Blogs muertos, blooks, pulso, tiempo virtual
Miles. Miles de miles de blogs muertos. Detenidos.
Criogenados en la virtualidad. Algunos breves (con pocos posteos). Otros extensos. Un blog sobrevive cuando, aún detenido, sigue recibiendo visitas.
Un libro (y la inmensa mayoría de los websites) se presentan terminados. Completos. El blog (o mismo Twitter) por definición es incompleto. ¿Cuántas veces te encontraste con un blog genial cuyo último posteo está fechado hace meses o años? Creo que fue Cocteau (¿o Rimbaud? ¡confusión imperdonable!) quien describió las horas en movimiento desde el reloj pulsera de un soldado muerto. Un blog muerto suele ser exactamente al revés.
Es un tiempo personal que se detiene.
Un hábito puesto en suspenso.
No debería ser curioso que siempre transitamos la virtualidad. Y lo hacemos de tantísimos modos. Podríamos también definir la virtualidad como unos de los tantos tiempos diversos al biológico. 
La virtualidad es contagiosa. Adictiva. Twitter es un síntoma de ese “no poder salirse”. Un blog muerto puede ser sólo un punto final que deviene en otro blog. Sucede mucho. Pero también un abandono, un modo de desintoxicarnos de una de las presencias culturales de lo virtual.
¿Acaso un blook (un libro compilatorio o antológico de posteos de blog) no es una avanzada anfibia de un blog muerto? Es la diferencia fundante entre libros, cuadernos, blogs y revistas. Los dos primeros se acaban. Incitan a una completud. Los últimos pueden continuar, siempre. Hace unos veinte años le pregunté a César Aira cuántos números se editaron de la revista El Cielo (que dirigía junto a Arturo Carrera.) “El próximo está al salir”, me contestó. Desde 1969 que no tenemos más noticias de la publicación.
Podríamos parafrasear a Mallarmé y afirmar: “el mundo existe para terminar en un buen blog”. O mejor: la blogósfera no es más que otro estado del mundo. Estilos de nombrarlo, de exorcizarlo. Un blog, como toda bitácora, es una relación de tiempo y escala. Pero sobre todo de ritmo.
Es tu pulso. El de tu escritura, el de tu lectura.
Nos hacemos adictos a blogs por temporadas. Son capítulos de una historia, por más abstracta o teórica que sea ésta. Lo mismo que un Fotolog.
La blogósfera es otra biblioteca interminable.
Pero ¿qué es la blogósfera? Un estado de navegación. Ingresar a un tiempo desde muchas voces. La frecuencia (la periodicidad) logran que una voz (un modo de realizar posteos) se convierta en familiar. Un blog es un modo de construir familiaridad, por más radical o anómala que ésta quiera ser.
La extrañeza también se instala como familiaridad, si ese es tu deseo.
Siempre buscamos historias.
Aunque estas cada vez se parezca menos a las articuladas según los clásicos modelos del siglo XIX. Ya no sabemos dónde comienza, dónde prosigue, cuál de sus conflictos es el más atendible, ni cuando puede terminar.
Por lo mismo un blog en suspenso (un blog cuyo último posteo hace demasiado que no es actual), siempre señala una incertidumbre ¿qué sucedió con esa voz? ¿Regresará?
¿En qué mutó?
Este también es un pequeño homenaje a Napoleón Baroque, avatar que abandonó Second Life para tomarse unas vacaciones de cinco años, pero nos dejó sus blogs,
detenidos en la virtualidad hasta –supuestamente- que su regreso al metaverso se haga efectivo.
Es una situación vital: o imponemos nuestro pulso a la virtualidad, o ésta nos obliga a ofrendarle más horas, días, meses y años.
Estoy releyendo el epistolario entre Leiris y Bataille. Qué placer con sólo leer las fechas de cada carta. Tiempos reposados de lectura y escritura, incluso en la urgencia. Qué bueno cuando no escribimos únicamente para “dar noticia”. Los diarios personales siguen agradándome infinitamente más que las agendas.
16 de julio de 2010. El blog de la tan promocionada bloguera Lola Copacabana (Naughty Bits) se detuvo en septiembre último.
Las relaciones entre visualidad y virtualidad se redefinen ininterrumpidamente.
Cuando falleció Dani The O, pasé muchas veces por su blog intentando mitigar el absurdo de su ausencia.
viernes, 16 de julio de 2010
Criogenizándonos
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
10:18:00 a. m.
Etiquetas: anfibiología, comunidades virtuales, Descontextos, Inactualizaciones, intimidad informática, Software tribal, tiempo virtual
miércoles, 21 de abril de 2010
Sexy Shuffle
Ya sé, estamos hartos de ready-mades. Así y todo necesito darle una vuelta más a este sobresaturado y ya desleído concepto para acercarme un poco más a un gadget como el iPad, la nueva estrella de Apple.
Olvidémonos del “fuera de contexto” y acerquémonos a la reutilización. Ready made es ante todo reutilizar un objeto de otra forma. No me interesa tanto como perversión del coleccionismo (la posibilidad de hacer de un mercado de pulgas un museo de arte) sino esa habilitada condición de botellero sensible: el gesto de tomar algo y proporcionarle otra lectura. ¿Qué otra cosa es el found footage?
Mientras que la tecnología insiste en producir nuevas plataformas (la renovación del contexto sobre el contenido) el ready made nos empuja a proporcionarle otro valor (un nuevo sentido) a un objeto sin novedad. Este es su principio político. Otro modo de fabricar algo distinto.
Jarvis Cocker: “¿Lo mejor de la década? ¡Shuffle!” (Votación en la última Rolling Stone).
En este punto el ready made se acerca a la remake: vuelve sobre lo mismo pero lo empuja en otra dirección. No se trata de soñar con una nueva puerta, sino en sospechar que la misma puerta puede conducirnos a otra parte.
Es precisamente en este cruce donde la estética debería dejar de ser contemplativa (el dejo teórico de lo estético) para amplificar su función: transformar la perversión del valor en perversión de uso. La estética debería presentársenos como un GPS intervenido, contaminado: mostrarnos el camino por el cual nadie quiere llevarnos.
