es tiempo: nada más claro.

El tiempo del flâneur no es el del workaholic. Ni siquiera tenemos que explicar las razones: las que están en juego son las políticas de nuestras máquinas perceptivas.
Démosle otras vueltas al dixit de Octavio Paz.

Transitamos el Siglo XXI. Pasamos gran parte de nuestra vida frente a pantallas, interactuando en contextos virtuales (digitales). ¿Fue definitivamente el flâneur quien nos abrió de una vez y para siempre las puertas del infierno?
Hagamos otra pausa ¿la procrastinación es nuestro infierno?

A fines de los sesentas (1968, más específicamente), Monte Ávila publicó la versión en castellano de Storia del Fantasticare, de Ellemire Zolla, con el título de Historia de la Imaginación viciosa. El año no es casual, menos aún inocente: las revueltas francesas de mayo insistían en fusionar poder e imaginación. Esto es, parafraseando a William Carlos Williams: “imaginación sí, pero en las cosas. Ya nunca más en el limbo privado de las mentes, sino en la acción inmediata”.

Cuando las vanguardias históricas se proponían cambiar el mundo (fusionar vida y arte), no hablaban de otra cosa.

Es más, cuando Debord y sus muchachos situacionistas se proponían recuperar el atentado cultural para volver a arrojarlo a las calles y a las teorías de acción, arrancándolo (secuestrándolo) definitivamente de los museos, tampoco se referían a otra cosa.
Zolla advertía en el fantaseo básicamente pérdida de tiempo, evasión, colonización, alienación: pérdida de la realidad. Vicio.

Pero al fin de cuentas ¿no son exactamente los mismos síntomas que podemos advertir en los Paraísos Artificiales celebrados por Baudelaire? Y exagerando un poco (aunque tampoco tanto) ¿Timothy Leary no buscaba finalmente borrar las fronteras entre los paraísos e infiernos de la mente (de los sentidos “colocados”) y lo que entendemos como real, inmediato, en tanto convención social? ¿Acaso psicodelia y cyberdelia no constituían, en su hipótesis, sino dos caras de un mismo fenómeno?

Si Jack Nicholson ya hace mucho adoctrinaba que “la realidad es ese efecto extraño que comienza cuando se acaba el alcohol”, bien podríamos aggiornarlo (expandirlo) y decir: “animate a percibir el tiempo de otro modo y estarás definitivamente en otro sitio”.

Volvamos a Paul Virilio, otra vez: “Antes no había más que el espacio actual. No se podía actuar más que sobre el espacio real, el espacio del acto; y por supuesto, la virtualización del sueño, de la pintura, de la música, etc. Hoy en día, al lado del espacio actual, tenemos el naciente espacio virtual, el lugar de la acción por medio de la teleacción, la telesexualidad, la teleoperación a distancia, el teleolfato, la telesensación, el teletacto, la televista. (…)Así todos los sentidos se transfieren a distancia. Como resultado, junto al espacio actual, que era el lugar de la historia, ahora tenemos el espacio virtual y ambos son interdependientes. Estamos ante una realidad en estéreo. Como los graves y los agudos que dan una sensación de profundidad y relieve”.

El tiempo de la virtualidad no necesariamente sincroniza con el tiempo físico. Quienes estudian la procrastinación y sus efectos lo saben perfectamente. Pero observemos un poco más de cerca: existen estilos de procrastinación del mismo modo en que existían (y quizá existen) estilos y políticas diferenciales en los flâneurs.

Cualquier ciberactivista sabe que, en la ecología de la información, la procrastinación deviene en fabuloso botín y si ese es su objetivo, antes que nada se trata de entender (analizar) los estilos procrastinantes. Como sucede con la cultura trash, lo que antes era desecho, hace rato es materia de disputa. Lo antes tóxico deviene poder.

Y ahí persiste la grieta anfibia, entre los tiempos virtuales y físicos.

El mundo propio no está solamente afuera, está también adentro. (…) El habitante se vuelve el hábitat de la técnica. Es fagocitado. Y esto es la exclusión. Una persona equipada como un territorio no es más que un habitante, se transforma en hábitat”. (Virilio, una vez más).

El quid es: no existe real sin virtual. No existe virtual sin el tiempo desigual de los imaginarios en pugna.
Si el mundo advierte un reencantamiento (otro lapso tribal, digamos con Maffesoli), sin dudas es porque una nueva especie de flâneurs intervienen el tiempo tal como nos conocemos.

