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jueves, 4 de febrero de 2010

Urbantrash

Para sobrevivir en una ciudad es prioritario aprender a interactuar con sus estéticas. Como en cualquier entorno: nativos o recienllegados, formamos parte del decorado.

Tu propia estética debe ingeniárselas para dialogar con estas otras formas y de ese diálogo depende en gran parte tu suerte.

El punk puede ser un útil esperanto urbano. Por supuesto no me refiero a la arqueología de Seditionaries, al diseño british confinado a las derivaciones del fashion McLaren / Westwood (ya el colmo del clasicismo vintage). Sino a los reflujos de esos hábitats por completo contaminados, decisivamente trash, que Thimoty Findlen y Abby Banks rescataron para su Punk House: Interiors in Anarchy (2007). No es casual que el volumen esté prologado por Thurston Moore. Podría haberlo sido también por Beck.

El punk ya no como un estilo sino como un virus trash que corroe otros estilos. Jack White en It Might Get Loud enseñándole a su pequeño alter ego a discutir con su instrumento.

En un posteo reciente del Cippodromon señalé las impostergables similitudes entre las estéticas de IRM (Charlotte Gainsbourg + Beck) y Frank Vega. En ambos casos se trata de una exploración por el glamour de lo bajo. Si existe un lenguaje globalizado, sin dudas es éste.
Si necesitamos redefinir al punk es porque el punk lo redefine todo.
Todo el tiempo.

Cada punto del planeta tiene su restaurante símil Andrés Carne de Res (Bogotá). ¿La mutación trash del Fogón de los Arrieros chaqueño?
Horror Vacui: absoluta acumulación. Al fin de cuentas, todo es información.

Las ciudades distópicas que tanto proliferan en los metaversos (ciudades en código fuente) no son más que variaciones sobre lo que señalo. ¿Punkitecturas virtuales? En su inmediatez, algo permanece fuera de registro. Si nos divierten los registros de un proyecto-en-blog como Buenos Aires Deforme es porque nos reconocemos en la cotidianeidad de sus anomalías urbanas.

No son sino fragmentos de nuestros diálogos.

Una estética es una forma de digerir, de procesar, de asimilar y a la vez intervenir un entorno. Más que formas de vida, son formas para la vida, entendiendo la vida como el aprendizaje a partir de los sentidos, de los estímulos. Cada vez existen menos diferencias entre los conceptos de ecología y estética. Cuando Severo Sarduy se internaba en sus ensayos sobre el barroco, sabía que lo que entendíamos como mimetismo estaba cambiando. Sin dudas, los objetos están en guerra.
Como en cualquier instalación.
Como en cualquier discusión arquitectónica.

Sarduy: “Vaciada de sus puntos de referencia naturales, de una topología en ángulo recto que trazaba su linealidad sobre o a partir de ríos, murallas o ruinas, rampas, fosos, que se desplegaba a partir de la plaza central o de la catedral

–juzgada entonces, también, la prioridad de la cátedra-, abierta, como la poesía a un espacio cada vez más metafórico, más reticente a la inocencia del lenguaje “natural”,
la ciudad va a tratar de imaginarse a sí misma en tanto que lugar humano, va a instaurar en su cuerpo recorridos fáciles, orientados, va a tratar de ser, a pesar de todo, legible.

En esa búsqueda de lo legible urbano, en ese espacio de ruptura, hipertrofiado por la revolución industrial, vivimos aún. (…) Esta urgencia por crear un código paralelo, reductor y legible, que nos permita el acceso y la orientación en un espacio que ya no contiene ningún índice, extensión sin marcas que esconde sus posibles trayectos como enigmas, fundamenta aún nuestra práctica de la ciudad”.

Ilegibilidad, saturación de signos. Distorsiones totales.
Ahí donde Marc Augé prestaba atención a un diseño claro, a un muzak para aeropuertos (la transparencia semántica del no-lugar), nosotros observamos la reverberancia de un noise que lo atraviesa todo, que es acumulativo, que es tóxico. City Noise: Los no-lugares más sobreextendidos son las partituras-graffiti que remozan los mismos signos por todo el planeta.
Jeroglíficos que multiplican las inminentes Piedras Rosetas del punk.

Semántica del desecho: ¿conocen la historia de Zabbaleen, en las afueras de El Cairo? No es el futuro: es el presente.

