Me gusta pensar que la web es un gran experimento para resituar al mundo físico. Proponiendo entonces un juego de palabras, esta sería justamente la física de la web: no necesitamos de la teoría de las cuerdas para entender que podemos interactuar en dimensiones diversas.
Hace ya unos años, en las Jornadas Anfibias realizadas en Villa Ocampo se generó la discusión sobre las distintas genealogías de un planteo de dimensiones yuxtapuestas después de proyectar el último de los cortos que conforman la serie Animatrix. Me refiero a Matriculated, animé dirigido por Peter Chung. En un posteo de entonces volví sobre estos argumentos. Alguien sugirió si un relato como las borgeanas ruinas circulares no insistían ya en lo mismo. El año pasado, la última película de Christopher Nolan, Incepcion –estrenada en Argentina como El Origen- renovaba la misma estructura.
La diferencia básica es que en Matriculated ya no se trata de una gran caja china de sueños, sino por el contrario, de las problemáticas relaciones entre entornos digitales y entornos unplugged. Ni más ni menos que el ABC de la anfibiedad. Ese mismo portal que nos habilita al gran mercado de identidades: somos lo que la web informa de nosotros.
Esta división ideológica determina distintos tipos de glosarios y por ende de semiosis. Porque es cada vez más evidente que existe una web digerible y explicable en términos económicos (sigue siendo el gran límite de las redes sociales y de las ciberculturas más estándar) y otra web incuantificable, suerte de anárquica caja negra donde se resignifican todas las pesadillas y desbordes freak de la humanidad (¿o post-humanidad?). Hago referencia al arquetipo web que se establece en experiencias como el ya clásico Technosis, de Erik Davis. No en vano un cercano Mark Dery sugirió la vinculación de este tipo de tentativas a los desbordes de Genesis P. Orridge y su autosugestión por ruido televisivo.
Lo que en los sesentas para un David Lamelas –pensemos en su obra del Di Tella Situación de tiempo, que reconstruimos en prototipo para la muestra Televisión en Fundación Telefónica- era ni más ni menos un ejercicio de trance de raíz escultórica, para los miembros de Psychic TV fue el inicio de una secta. ¿Por qué la gran mayoría de glosadores de Bataille no revisan estas coordenadas, ahí donde una religiosidad extraviada en una perversa concepción de la tecnología muestra su cara más oscilante?
Nuestras neurosis sin dudas se alimentan de este desfasaje anfibio. Porque la web no es sueño y tampoco se adecúa fácilmente a los imperativos de los siempre renovados manuales de negocios. Por otra parte, en la web no pre-existen oscuras deidades. Por el contrario, su tiempo es una emulsión de nuestro presente colectivo. Es una verdadera lástima que el net-art siga mayormente encapsulado en su pretensión de autonomía artística. Es en este eje donde el hacktivismo más atractivo se extravía en su mesianismo: transformar los modos en que percibimos la web no es tan distinto de modificar muchas de las metáforas que sostienen nuestro nivel de autoindagación de la realidad. 
Cuando hace años me invitaron a realizar una curaduría en Second Life lo primero que me pregunté fue ¿no es redundante trasladar nuestra idea de arte a este metaverso? ¿Ya no existen demasiados museos y galerías en nuestro entorno?
También es en esta coyuntura donde las perspectivas situacionistas se muestran no sólo agotadas, sino redundantes. Como activista patafísico, descreo que el dixit de Guy Debord y su troupe sea una buena instancia de referencia, como en su momento lo propuso Stewart Home.
La épica de los superhéroes indicaban un camino más certero: crisis en los infinitos mundos.
¿Cuántas son las caras de la anfibiedad digital? Esa es una pregunta más atractiva. ¿De cuántos modos estamos capacitados para asimilar la anfibiedad? Es una respuesta a la que nadie se anima del todo. Baricco asimiló este desajuste a un nuevo tipo de barbarie. Demasiado general. Es fácil inventar bárbaros (una tarea secular, por demás). Repitamos: como si la neurosis fuera sólo una consecuencia, y no un motor que sostiene nuestras interrelaciones.
Admitámoslo: nada más verdadero que nuestras tecnoneurosis.
jueves, 23 de junio de 2011
Webgnosis
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rafael cippolini
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viernes, 11 de febrero de 2011
Erótica Google
¿Currículum virtuae?
Soy para los demás, y en gran parte, la información que sobre mí se encuentra en la web. Estoy distribuido en unos pocos formatos (textos, imágenes, videos). No tengo el control de esas referencias.
Elijo no tener Facebook: es una declaración de principios. Mi sociabilidad digital se plasma en este blog. En sus protocolos. Que sea Blogger y no Wordpress es parte de mi política.
Blog siempre es blogósfera, del mismo modo en que no concibo un libro sino una biblioteca (digo también hemeroteca). Leo muchos libros al mismo tiempo. Leo muchos blogs simultáneamente. Escribo mucho más manuscribiendo en cuadernos. Sin embargo, en este momento elijo ser el que encontrás en la web.
Aunque sin dudas soy mucho más el que se lee en mis textos impresos. Sobre todo en los libros.
Soy una colección de datos (tipográficos, visuales).
Otros son canciones o películas.
Artes del deslizamiento (de sentido, de la mirada): nuestra experiencia web se sostiene en elecciones de información (una lista que nos propone Google a partir de la referencia en la que inscribimos la búsqueda). Este blog nace de la cercanía: el listado horizontal que Google nos arroja interconecta de por sí elementos absolutamente diversos.
