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jueves, 25 de agosto de 2011

Borges en Web: una metáfora extorsiva

¿Realmente el modo de ficcionar de Borges adelantó los imaginarios que hoy sostienen internet? ¿A qué se reduce la web con esta aseveración? ¿Y en qué se convierte Borges, culturalmente?

No me refiero a su universalidad, que no es nueva. Sí a estos usos justificativos: ¿la web es, del modo que sea, un invento borgeano?

Por lo pronto, la afirmación extraña: porque la noticia con la cual el diario Clarín inicia su edición de hoy no se refiere a la web en sí, sino a un uso de ella: las redes sociales. Twitter y Facebook repletos de Borges. Pero ¿qué quiere decir esto? ¿Qué es lo que agregan las redes sociales a Borges? ¿Qué le suman?
Y al revés ¿qué le puede donar la sombra del autor de Otras inquisiciones al universo digital?

Hace rato que el escritor argentino es una clave para leer al mundo. Un estilo de pensamiento. Su influencia es enorme y se le utiliza para casi cualquier cosa.

Alfonso del Toro, catedrático de Leipzig chileno-alemán y especialista en el escritor no es el único en entender provechosamente este maridaje, este tráfico de influencias. Lo siento, pero considero a esta dupla una metáfora extorsiva, y sin dudas forma parte de un conjunto de aproximaciones por lo menos curiosas.

No es la primera vez que María Kodama hace referencia a la preferencia de su conyugue por Pink Floyd. Que los teóricos del rock sigan indagando en esta elección. Lo único que resulta evidente es que, como sugirió ya hace décadas Olga Orozco, la figura borgeana se pantagrueliza de tal modo que nada le es ajeno. ¿Era el destino borgeano convertirse en el efecto que oportunamente confirió a su Aleph?

Por lo pronto, la web no es ni “un” ni “el” Aleph. Éste es una revelación, un rapto, una visión. Es cierto que uno de los orígenes de la web es la psicodelia, pero ¿en qué medida? ¿Cómo punto de partida o como cierto tipo de meta? Si la web sigue absorbiendo la metástasis de las redes sociales, poco quedará de su génesis lisérgico.

Y es que esta trilogía es la que hace ruido (mal ruido): Borges, fan de Pink Floyd, es viralizado por las redes sociales. Pero ¿esa viralización tiene algo de especial? ¿Es una viralización borgeana?
Podemos discutir qué cosa podría llegar a ser una viralización borgeana, pero de ninguna manera de lo que estamos hablando es de una viralización borgeana, sino de una proliferación a secas.

Es curiosa la coincidencia, es cierto: un Borges tardío interesado en Pink Floyd. Más cuando en la famosa charla con Sábato que Barone registró era el novelista de Santos Lugares quien llevaba la delantera en su relación con el rock y no precisamente Borges. Por otra parte, según parece, el Pink Floyd en cuestión es el de The Wall (que ya nos llega con sus cinco River) y no el de Syd Barrett.

Además, por supuesto, esa analogía no feliz entre psicodelia y Aleph es sólo un artilugio mío para indagar el efecto visionario –la percepción alterada- que incumbe a éste último, y que la web declina más y más a medida que es tomada por las redes sociales.

Voy concluyendo este comentario. Y este blog.
Como no podía ser de otra manera, el Cippodromo (y el Cippodromon) hace tiempo que reclaman una transformación y ésta viene en curso.
Es hora de ensayar otras cosas. El ciclo de este blog viene anunciándose desde hace un año.

Por supuesto, no habrá despedidas.
No son necesarias.
Además, no serían más que otra metáfora extorsiva.

jueves, 28 de octubre de 2010

La abuela de la tecnología que rige al mundo sigue llamándose ficción

La tecnología existe ante todo para ratificar la ficción


¡La caverna de Platón fue el primer gran reality!

Si me fascinan las tecnologías (especialmente las digitales) es porque las observo desde una perspectiva estética. No es que me interese especialmente el diseño en su seducción visual, sino que me entusiasma seguir rastreando el origen de toda tecnología en una obra de ficción previa.

La tecnología existe para ratificar una ficción. Esa es su función más atractiva.