Augé: "En todas las casas, incluso en las regiones muy pobres, hay un televisor, no en todas una computadora pero sí un televisor. De modo que el centro de la casa es al mismo tiempo el lugar de la relación con el exterior, es como si el individuo quedara descentrado en la relación consigo mismo. Existe a través de las imágenes y establece relaciones de tipo ilusorio con el resto del mundo. De modo que sí, se podría hablar de un tipo de no-lugarización de la casa misma. Una de las cosas que me ha llamado la atención al visitar algunas ciudades de América del Sur, de Venezuela y Colombia, fue haber encontrado alrededor de las grandes ciudades barrios habitados por campesinos, gente de origen indígena que escasamente hablaba el español y que vivía en una gran miseria, pero con un televisor encendido. Evidentemente no entendían literalmente todo lo que veían, pero el aparato sonaba y disparaba imágenes."

jueves, 27 de marzo de 2008

Más víctimas del decorado

Nunca sabemos si vas, venís o flotás: si hay un sitio para tu voz posiblemente sea la del autodesplazado, una voz nómade que parece desconocer tanto la quietud como la fijeza.

Hace rato que tengo la impresión de que debo aprender una y otra vez el arte de dejarme caer. Y que este pequeño vértigo sea todo lo contrario a cualquier marginación en tanto exclusión.

En otra época pensaba mucho en ese “casi afuera” de Kracauer, del joven Caillois, de Faretta, que me parecía más creíble que Deleuze escribiendo sobre “máquinas de Estado y de Guerra” desde su puesto de profesor en la Sorbona (Badiou lo retrata magníficamente en El clamor del ser). Fui descubriendo que para recuperar a diario la adrenalina de escribir o teorizar debía intentar construirme una interminable sucesión de sitios incómodos. Tipos que admiro, como Gonzalo Aguilar o Raúl Antelo, pueden hacerlo desde la universidad. Ya sabemos, la taxonomía de incomodidad es muy extensa y sigo siendo malinterpretado en estos desplazamientos.

¿La sensación de caos que perciben algunos?

La incomodidad en los demás es un efecto secundario, jamás buscado. Tal como me interesa practicarla, la incomodidad o molestia es un cultivo exclusivamente en mi contra. En su introducción a Visión de paralaje Zizek cita a Alphonse Laurencic, inventor de un estilo de tortura psicotécnica inspirado en obras de artistas de las vanguardias históricas (Buñuel, Kandinsky, Klee y Dalí). Por edad, mi incomodidad se encuentra en el arte y la cultura contemporánea (o posmoderna, como muchos la llaman). Por ejemplo, uno de mis materiales de uso favoritos es la infoxicación, una de las pesadillas de nuestra época. Si existe un alivio o una cura, esta se encuentra en asimilar y alterar la enfermedad.


¿Una exhibición razonada de las propias enfermedades?

Desde la adolescencia soy un esmerado propagandista de la “acción tauromáquica” que Michel Leiris se exigía como programa literario: investigar ese estado de vulnerabilidad sistemática. Las deficiencias propias sirviendo de combustible (eso que se inflama, incluso explota). Claro, necesité correr el Yo, ponerlo en otro lugar. Como ensayista full time, mi Yo está siempre “en objeto”. Digamos, no es un Yo en el espejo, sino reflejándose en otra cosa. Una versión inmanente y perversa de la noción de San Isidoro de Sevilla: reflejos sobre reflejos sobre reflejos. Bueno, ese destello es de lo más insoportable, de ahí la fatalidad de editarlo, de someterlo a una feliz distorsión.

¿La distorsión como máscara o forma de escape? ¿O las dos cosas?

Más exactamente como una distinta distribución de molestias. Es en este punto en el que me encanta que las piezas no encajen. Pero por sobre todo busco que ese desacomodamiento suceda en todas las oportunidades en un lenguaje muy claro. No me interesa inventar nuevas ininteligibilidades, sino bordear los desajustes que ya existen. No estoy muy interesado ni en los idiolectos ni en las jergas cerradas. Cuando intento un decir sucede en los discursos que ya conocemos. Para reutilizar una figura de Contagiosa paranoia, cavo, utilizo u ocupo una lengua conocida. Nuevamente el topo, el okupa teórico, bastante lejos de los creadores de sectas o logias.


¿Como diría Perniola, Contra la comunicación?

