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lunes, 7 de junio de 2010

Nunca Nada Es Suficiente

Seguimos aprendiendo a compilar lo que aprendemos de Internet. No desde la web, sino de la red en sí misma, en tanto presencia y funcionamiento. Cada cual tiene su ranking.

En lo más alto del mío, en mi top 5, se mantiene la certeza de que NUNCA NADA ES SUFICIENTE.

Lo que me seduce de la web, más que su inmediatez o revolución en lo comunicativo, es la cada vez más expansiva disponibilidad. Es el linkeo, sí (la conexión ininterrumpida y la resignificación de lo que entendemos por homogéneo y heterogéneo), pero por sobre todo la certeza de que siempre es mejor conocer OTRO MAS de aquello que buscábamos.

Eduardo Rey me contaba, días atrás, una historia rescatada por Pascal Quignard sobre una hambruna en el Imperio Romano.

Sobre cómo la falta de alimento había convertido a toda una población en caníbales. Sentí que estaba volviendo a revivir la película The Road, “la última película de Viggo Mortensen”, dirigida por John Hillcoat (tan cercano a Nick Cave) y basada en una novela de Cormac McCarthy. ¿Qué sentido tiene la búsqueda de originalidad? La realidad construye sus novedades sobre lo que ya sabíamos.

Los finales (el final como entidad) perime no tanto por su certeza progresiva sino expansiva (hacia los costados). Cada vez entendemos mejor que todos los poemas del mundo no son suficientes, todas las canciones del mundo tampoco lo son, todas las películas del mundo nunca nos alcanzan.
Internet nos sigue enseñando que, tan cercana a cada cosa que busquemos encontraremos otra más o otra más y otra más que la antecede o le es simultánea.

Hablé de mi ranking. Internet mantiene viva la sensación de que este ranking puede cambiar y cambiar y cambiar. Creo que esa es una gran diferencia con el pensamiento moderno, aún más, con el gusto moderno: con la tan idiota pretensión de ser (culturalmente) el primero en algo, de detentar alguna especie de origen.
¿Escucharon la versión de The Dark Side of The Moon de Flaming Lips? ¡Ni siquiera nos era suficiente con la versión de Pink Floyd!
¿O acaso un buen cover no reinventa una canción?
Sin dudas es posible que todo haya sido dicho, pero ¡todavía podemos volver a decirlo todo y resultará tan fabuloso como antes o mejor! Claro, es imperioso volver a inventar otros modos de decir lo mismo. Digámoslo así: lo nuevo es simplemente decir lo que ya sabemos pero de otro modo.

Creíamos que alguien había inventado un sonido. En Internet encontraremos a tantos otros que estaban en lo mismo antes o al mismo tiempo. Hace unos meses Pablo Schanton citaba a Stephin Merritt, de Magnetics Fields cuando éste confesaba: “ Por alguna razón soy completamente incapaz de hacer algo nuevo con la canción pop. Qué deprimente”.

En la misma columna titulada Exceso de composición, también subrayó lo dicho por Andrés Calamaro en el site Efe Eme: “Ya no estamos en el siglo XX y no dejo de sentir que el modelo de canción de rock podría terminarse. Concluir como ocurrió con el tango canción, que tiene principio y tiene final. (…), así como las grabaciones de los Beatles terminan en Abbey Road”.
Necesito cambiar el escorzo y preguntarme ¿cuánto tarda en cansarse un espectador o un compositor o un creador cualquiera de una forma de observar una forma cultural?

¿Por qué la temporalidad de un contexto histórico debería agotar una forma?
¿Cuántas veces escuchamos que la novela está muerta? ¿Qué el cine murió? ¡Qué los blogs murieron! Sigo creyendo que hay algo muy idiota en el parricidio, por más instalado que esté en la memoria genética de nuestra cultura.

¿Tan rápido nos cansamos de leer, de ver, de escuchar? Quiero decir: de no saber inventar otros modos de leer, ver y escuchar lo mismo. Si no fuera por los muchachos de Cahiers du Cinéma, Hitchcock quizás hoy estaría muerto.

Otro tanto me sucede con la creencia de que la abundancia atenta contra la calidad. No puedo más que recordar a Anthony Burgess mofándose del grupo del grupo de Bloomsbury (al que pertenecieron entre otros Virginia Woolf y Hilton Strachey) y su militancia crítica contra la prolificidad. “¡Basta de Estreñidos!” solía clamar.