El libro electrónico, como el iPad, nos invitan a conectarnos con el mismo contenido de otro modo. Más ágil, más práctico (revisemos esta última palabra). El ready made y el found footage nos señalan que en la misma plataforma se encuentra camuflado un nuevo planeta.
Por ninguna otra razón lo que entendemos por ready made nos sirve muy poco. Porque no basta con trasladar un objeto cualquiera a otro ámbito (una sala de exposiciones). Se trata de pervertir su sentido obligándolo a producir otra narrativa.
Las relecturas de un autor como Leónidas Lamborghini son ejemplares en lo que digo.
Against Me! Reiventing Axl Rose.
La tecnología vive de la caducidad de una plataforma. Al fin de cuentas, una de sus figuras centrales son los electrodomésticos. Cuando compramos una laptop sabemos que pronto se transformará en basura. Un botellero, como también un anticuario, sabe que ese plazo es pura fantasía. No hace falta luchar con el plazo de caducidad de una plataforma. Por el contrario, deberíamos investigar más en el estilo Han Solo: no olvidemos que el Halcón Milenario era una nave casi obsoleta.
Nos encantaría que nuestro sentido arduino no se simplifique en el mero hecho de poner en escena un prototipo alternativo. Sino en incentivar el pasadizo ucrónico: todo gadget puede proporcionarnos una narrativa que no coincida para nada con la versión oficial. Abrirnos a otra ficción, sintonizar con el canal de otra dimensión.
Lo que más me gusta de la web, de su dinámica, no es la accesibilidad, ese “tener todo tan a mano”, sino su infinita capacidad de cruce y fuga, su maravillosa metáfora de navegación. El ciberespacio no como una biblioteca o archivo gigantesco con cada cosa en su lugar, sino como una autopista donde una URL no es más que un conector con otra URL con otra URL y así indefinidamente. Creo que con mis ensayos de Contagiosa paranoia machaqué bastante con esta opción.
Es la diferencia básica entre adivinación y desciframiento. Éste último nace de la posibilidad de un destino: todo está previsto de antemano. Caminamos por el laberinto que alguien construyó. La adivinación, sin clausurar esta opción habilita otras: puede que el laberinto jamás haya existido. Si una noche de invierno un viajero. Lo mejor de las brújulas es que pueden enloquecer.
Magritte sabía que una pipa no es una pipa. Uno de los ejes centrales de (500) days of Summer (de Marc Webb) son las posiciones que intercambian los protagonistas: Summer Finn (Zooey Deschanel) no cree en el destino. Tom Henson (Joseph Gordon-Leavitt) quiere sobrepasar el azar.
¿Cuál es tu orden?
El arte sigue inventando procedimientos que no deberían jamás restringirse a las salas de un museo. Los publicitarios lo saben de sobra. Deberíamos ser más astutos que ellos.
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
11:22:00 a. m.
Etiquetas: anfibiología, asobi, Contagiosa Paranoia, estética(s) del sentido, Inactualizaciones, novedades, Paisaje e Ideología, redireccionamientos, tecnología y técnica
domingo, 11 de abril de 2010
Qué bueno hacer found footage con tu cabeza
Ya agotamos al ready-made, a la constitución de un campo (apuntes de delimitación que inauguraron los antropólogos y reactualizaron los sociólogos), como también a ese constructo que alguna vez llamamos “industria cultural”, y asimismo exprimimos las nociones de género hasta convertirlas es un angustiante cementerio de formas.
Habitualmente, cuando los historiadores aciertan tanto con el presente no es que los tiempos envejecieron repentinamente, sino que nos mimetizamos más y más con el Coyote que ya no sabe qué otros probados recursos ACME poner en escena.
Es muy poco divertido observar como tantas miradas hegemónicas siguen aferrándose a instrumentos de museificación del presente, ahí donde todas nuestras conjeturas e hipótesis parecen exhibidas detrás de esterilizadas vitrinas.
Todo concepto no es más que un visor, un instrumento de navegación en una trama cultural, de la que forma parte y es producto. Lo cierto es que toda trama es movimiento, mutación, diferencia, y en algún momento los conceptos comienzan a producir más y más interferencia que no es más que interposición y mala interferencia frente a lo que tratamos de conocer.
Cuando se dice “campo cultural”, por ejemplo, momificamos muchas instancias de interacción con lo que estamos tratando de abordar. Como antiquísimas medusas petrificamos lo que intentamos observar. Cargamos de determinado sentido eso que nuestro deseo convoca.
En el peor de los casos el concepto se transforma en dogma, el regla de autoperpetuación de sí, y es entonces cuando trabajamos para alimentarlo, para engordar su gracia histórica, cuando lo monumentalizamos. Y ya no sirve más que como justificativo, cuando su función más deseada debería ser “poner en cuestión”.
Lo vivimos en carne propia en la lectura de esos documentos burocráticos (cuestionarios de aduanas) que son los papers, que invariablemente llegan más o menos tarde, pero siempre cuando la solidificación está en marcha. Aclaremos: el problema no son los papers, que como todo formulario resultan necesarios, sino su autoritaria circulación por fuera de su circuito.
Es el momento en el cual el concepto se transforma en producto, en el sentido más económico e industrial del término. Algo que constantemente las instituciones reclaman como destino.
Por ninguna otra razón resulta tan imperioso proteger a los conceptos inestables, aquellos que todavía giran sobre sí y presentan inestimables fugas. Conceptos que serían poco confiables en la construcción de un paper. Esos mismos que la gran mayoría de los referís epistemológicos clausuran como “débiles”, incluso improbables.
Fui invitado a presentar (hace muy pocos días, en el marco del BAFICI) el libro de Leandro Listorti y Diego Trerotola sobre el Found Footage, o cine encontrado.
