“El futuro es aburrido” suele contestar Mark Dery cuando se lo consulta sobre la transformación de su foco de atención (de su interés en torno a las ciberculturas hace quince años a la inmersión en un enciclopedismo de patologías culturales en los últimos tiempos).
Creo que mucho tenemos que aprender de esta respuesta.
Uno. ¿las ciberculturas siguen lucrando –más no sea teóricamente- con el futuro como era tradición? Una vez más la lectura de Maffesoli nos sale al paso: si realmente estamos reconquistando la tribalidad por otros medios ¿de qué futuro estamos hablando?
Dos. Para narrativas como las de Dery y Erik Davis (regresemos a Techgnosis) las ciberculturas se manifestaban como pura alteración de nuestros principios de realidad cultural. Actuaban como una suerte de droga mística (no tan lejos de su reverso: Terence McKenna promulgando que la cultura es nuestro sistema operativo). Este movimiento de quiebre (la tecnología divorciada de la ideología del progreso de la modernidad, entronizada como novísimo misticismo) se convierte en una ecuación que sigue modificándose frente a nuestras narices.
Ni más ni menos: las relaciones entre tecnología y religiosidad (nuevos ritos, viejos mitos) reaparecen una y otra vez, remixadas con otros parámetros.
Tres. La frontera entre lo físico y lo virtual sigue estando mediada por el fantasma de la muerte. En este cruce, los enunciados religiosos se ponen a la orden del día. La virtualidad digital exige mucha energía física (mantener un canal de Twitter demanda muchas horas frente a una pantalla). Y a la vez, la visualidad resultante sigue amplificando el reino de la mediación (las intermodificaciones entre visualidad y virtualidad son uno de los núcleos más duros de nuestra contemporaneidad).
Nuestros avatares no envejecen. ¿Existirá algún tiempo en el que la digitalidad envejezca como un lienzo o como los óleos?
Seguimos siendo nuestro(s) soporte(s).
Cuatro. Envejece el diseño, no la virtualidad. Envejece la visualidad, no los bits. No existe religión que no se alimente de la vulnerabilidad de nuestros cuerpos.
Cinco. Los maquinistas nunca fueron muy bien considerados socialmente. Seguramente por esto crearon sus logias, sus sectas. Era el modo de cultivar un secreto al margen de sus patrones.
Seis. La tecnofobia tampoco es lo que era. Si el tecnófobo no se reconocía por su aversión a lo tecnológico sino, por el contrario, en su elección de una tecnología anterior, hoy este margen resulta cada vez más delgado. Pensemos como lucen los arquetipos-adalides, dentro y fuera de la narrativa de ficción.
Los verdaderos creadores de las ciberculturas –de Richard Stallman a Jaron Zepel Lanier- lookean más cerca de Berger en la película Hair que de Neo en Matrix-. Más acá, pensemos sino en el hacker Plaga de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. ¿Acaso Sillicon Valley no es la capital de la moda contemporánea? Los geeks lo saben mejor que nadie.
Siete. La mejor tecnología reinventa nuestras neurosis. Y lo hace de modo tan fino que rearticula nuestra percepción de realidad sin que lo advirtamos. ¿Cuántas veces leemos la palabra Twitter en las páginas de un diario? Ni más ni menos: Twitter, Facebook o Youtube son palabras que aparecen repetidas en los medios con más frecuencia que tantos tecnicismos de política y economía que hasta hace poco recorrían los enunciados de las noticias.
No es que repentinamente todos amen escribir o filmar(se). Diversamente, nadie quiere dejar de decir presente en la virtualidad.
Ocho. La cultura de la virtualidad digital promovida por internet es por definición ubicua. Está en todos lados. Incluso en tus bolsillos –en tu iPhone, ese ciberespacio adaptado a tus pantalones-. Inscribirte –redes sociales mediante- en la virtualidad alimenta la fantasía de estar siempre presente, aunque muy pocos se enteren. ¿Puede existir hoy por hoy la opinión pública sin la web?
Nueve. El vudú hoy se practica en código fuente. ¿Hasta qué punto modificando tu presencia en la virtualidad no estamos alterando tu integridad en el mundo físico?
jueves, 30 de septiembre de 2010
Tecnotribalismo y glamour
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rafael cippolini
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viernes, 16 de abril de 2010
Mi abuela era cyberpunk
¿Novela en Twitter?
¿Cine para Youtube?
¿Qué es lo que evaluamos cuando nos encontramos con una experiencia como la de Serial Chicken? ¿El estado de la novela o las posibilidades de Twitter? ¿O ambas?
¿Para cuando un movimiento de cineastas que sólo filmen para Youtube? ¿No existe ya? No de programas o seriales, sino de largometrajes.
Exactamente al revés de Benjamin y sus glosadores, el momento que más me atrae de un medio es cuando, inmediatamente después de su irrupción masiva, todo parece desajustado, cuando el fantasma de los formatos pasados descalifica y exige lo que éste no está interesado en proveer. Benjamin, como el divino Luchino Visconti, sabía que la decadencia es elegante cuando se formatea en aristocracia.
La desconfianza y torpeza frente a la tecnología pasa socialmente para muchos como signo de aristocracia cultural.
¿No deberíamos plantearnos por enésima vez qué es lo experimental? ¿Qué papel juega? En realidad la pregunta que más me ronda es otra ¿de qué modo envejece lo experimental?
¿No hay algo conmovedor en un vanguardista entrado en años?
¿Y si complejizáramos una vez más las relaciones no siempre fáciles entre experimentación y vanguardia?
Más aún cuando convenimos en reconocer a las vanguardias (y lo vanguardístico) como un capítulo ¿momentánea, definitivamente? clausurado.