No tenemos de qué preocuparnos. Todos somos capaces de escribir un buen verso. Incluso un verso genial. Pero muy pocos son capaces de escribir diez buenos poemas.

viernes, 24 de octubre de 2008

Al ser nuestra vida tan poco cronológica

No tengo idea por qué vía llegaste a este posteo. No sé desde dónde me linkeaste. Qué leíste o viste inmediatamente antes. Nuestro tráfico de navegación web tiene tanto de azaroso como de rutinario, pero en todos los casos nos define: es información que construye nuestro perfil.

Somos (estamos hechos de) la información a la que accedemos, que tuneamos y atravesamos.

Casi la totalidad de cookies que detecta mi antivirus son espías que reenvían datos sobre las rutas que vamos trazando en el cyberespacio. Desde hace un tiempo vienen publicándose notas sobre la creciente paranoia de los usuarios de Facebook: ¿en qué manos cae la información que generamos?

Soy de los que piensan que la web no sólo es un inconmensurable y permanente tráfico de datos, sino que ante todo debe considerarse como un fabuloso campo de pruebas y exploración: a diferencia de los expedicionarios que cuando descubrían sólo rebautizaban un espacio existente, la web se reinventa día a día.

Y si bien está repleta de quienes utilizan plataformas (como blogs o sites) como archivos de almacenamiento, coincido con Brea en que es la memoria operativa (ram) la que está modificando los formateos culturales.

Brea:Cultura_RAM significa: que la energía simbólica que moviliza la cultura está empezando a dejar de tener un carácter primordialmente rememorante, recuperador, para derivarse a una dirección productiva, relacional. (…) El tipo de memoria que produce la cultura no es tanto un archivo (y back-up, una memoria de disco duro, ROM en la jerga informática). Sino más bien, y sobre todo, una memoria de proceso, de interconexión activa y productiva de datos (y de interconexión también de las máquinas entre las que ellos se encuentran distribuidos, en red).”

Todavía me divierte recordar cuando una amiga me comentaba, hace mucho tiempo, que estaba cansada de que su novio utilizara su disco rígido como un ropero: cuando la memoria de almacenamiento de su máquina estaba saturándose, tomaba prestado un espacio en la de ella como si fuera un estante o cajón.

Como sea, la marca que dejamos en la web (un posteo, por ejemplo) forma parte de un recorrido semántico y morfológico que nos supera por completo. Godard pedía que una película invitara al espectador a comenzar a verla por cualquier parte, en el momento que él disponga. Pienso también en El almuerzo denudo (Naked Lunch) de Burroughs: durante toda su gestación (e incluso bastante después) no fue otra cosa que decenas de papeles mecanografiados y dispuestos de mil formas. Claro, leímos esos textos como toda otra novela, prosiguiendo un orden; pero éste orden es muy posterior a su ejecución. Es un plan de lectura, no de escritura.

Con la web pasa lo mismo. La información invariablemente obedece a un plan de lectura. Al igual que las cookies-espías, no hacemos otra cosa que definirnos por nuestras lecturas. Por la manera en que leemos, por nuestras elecciones.

Esto es lo que más le cuesta entender a quienes de mil modos se resisten a la anfibiedad. No entiendo a un posteo como un ensayo en el sentido más clásico. Un posteo es un tipo específico de producción (ya textual, ya de imagen). Un posteo es una unidad de memoria ram: un disponibilizador, no un almacén. Puede que en algún momento utilice parte de este texto para un ensayo. Pero mientras tanto es sólo esto: un posteo. ¿Otra forma de ensayar? Tal vez. Aunque no un ensayo en el sentido de Montaigne.

Cuando digo que soy un ensayista full time no necesariamente quiero decir que lo único que hago es escribir ensayos en su tradición más notoria.

El título de este posteo es una cita de Proust que leí en un libro de Lévi-Strauss. Se trata de un fragmento extraído de las primeras páginas de “Mirar, escuchar, leer”.

Lévi-Strauss: “[Proust escribió sobre En busca del tiempo perdido]: ‘Algunos querían que la novela fuese una especie de desfile cinematográfico de cosas. Esta concepción era absurda. Nada se aleja tanto de lo que hemos percibido en realidad como semejante visión cinematográfica’. Las razones de esta idea preconcebida no son sólo, quizá no sobre todo, de orden filosófico o estético. Son indisociables de una técnica. En búsqueda del tiempo perdido se compone de fragmentos escritos en circunstancias y épocas diferentes. (…) En ciertas ocasiones hay que trabajar con “restos”, y las disparidades saltan más a la vista.”