Generamos tecnología para que una narrativa de ficción transforme su protocolo. Ya vimos Skype a fines de los sesentas. Ya existía en 2001 la Odisea del Espacio. La función de la estética (en tanto gnoseología) es reeducar nuestros sentidos. Lo que llamamos tecnología también debe ser analizado estéticamente.

Lo que llamamos ficción (el concepto de ficción) es un invento moderno. Igual que el concepto de tecnología. No existe mayor epistemólogo que Giambattista Vico. La ficción es la que garantiza una tradición.

Y la sensación de perduración y progreso que guían lo que llamamos Humanidad.

Las catástrofes también suceden antes en la ficción: se las llama distopías.

Fue al comienzo mismo de las vanguardias. No sólo los Futuristas, sino también Picabia y Duchamp comenzaron a retratar máquinas como si fueran obras de arte. Al contrario que sus colegas soviéticos, a los citados europeos no les importaba tanto que sus máquinas no funcionasen. Al fin de cuentas eran pura representación. Las máquinas se volvían menos invisibles que nunca. Se transformaban en puro fetiche, puro deseo.

Warhol deseaba actuar como una máquina. Ser observado como una máquina. ¡Edipo Kraftwerk! El tiempo pasa y nos vamos volviendo cada vez más máquinas. Máquinas sobre el escenario.

Máquinas observando a máquinas.

Cuando ingresamos a un Metaverso como Second Life sabemos que seremos observados como un diseño, como una pura representación gráfica: como el producto de una máquina.

Alberto Ginastera pidió a Marta Minujín un diseño de puesta para su Bomarzo (ópera inspirada en la novela de Manucho Mujica Láinez). Minujín le presentó una invasión de televisores (televisores en vez de músicos, televisores en vez de público). ¿Televisores en vez de Ginastera? En los estadios, el público casi no ve a los músicos sino a través de enormes pantallas.

Aprendimos a no tenerle miedo a la mediación porque crecimos con la televisión. Si Debord hubiera tenido la suerte de crecer con la televisión hoy utilizaríamos mejor gran parte de nuestras paranoias.

El arte creció con la televisión y al revés también: la tele tomó bastante del arte. Si hubiera tomado más del naciente arte contemporáneo, la televisión sería ahora una experiencia interesante. Por ninguna otra razón, antes de cerrar definitivamente el Centro de Artes Visuales del Instituto Di Tella Romero Brest intentó convertirlo en un estudio de experimentación televisiva.
Esto sucedía en 1969.
Por la misma época que el hombre pisaba la luna.
Y nosotros lo veíamos por televisión.
Y seguimos dudando si esas imágenes eran realmente lunares.

¿A qué llamamos ficción?
A las narrativas fuera de tiempo.


Al fin de cuentas, hablar de lo que sucede en la televisión supone al menos una tercera parte de los contenidos de la sociabilidad contemporánea.

¿Una pintura no era acaso –desde el renacimiento, al menos- una pantalla? Un cuadro es una pantalla, esto lo supo muy bien Rhod Rothfuss. Las ventanas fueron las primeras pantallas. Bill Gates y Microsoft no se confundieron cuando bautizaron a su bebé.

¿Existiría el Pop sin la tele?
Mejor dicho ¿existiría el pop sin la reformulación de los imaginarios televisivos?

Tom Verlaine nos enseñó que sus iniciales eran la clave de su banda, pioneras del punk si las hay. No es raro que uno de mis grupos predilectos de los últimos años se llame TV on the Radio. Entre unos y otros, Phychic TV, Genesis P. Orridge y el T.O.P.Y.
Nuestra educación sentimental se funda en estos rayos catódicos.

viernes, 18 de junio de 2010

Porno Ficción

¿A qué se debe el éxito –continuado y por demás heterogéneo- de las versiones porno de célebres personajes de ficción? ¿Por qué son tan populares?

En todo tipo de estilos: desde Blancanieves a Los Picapiedras, de Futurama a Tintín, de Las Tortugas Ninjas a Plaza Sésamo y los Pitufos, la lista resulta interminable.