Vivimos de historias y de mitos (por suerte). ¿No seguimos denominando experimental al desacople que se produce entre nuestro modo de percibir (lo que esperamos recibir) y esa zona de prueba que explora las posibilidades postergadas o negadas de de un medio? Nos cuesta aceptar que tantas veces denominamos natural a lo que decodificamos tan velozmente que casi no nos damos cuenta.
Por ejemplo, estos géneros que no tienen todavía nombre, o al menos no un nombre definitivo, posibles gracias al inconmensurable archivo que la web pone a nuestro alcance (chistes idiotas y tan divertidos realizados con imágenes obtenidas de la misma red) son tan viejos y novedosos al mismo tiempo que nadie se atreve a reclamarlos como una estética.
Fernando Castro Florez. “El devenir histórico había limitado las tendencias desmaterializadoras, aunque como consecuencia se anatematizara la pintura y concediera a la contextualización (eso que imprecisamente se denomina "instalación") carta de naturaleza. Pero el desplazamiento hacia el sociologismo, la "retórica política" o los escándalos pactados han hecho que la mercadotecnia
(sea en clave paródica, con vocación desmanteladora o meramente integrada) se neutralice a sí misma. De nuevo se plantea la pregunta por el hic et nunc de la obra de arte, qué tipo de presencia puede tener en la era de la digitalización de la mirada.”
Del mismo modo que el rock inventó alguna vez la No-Wave, más que la Post-Web pregonada por Jaron Zepel Lanier, deberíamos indagarnos sobre la No-Web, la contracara de las estéticas que la web promueve.
Hace ya mucho que me pregunto qué es lo que puede llegar a presentar como distinto o específico el arte realizado especialmente para los metaversos. Ya: las redes sociales imponen su estética, su pobre idea de lo que pueden ser los formatos de las ficciones que desde nuestro presente susurran los futuros inmediatos.
¿Relatos?
Tan elemental y definitivo como que cada uno de nosotros tiene una historia, y nos sabemos protagonistas de un relato constituido y cruzado por cientos y miles de otros relatos, cuando todo relato es una acumulación de sensaciones, dudas, certezas y programáticos olvidos.
Me gusta pensar a cientos de miles de miles de blogs y twitters y videos en Youtube o Vimeo como los disparadores de una monstruosa dinámica que produce la conexión no siempre azarosa entre tantas memorias en tiempo virtual. Si la web es disponibilidad e interconexión, lo cierto es que en ninguna otra época tantas historias estuvieron tan interconectadas e interinfluidas. Jamás antes un libro, una canción, una película, un dibujo, una fotografía se interrelacionaron de tal forma, en tan demoledor ritmo. Y a pesar de que infatigablemente seguimos reflexionando sobre en qué clase de lectores, de observadores, de escritores y de productores de imágenes estamos convirtiéndonos, cada vez experimentamos más el vértigo de estar expuestos y atravesados por millones de historias a una demoledora velocidad.
Estamos hechos de la misma materia de esos relatos.
Ya no leemos ni vemos ni oímos ni escribimos del mismo modo, aunque tengamos la impresión de que todo sigue más o menos como siempre.
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rafael cippolini
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jueves, 25 de febrero de 2010
Orgía total
Apuntes de software ritual y primitivismo web: más remixes de imaginación arcaica
“¡Bakunin derrotado por el fin de semana! Aún mejor: Bakunin-Ray Ban-Coca Cola. Todo es lo mismo. Por otra parte, en los recogedores de basura, en los basureros, donde todo acaba, también los muertos asesinados, ¿acaso no vuelve a ser todo lo mismo? Entropía de las entropías, el desorden general asimila y empareja todo ¡He ahí el verdadero igualitarismo! (Enrico Baj).
Ritos, ritos, ritos y más ritos en la era web.
La cultura de la red no hace más que reactualizar y deformar las siempre renovadas (y tan arcaicas) potencias del reencantamiento del mundo (Maffesoli dixit). La batalla de antiquísimos imaginarios en el paisaje de una infinita telaraña de información.
Nada más tribal que la sociedad de la información.
¿Cuál es el límite entre la tecnosis y la techgnosis?
Si los neoluditas tienen un rol en nuestra cultura, este será el de revisibilizar a las máquinas (sus novísimos daimones). O, con mayor precisión, denunciar las políticas de anexión de nuestras más triviales conductas a los protocolos maquínicos, en esa erótica que comparten con los geeks –su contracara absoluta-. Sí, sí: un neoludita es un geek al revés. Y viceversa. Una vez más, nos referimos a las guerras de la ergonomía.
Tal cual: deberíamos recaratular nuestras épocas de acuerdo a las ergonomías triunfantes. Aunque no es su fin, lo cierto es que las ergonomías invisibilizan a la máquina y sus efectos. La ergonomía rige las ecologías de la virtualidad.
Nada compromete más al cuerpo que la expansión de la virtualidad digital.
Comodidad e incomodidad de las máquinas. En esta línea se multiplican todos los eslogans de esta guerra.
Tecnosis: resistencia del cuerpo. (La virtualidad refuncionaliza al cuerpo).
Techgnosis: si los gnósticos creían que de todo laberinto se salía por arriba, los techgnósticos saben que no existe más que laberintos de información.
Política junk: Bakunin-Ray Ban-Coca Cola.
Entropía de las entropías.
Pero ¿acaso la web no comienza en tu cerebro?
¿En tus terminales nerviosas?
¿Acaso no la experimentás antes y después de la web?
La polución anida en tus sentidos.
¿Anarquía perceptiva?
¿O nueva redistribución de los estímulos e imaginarios?
“Gregory Bateson, partidario de una ecología de la mente, dice que toda la contaminación nace de la mente antes que de la chimenea de una fábrica.