Es súper recomendable. Se trata de la compilación de textos de autores diversos (Wolf, Bourriaud, Bernini, Eugeni Bonet, Oubiña, Oloxiarac, Subero, Marín, Galuppo, Andrés Di Tella, Pfaffenbichler, Félix-Didier y de los mismos compiladores)en los cuales vamos observando cómo la idea del Found Footage va tomando forma en los interrogantes que dispara. Escorzos, escorzos y más escorzos de una presa que todavía advertimos demasiado lejos de ser enjaulada. Seguiré con esto en próximos posteos.
Leandro Listorti: “La génesis del film reciclado es, en efecto, subversiva. Uno de los principales aspectos provocadores es el de llevar adelante una obra en la cual el sentido aparece en una instancia posterior a la del soporte material.
Una persona, por ejemplo, encuentra numerosos rollos de filmaciones caseras sobre un grupo de amigos homosexuales en California en la década del sesenta, y resulta inevitable intentar buscar (y encontrar) una forma para el hallazgo. Se altera entonces el orden establecido que formula una ecuación cercana a idea + operación = resultado, por el de resultado + operación = idea. Fórmula llevada al extremo por los ejercicios de Ken Jacobs o Joseph Cornell.”
Quiero retomar la última fórmula y, una vez más, quitarla de contexto. Porque si es que algo necesitamos es hacer found footage con tantos conceptos desechados. Simplemente encontrarlos, rescatarlos, operar sobre ellos y ¡voilà! que nos enseñen otros caminos.
Que cunda el found footage.
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
12:10:00 p. m.
Etiquetas: copia, desarticulabilidad, Descontextos, estética(s) del sentido, Inactualizaciones, Infostranenie, lecturas, Paisaje e Ideología, redireccionamientos
martes, 2 de marzo de 2010
Arte para Zombies
Un posteo de imaginación vintage
En casi todos los sentidos, la desbordante presencia de la web en nuestras vidas vuelve a señalar el triunfo de la cultura pop sobre los imaginarios reinantes.
Hasta el punto de que hablando de cultura web estamos refiriéndonos, por elevación, a la cultura pop.
(¿No es acaso lo que nos separa tout court de Paula Sibilia que sigue referenciando a la imaginación técnica en Walter Benjamin?).
Pero atención: lo que entendemos por cultura pop no es un concepto acabado, cerrado, delimitado. Muy mal hacemos si creemos que su epicentro es o fue el arte pop (la filosofía visual de los tiempos Warhol y todo cuanto inspiró). Precisamente, la eclosión de la cultura web viene a confirmarnos que la cultura pop sigue definiéndose en una perpetua mutación.
Esa mutación estética que no es más que ideología.
Nuestra ideología.
Casualmente, buscando un viejo texto de Pablo Schanton, volví a encontrarme con un blog (éste) en el que se publicaron las notas de aquel proyecto de Daniel Melero que conocimos con el titulo de Recolección Vacía (hace ya muchos años de esto).
Me interesa ahora rescatar dos párrafos que parecen (junto a varios otros) resistir maravillosamente bien al paso del tiempo (lo que implica: cuidar otros pasados para recordarnos que este presente puede formatearse de otro modo). El primero dice:
“La artesanía es un zombie del Arte. Toma una forma que en su momento fue arte con el fin de reproducirla infinitamente como un clon de menor resolución que el original. Me imagino que alguna vez hubo un coya que hizo una vasijita realmente increíble y admirable. Hoy existe un mercado de vasijas coyas. Con el rock' n' roll sucedió lo mismo, e incluso con cierta música tecno que ya está hiperclonada.”
Lo mismo sucede con la cultura pop. Convertida en cierta artesanía de diseño (valga el oxímoron, es indudable que existe una cultura pop reconstruida a partir de clisés) bien puede ser un zombie del arte.
Pero el fracaso de esos clisés (esos objetivos traicionados, esa comunicabilidad interferida) nos abre a territorios de aprendizaje que siguen siendo nuestra mejor droga.
A ver ¿con qué metáforas pensamos la web? (Y cuando escribo “pensamos” también digo “imaginamos”). Insistimos en que las metáforas que sostienen la cultura web provienen del glosario de la ciencia ficción (y hay que ver hasta qué punto este vocabulario y sus consecuencias siguen interalimentándose).
Y cuando digo imaginamos también quiero decir interactuamos.
¿De qué modo utilizamos un programa, incluso un hardware? (ese uso que no es más que estética y por lo tanto política en estado puro).
Segunda cita de Recolección Vacía:
“Hace casi cuarenta años Robert Moog insistió en la necesidad de aplicarle un teclado al sintetizador oponiéndose a Don Buchla, mi ídolo, que había inventado un instrumento con sensores, unas placas que con sólo tocarlas emitían sonidos.
Por supuesto, Moog respondió al mercado que siempre tiende a la estabilidad y a la necesidad de los viejos tecladistas que exigían afinaciones estables (que la escala se mantuviera todo el tiempo perfectamente temperada ya que la belleza musical dependía de la relación entre alturas tonales impecables). Buchla prefería sus sensores análogos cuyos sonidos jamás llegaban a ser los mismos, ni a estar afinados según los parámetros académicos. ¡Imagínense los problemas que le hubiera agregado este hombre a un Rick Wakeman que pegaba sus perillas con poxipol para que sus ejecuciones en vivo reprodujeran con una exactitud total (nunca la conseguía, claro) lo que había tocado en los discos! Estos músicos no soportan lo impredecible y lo combaten influyendo en el mercado, además de difundir las ideas de control, reproductibilidad y exactitud como valores a los que la tecnología debe responder. Es una lástima; si el sintetizador modelo Buchla hubiera vencido en el mercado, la música habría sido otra.”
Lo que sigue resultando tan atractivo del low tech es su aún pregnante aroma a pequeño David frente al demoledor Goliat.
Low tech no es solamente modestia de recursos sino resistencia a un status quo de uso. Es otra imaginación, del mismo modo que los imaginarios de Don Buchla y de Robert Moog fueron por completo contrapuestos. Dos ideas muy diferenciales de música. Lo mismo podríamos decir de la web: ¿de qué forma la usás?
Si existe hoy un estilo, ese es de los fundamentales.