Quien utiliza a internet como plataforma de su escritura, reconoce en su propia práctica de lectura este “avance de lectura” conformado por infinidad de fragmentos, de voces, de informaciones de lo más diversas.

La cronología que resulta de esta dirección es por completo nueva, ya sea una lectura de consulta, de búsqueda, de merodeo. Este nuevo capítulo que debe agregarse-actualizarse en las proliferantes “Historia de la lectura” (mi favorita sigue siendo la de Roger Chartier y Guglielmo Carvallo) implica un tipo diverso de percepción del mundo y construcción de sentido.

Somos conexión múltiple e ininterrumpida.

domingo, 6 de abril de 2008

Siempre fuimos modernos, aunque no nos dimos del todo cuenta

Ser moderno o no serlo sólo es una cuestión de tiempo. Y es que nuestra modernidad es, más que nunca, retrospectiva. La noción de “lo moderno” en la que de diversos modos (indudablemente) participamos, irrumpió tan (semánticamente) desbordada, conectada, inflada, presupuesta, ficcionada, exaltada, disputada y repudiada (culturalmente) que algo de ella (invariablemente) nos utiliza en tiempo pretérito, cuando descubrimos que en algún momento utilizamos muchos de sus sobreextendidos pasados sin jamás evaluar esa participación.

Por cierto, (súbitamente) somos modernos retrospectivos, cuando muchos suponían que ya de ningún modo podríamos serlo. Ya sabemos, el pasado se modifica mucho más (y más rápido) que el presente (y que el futuro). Quizá (posiblemente) lo moderno tenga que ver con una epidemia de adverbios.

Una modernidad retrospectiva y también súbita. Pues la modernidad es, ni más ni menos, la participación en una política de información que articula nuestra inmediatez y que jamás podrá escapar de el poderoso virus de lo ficcional. ¿Política de quién? Pues más que nunca de un presente que debe ser modificado una y otra vez desde el pasado, desde las posiciones estratégicas de tantos usuarios que son los que la ponen en marcha, la modifican, retransmiten y modelan ininterrumpidamente. Sí, sí: la modernidad retrospectiva es un valor de uso de alta ficcionalidad (no existe información sin ficción). La ficción nunca fue lo contrario a lo real, sino su componente más potente.

Nuestros pasados crecen y se sobredimensionan mucho más rápido que nuestros presentes. La modernidad retrospectiva, claro, crece en volumen en progresiones gigantescas.

Todo uso que hagamos de ella produce efectos culturales, es cultural. Actualmente, la conectividad y disponibilidad es tan grande, tan desmesurada, que hace rato que en toda gran ciudad cualquier ciudadano, a un precio muy bajo puede armarse de una pequeña filmoteca (en formato DVD o VCD, en copias piratas) con sólo acercarse a un kiosco de revistas o un puesto callejero. O bien en pocos días, y de manera gratuita, disponer de una muy buena colección de música con sólo tener una PC estándar y una conexión de banda ancha. Por supuesto, que estas conductas sean despenalizadas será también cuestión de tiempo. Todo un inmenso pasado que sabíamos que existía (lo intuíamos) pero del que no disponíamos del todo.

Porque nuestros pasados son inmensos y retrospectivos archivos que también se nos presentan en forma de red. Nuestro pasado cada vez es menos histórico que antropológico.

Tal cual. La inmensa red ya no sólo es eléctrica, y por sobre todo provoca conexiones ininterrumpidas que asustan a muchos. Por ejemplo, en la nota de tapa de la revista Ñ de Clarín (Saberes que se han puesto de moda. Todo lo que debe saber un moderno) de Marcelo Pisarro escribe:

“(…) Esta idea de contemporaneidad tiene dos aspectos: uno, la profusión de información; el otro, que todo parece conectado. Antes de presionar el botón del aerosol que acaba de poner bajo su axila, uno tiene que tener en cuenta las diferencias entre desodorante y antitranspirante, el agujero de la capa de ozono, el efecto invernadero, el Protocolo de Montreal, las glándulas sudoríparas, la relación entre los sexos y más. Ponerse desodorante atañe a temas como la protección del medio ambiente, organizaciones no gubernamentales, industria cosmética, acuerdos internacionales, seducción, economías nacionales, marketing, libre mercado y así sucesivamente. (…) Recuerda al sociólogo Anthony Giddens cuando sostenía que mayor conocimiento conduce a mayor incertidumbre, que llega a la divergencia más que a la convergencia (…) Esta incertidumbre hace que cada vez resulte más difícil saber cómo comportarse”.