Cuando hablo de lengua me refiero al imaginario como lengua. A la potencia imaginativa de un idioma, no tan lejana a la concepción de mitologías de Barthes. La diferencia es que no veo en estas mitologías (o hablas) a ningún enemigo. La infoxicación está sobrecargada de mitologías que muchas veces funcionan como drogas, o tienen su efecto.

¿Hay algo de jesuítico en tu intención de colonizar, reutilizar o redireccionar imaginarios?

Si fuera así mis manuales de catequesis serían los textos de Enrico Malatesta, o esos castings fabulosos de libros como La intemperie sin fin de Oscar del Barco o una reactualización de La escritura y la experiencia de los límites de Philippe Sollers, sólo por citar libros que fueron importantes para mí en alguna época y vaya a saber cómo siguen funcionando en mi cabeza.
Pensándolo mejor, creo estar más seducido por cierta mística de Saulo de Tarso que por Ignatius Loyola. Mi mensaje sería “desacomódense” o bien “practiquen nuevos métodos de desacomodamiento”.

Pero ¿hay reglas en ese desacomodamiento? ¿O se trata de algo espontaneísta?

Por supuesto que sí. Desacomodarse es un arte. Es obvio que nos desacomodamos con respecto a algo. A ciertas construcciones de realidad, de cotidianeidad. A otras sensibilidades y percepciones. De ahí la importancia capital de la ficción en lo real. Repito: no la ficción DE lo real sino la ficción EN lo real. Tengo en mente la autonomía de la ficción nunca como un feudo, o como un gran depósito segregado. Al revés, como un pigmento indeleble que en proporciones discretas lo cubre todo.


¿Esa es tu lección patafísica?

Puede ser. Los situacionistas alertaron sobre cómo lo especular devora infatigablemente a lo real, como los medios sustituyen lo real remplazándolo por una epidemia de imágenes manipuladas. Baudrillard fue más sabio en este punto: si los simulacros son manipulación, debemos aprender a utilizarlos. Sólo hay que saber hacerlo. Ya estamos lo suficientemente contaminados para intentar revertir el efecto. Enseñarnos como ecualizarlos, redireccionarlos. No existe realidad por fuera de la ecología de los medios. No olvidemos que Baudrillard fue una autoridad del Collège de ‘Pataphysique.
Lo especular no deja de tener sus imaginarios. Ese es otro de mis materiales predilectos.

¿Las figuras surgidas con las ciberculturas podrían ser uno de los ejes de este nuevo escenario especular?

De hecho lo son. Constituyen una de las bases más potentes nuestra retórica. Prosiguiendo los glosarios de Gilbert Durand, nuestra imaginación simbólica ya no puede escapar del imaginario expandido por el software. No implica intentar apologías al respecto: la sociabilidad de este siglo está mediada y reconducida por la informática. Las próximas generaciones seguirán avanzando en este sentido: ¿qué existe más cotidiano que encender una computadora? A esta altura es tan habitual como hablar por teléfono. El software es parte de nuestro paisaje. Como dice Virilio, somos víctimas del decorado.

Este cuestionario fue originariamente realizado para ser publicado en un proyecto de website (titulado Inercia polar, maquinación del infatigable Leroi) que de momento se encuentra “indefinidamente demorado”.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Maestros Aliens y hornos microondas

El siguiente reportaje, realizado por Gustavo Pablos, forma parte de la edición de hoy de La Voz del Interior, Córdoba, Argentina.

Me interesan los que no piden permiso

"Adoro y apuesto invariablemente por las hipótesis desmesuradas y las lecturas que pueden considerarse incorrectas", dice Rafael Cippolini. Y asegura que ese procedimiento "no es nada distinto de cambiar algunos textos de sitio o glosarlos siguiendo otras indicaciones". En Contagiosa paranoia (Interzona), el ensayista y curador propone un singular recorrido por el arte, la literatura y las expresiones de la cultura de masas desde el siglo 20 hasta la actualidad.

Algunos de los ejes de estos ensayos son los géneros como territorios difusos y que van tomando forma con la excavación e intromisión en un cuerpo ajeno, el artista intruso "que ocupa el territorio ajeno por asalto", las zonas de préstamos e influencias de las denominadas baja y alta cultura, y el uso desviado de la tecnología. Y, por supuesto, el ejercicio de un modo de leer, relacionar y escribir (la contagiosa paranoia) que permite unir experiencias y episodios que, a simple vista, parecen lejanos.