Tu estilo web.
Son los tantos futuros del pasado en nuestro presente. Si adoramos a Kraftwerk (cita obligada del arte contemporáneo electrónico –sí, sí: los suyos no son sólo recitales sino muestras sonoras de arte-) también celebramos esas otras estéticas donde el tiempo vuelve a enrarecerse: La Roux, pero por sobre todo Chew Lips y Telephate.
Capsulas de tiempo.
Nunca deberíamos olvidar que en su origen las computadoras portátiles formaron parte de una cultura tan psicodélica como de garage. (Más credo estético).
Un magma que jamás debería escindirse.
Nota Bene: Estuve buscando en mi hemeroteca ese número (ya museográfico) de Expreso Imaginario en el cual Damián Tabarovsky expande su no tan velada Oda al Mini-Moog. No lo encontré. Sin embargo, vuelvo a festejar la referencia.
Wendy Carlos forever.
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
8:19:00 a. m.
Etiquetas: aliens terráqueos, cultura rock, cybergéneros, Descontextos, Inactualizaciones, mitologías, Paisaje e Ideología, sujeto pop, tecnología y técnica, vintage
miércoles, 15 de julio de 2009
Gramática del Noise
Abstracción y virtualidad: ¿Qué tan abstracto resulta hoy el cyberespacio? A fines de 1995, con el mito de origen del Net Art fraguado por Vuk Cosic, la ilegibilidad se hizo (nuevamente) presente: bajo la piel electrónica de nuestros programas de interacción masiva se develaba que todo era ruido (visual, incluso mental). 
Un mail “leído” por el software incorrecto se convertía inmediatamente en la pérdida de toda certeza (la información como residuo). La virtualidad se definía como una abstracción apenas encubierta. La abstracción como una lectura radical. O mejor: la radicalización extrema de toda lectura.
Net Art: El Net Art no sólo nació dando cuenta de esa fragilidad, sino que la exploró y la multiplicó. Durante un tiempo, experiencias como Jodi.org o absurd.org nos proyectaron en la certeza (y a su vez en la confianza) de la descomposición del código. La abstracción (un nuevo capítulo de la abstracción) como la desarticulación progresiva de los lenguajes que nos conectaban con el mundo.
La desaparición y lo invisible: Winfried Hassler: “¿Cómo asumir las cosas –la sociedad, yo, el arte, la vida misma y la muerte- en este mundo que tiende a la desaparición del signo?”.
Jean Pol: “Si los hilos de la Aldea hoy son invisibles –por satelitales e inalámbricos-, el arte será doblemente invisible y silenciosa en esa red”. Uno y otro citados por Héctor Libertella en El árbol de Saussure. Una utopía.
Semiótica trash: Justo cuando el signo se convierte en puro desecho. El último de los paraísos de la anarquía epistemológica: los usos imaginarios de la información inservible.
Abstracción (1): El triunfo cultural de la abstracción es una consecuencia directa de una crisis generalizada en los sistemas de representación. El arte moderno (sus certezas ópticas, la organización de los sonidos que lo definen, sus construcciones narrativas) se edificó, puso de manifiesto y ahondó en los beneficios de esta crisis. Worringer trazó sus direcciones, Cirlot teorizó su universalidad y consecuencias históricas. Para Kandinsky sólo fue el espíritu detentando otras frecuencias. 
Abstracción (2): Para los artistas del movimiento concreto, la abstracción no era sino el grado terminal de la representación, justo ahí donde ésta se comenzaba a suicidarse.
Noise (1): O el arte por la seducción del ruido. Quienes detestan al noise reclaman la urgencia de nuevos sistemas de representación. No es que la experiencia de los sentidos organizó al mundo, sino que la cultura del mundo dogmatizó nuestros sentidos. Dubuffet nos enseñó que la cultura protege restringiendo. El noise es la perfección de la barbarie: el conocimiento de la lengua por la ininteligibilidad. La utopía comunicacional de una lengua perfectamente inentendible. 
Abstraer: Su etimología proviene del latín “abstrahere”, derivada de “trahere”, traer, e implica en todos los casos “separar mentalmente”. La fractura se produce justo ahí, donde la división divorcia por completo dos continentes: el hundimiento de la vieja Atlántida de nuestros sentidos.
Realidad, virtualidad y pornografía: Lo real, como la pornografía, rara vez se manifiesta en la abstracción. En Second Life no existen espejos: en ningún mundo virtual (o metaverso) los espejos funcionan: nada reflejan. Sin embargo, los mundos virtuales son el reino de la representación. 
Si la pornografía no es más que representación ¿cuáles son sus límites en un metaverso, donde absolutamente todo es representación? ¿Acaso la pornografía no exige que todo sea “visualmente legible”?
Noise (2): Alan Courtis, maestro del noise, realizó todo un disco con una guitarra eléctrica sin cuerdas. Un instrumento descompuesto e inútil proporcionando un paisaje sonoro sin precedentes.
El Art Virus o arte practicado con virus informáticos no debería jamás consumirse (efectivizarse) en el gesto ofensivo (un software alterando otro software) sino, por el contrario, proyectarse en los elementos ya irreversiblemente alterados (como la guitarra sin cuerdas de Courtis).
Instrumento y resultado establecen otro pacto: una distancia en la que se encuentran más a gusto. Una lengua inesperada.
Borde: La abstracción, la virtualidad, el ruido (noise) y la basura (trash) no son sino, como la muerte, los bodes de la experiencia tal cual (aún) la concebimos.
Mona Lisa Overdrive: “En los últimos siete u ocho años han pasado cosas raras ahí afuera, en los circuitos salvajes de la consola… Tronos y dominios… Sí, hay cosas ahí afuera. Fantasmas, voces. ¿Por qué no? Los océanos tenían sirenas y todas esas mierdas y nosotros teníamos un mar de silicio ¿lo entendés?
El cyberespacio no es más que una alucinación confeccionada acorde a lo que todos hemos acordado tener, pero todo el que se conecta sabe, sabe jodidamente bien, que es un universo completo”. (William Gibson, 1998).