Bueno: a esto agregamos que esa proliferación alcanza también a nuestros pasados. Es que en el pasado, como venimos diciendo, también estábamos sobreinformados, pero en grupos mas restringidos.
Repito, otra vez: en la Edad Media las bibliotecas poseían volúmenes de información también desmesurados, pero la incertidumbre era la potestad de los muy pocos que tenían acceso a ella. ¿Quién regula las conexiones, bajo qué intereses?
Mientras que nuestra modernidad resulta retrospectiva, la contemporaneidad en que vivimos nació como una era de desplazamientos. Avanzamos a los saltos. ¿Mayor conectividad entre saberes que antes se tocaban cautelosamente? No sólo: a lo que asistimos es a una mayor velocidad de interrelación. Cada período histórico conoce el reinado de un modelo científico rector. Por ejemplo, en el siglo XVII fueron las matemáticas y las ciencia físicas; el siglo XVIII fue el momento de las ciencias naturales, así como la historia lo fue del siglo XIX y seguramente el freudismo, la física cuántica y el marxismo lo han sido de gran parte del siglo XX. En él comenzamos a familiarizarnos con los desplazamientos, las mudanzas de saberes, todo sucedió más rápido.
El ejemplo de Oscar Masotta es clave: de los enunciados de Merleau-Ponty y Sartre bajo el aura de Contorno a el estructuralismo, el arte entonces naciente arte contemporáneo y el Instituto Di Tella para recalar finalmente en el lacanismo.

Ya resulta clásica la apreciación de McLuhan: “si el medio es el mensaje, entonces el usuario es, en realidad, el contenido”.
Saltos en una misma ocupación. La semana pasada, estaba parado frente a un kiosco de revistas. A mi lado, una señora de edad no se decidía a comprar una revista de modas. Le pregunta al diariero “trae un dossier vintage ¿qué es eso?” y enseguida el diariero pasa a explicarle. La mujer se fue con su revista y el diariero me dijo “en los tiempos que corren, hay que estar informados sobre todo. Sino ¿cómo sobrevivimos?”.
Siempre vuelvo a uno de mis libros de cabecera, el insuperable Bouvard et Pécuchet. Sin dudas, modelos-arquetipos claves en mi niñez como el Profesor Tornasol, el maestro Joda y la figura sapiente de Borges (¿soy más bizarro y le agrego Calculín, de García-Ferré?) participan del mito de esta pareja de desaforados proto-nerds por tantos saberes. La escritura de esta novela maldita llevó a Flaubert a una temprana muerte, a los 59 años. Estaba tan fanatizado con la información que utilizaba este dúo trágico y cómico que simplemente se excedió. El libro, ya sabemos, es póstumo: se editó al año siguiente de su muerte.
Para los tres (Bouvard, Pécuchet y Flaubert) la información podía estar en cualquier parte. Esta es su diferencia radical con otro genio como Casiodoro (Magnus Aurelius Cassiodorus Senador, 485-580 d.C) ya que el signo de sus tiempos fue concentrar la información, preservarla, no su circulación intempestiva. En esto tanto se parece la aventura de Raymond Klibansky, quien preservó al archivo de Aby Warburg de la locura nazi.

Una vez más el problema no es la cantidad o la profusión de conexiones, sino la avidez y urgencia que también proliferan en pasados que crecen como zeppelins cada vez para más usuarios. Cuando la información es producto y no potlash, ésta se inviste con el registro del buen usuario amoldado a la imposición de plazos de caducidad. El mercado tecnológico conoce estos signos de memoria: no aprendimos a usar en toda su dimensión un software que ya se nos empuja al siguiente.

No siempre la calidad de la información es su novedad. Es más, muchas veces los mejores atajos surgen de la mala práctica, ya que el pasado del software también se mitologizará.
No me quejo. Al fin de cuentas, ese es el arte (y la literatura que más me interesa), en presente, pasado y futuro: la que avanza a cuenta de prácticas distorcionantes.