Lo que sigue es deslizamiento de archivos: me paseo por lo que encontró Google como lo hago por una exhibición de arte. Pieza por pieza.
Si en este blog existe un yo (eso que sostiene la voz de la escritura) es en la observación de esta distribución de información (en esta topología). En los primeros posteos nacía de una experiencia exógena a la web. Desde hace tres años y medio mi experiencia blogger no son otra cosa que procedimientos de lectura ¿qué otra cosa es la lógica web que el recorrido analítico de los listados de búsqueda?
Google más como mapa que como brújula. Google como GPS de información. Antes de Google amaba a Kartoo ¿alguien se acuerda ahora de Kartoo?
Este blog es un formato expandido. Ya: me refiero a lo que hago en este blog. Desde hace tres años y medio sigo este procedimiento: 1) Colecciono links, con información que me parece interesante revisar (referida a las estéticas de la misma web, a los imaginarios de la cultura web –a la que entiendo como una de las ramas de la imaginería pop-, a las artes visuales en tiempos de Google). 2) Escribo un texto que contenga esos links –los textos de este blog tienen la función de distribuir links- 3) Acompaño esta línea con imágenes que casi en todos los casos provienen de internet 4) Abro a diálogo. Aclaro: no acepto trolls porque no los entiendo como diálogo. Puedo alegrarme: en todos estos años casi no fui visitado por ellos. 5) Los posteos tienen una extensión de alrededor de 4000 caracteres.
Información es tiempo. Es navegación y elección. Mi yo-web es tiempo. Tiempo frente a una laptop, tiempo de dar vueltas por la virtualidad. Tiempo que en nada se diferencia a mi percepción del tiempo.
Mi actual escasez de tiempo no proviene de la web. Al revés, mi blog ilustra ese déficit. Si soy –en la web- un Gólem de información digital, ésta poco tiene que ver con mi intimidad no virtual. No estoy agregado a los castings de Cam4.
Hace ya rato que el Cippodromo radiografía esta (mi) ausencia.
No me cansé de internet ni mucho menos.
Menos todavía de escribir (no sabría qué hacer de mi vida si no pudiera escribir). 
Este blog no está abandonado. Una expresión amable (a modo de síntoma) sería “momentáneamente ralentizado”. Soy la misma continuidad de información que se exhibe momentáneamente lenta.
Anfibiamente lenta, jamás perezosa.
Me agotó dejar tantas pistas (concentradas) en la web. Hago trampa: ralentizar es toda una declaración. Una topología que requiere otros lapsos.
Slow Web.
¿Un posteo en una noticia sobre qué?
Abogo por disociar posteo de noticia. El mundo se sostiene en la incesante fábrica de noticias. ¿Noticia para quién? ¿Para qué?
La experiencia de este blog nació en la búsqueda de una erótica Google. De una erótica de la información en la era Google. Una erótica de los listados.
¿Hasta qué punto nuestra libido no imita a Google?
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rafael cippolini
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sábado, 25 de diciembre de 2010
Porno Mental
¿Qué tanto difieren las ideas de límite y fin? ¿Qué tan irrecuperable es el fin?
Mientras releo a Frank Kermode (El sentido de un final. Estudios sobre la teoría de la ficción) pienso en la eficacia de estos términos ¿de qué modo recomienza lo destinado a recomenzar?
Ninguna otra época tuvo tanta memoria disponible como ésta. No regresaré otra vez a Borges y su Funes, sino más bien a los hemisferios que nos tensionan: ¿de qué modo subsisten, culturalmente, la operatividad RAM y el almacenamiento de datos en nuestras vidas? ¿Qué tanto nos pertenece todo lo precedido-almacenado?
Simplemente dedico un tiempo a observar el paisaje de los archivos que fui almacenando en mi disco duro durante los últimos 365 días. Es decir, toda esa información que pasó por mí, del modo que sea. Carpetas dentro de carpetas dentro de carpetas, archivos de imagen, de texto, de video que conforman grupos y subgrupos vecinos en tanto bits.
Si un hacker intentara definirnos por aquello que encuentra en nuestro armario digital ¿a qué conclusión llegaría?
Wikileaks pone en juego la potencia simbólica de lo público y lo privado ¿Cuánto vale nuestra privacidad en la era de la interconexión global? Si estamos hechos de información ¿cuál y cuánto de la información que producimos es realmente privada? ¿Nos resulta realmente saludable estar compuestos de información absolutamente pública?
Pensemos en esta utopía (si es que se trata de una utopía o más bien de un infierno) ¿cómo sería una sociedad en la que todos pudiéramos leer la mente de todos? No se entiendan estas palabras como un ataque a Wikileaks, nada más lejano a eso.
Al contrario, estoy intentando repreguntarme por el nuevo orden de nuestras privacidades ¿Realmente nos gustaría que cada una de nuestras horas transcurriera en un CAM 4 ininterrumpido? ¿Resulta simpático pensarnos en nuestro propio Show de Truman?
¿Quién sos para mí si sólo te conozco de Facebook? Información pública: somos nuestros consumos. Nuestros usos. Nuestras elecciones. ¿Por cuáles de nuestros consumos y elecciones nos gustaría ser recordados?
Odio los obituarios. Sin embargo, esta vez no puedo no regresar a Captain Beefheart, que acaba de abandonarnos hace algunos días.
Trece álbumes imprescindibles (incluso aquellos que él consideraba prescindibles), decenas de pinturas y dibujos que siguen pareciéndonos tan potentes como su voz.