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
8:16:00 a. m.
Etiquetas: anfibiología, asobi, Descontextos, Error, estética(s) del sentido, Inactualizaciones, Paisaje e Ideología, poéticas del ruido
martes, 30 de junio de 2009
Pasados autoremixados
¿Deberíamos decir que la modernidad se autoinflingió un hara-kiri o un seppuku? ¿Fue un final alto o vulgar?
El reencantamiento del mundo, de Michel Maffesoli, hace semanas que es mi libro de cabecera. Y no puedo sino preguntarme ¿la proliferación de las redes es parte de ese reencantamiento?
¿Debemos hablar de razón informática o mejor de remitologización digital?
Décadas y décadas persiguiendo un síntoma.
“Un elemento responsable de profundas metamorfosis en toda nuestra manera de visualizar el mundo exterior, tanto desde un punto de vista perceptivo como estético, es el movimiento. Pero ¿qué es lo que distingue al movimiento actual del de siempre?
(…) Mientras el movimiento del hombre, de las cosas y de los demás organismos vivientes podía ser remitido a ritmos esenciales de la naturaleza: años, meses, días, latidos del corazón, respiración, mareas, etc, el transcurrir del tiempo era entendido, evidentemente, como sincrónico con la naturaleza misma.
(…) Actualmente, desde el comienzo de la llamada era tecnológica, la velocidad está en la base de gran parte de nuestra vida de relación”. (Gillo Dorfles, Metamorfosis de la temporalidad: velocidad y consumo, 1965).
Pero no es sólo que el tiempo (nuestra percepción temporal) se modifica por aceleración, sino más exactamente por multiplicación de conexiones. 
Cada punto atravesado por miles de líneas.
Ni más ni menos que un efecto cotidiano: en la web el tiempo se licua (incluso se centrifuga) con demasiada frecuencia. A todos nos sucede.
Sin proponérmelo me encuentro en la web (en páginas casuales, blogs, en Facebook) con amigos de tiempos que se me antojan remotos, a los que había perdido la pista hace décadas. Incluso amigos de amigos, muchos que conocí fugazmente hace décadas y ahora reaparecen con todas las marcas de los días transcurridos: con su súbita presencia se acumulan decenas y decenas de historias que no conocí en su oportunidad.
Y es que Internet es (también) un pasado de pasados, un remix de pretéritos probables a los que les perdimos en algún momento el rastro.
Ya nadie desaparece. Nuestro presente se vuelve gigantesco, porque en él desembocan tantos otros pasados que ni siquiera pedimos reinterceptar.
Es ridículo, pero hay quienes creen que cybercultura implica sólo el permanecer hipnotizados por el último programa que el mercado promociona histéricamente, y consecutivamente desatender los efectos colaterales que la interacción digital provoca, relegándola a una supuestamente ociosa teoría sobre subjetividades.
Mientras tanto, insisto, la web nos descubre pasados y pasados y pasados a los que no teníamos acceso. Los videos que no vimos en su momento (¿acaso Youtube no es una máquina del tiempo?), textos a los que no tuvimos acceso y ahí están, discos y discos que en su oportunidad vimos pasar de largo. 
Octavio Paz solía decir que “memoria es presente continuo”. El tiempo de la red también se vive, que duda cabe, como presente continuo, como pasado invasivo.
Vuelve a rondarme la intriga ¿cuál es el tiempo de los relatos de mi adorado Alberto Savinio? ¿No es una suerte de superposición gloriosa de tantos pasados? Cuando ingresé por primera vez a Second Life experimente exactamente esa saturada sensación. No era un videojuego (no estaba manipulando una subjetividad-Lara Croft, por ejemplo), sino que estaba entregándome a un tiempo digital de sociabilidad en el que se amontonaban imaginarios de épocas por demás diversas. Comarcas-burbujas de tiempo conviviendo –medioevos, galaxias lejanas, presentes imposibles- en un gran rompecabezas virtual. Un diseño de existencia digital friccionándose indefectiblemente con otros. 
En su prólogo-relato-justificación titulado “Recuerdos inventados”, introducción a su homónima autoantología de relatos, Vila-Matas hace referencia al tablón de mensajes en el Peter’s bar de Horta, en las Azores.
“Del tablón de madera del Peter’s penden notas, telegramas, cartas a la espera de que alguien venga a reclamarlas.”
La web explota de este tipo de rastros. ¡Así finalmente conocí a Saurio, en la red, después de haber seguido su fanzine Wo Sut a principios de los ochenta!
Cada una de las notas del tablón nos tocan. Se refieren a un momento que nuestras vidas esquivaron.
¿O acaso no encontraste en Facebook a aquella o aquel que ya había desaparecido para siempre? 
Huellas linkeadas con otras tantas interminables huellas. Trivias descomunales, infinitas.
También vivimos en todas esas historias que en su momento no vivimos.
Todos los que fuiste. Todos los que no fuiste.
Todos los que jamás te imaginabas que podrías haber sido.
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
8:14:00 a. m.
Etiquetas: anfibiología, estética(s) del sentido, Inactualizaciones, mitologías, Paisaje e Ideología, remixología, Second Life, Software tribal, tiempo virtual
miércoles, 10 de junio de 2009
Millones de canciones
Me encuentro descansando mi cerebro, sentado en un bar. Simplemente dejo que mis ojos se muevan, sin perseguir nada preciso.
Entonces pienso que todas las personas que aparecen en mi campo visual (son decenas y decenas, a esta hora de la tarde) tienen su soundtrack personal. No el que llevan en su iPod (que seguramente es música casual), sino un top 40 que define su sensibilidad, su memoria y le propone cierta forma a sus vidas.
Si, ya. Las 31 canciones de Nick Hornby (que como buen fan grabé todas juntas en un cd). También Cast K., la obra en la que el artista Fabio Kacero propone, como si de un minucioso colofón se tratase, los créditos de su vida (todas las personas que conoció, en un interminable work in progress). Cada nueva versión de su película posee un soundtrack diferente, esas canciones que ya no se separan de uno.