Y el tiempo pasa, sí. Pero de otro modo.

lunes, 24 de agosto de 2009

Webkillers

Mi obra es tu cabeza”: una afirmación en la que habitualmente coinciden peluqueros, artistas y teóricos (y a veces también neurólogos y psiquiatras).

Todas las percepciones se dan cita en la cabeza. Y ya sabemos: no existe percepción neutra. Todas y cada una no son más que un elaborado producto cultural. No percibimos sino aquello que estamos formateados para percibir (Le Breton).
En Cambio de régimen escópico: del inconsciente óptico a la e-image, Brea insiste en “la sospecha –califiquémosla de duchampiana, por qué no- de que lo que el ojo percibe son, en última instancia, significados, conceptos, pensamiento. Algo más que meras formas: pensamientos y significados que, como tales, resultan irrevocablemente de la inscripción de tales formas y tales imágenes en un orden de discurso, en una cierta episteme específica”. Vuelvo a agregar: no sólo el ojo percibe de esta manera.

En un posteo anterior me referí a los neópatas (los psicópatas que utilizan la red como arma). Ahora bien ¿de qué manera agreden? ¿de qué modo y por qué internet puede ser peligroso? ¿Cuáles son o podrían ser, entonces, los usos psicopáticos de la web?
Hace no mucho también revisamos la idea de artista como semionauta (Bourriaud): “navegantes de la cultura que toman como universo de referencia las formas o la producción imaginaria.

Su método (la producción de formas mediante la recolección de información), utilizado más o menos conscientemente hoy en día por numerosos artistas, evidencia una preocupación central: afirmar el arte como una actividad que permita dirigirse, orientarse, en un mundo cada vez más digitalizado.”
En cercana e invertida sintonía, los neópatas se constituyen en verdaderos semiópatas: no navegan la información, no persiguen la “orientación navegatoria” sino por el contrario, producen más y más desorientación, ruido semántico, alteración en los significados-conceptos-pensamientos que organizan nuestra percepción.

Noise killers: ese es su poder. Introducir ruido en las certezas de la percepción.
La virtualidad, como sabemos, nos obliga a readministrar nuestros sentidos de otro modo. A principios de esta década (marzo de 2000) en Buenos Aires flasheamos con el crimen de las hermanas Vázquez (bautizadas por la prensa policial como las hermanas satánicas): cuando la policía, atendiendo a la denuncia de un vecino, irrumpió en su casa echando la puerta abajo, encontraron el cuerpo de un hombre de 50 años asesinado por más de 100 cuchilladas y a su lado a sus hijas de 22 y 29 años, desnudas y ensangrentadas, una de las cuales gritó:

“¿QUÉ QUIEREN? ESTO NO ES REAL. VÁYANSE”.
Cuando leemos en el blog de Cece (Pólvora en Chimangos), que durante el Confesionario alguien del público les preguntó a los participantes del ciclo (bloggers en la oportunidad): “¿qué es más real? ¿El blog o lo que están haciendo en este momento?”, nos volvemos a preguntar ¿qué tan peligroso puede ser el desajuste entre lo que percibimos como real y aquello que creemos por fuera?
Exagero con las comparaciones, es cierto. Pero no menos cierto es que el semiópata ataca reconfigurando los efectos cognitivos de la virtualidad (en este caso digital) para desacomodar nuestras percepciones sobre lo real-inmediato.

Diferencio taxativamente este accionar semiopático de la utilización delictiva de plataformas como Facebook, blogs o Fotologs (delincuentes que recolectan información de sus futuras víctimas en estas plataformas: en este último ejemplo estaríamos frente a otro tipo de criminalidad anfibia).
Los semiópatas accionan siempre desde la web: dilatan más y más el puente con lo físico. Alteración sobre alteración. Lo virtual es tan real como lo físico (esto no sólo lo saben los semiópatas, sino también los semionautas). Es en la oscilación de este límite anfibio (para el formateo de nuestros sentidos ¿dónde termina lo virtual, dónde lo físico?) en la cual el neópata proyecta la total falta de empatía que lo caracteriza. El neópata sabe que su arma es el contexto.
Un psico killer de la era web ya no apelaría, como en los románticos días de Thomas de Quincey, a la belleza (óptica) del crimen. Eso es propio de otra época. Diversamente, sus crímenes serían infaliblemente (y más que nunca) conceptuales.

domingo, 10 de mayo de 2009

La teoría considerada como una tauromaquia

¿Cuándo una teoría es peligrosa?
Cuando nos perturba (en todos los sentidos del término) Cuando invade e infecta imaginarios que parecían estar ganados por la calma.