Y es justo, yo voy incluso un poco más allá y digo que la contaminación nace de la imaginación. Y es la imaginación que hace a uno pensar en construir una fábrica, después entra la mente racional que la hace proyectar la fábrica, pero el primer momento, el primer input viene de la imaginación que provoca ideas e impulsos.” (Enrico Baj).
Los paisajes actuales irritan.
Ningún antídoto más efectivo que el elegante reclamo de los modos que se esfuman (loas a Sebald). ¿Realmente el pasado es más elegante, más sabio?
La guerra no se debate en los dominios de la tecnología, sino en los imaginarios que la resignifican.
¿Qué imaginarios transitan a Jennifer K. Dick?
“Jacques Sivan, Susan Howe, Anne-Marie Albiach, Mathias Goeritz, Ricardo Goncalves, Philadelpho Menezes, Maurice Roche, Clemente Padin, Franklin Capistrano et -bien sûr-Mallarmé!”
Sí, Mallarmé.
(“Un Dante de la Edad Industrial”, como afirmó Haroldo de Campos).
Un golpe de dados jamás abolirá el bazar. (Eric Raymond).
Una vez más, no se trata de una “nueva imaginación”.
Nadie más actual que Giambattista Vico.
El futuro sigue siendo Raymond Roussel.
Maffesoli, otra vez: “No es exactamente el retorno de las tribus tradicionales. Es la vuelta de la tribu, más Internet. Y esa sinergia entre lo arcaico y el desarrollo tecnológico es la gran marca de la posmodernidad y el lugar donde las tribus se expresan.
Llegué a esto analizando cómo las tribus musicales del sur de Francia se ponían en contacto con tribus que hacían la misma música en Budapest o Bratislava. Compartían el mismo gusto musical y gracias a Internet se contactaban. Nuestra marca de época es la tribu, lo arcaico, más el desarrollo de Internet.”
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rafael cippolini
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jueves, 25 de junio de 2009
Deseos condicionados
¿Estética de la tecnología?
Ni más ni menos que otro conocimiento urgente.
Y no me refiero al diseño, que determina conductas -pero siempre en su rol instrumental, de segundo grado (un “deseo planificado”)- y reafirma sin pausa la supremacía de la visión.
Ni mucho menos a cualquier consecuencia de la “atracción de utilidad” (la prepotencia de una industria inoculando hábitos), que tan efectivamente suele disparar consignas y mandatos como estimulantes para la ansiedad (de ninguna otra manera se instalan los mercados).
(Cabrera: "(...) Cuando se acusa a las tecnologías de efectos negativos, el control excesivo o la invasión a la vida privada, se dice que ellas son neutras, ni buenas ni malas en si mismas, y que dependen del uso que se les dé. Es decir, frente a la crítica las nuevas tecnologías son instrumentos neutros pero, en su promoción, su potencial es el que cambiará la empresa, el comercio, la vida profesional, la política, la educación, el tiempo libre, la creatividad, el cuerpo, la salud, etc. Lo bueno-el artefacto tecnológico- viene, sus efectos malos los comete el usuario"). 
Analizo, más exactamente, el tráfico y comportamiento de imaginarios que definen y configuran nuestros hábitos tecnológicos. Tal como hoy la consumimos, toda propuesta tecnológica de uso doméstico-cotidiano se produce en la intersección de varios imaginarios, cada uno batallando con su tradición, sus poéticas y políticas.
Nuestros afectos, adicciones y fobias tecnológicas se determinan invariablemente en el formateado de nuestras percepciones, que no son sino configuraciones estéticas y circulación de imaginarios.
Muchos lectores se sorprendieron, hace apenas unos días, cuando leyeron a Ray Bradbury quejándose contra Internet. No se trata sólo del cierre de bibliotecas sino de una coalición de imaginarios.
Cada vez más, cada imaginario tecnológico se determina en un hardware.
El hardware del Gran Ray sigue siendo un universo de libros (dos décadas más joven que Borges, también sueña el Paraíso en la forma de una biblioteca).
Un ejemplo innecesario: si nosotros entendemos -sin necesidad de sumergirnos demasiado en cuestiones de código fuente- esto que llamamos cyberespacio, no es sino porque alguien llamado William Gibson lo determinó antes.
Insisto: no es que la ficción sea visionaria. Simplemente que las tecnologías a nuestro alcance le deben tanto a esas ficciones modeladoras (a esas matrices imaginarias) como a los laboratorios de prueba. Un imaginario instala un horizonte de sentido –tecnológico en este caso- antes de que empresas e industrias desarrollen sus prototipos/productos.
Veamos una película como Sleep Dealer, de Alex Rivera.
En todos los casos, denominamos ciencia ficción a ese género narrativo cuya principal característica es la reformulación de un contexto (ya se desarrolle en otro tiempo –el futuro, el pasado, una dimensión paralela-, o bien en otro espacio –otras galaxias, planetas o mundos). La película en cuestión es una distopía de hipercontrol cuyo protagonista es un mexicano, Memo Cruz, que descubre que su pueblo, Santa Ana del Río, vive un estado de sojuzgamiento tecnológico.
La visión horroriza porque la tecnología se expande, míticamente, como una de las estrategias de Narciso: jamás forma parte del contexto, sino que por el contrario siempre conforma al sujeto (ya sabemos, es nuestra continuidad –San McLuhan dixit-).
Los imaginarios actualizan nuestros presentes y las tecnologías van tras ellos.
A veces, de modo turístico (confieso que me encantaría estar en Japón observando de cerca el espectáculo de éstos Gundam). Otras, en la pura emoción de una historia de manga como la de Minamo, de Real Drive (de Masamune Shirow). 