En la teoría narratológica el modelo del iceberg goza de buena salud. Nunca es necesario narrarlo todo ¿todavía no vieron Sinécdoque Nueva York, de Charlie Kaufman?

Una narración no es sino una selección de gestos, una curaduría de actos y perfiles. Para que una narración funcione (así fuimos formateados) no toda la información debe estar disponible. Si existe algo a lo que llamamos pornografía, existe porque vulnera (fuerza, tensiona) los límites de lo privado y lo publico. Sartre fue categórico al respecto: “L'enfer, c'est les autres”.
Desconfío de la utopía de la visibilidad absoluta.
Regreso a los archivos acumulados durante un año. No son más que caminos, y simultáneamente rastros. Son partes de un puzzle que puede rearmarse de mil modos. Son partes de la pluralidad que nos compone. ¿De qué forma vas a armarme esta vez? ¿Y si el hacker trata de definirnos eligiendo los archivos equivocados? ¿Y si nosotros, en tanto hackers, armamos a los demás con los archivos equivocados?

¿Los títulos que leemos en la biblioteca de alguien a quien visitamos son exactamente aquellos que definen lo que es? O mejor ¿qué hacemos con esos títulos?
Volvamos al porno. ¿Qué intimidad es la que ofrecemos en espectáculo?
¿Qué tiene que poseer nuestra intimidad para ser interesante a los demás? El espectáculo es ese lugar donde muchos dirigen sus miradas. ¿Por qué esos muchos miran ahí y solamente ahí en tiempos de Long Tail?
¿Es que no podemos elegir nuestros espectáculos favoritos?
¿Adónde nos dirigimos cada vez que prendemos nuestra computadora?
¿Qué es la web para nosotros?
Captain Beefheart simplemente estaba ahí, pintando sólo en su taller.
Hoy sigue pintando en mi cabeza, y en la de tantos otros.
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rafael cippolini
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miércoles, 17 de noviembre de 2010
Web Trip
¿The Web is dead? Como toda ecología, la red peligra. No es tanto cuestión de dualismos ni de industrias (otro hardware, otras digitalidades) sino de ideologías: ahí están nuestras cosmovisiones de tránsito.
Como dice Piscitelli, bienvenidos a esta guerra. Como toda Tierra Media, la web necesita de profetas. Chris Anderson (Wired) bien puede ser uno de ellos. De hecho, su creciente popularidad puede ser un síntoma (tómense un rato y lean este reportaje). No voy a comentar la explosiva portada de Wired (que ni siquiera es noticia). Pero sí avanzar en la tautología del título de este posteo: si web es red, web es también tan trip como red.
Qué estemos todos conectados no es necesariamente el paraíso. Que sepamos diseñar nuestro propio manual de viaje y bocetar nuestra personal teoría crítica de navegación quizá tampoco lo sea, pero sin dudas resulta definitivamente más urgente.
La Web es un trip o es más de lo mismo.
Una computadora no debería ser un mueble ni un adorno. Tampoco una corbata ni otro electrodoméstico (una aspiradora de información). Posiblemente sea una mentira o una exageración que Steve Jobs y Woz hayan soñado a las primeras computadoras personales como la droga más demoledora, como la más peligrosa lisergia (la historia cuenta que IBM los rechazó). Sin embargo me entusiasma alimentar ese mito.
Me hace muy bien poder pensarme como una de las tantas fallidas consecuencias de la psicodelia digitalizada.
¿Qué sentido tendrían el Enterprise, el Nautilus, el Mach 5, el Halcón Milenario o el Súper Convertible del Profesor Locovich si su destino fuera exhibirlos en una tarima?
No son monumentos (o al menos no lo son en el sentido tradicional): son proyectiles habitables que nos proponen otra aventura.
El Señor Spock o Han Solo no inventaron sus naves. Rick Hunter no es el creador de los Veritech pero sí quien los llevó más lejos. Un buen piloto reconvierte los usos de su nave. Por ninguna otra razón Duchamp sigue resultándonos tan célebre.
¿Qué tan lejos podés viajar si salir de tu habitación?
Raymond Roussel, gigantesco viajero (¿vieron imágenes de su temprano motorhome?) adscribió al mito de haber recorrido el mundo sin moverse de su camarote (ver al planeta como una sobreextendida sucesión de puertos desde un ojo de buey). Con una laptop o un iPad hace rato que tus viajes pueden elevarse al cubo. 
Hoy no propongo otro nonálogo, sino más bien cinco rápidas anotaciones sobre qué sigo entendiendo por viajar en tiempos de web. Voy por los verbos en infinitivo.
1. Resignificar el soporte. Tonta paradoja: lo que nos interesa es la música, no el instrumento. Podés tener tu piano favorito (con el que sentís más empatía) pero lo que más interesa es lo que hacés con él. Que tu fetichismo no te encapsule. La web es parte de tu libido. En el más impecable sentido mcluhaniano, la web es nuestra continuación por otros medios. Como quiso Mara Ballestrini en ¿Paréntesis Gutenberg?, si nuestro cerebro ya es una máquina de remixar, pues entonces ¡remixemos! No te veo sólo en vivo y en directo, sino que te conozco desde la red. Para saber quien sos, te googleo: tu primera carta de presentación es la que veo desde mi laptop.
Con el tiempo sigo completándote desde la web. Si la web es tan intima como cualquier otra prótesis, sería idiota suponer que mi percepción del mundo –y el modo en el que los demás me perciben- no depende de ella.
Imprimile tu estilo.