Cuando logra convencernos que nuestros refugios (nuestra experiencia, nuestra sensibilidad, nuestra intuición) no son nada fiables, nada seguros.

¿No es precisamente éste uno de los nudos en los que se interpotencia con la ficción? Excusadas de los imperativos de verdad, incluso de eficacia, teoría y ficción se participan y convidan mutuamente, produciendo desajustes que interfieren en los vértices de nuestras concepciones del mundo.

“Deleuze dice que fabricamos conceptos. Un trabajo como cualquier otro. No fabricamos un modo de explicación ni de verdad, sino una forma de visión, de estilo, para ver y descifrar.

El pensamiento funciona y nosotros lo hacemos funcionar. Pero me pregunto se la contrafinalidad de ese pensamiento no funciona a nuestro pesar.” (Baudrillard dixit).

Covers teóricos, remixes teóricos, remakes teóricas. La ficción se desliza en todos ellos. No tanto como estilo (la peor cara del ocio, el último refugio de la pedantería burguesa) sino como reutilización, en tanto resemantización.

Los materiales son otros: no hay más que revisar nuestra mesa de trabajo. No me canso de glosar La edad del hombre, de Michel Leiris. Sobre todo su indispensable introducción: La literatura considerada como una tauromaquia.

“Lo que ocurre en el terreno de la escritura ¿no está acaso desprovisto de valor si sólo es estético, anodino, sin aval; si no existe nada en el hecho de escribir una obra que sea equivalente de lo que para el torero es el afilado cuerno del toro: lo único –en razón de la amenaza material que encubre- que confiere una realidad humana a su arte y le impide ser otra cosa más que fútiles encantos de bailarina?” (Leiris dixit).

Extraño minotauro que no es sino una imagen deformada de nosotros mismos: ningún enemigo nos supera cuando se trata de ese yo arrojado contra sí. Avanzamos ahí, justamente donde nos sentimos débiles. Donde la red falla, donde crecen los agujeros, donde lo seguro se transforma en balbuceo. Las teorías más peligrosas se entrometen con nuestros miedos.
¿De qué forma modelamos nuestras ficciones rectoras?

Maffesoli: “Demasiado obnubilados por una lógica del deber ser, cuyos contornos son de lo más rígidos, hemos olvidado por completo ese poderoso relativismo popular, profundamente arraigado, para el cual ‘el mundo en el que penetramos al nacer es brutal y cruel y, al mismo tiempo, de una belleza divina’. “ (Maffesoli cita a Jung).

Estos últimos días estuve re-escuchando maniáticamente Van der Graaf Generator. Sería estúpido no hacerlo: la web afecta nuestro presente en la instantaneidad de todos los pasados. Las emociones que creía resguardadas reaparecieron de otra forma. Youtube nos acerca pasados que memorizábamos sin dimensión, de una forma plana, en el blanco y negro de las revistas de hace mucho tiempo.

Tengo otras tantas hipótesis sobre Hammill y los suyos. Sobre su performance, sobre su gestualidad y lírica. ¿Cómo acercarme al arte contemporáneo sin revisar una y otra vez con qué materiales fueron templadas las percepciones que todavía gravitan sobre mis formas de ver, de entender?

Teorizamos con nuestros sentidos. Cuando teorizamos, escribimos no sólo con lo que escuchamos y vimos y degustamos, sino también con nuestros cambios de humor, nuestros atajos y pequeñas epifanías. Sólo por esto el ensayo siempre será superior al paper. Que suene ingenuo, pero ojalá algún día pueda escribir y teorizar con la misma crudeza con la que me reencuentro en estos videos de Hammill.

En un reportaje no demasiado viejo Jean Echenoz dijo “aún soy lo suficientemente dúctil” (no tengo el texto conmigo, buscaré más tarde la cita exacta a la que me gusta entender como “aún puedo creerme influenciable, todavía puedo cambiar de opinión”).


También releo a Bernard Berenson: “El mundo fuera de nosotros, el non ego que se extiende delante y alrededor de nosotros, es una escritura que debemos aprender a leer, una escritura, además, no como la china con sus miserables cuarenta mil ideogramas, sino con un número infinito”.