Lo cierto es que no puedo dejar de pensar, aunque suene abusivo ¿bajo qué forma y en qué momento desembarcarán las tecnologías que estas ficciones vienen instalando?
Insisto con las distopías como standars: siempre temimos a la autonomía de las máquinas, a su autosuficiencia de los sistemas. ¿Y acaso no vivimos hace rato en la era de los supercerebros artificiales?
El tuneo (una reinterpretación abusiva) sigue a nuestro alcance, claro. Pienso en Iggy Pop en París, reversionando la Posibilidad de una isla, de Houellebecq con un soundtrack incidental más cercano a una perversión steampunk (Préliminaires, un experimento emocionante).
Aunque, inquiriéndolo de otro modo, esta reformulación formal no hace más que ampliar el campo de desembarco de propuestas tecnológicas aún más sofisticadas.
Ya dije: otro conocimiento urgente.
El antídoto siempre será responder con ficciones mas voraces.
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rafael cippolini
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lunes, 16 de marzo de 2009
Más guerras de Wikipedia
Me parece absolutamente ridícula la aversión a Wikipedia con respecto a los contenidos. ¿Existe alguien que tan ingenuamente pueda creer que un diccionario (cualquier diccionario) no sea político? ¿Qué sea inocente, “neutro”? ¿Qué detrás de cada definición no existe una visión del mundo que se intenta proteger e incluso más: imponer?
En tanto empresa cultural, producir diccionarios (también enciclopedias) es un acto político: discursos que intentan sobrepasar otros discursos. No es posible definición alguna (ni entrada) que no discuta, que no embista contra otras definiciones posibles.
En este sentido, no confío en ningún diccionario. Debo aclarar esto: amo a los diccionarios. A medio metro de mi escritorio de trabajo siempre me esperan los divinos tomos de mi adorado María Moliner. Es más, uno de mis grandes deseos sería tener en casa una versión completa (con todas sus actualizaciones) de esa obra magistral que es el Diccionario Enciclopédico de Espasa-Calpe. 
Hasta hemos diseñado absurdas y apasionadas estrategias con viejos cómplices (Héctor Libertella, Jorge Di Paola, Alfredo Prior y ná Khar Elliff-cé) para cumplir nuestro sueño.
Desde los seis años devoro diccionarios y enciclopedias con el mismo entusiasmo con que me abalanzo en las narraciones de ficción. Una voz que me cuenta, que me arrulla. Nada nuevo, muchos lo hacen: Borges también lo hacía. Versiones con las que tantas veces no coincido. Como tampoco me veo obligado a estar de acuerdo con el punto de vista de un novelista. Un diccionario o una enciclopedia, tal como me gusta leerlos, no son nada distinto de alta literatura.
Wikipedia jamás reemplazará a los mejores diccionarios o enciclopedias en papel. Es otra cosa, más allá de lo que digan sus creadores.
Jamás se me pasó por la cabeza leer un diccionario emulando a un monje medieval hurgando en la Biblia. Nada de dogmas: una definición (cualquiera) es un paseo. 
Son ideas, estímulos que puedo tomar, que me sirven para tratar de entender. Por eso me resulta tan necio creer que, en una plataforma abierta en la que cualquiera puede subir información (es más, podés hacerlo en este mismo instante y es muy sencillo) cualquier cosa que se suba sea por definición mala.
Admitámoslo: quienes desconfían de Wikipedia coinciden en argumentos similares a los de José Pablo Feimann cuando declaraba que “cualquier pelotudo tiene un blog”. Ya sabemos: cualquier necio puede comprar un cuaderno y llenarlo de imbecilidades. ¿Y eso denigraría al cuaderno como soporte? No deja de subsistir cierto aspecto curioso en este “populismo culto”.
Wikipedia es un ensayo de diccionario. Plural, lo cual deja como saldo que sus contenidos pueden ser muy desparejos, según la pericia de quien los produzca. 
Lo mismo que sucede con las películas, las novelas, los formatos musicales. Atacar a Wikipedia por sus contenidos es tan obtuso como denigrar a la ópera como formato porque existen óperas insoportables.
Podemos discutir (y de hecho es bueno hacerlo) los criterios de “mantenimiento” de estos contenidos. Sebastián Wain me comentaba, hace unos meses, que en la Wikipedia en inglés no es raro que se den de baja entradas porque a ciertos “moderadores” les parezcan poco relevantes. No recuerdo ahora el ejemplo, pero sería como si hubieran dado de baja un artículo sobre Oliverio Girondo (en inglés) porque “no resulta imprescindible internacionalmente”.
Pero insisto ¿atacar los contenidos? 
Durante el Virreinato, en las colonias españolas en América estaba prohibida la ficción. Es un ejemplo, porque la medida no incluía sólo a las colonias. Como sea, un ciudadano de aquellos años no podía leer el Quijote sin temor a ser amonestado. Un ensayo como Tumba de la ficción, de Christian Salmon multiplica modelos de lo que comento.
Es atendible la crítica de Umberto Eco, aunque ¿los millones de usuarios de esta Wiki no operan como el más efectivo control de contenidos?
No es mi intención defender a Wikipedia, sino más bien observar más de cerca por qué se la ataca. Con qué criterios. No es nada raro encontrarse en un blog alguien que dice “detesto Wikipedia” o bien peyorativamente “lo tuyo es una sabiduría de Wikipedia”, como si de antemano los contenidos fueran por definición de bajo valor. Yendo a un ejemplo distinto, en los ochentas conocí lectores que hablaban de “la vulgaridad de Anagrama”.
Entre ellos, algún luego ganador del famoso premio de novela.
Muchas entradas de Wikipedia me disparan infinidad de ideas. Me proporcionan pistas. Me sugieren rastros nada desdeñables.