La sumatoria de todos esos transeúntes conformaría una colosal cacofonía, canciones sobre canciones sobre canciones. Un rompecabezas sonoro como Zaireeka, de Flaming Lips, pero totalmente desacompasado.
No me basta con el espectro de audio de la ciudad. Necesito eso que se sobreimprime, esos acordes que se eligen, que poco tienen de casual.
Nuestra escucha se parece cada vez más a esto. Un interminable y siempre desordenado Rasti en un iPod. El efecto de esa inacabable fragmentación no sólo repercute sobre nuestras neuronas y percepciones, sino sobre nuestra vida toda.
Navegando por la web doy por casualidad con el trailer de este emocionante videojuego, Rock Band: The Beatles (Machinima), que estará disponible este año. Más allá del juego en sí, y efecto indeleble de los Anthology mediante, me pregunto si todavía serán posibles mitologías tan contundentes y universales como la de los cuatro de Liverpool (cada escena un álbum, cada disco un manifiesto cultural). A propósito ¿no es notorio que hayan prolijamente ignorado al Sargento Pimienta?
Por supuesto que la dimensión Machinima conoce y lucra con las radiaciones de estas leyendas (obras maestras) cuyo soporte son los medios masivos, contratando escritores de series como Futurama, los Simpsons, Pinky y Cerebro y Daria. Pero ¿cómo relacionarnos con las partículas cada vez más multiexpandidas de la cultura que nos toca? ¿De qué modo nos conectamos con esas galaxias?
¿Realmente somos capaces de crear intensas mitologías en épocas del Long Tail descripto por Chris Anderson?
Tribus de sub-tribus, de sub-tribus, cada una con su espacio sonoro y su imaginario a cuestas.
Los blogs son como estos peatones que veo por la ventana. Tantos de ellos tienen su música. Paso por Pólvora en Chimangos y escucho a Los Babasónicos y su Vórtice Marxista. En Melpómene Mag, a las Chordettes y su Mr. Sandman, y como sucede que no cerré la pestaña anterior, los audios se superponen. El silencio vuelve con el Diario de un viaje a Misiones, sigue con Violet Robots, continúa con los siempre musicales y visionarios Un Faulduo, prosigue con Instantes de, va más allá con Chicks on comics y ya sabemos, se impone como una dimensión sonora como cualquier otra.
Ya en Artilunio y las canciones regresan, esta vez el cassette nos trae a The Cure, Out of This World.
Excepción hecha con las divinas dibujantes ¿será que las chicas web atesoran más sonidos?
En la intro a la nota central de la última Inrockuptibles, un reportaje de Diz y Delucchi a Thurston Moore, compositor, cantante y guitarrista de Sonic Youth, leemos:
“(…) No hay que tantear demasiado para intuir el dejo de desconfianza de aquel que alguna vez se dijo “fan”, pero hoy acumula cientos de discos en un iPod –por semana- y espeta frases como “siempre hacen lo mismo”, al referirse a lo último de Moore & cía y ese supuesto desinterés por lo “ya conocido”, algo cercano a la necedad que se mete en zonas donde la ignorancia lo abarca todo. 
Así, la pregunta obligada: amigos, colegas, damas y caballeros ¿escuchan de verdad los discos?”.
Hace muchos años (muchos), en una de las páginas centrales de la revista Cerdos & Peces, Jorge Di Paola (Dipi) le decía a B.Ode Lescano:
“Me parece que el mundo es así. Y que por un esfuerzo de imaginación o tozudez se extraen partes más o menos homogéneas y se las llama una novela, un cuadro…”.
¿Las canciones no son parte de lo más preciado de lo que extraemos del mundo? ¿Cómo nos llegan las canciones? ¿De qué modo?
Volviendo a los Beatles, una de las canciones que más me gustan del White Album es su epílogo, Good Night, simplemente porque tiene tanto de los domingos a la tarde de mi infancia.
Posiblemente sea una estupidez, pero no puedo dejar de emocionarme profundamente cada vez que la escucho.
Como la música de los Banana Split.
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
9:17:00 a. m.
Etiquetas: aliens terráqueos, anfibiología, asobi, ciudades, cultura rock, Descontextos, fantastico freak, Inactualizaciones, mitologías, Paisaje e Ideología, poéticas del ruido, remixología, sujeto pop
jueves, 16 de octubre de 2008
Steampunk Media: la guerra de los fetiches
En tanto fetiche, la tecnología logra marcas de ranking cada vez más altas.
No tenemos más que monitorear la escritura geek: las posibilidades de cada nuevo software erotizan. Pero ¿De qué clase de placer se trata?
¿Cuál es el origen y la causa de esta imbatible pulsión que viene a transformarse en un punto nodal de la ergonomía?
Tal cual: esta disciplina, que hasta no hace mucho escudriñaba los zigzagueos entre tecnología y biología, hace tiempo que radiografía las consecuencias extremas de esta fetichización.
Miles y miles y miles de blogs entablan competencias más salvajes que las carreras de Meteoro por anunciar el último gadget, la versión más actualizada de cada programa que se lanza al mercado.
El mismo eros desenfrenado de los relatos de Ballard sobre la fascinación tecnológica: todavía no aprendimos a utilizar del todo un programa que ya descubrimos decenas de posteos anunciando enfáticamente las bondades de su reemplazante. 
El mismo Jargon File, la Biblia Hacker, describe la neofilia del geek (su “atracción, excitación y complacencia”) como la creciente suplantación de la aceptación social por la destreza tecnológica.
Y es que, precisamente, el “hechizo” (etimológicamente el origen de la palabra fetiche) proviene de la guerra por esta substitución, por este reemplazo, que hasta no hace mucho se entendía como pura pérdida e incluso perversión.
Todos escuchamos infinitas veces, con respecto a los tamagotchis, la queja por la suplantación de una mascota biológica por otra virtual: “¿por qué no se compra un animal de verdad en una veterinaria?”. Muy pocos se preguntaron por la naturaleza de la ternura que es el combustible de la noción de mascota ¿por qué queremos a los animales? (como decía Cecilia Pavón ¿Existe el amor a los animales?) o mejor ¿por qué razón una mascota debe ser biológica y no tecnológica? 