2. No detenerse, perderse otra vez. No estaciono nada en Facebook. Ni en la decena de portales mas visitados. Al revés, mis apetitos sicalípticos se regodean en las fluctuantes identidades de los blogs, en los jadeos de miles y miles de twitters, en las instantáneas de infinitos flickrs y fotologs. Los gestos pueden repetirse, pueden fatigarnos, pero siempre nos abren a otros y otros que nos dinamitan de placer con sus divinos detalles. Ya sabemos: la diferencia entre un viajero y un turista es que el segundo siempre está pensando volver a su casa. Como Roussel en su primitivo motorhome, prefiero ser mi propio gasterópodo.
3. Wonderland está por todas partes. Y en el lugar menos previsible. Lo más satisfactorio de los atajos son sus defectos medulares: la meta puede presentarse donde menos lo esperabas. Ningún mejor aprendizaje que nuestra intuición de tags.
4. Envejecemos más rápido que los soportes. Es algo que me parece patético muchas ideologías de las ciberculturas. ¡Dale tiempo a la plataforma! Si medimos tanto software y hardware desde nuestra maldita impaciencia o inseguridad de tener algo nuevo que decir cada día, lo seguro es que ya nos estemos privando de fabulosos recursos. Hay que aprender de Keith Richards: seguramente la mejor Telecaster tenga varias décadas de añejamiento. La web nunca nos hace esperar tanto.
5. Erótica de la infoxicación. No voy a redundar porque sí. Te recomiendo estas dos entrevistas a Kevin Kelly (otro Wired) realizadas por Andrés Hax. Ésta es una (click acá) y ésta es otra (click acá).
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rafael cippolini
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jueves, 30 de septiembre de 2010
Tecnotribalismo y glamour
“El futuro es aburrido” suele contestar Mark Dery cuando se lo consulta sobre la transformación de su foco de atención (de su interés en torno a las ciberculturas hace quince años a la inmersión en un enciclopedismo de patologías culturales en los últimos tiempos).
Creo que mucho tenemos que aprender de esta respuesta.
Uno. ¿las ciberculturas siguen lucrando –más no sea teóricamente- con el futuro como era tradición? Una vez más la lectura de Maffesoli nos sale al paso: si realmente estamos reconquistando la tribalidad por otros medios ¿de qué futuro estamos hablando?
Dos. Para narrativas como las de Dery y Erik Davis (regresemos a Techgnosis) las ciberculturas se manifestaban como pura alteración de nuestros principios de realidad cultural. Actuaban como una suerte de droga mística (no tan lejos de su reverso: Terence McKenna promulgando que la cultura es nuestro sistema operativo). Este movimiento de quiebre (la tecnología divorciada de la ideología del progreso de la modernidad, entronizada como novísimo misticismo) se convierte en una ecuación que sigue modificándose frente a nuestras narices.
Ni más ni menos: las relaciones entre tecnología y religiosidad (nuevos ritos, viejos mitos) reaparecen una y otra vez, remixadas con otros parámetros.
Tres. La frontera entre lo físico y lo virtual sigue estando mediada por el fantasma de la muerte. En este cruce, los enunciados religiosos se ponen a la orden del día. La virtualidad digital exige mucha energía física (mantener un canal de Twitter demanda muchas horas frente a una pantalla). Y a la vez, la visualidad resultante sigue amplificando el reino de la mediación (las intermodificaciones entre visualidad y virtualidad son uno de los núcleos más duros de nuestra contemporaneidad).
Nuestros avatares no envejecen. ¿Existirá algún tiempo en el que la digitalidad envejezca como un lienzo o como los óleos?
Seguimos siendo nuestro(s) soporte(s).
Cuatro. Envejece el diseño, no la virtualidad. Envejece la visualidad, no los bits. No existe religión que no se alimente de la vulnerabilidad de nuestros cuerpos.
Cinco. Los maquinistas nunca fueron muy bien considerados socialmente. Seguramente por esto crearon sus logias, sus sectas. Era el modo de cultivar un secreto al margen de sus patrones.
Seis. La tecnofobia tampoco es lo que era. Si el tecnófobo no se reconocía por su aversión a lo tecnológico sino, por el contrario, en su elección de una tecnología anterior, hoy este margen resulta cada vez más delgado. Pensemos como lucen los arquetipos-adalides, dentro y fuera de la narrativa de ficción.
Los verdaderos creadores de las ciberculturas –de Richard Stallman a Jaron Zepel Lanier- lookean más cerca de Berger en la película Hair que de Neo en Matrix-. Más acá, pensemos sino en el hacker Plaga de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. ¿Acaso Sillicon Valley no es la capital de la moda contemporánea? Los geeks lo saben mejor que nadie.
Siete. La mejor tecnología reinventa nuestras neurosis. Y lo hace de modo tan fino que rearticula nuestra percepción de realidad sin que lo advirtamos. ¿Cuántas veces leemos la palabra Twitter en las páginas de un diario? Ni más ni menos: Twitter, Facebook o Youtube son palabras que aparecen repetidas en los medios con más frecuencia que tantos tecnicismos de política y economía que hasta hace poco recorrían los enunciados de las noticias.
No es que repentinamente todos amen escribir o filmar(se). Diversamente, nadie quiere dejar de decir presente en la virtualidad.
Ocho. La cultura de la virtualidad digital promovida por internet es por definición ubicua. Está en todos lados. Incluso en tus bolsillos –en tu iPhone, ese ciberespacio adaptado a tus pantalones-. Inscribirte –redes sociales mediante- en la virtualidad alimenta la fantasía de estar siempre presente, aunque muy pocos se enteren. ¿Puede existir hoy por hoy la opinión pública sin la web?