Veamos esto. Tipeo “ensayo” y leo:
“El ensayo consiste en la defensa de un punto de vista personal y subjetivo sobre un tema (humanístico, filosófico, político, social, cultural, deportivo, etcétera) sin que sea necesario usar un aparato documental, de manera libre y asistemática y con voluntad de estilo. Se trata de un «mega acto de habla perlocutivo».”
«Mega acto de habla perlocutivo». Vaya síntesis.
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rafael cippolini
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miércoles, 11 de febrero de 2009
Escritores con software inmerso en su sistema nervioso (aunque a veces no se den del todo cuenta)
No escribimos de la misma forma.
Una habitación ya no nos aísla del mundo, sino que es una de las tantísimas terminales del mundo. Así escribamos en cuadernos, en el campo.
Todas las narrativas han recibido el impacto de lo digital: el tema es de qué manera percibimos y metabolizamos esta inmersión.
Los escritores nacidos en los sesentas y buena parte de los setentas, y en mayor cantidad los que vinieron al mundo antes de estas décadas, esto es, aquellos que no son nativos digitales (aunque este término me resulta cada vez más molesto) tienden a desconfiar de los efectos de la cultura web. Básicamente porque la tradición literaria (aunque sea de vanguardia) posee una relación muy diferente con la virtualidad.
Aquí se desarrolla una pequeña (o no tan pequeña) guerra que aún no tiene un nombre fijo: un enfrentamiento por los modos hegemónicos de la ficción.
No se trata (sólo) de hacer literatura digital (sea lo que sea esto) sino de hurgar qué le viene haciendo el software a nuestras formas tradicionales de escribir. (No ya escribir para un programa sino escribir en un entorno de redes. 
No tanto un cyberescritor sino un escritor en un cyber). Cada vez son más escritores los que tienen blog, los que tienen su web. En Argentina Fogwill fue pionero en el uso estratégico (literariamente) de la red. Mucho antes que la mayoría de los artistas visuales.
Bueno, sin ir más lejos la tan festejada en estos días Novela Luminosa de Mario Levrero entre otras tantas cosas podría definirse como un ejercicio de escritura atravesado por internet.
Y al revés: dime cómo escribes para la web y te diré qué esperas de ella.
De los treintañeros, Terranova, Incardona, Coelho, Mariasch (por citar sólo unos pocos) utilizan la web con absoluta naturalidad. Diferente es el caso de Pola Oloixarac o Cecilia Pavón, que analizan el medio y potencian sus posibilidades. 
Con gracia y estilo inconfundibles, LDF investiga en qué le sucede a la filosofía en tiempos virtualidad digital.
Ni que hablar de la historieta: ¿no ha sido decisiva en la visibilidad de una nueva generación? De Historietas Reales a Chicks On Comics, ¿cuántos artistas del comic no tienen blogs o páginas web?
Claro que existe la desconfianza al cyberespacio como territorio no físico dominado por hardware y software que no hacen más que multiplicar el poder industrial del capitalismo en su fase actual, pero esto afecta mucho más que a la literatura y a la escritura. El software es parte de nuestras vidas, tanto como la electrónica en general y la electricidad. ¿Se imaginan a la literatura desconfiando de la electricidad porque ésta forma parte del capitalismo moderno? 
Nuestra velocidad es otra.
¿Qué hacemos sino googlear cuando necesitamos más data sobre un autor o un libro? Nuestras formas de escribir ya incorporaron el software.
Aunque en un futuro próximo no sea Google la empresa que sostenga al buscador más popular o más efectivo, más de una generación habrá metabolizado sus efectos. Lo mismo sucede con otros programas.
Si insisto sobre esto es porque me interesa observar de muy cerca cómo se produce la naturalización.
Cómo el uso de un software, de tan cotidiano, pasa desapercibido.
Más aún en tiempos en que la escritura se disemina en muchos soportes. La web seguirá diseminándolos. Son lecturas que se complementan unas en otras.
Seguimos creyendo que la literatura se sostiene básicamente en libros y seguramente es cierto. Pero no menos cierto que cada vez se alimenta más de otros hábitos que son ajenos al libro. 
La máquina de escribir está en las novelas, cuentos y poemas de una parte del siglo XIX y de la mayor parte del siglo XX. Están en las frases, en el tiempo de su escritura, son sus borradores y su física.
Los escritores más jóvenes y los que están dando sus primeros pasos ven a estas máquinas como piezas de museo.
Harlan Claveland dijo más de una vez que “la información se expande con el uso”. Este uso está mediado por el soporte que utilicemos.
La escritura goza de un lugar de privilegio cuando nos referimos a intercambio de información.
Escritura que logra su cenit en la práctica literaria.
En la Era de la Información la importancia de la literatura y sus soportes sigue siendo tan central como siempre.
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rafael cippolini
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domingo, 9 de noviembre de 2008
¿Salimos muy monos?
Animal de software (v.2.)
Para los apocalípticos cool, Wikipedia es la perfecta ilustración del teorema de los infinitos monos. 
Hace muy poco, en Buenos Aires, Jimbo Wales, el creador del proyecto enciclopédico más consultado en la red, volvió a insistir con su visión de perspectiva para la web: “la tendencia dominante en Internet son los contenidos creados por los usuarios”.
Sí, sí, muy bien, pero ¿qué usuarios? Y por sobre todo ¿de qué modo? ¿con qué protocolos? ¿bajo qué formas? El matemático francés Émile Borel tenía más o menos mi edad cuando publicó Mécanique Statistique et Irréversibilité, en 1913. Si hoy ese libro resulta una y otra vez citado, es porque ahí Borel escribió “que si un millón de monos mecanografiaban diez horas al día sería extremadamente improbable que pudiesen producir algo que fuese igual a lo contenido en los libros de las bibliotecas más ricas del mundo y aún así, en comparación, sería aún más inverosímil que las leyes de estadística fuesen violadas”.