En los setentas y ochentas, las máquinas de ritmo o baterías electrónicas despertaron todo tipo de suspicacias y comentarios del tipo “preferimos la imperfección humana del swing a la marcialidad de esos sofisticados metrónomos”.
¿Y no fue ejemplar el enojo de Pappo con Dj Deró cuando éste dijo que “tocaba discos como si fueran un instrumento”? El Carpo no aceptaba, bajo ninguna condición, que un vinilo pudiera ser un instrumento.
Jack White, de los White Stripes, pontifica una y otra vez sobre la tecnología analógica, sobre los viejos amplificadores valvulares y sus innegables réditos estéticos.
Por cierto, la guerra de fetiches tecnológicos es la que define los arquetipos de tecnófobos y tecnófilos. Lo comenté en su momento: los tecnófobos no desestiman la tecnología; todo lo contrario: adoran a la tecnología de una época anterior.
Su negativo, el tecnófilo, prefiere y hasta venera el último modelo de una máquina ante todo porque está investido con la novedad. 
Se trata, una vez más, de variables temporales: el fetiche de los primeros es una tecnología que trata de alcanzar el podio de lo clásico, mientras que el de los últimos es el botín de los que sueñan y se alimentan con las promesas de nuevas vanguardias.
Tanto unos como otros convierten la tecnología en un fin (y además insuplantable): si crecimos aprendiendo que el objeto de la tecnología era “construir objetos y máquinas para adaptar el medio y satisfacer nuestras necesidades”, más que nunca esas necesidades son… máquinas, viejas o nuevas.
¿No será acaso que lo que llamamos “tecnología” sigue absorbiendo en dosis gigantescas el espectáculo de la máquina? La máquina-fetiche en su desbordada condición estética. 
Todo esto viene a cuenta del Steampunk: un género donde un pasado familiar pero que no es el nuestro posee una tecnología que no pertenece a ninguna época. Una tecnología imaginaria inspirada en otras tecnologías inexistentes y ficcionales (Jules Verne, H.G. Wells, básicamente, creadores insuperables como Pierre de Selènes, autor de Un mundo desconocido. Dos años en la luna, de 1896 y el mucho más tardío y genial Jim West), que últimamente prolifera en producciones como La Brújula Dorada (The Golden Compass), El Increíble Castillo Vagabundo (Howl's Moving Castle, de Hayao Miyazaki ) o La Prueba (The Prestige, de Christopher Nolan).
¿No se trata, al fin de cuentas, de un nuevo tipo de fetiche estético- tecnológico que deja fuera de combate por un tiempo las beligerantes categorías de tecnófobos y tecnófilos?
Wikipedia: "¿Qué pasaría si hubiéramos tomado un camino científico diferente al que ahora tenemos? ¿Qué pasaría si en vez de transistores, electrónica, y combustibles nucleares hubiéramos continuado el camino de la tecnología a vapor y el combustible de carbón? ¿Qué pasaría si hubiéramos avanzado a la actual era de la informática por la máquina sumadora de Charles Babbage con ruedas dentadas y tarjetas perforadas en vez de la válvula de vacío y posteriormente del transistor?"
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
4:59:00 a. m.
Etiquetas: anfibiología, desarticulabilidad, Descontextos, históricas, Inactualizaciones, mitologías, polemicas, política de fines, redireccionamientos, tecnofobia(s)
miércoles, 13 de febrero de 2008
Así como se les pinta a los santos un cero sobre su cabeza
Me estaba divirtiendo mucho con uno de los capítulos de Hate, de Peter Bagge (en realidad me estaba regodeando con absolutamente todos los capítulos, pero justo entonces estaba releyendo éste):
Ese enigma llamado George Cecil Hamilton Tercero. Resumamos: Buddy Bradley, el protagonista de la historia, comienza a trazar una radiografía existencial de uno de sus compañeros de convivencia. Y nos dice lo siguiente:
“…[Todo el día] en general lee, y cuando no lee dibuja o toma notas sobre diversos temas bizarros. Me encantaría decirles que todos los proyectos de George tienen alguna finalidad pero, hasta donde sé, solamente divaga en mil direcciones distintas, por ejemplo, en una página de su cuaderno van a encontrar tres puntas de trabajo, cada una absolutamente distinta de la otra. George es el típico erudito, autodidacta con poca formación académica que en vez de seguir manuales o fuentes más objetivas (aburridas) obtiene la información de distintas publicaciones alternativas y de pasquines barderos y pomposos que confirman sus creencias en cualquier tipo de teoría conspirativa que se les ocurra”.
Ya lo sabemos: una buena parte del pensamiento teórico crítico más interesante invariablemente se entremezcla en la ficción y es así que se difunde y sobrevive. ¿Qué sería de las teorías conspirativas sin Philip K. Dick? Las hipótesis radicales siempre provienen de este tipo de inquietantes productores: podríamos leer la narrativa de Laiseca como un conjunto de ensayos que se nutren de saberes e información que jamás eludirían (al menos no de manera directa) las aduanas del Estado. 
Existe una fascinación popular por estas subjetividades aisladas que leen como los alfiles del ajedrez, en diagonal, y que tan a menudo travisten sus especulaciones en apenas disimulados formatos narrativos.
¿Qué otra cosa es la narrativa de Ballard? A veces se aventuran con libros directamente ensayísticos (¿será el Eureka de Edgar Alan Poe el primer punto nodal de esta moderna tradición?) pero todo el tiempo se proveen de un glosario y de elementos de análisis que muy pocos profesores universitarios estarían dispuestos a aceptar sin reparos si no fuera por su “resguardo de ficción”. En este sentido, literatura y arte siguen siendo el reservorio de nuestros más significativos modelos de pensar, burlando activamente la vigilancia y los buenos modos de los campos específicos (detrás de cada campo siempre merodea un fuerte disciplinamiento), atreviéndose a probar idiolectos por fuera de las lenguas de lo intelectualmente decoroso en cada tiempo y lugar.