"Es curioso, donde otros ven caos no puedo dejar de advertir otros ordenes distintos, pero en reposo", dice Cippolini. Y añade: "Inventamos la idea de orden simplemente como forma de dominación, para seguir soñando con la estabilidad de una visión del mundo". El autor argumenta que "todo depende de cómo se viva la crisis de sentido", ya que el comportamiento de los géneros "es directamente proporcional a la angustia frente la devaluación de ciertos órdenes de sentido".


Un orden distinto.

"Los ensayos que componen este libro son algo así como los cuadernos de bitácora de varios viajes claves hacia el origen del presente", sostiene.

Y dice que los mismos que "funcionan como un sismógrafo que produce la señal precisa frente a varios acontecimientos que circulaban como mitos indie o escenas de culto".

Después de un primer asombro, el lector terminará familiarizándose con un sistema de lectura que, entre otros episodios, describe la particular apropiación que Alberto Greco hizo de la figura de Palito Ortega, revela las inesperadas mutaciones y el cambio de signo del kitsch con la explosión tecnológica, se detiene en la utilización del detournement (desviación, cambio de rumbo) por parte de Borges en la historieta Peloponeso y Jazmín, publicada en el diario Crítica. En una dirección semejante postula a Bonino, Billy Bond, Grippo y Lamborghini como "fundadores de géneros perversos", especula sobre las relaciones entre arte y delito a través de la relectura de las consideraciones de Thomas de Quincey y Marcel Duchamp, e indaga en algunos "casos" de la música y el arte argentino actual.

De alguna manera, Contagiosa paranoia puede verse como un mapa del arte contemporáneo donde se encuentran resaltados una serie de sitios de encuentro donde se produjeron más de un cruce. Algunos de esos acontecimientos son las derivas de Dubuffet en Buenos Aires, las aventuras de Bonino en Europa, la traducción porteña de Ferdydurke o la relación de Le Parc con la galería Indica, donde John Lennon conoció a Yoko Ono.

Arte de aliens terráqueos.

"Si tomamos, por ejemplo, los nombres de Alberto Greco, Jorge Bonino y Borges veo que todos ellos estaban absolutamente desacomodados y llevaron ese desacomodamiento a un espacio donde antes se lo desconocía", dice Cippolini. Por eso cada uno de ellos bien puede utilizarse "como metáfora de una desacomodación, porque lo novedoso sucede invariablemente y a pesar de todo", afirma.

Cippolini confiesa que admira "a los que toman los territorios ajenos por asalto, que no piden permiso. Que se entrometen en zonas tan ajenas como fortificadas y las usan inventando una multitud de malos usos, siempre incorrectos". Y se pregunta: "¿Jorge Bonino era actor? ¿Podemos llamar científicas a las obras de Grippo? ¿Alberto Greco fue novelista? Y me estoy refiriendo a ejemplos clásicos. Hoy los síntomas, por suerte, se multiplican".


–A partir de esa enumeración, ¿qué rasgo considerás clave en el período cultural que has analizado?

–Señalaría un elemento tan sintomático como clave: el alien. Pero no ya el alien extraplanetario, sino el alien terráqueo. La noción de alien es a la vez contextual e invasora: un alien es alguien de otro mundo (un mundo ajeno al nuestro) que por la razón que fuera finalmente termina contagiando nuestra visión. Los aliens son cada vez más necesarios, incluso a pesar de la paranoia que nos producen. En este sentido, el libro es un catálogo de aliens: Alberto Greco, Julio Le Parc, Yoko Ono, el Borges autor de historietas –más bien debería decir "traficante"–, Jorge Bonino, Billy Bond, Witold Gombrowicz, el grupo Opium. Ya ves, todos aliens célebres. Diría más: maestros aliens.

–El libro forma parte de un género, el ensayo, que se caracteriza por la fragmentación, la discontinuidad y lo caprichoso. ¿Cómo creés que toman tus intervenciones los investigadores más académicos?

–Soy ensayista full time. No se trata ya de la práctica de un género de escritura, sino más exactamente de una forma de vida. Adoro y apuesto invariablemente por las hipótesis desmesuradas y las lecturas que pueden considerarse incorrectas, lo que no es nada distinto de cambiar algunos textos de sitio o glosarlos siguiendo otras indicaciones. Es la tradición mayor del siglo 20: reacomodar elementos y exhibir esa disposición heterogénea, diferencial. Es cierto: la razón es uno de los inventos más caprichosos de nuestra civilización, pero sigue siéndonos muy útil.