Nueve. El vudú hoy se practica en código fuente. ¿Hasta qué punto modificando tu presencia en la virtualidad no estamos alterando tu integridad en el mundo físico?
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rafael cippolini
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sábado, 31 de julio de 2010
Webfiction
¿Sólo guerra sucia?
¿Nada más que lucro obsceno?
Cada día son más las denuncias que hacen foco en operadores políticos que utilizan la blogósfera, las redes sociales, Twitter y demás portales web para distorsionar, coaccionar y distribuir falsa información con fines tanto comerciales como políticos.Un ejemplo, otro ejemplo. Y uno más (no hay político que no difunda su máscara en internet).
Operadores de diversas ideologías que actúan como gerentes de marketing y viceversa. Hace rato que el mimetismo es puro flujo en ambas direcciones. Pero ¿dónde termina la máscara y comienza el rol?

Desde empleados más o menos ocultos de las multinacionales de la comunicación a cibermilitantes de ocasión ganando terreno en una estructura partidaria.
¿Pero es sólo eso?
¿Identidades descartables, trolls politizados?
¿Discursos de sabotaje diseñados a medida?
¿No será que acaso esta nueva fauna de agitación navega en territorios digitales en tanto anfibios que mutan a velocidades impensadas generando otra presencia, otro impacto, otra locación de discurso?
Propagandistas intangibles para audiencias que se miden en bits.
En este escenario anfibio ¿qué grado de irrealidad tiene El Otro, cualquier Otro? ¿Todo el andamiaje especular que furiosamente pronosticaron los situacionistas sigue siendo tan sólo manipulación y sustitución?
¿Sustitución de qué?
De hecho no es ninguna novedad que la web sigue redefiniendo nuestros conceptos y modos de ficción, al punto que lo formatos ficcionales que alimentaron la ecología de los medios durante medio siglo? Me refiero a ese paisaje virtual que sigue generando sospechas en la veracidad de hitos como la llegada del hombre a la luna o “ese terrible espectáculo que no tuvo lugar”, como denominaba Baudrillard a la Guerra del Golfo .
El deseo, el horror, las estéticas, no existe aquello que no atraviese ni sea atravesado por algún código fuente, que no obtenga referencia en la visualidad digital.

Copio y pego un fragmento del texto que escribí para el bootleg:

Mientras tanto, las teorías conspirativas siguen multiplicándose.
Pronto el concepto mismo de ficción será sospechado de conspirativo.
Prosigue el texto que escribí para la obra de Bacal: “(…) Lo cierto es que [el amigo de Nico B.] envió un mensaje de texto a su novia avisándole que estaba esperándola en la puerta de su edificio. Pero en verdad aún le faltaban dos cuadras para llegar, y necesitaba ganar tiempo mientras ella bajaba desde su departamento. [Inmediatamente pensó]: “Me pregunto ahora si buscar ganar tiempo, de la forma en que lo hicimos, es lo más cercano que vamos a estar a viajar en el tiempo”.
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rafael cippolini
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viernes, 16 de julio de 2010
Criogenizándonos
Blogs muertos, blooks, pulso, tiempo virtual
Miles. Miles de miles de blogs muertos. Detenidos.
Criogenados en la virtualidad. Algunos breves (con pocos posteos). Otros extensos. Un blog sobrevive cuando, aún detenido, sigue recibiendo visitas.
Un libro (y la inmensa mayoría de los websites) se presentan terminados. Completos. El blog (o mismo Twitter) por definición es incompleto. ¿Cuántas veces te encontraste con un blog genial cuyo último posteo está fechado hace meses o años? Creo que fue Cocteau (¿o Rimbaud? ¡confusión imperdonable!) quien describió las horas en movimiento desde el reloj pulsera de un soldado muerto. Un blog muerto suele ser exactamente al revés.
Es un tiempo personal que se detiene.
Un hábito puesto en suspenso.
No debería ser curioso que siempre transitamos la virtualidad. Y lo hacemos de tantísimos modos. Podríamos también definir la virtualidad como unos de los tantos tiempos diversos al biológico. 
La virtualidad es contagiosa. Adictiva. Twitter es un síntoma de ese “no poder salirse”. Un blog muerto puede ser sólo un punto final que deviene en otro blog. Sucede mucho. Pero también un abandono, un modo de desintoxicarnos de una de las presencias culturales de lo virtual.
¿Acaso un blook (un libro compilatorio o antológico de posteos de blog) no es una avanzada anfibia de un blog muerto? Es la diferencia fundante entre libros, cuadernos, blogs y revistas. Los dos primeros se acaban. Incitan a una completud. Los últimos pueden continuar, siempre. Hace unos veinte años le pregunté a César Aira cuántos números se editaron de la revista El Cielo (que dirigía junto a Arturo Carrera.) “El próximo está al salir”, me contestó. Desde 1969 que no tenemos más noticias de la publicación.
Podríamos parafrasear a Mallarmé y afirmar: “el mundo existe para terminar en un buen blog”. O mejor: la blogósfera no es más que otro estado del mundo. Estilos de nombrarlo, de exorcizarlo. Un blog, como toda bitácora, es una relación de tiempo y escala. Pero sobre todo de ritmo.
Es tu pulso. El de tu escritura, el de tu lectura.
Nos hacemos adictos a blogs por temporadas. Son capítulos de una historia, por más abstracta o teórica que sea ésta. Lo mismo que un Fotolog.