Ya sabemos: atreverse a esto para muchos profesores viene a ser algo así como abandonarse al caos. Les aseguro que no exagero. 
Hace dos días terminé de leer un libro muy bueno (realmente muy bueno) de Leonora Djament titulado La vacilación afortunada. H. A. Murena: un intelectual subversivo. En él, Djament delinea con mucha fineza zonas de Murena que con las décadas varias lecturas fueron postergando: su interacción (reutilización y abordaje) de autores como Theodor W. Adorno y Walter Benjamín (autores que tradujo por primera vez al castellano), muchísimo antes de que el pensamiento de izquierda los admitiera en Argentina. Y no sólo eso, sino también cómo estos sirvieron para modelar una figura muy heteróclita de intelectual. (Confieso que el libro me atrapó desde la elección de la cita mureniana que abre el volumen y le da título: “Diría que el ensayo, en general, es la vacilación afortunada de la cultura”).
Pero bien: si algo me llamó la atención –y esto no es un reclamo, sino un síntoma- es que mis introductores personales a Murena no aparecen siquiera mencionados una sola vez. Hablo de intelectuales tan disímiles como Ángel Faretta y Luis Thonis. 
Ambos, con inclinaciones muy distintas me acercaron a Murena (ya hace dos décadas) desde sus textos, que aún me resultan mucho más nutritivos que una parte importante (muy importante) de las lecturas críticas que examina el libro de Djament.
Faretta utiliza a Murena para construir un corpus inigualable por fuera de todas las regulaciones de moda. Fue maravilloso leer tantos de sus ensayos en la revista Fierro (donde decenas de fans de las historietas se sobresaltaban con sus textos) y no en revistas académicas; Faretta sigue teniendo una libertad de experimentación que continua irritando tanto como en su momento lo hicieron los escritos de Murena. Otro tanto Thonis. La Anunciación (revista de la que fue director) era una publicación decididamente mureniana.
No somos pocos los que tenemos una especial predilección por este tipo de heterogéneos pensadores; días atrás tuvimos una exquisita charla con Juan Lima sobre Rodrigo Tarruella, a quien también tuve la dicha de conocer.
Si algo no abunda, es la imaginación crítica. Las obras de estos cráneos, para nuestra satisfacción, sigue corroborándolo.
Nota bene: el título de este posteo es un aforismo de Georg Christoph Lichtenberg.
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
1:16:00 p. m.
Etiquetas: ensayos + adelantos, exploraciones, históricas, Inactualizaciones, lecturas, polemicas
jueves, 27 de diciembre de 2007
Implosionando el presente. Elogiando la desactualización
Desactualicémonos. De una buena vez.
Programáticamente.
No se trata, como nos pide Carl Honoré, de generar estrategias para ralentizarnos. Debemos reactualizar las potencias del presente de otra forma. Debemos desviar una y otra vez esa desmedida demanda.
Es un problema que sigue in crescendo desde el comienzo de la modernidad. Las utopías fueron una de las eficaces trampas frente a este escollo: toda la atención puesta en un lugar que no sólo permanece suspendido en el tiempo sino que además “no está ahí”.
El software nos piden todo el tiempo actualización. Las noticias en los diarios on line se actualizan permanentemente, pero ¿con qué? Si hay algo que permanece absolutamente ideologizado es el tiempo. Éste sigue siendo el botín de todas las ideologías.
Nuestra percepción es deudora de las ideologías que actúan sobre el tiempo. Nada más construido y manipulado que el tiempo. 
Marshall MacLuhan desarrollaba sus teorías al mismo tiempo que del otro lado del Atlántico los situacionistas enunciaban sus estrategias. No resulta para nada curioso que la redefinición del concepto de alienación llevada adelante por Guy Debord, su descripción política del contexto al que denominó “fase especular del capitalismo”, se centre en el giro decisivo de los medios de comunicación. McLuhan y Debord pertenecen a un mismo giro paradigmático de ideologización de la noción de tiempo del cual provienen demasiados de los acercamientos con los que hoy nos acercamos a lo contemporáneo. En lo que llamamos globalización el factor decisivo, por supuesto, no es el espacio.
Inadecuémonos a las construcciones agotadoramente presentistas, para las cuales actualizarse ya dejó de ser un medio para convertirse en un principio teológico. Existen otras tantas formas de nombrar al tiempo.
Cuando queremos definir al tiempo estamos en problemas. Es una de esas palabras que se cierran demasiado sobre sí mismas. Por otra parte, culturalmente ya es una religión dejarse manipular sus efectos.
Hace muchos años dos de los más celebrados poetas argentinos, Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi, ambos nacidos en Gualeguay (Entre Ríos) realizaron una distribución poética de sus atributos: el primero se apropiaba definitivamente del espacio –tanto quería a su río-, mientras que su amigo se declaraba, como On Kawara, “un artista del tiempo”. En esta repartición se sintetizan dos formas extremas de concebir la vida. 
En un posteo anterior escribí sobre la creciente desesperación por ampliar el presente, ya que la preterización de lo inmediato no sintomatiza otra cosa. Pero también advertimos lo mismo en la infinita fiebre de los regresos.
Si tu banda de rock favorita vuelve a los escenarios después de diez o veinticinco años, su éxito no descansará en ese abracadabra que nos traslade como por arte de magia a aquellos viejos y queridos tiempos. Ya no es el pasado que regresa sino que es cierta triunfante ideología que construye especularmente al presente la que quiere devorarlo todo.
Desactualizarnos, tal como lo concibo, significa todo lo contrario a perderse o demorarse en el pasado, erigiéndose como uno de los mayores desafíos a desarticular los efectos ideológicos que dominan la temporalidad.
PD: ¡Estamos de estreno! Inauguramos el Cippodromon: una suerte de lado B del Cippodromo.
Publicadas por
rafael cippolini
a la/s
8:41:00 p. m.
Etiquetas: ensayos + adelantos, exploraciones, Inactualizaciones