Por ejemplo, en su tan recomendable Ciencia Ficción, Utopía y Mercado, Pablo Capanna se queja de los malos usos que William Burroughs hizo de los imaginarios de la ciencia ficción. A la Trilogía Nova de los sesentas (su obsesión con la biología y la ciencia ficción) le siguió en los setentas y ochentas su Trilogía del espacio (Ciudades de la noche roja (1981), El lugar de los caminos muertos (1984) y Tierras de Occidente (1987), no es sino la construcción de pasados alterados que transmutan nuestros presentes.

Yo no sólo los festejo sino que también brindo por los otros malos usos a los que Gastón Pérsico llevó las prácticas de Burroughs (ya escribí sobre esto, así que no redundaré). Fuimos heavys mentales también retrospectivamente.

Y el futuro, bueno. El futuro no es más que otra mitología de información a malutilizar.

martes, 29 de enero de 2008

Lo efímero existe para ser registrado, así como toda obra existe para ser reproducida técnicamente.

Por supuesto, ver una obra de arte reproducida en un libro no tiene ni punto de comparación con ver el original: por más cuidadosos que resulten los impresores o más precisos que sean los scanners, los colores nunca coinciden, los detalles jamás terminan de dar cuenta de la materialidad del objeto ni de lo que provisoriamente llamo su impacto espacial, su efecto perceptivo inmediato. Mucho menos aún una filmación llega a dar cuenta cabal de una efímera performance. Habitualmente escuchamos: tenemos que conformarnos con el registro. Y esto sin que jamás hayamos olvidado que el registro y la reproducción de las obras de arte ocupan un lugar central en el arte contemporáneo. Es más: casi nada en el arte ha crecido tanto en el último siglo y medio como la necesidad de registro.

Ahora bien ¿realmente se pierde el aura en la reproducción? ¿es cierto que el registro de una obra efímera es un simple consuelo? ¿Sigue tan en pie esta teoría? Pues bien, avancemos con la herejía (un mal comportamiento estético en el que no me siento nada solo): sigo descubriendo paulatinamente (y en porcentuales irrefrenablemente crecientes) que disfruto tantísimo más de muchísimas reproducciones y registros que de la tan clásica percepción in situ.

¿Es que realmente existe una mediación técnica que distorsiona de manera definitiva el valor directo de la percepción de una obra? En muchos casos, sin dudas es así. Sigo creyendo en el irresistible valor visual de una obra (pienso en todo lo que se pierde observado pinturas de Alfredo Prior, Marcelo Pombo o Max Gómez Canle en catálogos, libros o revistas).

Pero ya no puedo olvidar que existe una gran masa de información (no estrictamente crítica) que envuelve a las obras más interesantes (célebres o no) y multiplica severamente sus sentidos. Y esa expandida masa de información (que la reproducción estimula en grados superlativos) resulta parte inherente a la obra. Una obra también es toda la información que genera.

La cultura rock me enseñó algo que ya sabían muchos músicos de la alta música contemporánea: las composiciones o ejecuciones grabadas no son inferiores a la música en vivo. Una grabación puede ser infinitamente más interesante que una performance en vivo. Un estudio de grabación es un instrumento más. Existen hoy muchos coleccionistas de registros y nadie que no sea un remañido tradicionalista duda que su acerbo sea tan valioso como cualquier otro.

¿Confiamos menos en nuestra memoria? No es eso: por suerte desde hace un tiempo un boceto o una prueba pueden poseer un valor de mercado igual o mayor a una obra terminada. Todavía sigue siendo excepcional que una reproducción tenga más valor que un original, aunque esto quizá se revierta en muchos casos en un futuro no muy lejano.

En la última década vimos como muchos archivos (pura información organizada) comenzaron a cotizarse más que tantas obras. Es que nadie duda ya que un archivo pueda ser obra. Los medios digitales lo reproducen todo más rápido y almacenan cantidades de información que ayer nomás nos hubieran resultado increíbles. Nuestra memoria jamás será la misma. Nuestros archivos y relatos tampoco.