Basura de alta y baja cultura

–¿Cómo se redefinirá lo alto y lo bajo, lo culto y lo popular, a partir de los cambios que proponen algunas obras y experiencias que mencionás en el libro?

–Estas oposiciones siguen tan vigentes como siempre. Las que vienen modificándose con las décadas son las políticas de acercamiento a sus inventarios: ya no existen ni apocalípticos ni integrados. Las históricas paranoias de Theodor Adorno o Clement Greenberg hoy carecerían de sentido. La alta cultura está tan llena de basura como la baja, y en todas estas categorías descubrimos tesoros. La oposición no resulta valorativa (aunque muchos conservadores lo entiendan así) sino meramente instrumental, toponímica.



–Es decir que las fronteras se están trazando de forma diferente...

–Vivimos en una época en que varias generaciones de mandatarios poseen cultura rock –o podrían perfectamente poseerla– y la usan con fines publicitarios. Tony Blair declaró en varias oportunidades su preferencia por Los Beatles, Spinetta tocó para Néstor Kirchner en la Casa Rosada, donde también se recibió a Bono. Charly García armó algunos conciertos en Olivos con Carlos Menem, donde éste último festejó con los Rolling Stones. Hace ya años Bob Dylan interpretó algunos de sus mejores temas para el papa en el Vaticano. El premio Nobel de literatura José Saramago es un alto exponente del kitsch contemporáneo al tiempo que un historietista como Liniers nos conduce a zonas poéticas de una intensidad notoriamente mayor. Sin embargo, estas ya arcaicas zonas de lo alto y bajo siguen muy vigentes: cimentan en la tentación gigantesca a no seguir pensando. La teoría sigue siendo perezosa.

–¿Cómo reaccionan las instituciones legitimadoras del arte (museos, galerías, publicaciones, academias) frente a las nuevas tendencias?

–Inventando nuevos mercados, tanto simbólicos como económicos. La cultura del rédito nos vuelve fatalmente más efectistas. Aunque no deja de producir tragedias. Cuenta la leyenda que cuando Nirvana tocó en Brasil, Kurt Cobain le escribió una carta a Días Batista, compositor de la genial banda Os Mutantes, que decía básicamente: "Cuidate. El sistema no perdona". Días Batista le contestó, un tiempo después: "El sistema ya me tragó y escupió hace rato. Cuidate vos". Legitimar, como bien sabemos, significa crear leyes, imponerlas. Las instituciones que finalmente inciden en el cincelado de "la institución arte" casi siempre funcionan como un horno microondas: recalientan menús que ya fueron degustados en toda su frescura por fuera de ellas un buen tiempo antes. Su dinámica permanece definitivamente más cerca de una biblioteca de nuevos clásicos que de un cuaderno de apuntes.

–En ese contexto, ¿qué actitud te interesa adoptar?

–Mi apuesta invariablemente se dirige a lo provisorio, al estado de riesgo, de inminente y posible fracaso, frente a las instituciones que son una máquina de institucionalizar: convierten toda regla en un recetario.

domingo, 19 de agosto de 2007

Gregor Samsa fue el primer Transformer

Entrevista de Juan Terranova para el suplemento de cultura del diario Perfil.

Acaban de publicarse los ensayos de “Contagiosa paranoia”, del escritor y curador, donde la paranoia convertida en producción cultural se cruza con los favores y provechos de la lectura defectuosa, y la alta cultura se acomoda al lado del “trash” y la deformidad. Haciendo del cruce de géneros, estilos y disciplinas recurso y esencia, el libro funciona como vehículo de una voz crítica excepcional.

Llega a la entrevista y muestra un libro: El fuego secreto de los filósofos, de Patrick Harpur. “Este es el tipo de ensayos que me gustan, el autor trata de comprobar el surgimiento de la imaginación a partir de la represión de los seres feéricos, algo completamente incomprobable. En el intento, se construye una historia de la imaginación.” Rafael Cippolini acaba de publicar una serie de ensayos que mezclan a Borges, los Sex Pistols y Guy Debord, para llegar hasta la interacción de Palito Ortega con Marcel Duchamp, cuyo título es Contagiosa paranoia. El uso descontracturado de la primera persona como disparador o verificador de la hipótesis, títulos como “Los niños mutantes de Villa María rompen todo”, el examen sin prejuicios y sin apuros de objetos efímeros y la evidente alegría de la reflexión hacen de éste un libro amable en su excentricidad y potente en su lucidez. La prosa es allí antes elástica que blanda y la preocupación por el arte contemporáneo resulta constante.