La blogósfera es otra biblioteca interminable.
Pero ¿qué es la blogósfera? Un estado de navegación. Ingresar a un tiempo desde muchas voces. La frecuencia (la periodicidad) logran que una voz (un modo de realizar posteos) se convierta en familiar. Un blog es un modo de construir familiaridad, por más radical o anómala que ésta quiera ser.
La extrañeza también se instala como familiaridad, si ese es tu deseo.
Siempre buscamos historias.
Aunque estas cada vez se parezca menos a las articuladas según los clásicos modelos del siglo XIX. Ya no sabemos dónde comienza, dónde prosigue, cuál de sus conflictos es el más atendible, ni cuando puede terminar.
Por lo mismo un blog en suspenso (un blog cuyo último posteo hace demasiado que no es actual), siempre señala una incertidumbre ¿qué sucedió con esa voz? ¿Regresará?
¿En qué mutó?
Este también es un pequeño homenaje a Napoleón Baroque, avatar que abandonó Second Life para tomarse unas vacaciones de cinco años, pero nos dejó sus blogs,
detenidos en la virtualidad hasta –supuestamente- que su regreso al metaverso se haga efectivo.
Es una situación vital: o imponemos nuestro pulso a la virtualidad, o ésta nos obliga a ofrendarle más horas, días, meses y años.
Estoy releyendo el epistolario entre Leiris y Bataille. Qué placer con sólo leer las fechas de cada carta. Tiempos reposados de lectura y escritura, incluso en la urgencia. Qué bueno cuando no escribimos únicamente para “dar noticia”. Los diarios personales siguen agradándome infinitamente más que las agendas.
16 de julio de 2010. El blog de la tan promocionada bloguera Lola Copacabana (Naughty Bits) se detuvo en septiembre último.
Las relaciones entre visualidad y virtualidad se redefinen ininterrumpidamente.
Cuando falleció Dani The O, pasé muchas veces por su blog intentando mitigar el absurdo de su ausencia.
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rafael cippolini
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sábado, 12 de junio de 2010
Trollcontamination
¿Por qué no entender al Troll como una estética?
¿Acaso no lo es? Quiero decir: un look. Una manera de ser visto.
En las fábulas inspiradas en las mitologías nórdicas no es otra cosa que una función: representa cierto modo de comportarnos (el linkbaiting puede transformarse en un fashion de nuestras emociones bajas). Envidia y resentimiento y todos sus derivados y afluentes. No nacemos trolls, sino que mutamos en ellos. Los deleuzianos bien podrán decir: devenimos trolls.
Insisto, un troll es una marca de visibilidad baja. En una cultura de redes electrónicas el troll se vuelve visible en los comentarios.
¿Umberto Eco les dedica un capítulo en su Historia de la Fealdad? No estaría mal argumentar que lo que más nos interesó del arte feísta de los dos últimos siglos es la reflexión -subsiguiente a la manifestación- de la fealdad como algo propio, como un modo de autoanálisis. ¿De qué modo participamos de lo bajo?
Banalidad del mal (Hannah Arendt dixit): ¿bajo cuantas máscaras podemos escondernos? El mal puede ser divertido siempre que le suceda a los otros.
No es casual que los trolls electrónicos sean en un 99% anónimos. Es un síntoma nada menor: pocos quieren hacerse cargo de ese aspecto propio. Tampoco estoy diciendo nada que no sepamos si describo al troll como a una descarga. Aunque también sería muy simplista delinearlos únicamente como otro de los modos sociales de “hacer catársis”.
Sin embargo, no deberíamos desplazar lo obvio. La “situación-troll” implica siempre un blanco. Un sitio al cual disparar (un troll por definición jamás descarga contra sí mismo). El troll entiende que ese blanco lo vulnera, le está quitando algo: visibilidad ¿o acaso lo que intenta el troll no es contaminar esa visibilidad?
En la ecología de los medios el troll invariablemente es un factor contaminante. Es polución. Por eso no deja de ser irónico que muchos medios masivos sigan prestándole tanta atención a los comentarios, que son el mayor coto troll (hasta hay quienes dicen que para los medios los comentarios son como el rating en la televisión ¿será tan así?). Tanta razón tiene Guillermo Piro cuando insiste: los comentarios casi siempre están escritos por alguien que está mal de la cabeza. Y de inmediato aclara: sólo valen la pena cuando la expansión del comentario es moderada.
Esto es: cuando el diálogo nos permite no escondernos debajo de ninguna máscara.
Cuando no es necesario devenir-troll.
¡Información polucionada en la opinología trash!
Hay algo de divismo mal digerido en los trolls. ¡Look at me! Como pedían ciertos sujetos en una canción de Laurie Anderson (Lenguaje is a virus).
Estoy absolutamente a favor de la moderación de comentarios.
Mañana acometeremos con Lux Lindner otro de esos experimentos que nos gustan tanto: un paseo público por la muestra titulada el Universo Futurista. Esto es, propondremos notas al pie de página-orales, comentarios ocasionales, caligrafía vocal en los márgenes de la exhibición sobre las huestes de Filippo Tomasso Marinetti y sus muchachos que puede visitarse en la Fundación Proa de Buenos Aires.
Esa es la diferencia máxima con la agresividad de los trolls: al fin de cuentas, un troll es algo exterior, una voz que contamina pero de la que nadie se hace cargo. El troll aspira a no poseer sujeto, a producirse como un mero y potente enunciado corrosivo.
¿Sujeto trash? Por supuesto que sí, en su más baja escala.