Ante esta perspectiva, sólo parecería haber dos caminos: la nostalgia y mitificación abusiva, que acelera pantagruélicamente los índices de fetichización, a la vez que fomenta una forma muy antigua de coleccionismo y preservación, o la aceptación y asimilación del desborde informacional, a la que adhiero desde una posición crítica.
Ya no se trata de festejar o defenestrar el implacable avance de los registros y las reproducciones ni del gigantesco universo de información que se abre con ellos, sino de saber cómo podemos beneficiarnos con sus presencias.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Millones de pantallas, millones de parches

Suelo creer que nuestro banco de imágenes mental, que rige los parámetros de nuestra sensibilidad y constitución perceptiva, imita al programa Picasa: el inconsciente de la civilización en la que vivimos también lo hace.
Las imágenes de nuestras culturas vienen formateadas en ortogonales: millones y millones y millones de imágenes cuyos límites tienen forma de cuadrados y rectángulos. Dos mil millones de fotografías en Flickr, dos mil millones de rectángulos o cuadrados. La colección del Museo de Arte Moderno de Nueva York tiene 100 mil obras, de las cuales la gran mayoría son cuadrados o rectángulos: pinturas, dibujos, grabados, fotografías, videos, películas y planos.

Comencé el día leyendo el volumen Ernie Pike, cuatro décadas, que reúne comics de distintas épocas del personaje creado por Oesterheld: la narrativa dibujada también se resuelve en cuadrados y rectángulos.

Los artistas de vanguardia filiados al arte concreto sabían perfectamente que la historia de la pintura es la epopeya y triunfo del concepto de ventana. La visualidad condicionada por un marco.
No dudo que gran parte del éxito de Windows se deba a la profundización y nuevos dinamismos de esta certeza.
Por supuesto, existieron los ventanofílicos: quizá Rod Rothfuss haya sido el primero de esta estirpe.

El artista uruguayo fue el pionero en difundir la necesidad de acabar con el formato ventana, con el fin de desbarajustar la necesidad de representación. Las pinturas de marco recortado madí dan cuenta de lo que digo.

McLuhan alguna vez creyó que la Era de la electricidad triunfaría sobre el centrismo ocular de la Era visual descripta en su Galaxia Gutenberg. La política económica de nuestra biología responde a este síntoma.

De Kerckhove: “Un experimento que recomiendo para comprobar las diferencias entre la escucha oral y la alfabética (visual) es agachar discretamente la cabeza y cerrar los ojos en la próxima reunión social. Se sorprenderá del número de diferentes conversaciones que es capaz de seguir al mismo tiempo. Luego, abra los ojos e intente seguirlas. Se dará cuenta de que esto le resulta muy difícil, sino imposible. La razón de esto es doble: en primer lugar, los ojos emplean una gran cantidad de energía mental. Nuestras funciones sensoriales son selectivas. (…) Algunos sentidos requieren más energía que otros, como, por ejemplo, la visión, que requiere dieciocho veces más energía que la audición. La visión periférica es más rápida y comprensiva que el oído, especialmente bajo las condiciones de la cultura visual”.

Cuando asistimos a un concierto en un estadio, terminamos viendo el show por inmensas pantallas colocadas al costado del escenario.
La realidad necesita de la pantalla, es decir, de una ventana alternativa.


Lev Manovich, tomó la pintura como punto de partida de su arqueología de la pantalla contemporánea (“Una arqueología de la pantalla del monitor”, de 1996).

En su imprescindible Antropología de la imagen, Hans Belting nos recuerda que “los filósofos responsabilizan a las imágenes del mundo de que la representación del mundo haya entrado en crisis. Baudrillard incluso llama a las imágenes “asesinas de lo real”. Gran parte de ese asesinato de escala gigantesca tiene forma de ventana.
Una ventana es un hueco en la frontera, que delimita un adentro y un afuera: el espacio o canal de observación que separa el resguardo de la tan atractiva intemperie. Una ventana es la clave de esa diferencia, de esa división.
Una ventana es una abertura que proporciona al adentro luz y ventilación, pero a la vez, ya lo sabemos por el tan célebre espejo-ventana de Lewis Carroll, asimismo es la vía de acceso y umbral que nos separa de los universos de la representación, de la reproducción y de la apariencia.
Al fin de cuentas, una ventana no deja de ser (también) una puerta reducida, uno de los límites más intensos para cualquier visión.

Hace tiempo que venimos pensando como liberarnos de nuestra adicción a las ventanas-pantallas-monitores. ¿Cómo experimentaremos el ciberespacio cuando ya no existan las pantallas? Y es que la ventana-monitor es también el dique que contiene y soporta la temible avalancha de la virtualidad y sus invasivas ficciones.
Cada día advertimos más grietas en las paredes de contención.
Millones de pantallas, millones de parches.