Tras algunas variaciones posteriores, este enunciado, que pasaría a la posteridad como El teorema de los infinitos monos, desajustaría un poco más su sentido hasta afirmar “que un mono pulsando teclas al azar sobre un teclado casi seguramente podrá escribir finalmente cualquier libro que se halle en la Biblioteca Nacional Francesa. En una nueva exposición del mismo teorema, más popular entre los angloparlantes, los monos podrían escribir las obras de William Shakespeare.” Como habrán notado, en ambas citas no hice otra cosa que tomar en préstamo contenidos de Wikipedia.
Veamos esto. No mucho antes de la visita de Jimbo Wales, mientras preparábamos un ensayo que todavía no terminé para el nuevo número de la revista Tokonoma, Anla Courtis me narraba con minucia sus impresiones sobre la escena japanoise, después de haber compartido escenario en la isla con grupos y solistas como Kawabata Makoto, Matsunaga, Rokugenkin, Yoshimi o el dúo Incapacitants. 
Sobre éstos últimos, subrayaba que todo nacía de su gestualidad, de sus movimientos espásticos. Una práctica cuya esencia son los movimientos corporales. Para el accionismo japanoise el sonido es siempre consecuencia de la gestualidad física, entendida como una fuerza propia, autosuficiente.
Para muchos esto está bastante lejos de ser simple de entender. Luego de que Jackson Pollock se convirtiera en un clásico moderno, no faltaron los apocalípticos cool que dieran pinceles y óleos a chimpancés con el supuesto fin de demostrar que un simio podía hacerlo incluso mejor.
El mismo Marshall McLuhan escribió alguna vez que las poéticas del siglo XX no hubieran sido las mismas sin el arrullo industrial del tipeo de las máquinas de escribir. Casi al mismo tiempo Truman Capote, molesto por la supuesta velocidad de escritura de Jack Kerouac, se quejaba de que éste no fuera un escritor, sino un mero tipeador.
Pues bien: démosle aún más razón a Darwin. Un mono es otra versión de nosotros mismos. No importan tanto las estadísticas de la Web 2.0 sobre la cantidad de blogs que se abren diariamente, sino las tribus que se siguen diseminando a un ritmo vertiginoso. El mundo se está llenado de monos. Parecería que no sólo tenía razón Pierre Boulle (autor de la novela en la que se inspiró la película El planeta de los simios), sino también Will Self cuando hace once años publicó Great Apes.
Los apocalípticos cool no dejan de recibir disgustos. Incluso aquellos tecnófilos que en su momento se jactaron (y aún siguen ufanándose) de haber utilizado antes que nadie la “plataforma blog” (ahora ¿eso es gesto o contenido?) hace rato comenzaron a denostarla. El nuevo aluvión zoológico comenzaba a invadirlo todo. Para ellos, si llegan los monos, concluyó la vanguardia. Por supuesto: la tecnofilia está repleta de apocalípticos cool. 
Ahora bien, atención. El mono no es la masa. No. Sino aquel que tiene otro código. El portador de otro tipo de barbarie, más animal. (A propósito: si viven o están en Buenos Aires no se pierdan la muestra de Verónica Gómez en Appetite. “Aunque me lavase con agua de nieve me hundirías en el lodo.”)
Ahora bien (de nuevo) ¿de qué clase de monos se trata? ¿Deberíamos inaugurar nuevas pautas zoológicas para clasificar sus acciones? Monos anfibios quizá, una especie curiosa que ecualiza de manera inédita gestualidad, virtualidad y linkeos sorpresivos (¿una confirmación estadística sorprendente?). También monos zen, monos ergonómicos que evolucionaron y tanto desde sus primeros viajes espaciales. Monos arduinos en los que los apocalípticos cool sólo verán atávicos simios que observan perplejos lo que no comprenden, como aquellos de la obertura de 2001 Odisea del Espacio. Insisto ¿son los mismos monos? 
Weles: "¿Porque ser abierto? Permitanme responderles con una analogía. Si alguien les pide que diseñen un restaurant no piensa que todos los clientes deben estar en una jaula porque en un restaurante hay cuchillos para cortar carne pero se pueden usar para acuchillar gente. Este pensamiento genera una idea de mala sociedad. y esto es EXACTAMENTE el pensamiento racional contrario al que tenemos en Wikipedia por eso le damos las herramientas a la gente para poder editar o crear en Wikipedia."
Y por esto debe ser todo abierto, pero si alguien genera problemas lo abordamos por separado y esa es nuestra “idea filosófica”.
WANG TA-HAI (1791): "Este animal abunda en las regiones del norte y tiene cuatro o cinco pulgadas de largo: está dotado de un instinto curioso; los ojos son como cornalinas, y el pelo es negro azabache, sedoso y flexible, suave como una almohada.
Es muy aficionado a la tinta china, y cuando las personas escriben, se sienta con una mano sobre la otra y las piernas cruzadas esperando que hayan concluido y se bebe el sobrante de la tinta. Después vuelve a sentarse en cuclillas, y se queda tranquilo."