Basura de la información que sólo es superada por quienes la consumen.
Cazadores o provocadores de trolls: Se comportan de acuerdo al principio del «segundo golpe». No inician el conflicto, pero lo intensifican en cuanto empieza. Con frecuencia usan otros trolls como excusa para su propio mal comportamiento, y en muchos casos califican a un usuario como troll, a pesar de los propósitos de éste.
Indiferentes: Intentan ignorar el conflicto, continuando con el tema original de discusión. Suelen expresar despreocupado desdén hacia el troll, pero no persiguen insultarle activamente. Se comportan como hermanos mayores, repartiendo sabias palabras tales como «No alimentéis a los trolls» u otras frases hechas que normalmente significan lo mismo: «Ignorad al alborotador y así se rendirá y se marchará». Este tipo de respuestas puede tomarse como un comportamiento pasivo-agresivo de provocador de trolls.
moderadores: No los moderadores del sistema, sino los usuarios que intentan «resolver» el conflicto, contentando a todas las partes si es posible.
Espectadores: Se apartan del conflicto. En casos particularmente malos, abandonarán el foro asqueados.
Secuestradores: Comienzan una discusión fuera de tema en respuesta a los mensajes provocativos de un troll.
No-trolls: Usuarios que son calificados de troll por otros usuarios o incluso moderadores para ser silenciados y desacreditados más fácilmente."
Un enunciado que desea generar un “efecto de denuncia” –subrayar esa pretensión de visibilidad indebida- y se transforma a sí en un espectáculo de miseria cultural.
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rafael cippolini
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martes, 25 de mayo de 2010
Cultivando aún más la Divina Paranoia
Tu vida como procrastinauta
Nuestra vida es un índice.
Y digo índice en tanto listado de contenidos de un libro. 
Libro peculiar, ya que se trata sólo de una metáfora que se va escribiendo en la inmediatez del tiempo virtual. Paso a explicarme.
Es un buen ejercicio graficar a nuestra vida como un archivo. Un archivo de archivos. Cuanto más avanza la virtualidad digital en nuestra cotidianeidad más elementos generamos (disponemos a voluntad de terceros) para ser estudiados. Nos determinamos en el consumo de información que realizamos y se encuentra a disposición de los demás (el bendito índice).
No abundemos más con lo mismo, con el sobreextendido uso de las redes y su consabida procrastinación. Pasamos horas y horas dando vueltas en la web y lo cierto es que todo queda registrado. Alguien puede leer tu vida con la minuciosidad del que sabe que es lo que hacés hora por hora. 
Muchos ustedes conocerán el rigor maniático del escritor Martín Kohan que anota qué hace cada una de las horas de su vida en una agenda: una vida escrita en tiempo real. No es el único: cada uno de nosotros va desplegando que es lo que hace minuto a minuto de su vida cuando ésta transcurre en la web (que no es un tiempo para nada menor). Hablo del registro del memorial.
No tenés más que buscar en el historial de tu navegador (ya sea el Mozilla Forefox, el Google Chrome, el Windows Explorer, el Opera o el que elijas). Es la herramienta que deja cuenta con absoluta precisión de qué es lo que hacés cuando estás en la web.
Hablo de esto.
Y ahora, hoy, con las máquinas móviles, con los iPhone, más aún con el iPad,
Este “estar el la web” se acrecienta de manera notable. 
La red es nuestra sombra. Nos sigue, está en nuestra mochila o en nuestro bolsillo adonde quiera que vayamos. Aquello que anunciaron Eva & Franco Mattes en su proyecto Vopos, ya es parte de nuestra cotidianeidad. Y no es que estos artistas italianos sean visionarios, sino que hace tiempo nos advirtieron: “cuando ustedes se den cuenta, el archivo de sus vidas ya estará bien almacenado en disposición de otros.”
¿Tenemos que ponernos paranoicos?
No es esa la clave o no debería serla. Lo que sigo pensando es que tenemos que modelar la paranoia en nuestro favor.
Como hijos y producto de la cultura contemporánea, somos adictos a la información. A todo tipo de información. Y ésta no es otra cosa que uso del tiempo, modelación de conductas sociales. 
Hasta no hace mucho, un buen modo de indagar en la sociabilidad y productividad cultural de un individuo era someterlo al test del Hombre bajo la lluvia. Ya no debería ser necesario. Ahora pueden saber cómo somos, en qué nos definimos, con sólo analizar cómo procrastinamos. La procrastinación, por supuesto, es compulsiva. Parte de un deseo continuo de información, de la información como una droga a la que todos somos adictos.
Un deseo pornópata de verlo todo, de entenderlo todo, de enterarnos de todo. De la vida de nuestros amigos y enemigos, de las noticias del mundo, de todo aquello que siempre quisimos saber y antes no sabíamos cómo buscar, dónde buscar. 
Digo información y me refiero a toneladas y toneladas de información baja. De información basura, de descarte. Todo eso que no nos interesa recordar, que se desecha en el mismo instante. Es la información, una vez más, trazando una nueva morfología del deseo. Un deseo que es siempre cultural y que la procrastinación no hace más que alimentar y acrecentar.
Pero hay algo que nuestras conductas procrastinantes parecen distraer y es que la virtualidad digital es inscriptiva: genera archivos.
Todo lo que pasa por un software en red queda inscripto en algún lado.
Somos lo que consumimos, la información que consumimos. Es decir, somos también esa información que alguien puede leer. El hábito (porque este archivo es cronológico, se desarrolla en el tiempo, dibuja una agenda que no controlamos, o no controlamos del todo) que nos transforma en información.