—Tus textos parecen reírse de la agenda académica, aunque con una risa fraternal. ¿Cuál es tu relación con los ensayistas académicos?
—La academia es una bolsa de gatos. Hay gente que trabaja muy bien y también hay aduaneros. En las últimas décadas lo que vimos, y estoy siendo un poco exagerado, es demasiada cautela. Siempre aparece el tema de las hipótesis. A mí me gustan las hipótesis desmesuradas, como la de Harpur.

—¿Qué tiene que tener el ensayo para que te resulte atractivo?
—Todo género puede ser peligroso porque viene pegado a la noción de identidad. Para mí, la idea de identidad es una de las grandes trampas del siglo XX. Muchas veces la identidad genera cortocircuitos que nosotros creemos que son anclajes, pero no, son cortocircuitos. El género como plataforma de lanzamiento, entonces, sí. Como meta, no. Y esto se vincula a mi elección del ensayo. El ensayo siempre es provisorio, es una prueba, es como ensayar con una banda o con una orquesta. A un ensayo lo sucede otro ensayo, y así.


—¿Cómo pensás los cruces que ofrecés en relación con la identidad?
—Bueno, ¿qué pensaría Gregorio Samsa hoy de los Transformers? Samsa es el primer Transformer. No es mecánico, pero ya oblitera esa cuestión de la identidad. ¿Qué es la identidad? ¿Por qué no puedo relacionar Lezama Lima con Sonic Youth? El concepto de campo de Bourdieu, que da tantas respuestas, me parece vomitivo. Yo me veo como un enemigo del sentido, lo cual no quiere decir defender la contracara del sinsentido. Pero a esas respuestas tan fáciles yo les desconfío. Siguiendo esta línea de pensamiento, mi próxima curadoría va a ser en Second Life, donde las identidades se transforman.

La actividad de Cippolini como curador es tan intensa como su afición por la teoría y la escritura. Las últimas muestras que organizó fueron en lugares enormes como el Penal de Ushuaia y los museos Macro y Castagnino de Rosario, simultáneamente.

—En Second Life puedo hacer cosas imposibles en el mundo físico.

—¿Por ejemplo?
—Por ejemplo, algo antigravitatorio que se pueda visitar desde cualquier parte del mundo.

—¿El arte contemporáneo necesita de la narración crítica para existir en forma acabada? ¿La anécdota tiene valor para el ensayo?
—Sí, totalmente. Lo mejor del arte contemporáneo es que está lleno de interrogantes, lleno de enigmas. ¿Cómo hago para leer esto? O mejor, ¿qué es esto? Una anécdota es una lectura, es una edición, es un nudo de la memoria. Y no hay que desatarlos, más bien hay que ver de qué están compuestos. Cuando sirven para enrarecer, entonces, creo que está bien. Ahora, cuando aparece una narrativa que explica, eso empobrece. En este sentido, el ensayo para mí es como el sonajero del perverso polimorfo. El ensayo sigue siendo la otredad del tratado. Mientras el tratado es una voz plural que intenta fijar algo, el ensayo siempre es un tránsito, un recorrido personal.

—¿Alguna vez te pensaste como coleccionista?

—En un momento, una colección clásica implicaba tener un gran esquema para, en algún momento, completarlo. O sea, había una pretensión de llenado. A mí me interesan más las ausencias, precisamente porque es ahí donde están las fugas de sentido, ese intervalo perdido. Dime cuáles son tus ausencias y cómo están construidas, y te diré quién eres. En este sentido, trato de detectar ausencias, marginados, marginales, lo que queda afuera. Si el canon es una colección, a mí me interesa el reverso de esa colección. La llamada alta cultura está llena de desperdicios que son interesantes, son complejos; entonces, se puede ir cartoneando, se pueden ir juntando esos pedazos. Creo que mi escritura tiene mucho de ese rejunte.

—En el libro aparece el Parque Rivadavia, ¿qué importancia tiene para vos?
—Los libreros del parque, los monumentos, el lugar de paso, de interacción, es para mí casi una segunda casa. Mujica Lainez decía que si el lector entendía Venecia, iba a entender lo que él escribía. En mi caso, el que entiende el Parque Rivadavia, entiende lo que hago.