Addenda. ¿Qué fue lo que sucedió con ésto? "El "Infinite Monkey Project" ("Proyecto Mono Infinito") propone una técnica similar a la de "Cadáver exquisito", un juego grupal muy utilizado en los talleres literarios, en el que cada persona aporta palabras que son sucesivamente ensambladas para formar una composición. (...) Todas las canciones creadas serán recopiladas en un CD, y aquellas personas cuyas palabras aparezcan en las letras de los temas compuestos, recibirán una copia gratis del álbum y cobrarán dinero por los derechos de autor. (...) En Europa, una iniciativa llamada "Infinite Monkey Project" busca crear canciones a partir de mensajes de texto. La idea pertenece a la empresa de software para teléfonos móviles Tegic, quienes desde su página web, invitan a los usuarios de celulares a mandar palabras que, luego de una selección, conformarán el tema musical. El proyecto ya funciona en Gran Bretaña, Alemania, Francia, Italia y España."
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rafael cippolini
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miércoles, 5 de noviembre de 2008
Cara de protector de pantalla
“Mis amistades se parecen cada día más al Facebook” escuché decir a alguien días atrás. También “Tengo una vida muy Twitter”.
A ver ¿la tecnología es nuestra continuidad o al revés? 
Muy bien. Esta parece ser la contienda. Ahí están ambas tradiciones: la glorificación de la máquina de Marinetti que alcanza su cenit con el voluntarismo fatalista de Warhol (“necesito actuar como una máquina”), pero también su revés tecno-humanista, el efecto “Pinocchio-Astroboy”: la tan demarcada aspiración de las máquinas en su devenir humano. (Sumemos a Inteligencia Artificial, de Aldiss-Kubrick-Spielberg).
Es uno de los terrores más intensos y también antiguos de la modernidad que se reformula en lo contemporáneo.
Recuerden Maximun Overdrive (La rebelión de las máquinas (1986), aquella película escrita y dirigida por Stephen King que lo nominó al premio Razzie como peor director): 
¿no es el “paso más allá”, el capítulo siguiente de la venganza de las manufacturas que Baudrillard había comenzado a delinear en “El sistema de los objetos”, de 1969?
También es Crash (Ballard, incluso su prolongación en Cronenberg): si la opción romántica (la más antigua, decimonónica) concluía en el I robot de Asimov (la fascinación tan animal de las máquinas con el poderío humano), la dirección se fue invirtiendo progresivamente en el último medio siglo: el tan continuamente remixado y fetichístico embelezo erótico de los humanos con la tecnología. “No hay nada más sensual que mi iPod”, decía días atrás una quinceañera; “Mi Fotolog y yo somos uno” insisten muchos emos.
Esta líbido es por cierto atávica, pero ¿también lo son las narraciones sobre el orgullo de las cosas por ser cosas? ¿A qué se debe esta proliferación? 
En la “negociación” a la que se refería Mercedes Bunz ¿quién pone las reglas? ¿Cómo se pactan los términos? La tecnología es nuestra continuación, es nuestro “suplemento”: nos continuamos en las máquinas. El cyborg no es más que un eslabón en esta economía, lo mismo que relatos tecnogore como The Machine Girl. Pero ¿qué hacer cuando el síntoma de Marx se ve rebasado y la cosificación se vuelve indiferenciada? O más allá aún: lo humano comienza a desprestigiarse como señal de un error muy antiguo.
Pero ya no siguiendo la provocativa fórmula de Dino Buzzati “el hombre es una malformación de la naturaleza”, sino su paráfrasis moderna “el hombre es una malformación de la tecnología”.
Es una perturbación que prosigue aquella tesis de Baudrillard, pero también la ingobernable y nostálgica paranoia que atraviesa “Diseño y Delito” de Hal Foster: para este perfecto ejemplar de los apocalípticos cool, a los que me referiré en el próximo posteo, tecnología básicamente es sinónimo de mercado.
Lo mismo que el pop y el diseño: cultura de mercado. Conformismo cultural. Y ya sabemos: no existe mayor teatro de perversiones que el mercado capitalista. Tampoco nada nuevo: tecnocracias, márketing y diseño como diferentes maquillajes de lo mismo.
El temor que escenifica la aburrida película de Stephen King es otro: ¿qué sucede cuando a las máquinas el mercado no les interesa nada, cuando pasan del márketing y provocan una total anarquía sin caer jamás en la tentación de humanizarse?
Lo que posiblemente hayan señalado contundentemente tanto “El sistema de los objetos” como “La rebelión de las máquinas” (qué título tan orteguiano) es el comienzo del fin o la declinación impostergable de una tecnología humanista, o mejor, de un humanismo tecnológico. 
En este sentido las dos partes de El Segundo Renacimiento (The Second Renaissance) de Animatrix no son más que algunos de los últimos eslabones de este clasicismo de la modernidad.
Hoy Pinocchio o Astroboy no desearían ser niños: se reivindicarían como transformers, esto es, reclamarían su posibilidad de ser objetos.
Los transformers fueron creados por la multinacional Hasbro (en 1984) como juguetes reversibles: no sólo automóviles o aviones que podían rearticularse como humanoides mecanizados, sino también al revés, como robots de forma humana que a voluntad se reconvertían en camiones o helicópteros. 
Si a caballo entre los siglos XV y XVI la tecnología de Leonardo imitaba a la naturaleza (alas de pájaro para modernos ícaros), si todavía en el siglo XVII Charles Le Brun repensaba la fisonomía y el carácter como condiciones animales, hace tiempo que muchas de aquellas referencias naturalistas se fueron deslizando hacia imaginarios tecnológicos.
¿No es un poco simplista pretender que estos imaginarios son simplemente una razón de mercado? ¿U otra descortesía del diseño? ¿Por qué en un estado que creemos evolucionado de nuestra civilización se multiplican los relatos de un animismo tecnológico? ¿Otra corriente ficcional del neopaganismo o por el contrario distintos síntomas de otra ascendente especie de narcisismo trash?
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rafael cippolini
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sábado, 1 de noviembre de 2008
Reality Cracking
¿La innovación es la contracara del cansancio o del aburrimiento?