Mircea Eliade: En toda sociedad tradicional, cualquier gesto responsable reproducía un modelo mítico, trashumano y, por consecuencia, se desenvolvía en un tiempo sagrado. El trabajo, los oficios, la guerra, el amor, eran sacramentos. Volver a vivir lo que los dioses habían vivido in illio tempore traducíase por una sacralización de la existencia humana que completaba de ese modo la sacralización del cosmos y de la vida. (…) La verdadera “caída del tiempo” comienza con la des-sacralización del trabajo: sólo en las sociedades modernas ocurre que el hombre se siente prisionero de su oficio. Y es porque no puede “matar” su tiempo durante las horas del trabajo – esto es, el momento en que goza de su verdadera identidad social- por lo que se esfuerza en “salir del Tiempo” en sus horas libres; de donde el número vertiginoso de distracciones inventadas por las civilizaciones modernas”.
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rafael cippolini
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miércoles, 19 de mayo de 2010
Tan elemental como que nuestro presente no es más que la ciencia ficción de nuestros tíos abuelos
Los modos de hacer arte siempre desconfiaron de la multiplicidad. Tanto, que nos sigue resultando útil historiar todas las formas que fuimos diseñando para limitar esa proliferación. Es fácil inventarnos muletillas, lugares comunes. La pérdida del aura ensayada por Benjamin ya es, a tanto tiempo de su escritura, simplemente otro lugar común entre otros. 
Sin embargo la pretensión de unicidad, de singularidad última de toda obra nos resulta (y para nada paradójicamente) una herramienta clave y resistente en nuestras prácticas sociales.
La enseñanza de figuras como el ready-made o el found footage lo dejan en claro: aquello que se concibió seriado puede acrecentar demoledoramente su valor a partir del simple gesto de un secuestro. Pues ready-made, found footage o object trouvé (al igual que el detournement, todos ejemplares diversos de la misma familia) determinan que la extracción constituye un valor fundante. El quitar de su hábitat, el modificar el uso para el cual fueron concebidos.
Tecnología desviada. Digámoslo otra vez más: el arte barbariza las lenguas de la tecnología.
Las relaciones entre arte y tecnología no se sostienen en ningún otro supuesto.
Una obra de arte es tecnológica cuando se presenta en tanto tecnología de autor. Por supuesto que existe una gran diversidad de tecnologías de autor y la gran mayoría de estas manifestaciones nada tienen que ver con el arte. La diferencia es básica: la tecnología barbarizada se clausura o limita a sí misma. Impide o cuestiona su proliferación. Ya sabemos: lo que muchas veces se percibe, desinformadamente, como absurdo o inútil no indica más que la sustracción de un uso socialmente difundido.
Cada vez estoy más interesado en la obra del artista argentino Leonello Zambon. En sus propuestas de laboratorios móviles. Dos paradigmas se conjugan en cada una de sus obras: sofisticación y precariedad.
Volveré sobre él y sus proyectos en próximos posteos.
Las nuevas tecnologías sólo parecen aceptar la singularidad por medio del tuneo del software (y en verdad no se trata de ningún tuneo). En la limitada elección de ciertos presupuestos sostenidos por el diseño. 
En posibilidades tales como en la elección de los motivos de escritorio. Dime cómo dispones tu pantalla inicial y te diré que tanto problematizas las estéticas más cotidianas de tu vida social. En menor medida en el tipo de sistema operativo y los programas que lo articulan: al fin de cuentas, adoptar a Linux implica tanto una ideología, como un modo de pensar el mundo.
Pero en todos los casos el sistema que pone en funcionamiento tu computadora es exactamente el mismo al de millones de otras máquinas. Un clon entre tantísimos otros. Es precisamente en este punto en el cual el arte expone su diferencia.
Más que nunca, el arte de nuestros días se posiciona y traza sus estrategias en una historia cultural de la virtualidad que nos interna en un capítulo por demás inédito. 
Todo hardware reclama un software: no constituyen sino dos hemisferios de lo mismo. Dos dimensiones con relativa independencia y desde cierto punto de vista, nadie podría decir cuál manda a cuál. Estamos ante la metáfora más precisa sobre los comportamientos más contemporáneos de la virtualidad.
Lo material y lo virtual durante siglos se presentaron en sociedad exhibiendo su jerarquía: después de todo, lo virtual no es nada diferente a otro estado de lo material. Escribí en otra oportunidad que lo que conocemos como virtual durante siglos y siglos no fue nada diferente al basurero de lo real. Pero esta interrelación hace tiempo que no guarda las mismas proporciones. 
Cada vez más nos definimos en lo virtual. Cada vez más nos comunicamos mediante elementos que se determinan más en tanto virtuales que materiales. ¿La oveja Dolly nos puso en estado de alerta? Todos somos hoy (al menos en parte) la oveja Dolly. Una vez más el ABC de la teoría cyborg: el software que nos define puede clonarse indefinidamente.
No existen hardware ni software que no se articule en un complejo de metáforas. Navegación, ciberespacio y tantas otras figuras que la tecnología apropió de los imaginarios y glosarios de la ciencia ficción.
¿Necesitás aprender más sobre la tecnología de pasado mañana?
Leé (o releé) a Tinianov.
Sin embargo, todavía cuesta aceptar, al menos masivamente, que estamos constituidos por estos modos de relato y que lo que llamamos ciencia ficción, hoy más que nunca, no es más que otra variable de tiempo.
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rafael cippolini
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