¿Quién se harta antes de los diseños? ¿Nosotros o las empresas? ¿Cómo se conjugan necesidad, efectividad y novedad? 
El problema no es que los algoritmos lean, sino que nosotros leamos como algoritmos. Otra vez volvemos a la tramposa pregunta ¿nuestras fallas son las mismas que las de las máquinas?
Anteayer, en las Jornadas Anfibias en Villa Ocampo, repasamos Matriculated, el corto de Peter Chung, última parte de Animatrix. Hay una escena que particularmente me gusta mucho. El ingeniero de la base humana apresta los programas para inyectarle un nuevo principio de realidad al robot cautivo. Dialogan con la protagonista. Hablan de las máquinas. Ella: “La decisión correcta es la que queremos que tomen”. Él: “Exacto. Las máquinas son herramientas. Se hicieron para utilizarlas. Está en su naturaleza.” Ella: “¿Ser esclavas?”. Él: “Por eso les mostramos un mundo mejor. Por eso se convierten”.
Ella: “Pero el mundo que les mostramos no es real”. Él: “Eso no importa”. Ella: “Me temo que se darán cuenta que creamos eso en nuestra cabeza”. Él: “No notan la diferencia. Para una mente artificial toda realidad es virtual. ¿Cómo van a saber que el mundo real no es otra simulación?”
Estamos conectados por medio de software. Un programa interactuando en un entorno anfibio. Es más: es el programa quien desarrolla el contexto dual.
Describiendo el cybersexo, Mark Dery concluye: “En el cyberespacio [los amantes] se convierten en criaturas lisas y plateadas cuyas caras se funden y se separan en una unión mística que disuelve los límites del cuerpo.
(…) Irónicamente, esta sexualidad trascendental, sin intermediarios, en la que los cuerpos se unen y las almas se mezclan, tiene lugar en un entorno completamente mediatizado: un programa al que se accede por interfases que ciegan los sentidos e impiden el movimiento.
Vistos desde afuera de su hiperrealidad informática, los amantes parecen idiotas, solipsistas. Cada uno se besa a sí mismo, mueve la lengua en el vacío y abraza la nada. Las palabras de Lebel sobre la Novia Desnuda del Gran Vidrio de Marcel Duchamp –“onanismo para dos”- se aplican también al cybersexo”.
Existen dos formas de entender lo virtual: o bien como residuo, o bien como parásito de lo real, en ambos casos como su continuación anómala. 
Pero siempre en tanto un aspecto de lo real. No existe lo virtual por fuera de lo real. Lo opuesto a lo virtual nunca fue lo real. Sino lo físico.
Y no es que en lo virtual la materia se comporte de otra forma, sino más bien que nuestros sentidos encuentran un límite.
Para nuestra cultura “clásica”, la virtualidad fue siempre una “mala idea de la visión”. Anomalía por parásito o residuo. En el primero de los casos, lo virtual estuvo siempre. En el segundo, es una consecuencia de nuestras acciones.
La virtualidad fue considerada por siglos como realidad errónea.
En un sentido tradicional, la virtualidad era lo falso. Lo que no tenía materia.
Hoy comenzamos a entender a lo virtual como la conciencia de la limitación de nuestros sentidos. 
La tecnología hizo que esa “mala idea de la visión” sea económica y políticamente redituable.
Vivimos en una época de contaminación virtual. Si los ecologistas unplugged saben que es imposible revertir los efectos nocivos de ciertos procesos de industrialización y lo mejor es operar desde “adentro” ¿No parecen tener razón quienes conspiran desde el interior de los nuevos medios?
Tanto Animatrix como I Robot, de Isaac Asimov se plantean una evolución en la cual las máquinas defienden sus derechos. Por ejemplo, su derechos a leer como máquinas. A innovar. ¿Falta mucho para que las máquinas se aburran, se cansen?
Un robot es un formato tecnológico. Pero también es (ya es) además de una estética y una épica, además un estandarizado formato de lectura. 
Sin ir más lejos, pienso en el Google Reader: leer en este caso se limita a depositar un instructivo en una máquina. A generar un criterio de búsqueda. Las lecturas anfibias poseen invariablemente los dos contextos, al modo de yin y yang.
Nomadismo poco menos que inmovilizado.
Temo se preguntaba en uno de los comentarios del posteo anterior: “¿Nómade? Cuanto más navego en internet, más atornillado estoy a la silla frente a mi laptop. Una computadora móvil pero que no saco de mi pieza.”
Realidad craqueada: el término proviene de la química. Craqueo es “la descomposición de una molécula compleja en otras más pequeñas.” 
La dirección de sentido (to crack: romper, rajar, fracturar) es la misma que utiliza la informática al denominar prácticas como el password cracking, el system cracking o el software cracking. (Gracias, Srta. Pola.)
Como dice Milenio Esquizo: “Hay millones de mundos ocultos dentro de éste”. Siempre mundos anfibios.
"Principio de realidad. El llamado mundo virtual parece no tan virtual, las acciones que se desarrollan en la internet resultan tener su impacto en la realidad, de hecho la realidad vive hoy gracias a la internet (donde se desarrolla la mayoría del intercambio económico, donde se generan nuevas formas de relaciones sociales y donde también se produce una ingente cantidad de cultura)."
Lo sabemos de sobra: muchas veces cuando innovamos achicamos nuestra visión. Es una respuesta clásica. Los gnósticos la enunciaban así: para salir del laberinto no hay que dar un paso para adelante, sino trepar hacia arriba. Pero a veces nos encontramos con laberintos que están techados: lo nuevo puede ser doblemente aburrido. Seas o no una máquina lectora.
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rafael cippolini
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9:48:00 a. m.
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