¿Es que el porno funciona en estos casos como un subgénero de la parodia? ¿Al revés? ¿Es sólo eso? ¿Se trata de otra relación empática con una presencia que deseamos cercana?
¿Se desacraliza así a estas legendarias personalidades o por el contrario se las sitúa en otro estadio de admiración?
Como sea, no decae, sino todo lo contrario: This ain’t Star Trek XXX, la versión porno producida por Hustler, está protagonizada nada menos que por Sasha Grey; por su parte, la productora Vivid viene anunciando toda una serie de versiones porno de sagas de superhéroes.

¿El Hentai es más una consecuencia o un acelerador de lo que hablo?

¿Qué clase de motivación guía a un usuario de Second Life que moldea su avatar como Pikachu o Hulk para sumergirlo de inmediato en una orgía en el continente “adulto” de Zindra? ¿Será una extensión de la voracidad del espectador porno que intuitivamente hurga en su banco de afectos intentando explorarlos de todas las formas posibles, intimando con ellos desde otra fantasía?
¿Es otro modo de entender las fanfictions?
Ya sea de detractores: pocos ejemplos más perversos que los proyectados sobre los Teletubbies.
A nadie sorprende que las versiones porno de Lara Croft hayan acelerado el vertiginoso crecimiento del mercado de los videojuegos porno.

Son demasiados temas en uno.
La virtualidad y la web no hicieron más que multiplicar un viejo síntoma. Me divirtió (y también impresionó) leer, hace ya muchos años, que Burt Ward (el actor que personificaba a Robin en la inolvidable y tan popular versión sixtie de Batman) confesó en su autobiografía (My Life in Tights, algo así como Mi vida en calzas) que junto a Adam West (el Hombre Murciélago para el caso), protagonizaron no pocas correrías sexuales donde sus trajes de superhéroes cumplían un papel para nada menor. Es más: hasta revela cortos XXX filmados en paralelo a la producción de la serie. ¿Batiorgías en la Baticueva? También escuché y leí que existen hoteles temáticos especializados en estos imaginarios.

Se podrá argumentar y con razón el argumento del consumo (vender una vez más la misma historia pero de otro modo), incluso, como veníamos diciendo, de la propagación indiscriminada de los géneros paródicos (de hecho, el porno paródico es una industria en sí).

No debería ser curioso que estas incursiones al sexo de los héroes y heroínas de ficción no necesariamente resultan paródicas.
¿Debería serlo la fetichización de los elementos que conforman un personaje de ficción? Es más. Estas excursiones ¿no nos llevan a repensar cuál es el papel –la función- que estas creaciones de ficción ocupan en nuestras vidas? ¿En nuestra cultura?
Días atrás, recordábamos con Fabián Casas algo que Nabokov comentó en referencia a los personajes creados por Tolstoi: a principios del Siglo XX resultaba habitual que muchos ciudadanos rusos se refirieran a ellos (a Anna Karenina, por ejemplo) como a una persona existente.

Tanto tiempo dedican los medios argentinos a un personaje como Ricardo Fort ¿cuánto hay en él de ficción? ¿cuánto de pornografía velada? ¿No existe acaso un equilibrio tácito entre la construcción mediática de la celebridad y la inmediata mirada pornográfica que se adhiere a ella?
Por supuesto es una exageración, pero cada vez nos asalta más la sensación que cierto tipo de celebridad exaltada por los medios parece fabricada a la medida de su consumo pornográfico. Y la ficción que la constituye resulta clave para que esto suceda.

Dos ejemplos en un mismo blog (en dos posteos de Ciudad Tecnicolor): el porno fascismo y su espectáculo (sobre los escándalos de Silvio Berlusconi en Villa Certosa) y los tres relatos sobre la relación saber-poder-imagen en la modernidad. Todo lo que acabo de escribir no es más que una anotación marginal de estas lecturas.

viernes, 30 de abril de 2010

Loop/land

Cultura y políticas del reciclado

Reciclar puede entenderse en dos sentidos. O mejor en tres.

Veamos. Primero. Proponerle un nuevo ciclo a un objeto, un material, incluso a una experiencia. Insistimos en lo mismo, pero de otro modo. Omitimos o abdicamos de la posibilidad de comenzar de cero.

Segundo. Persistimos en someter a ese objeto, o material o experiencia al mismo ciclo, con el propósito de profundizar en sus efectos. En este caso es la repetición, el loop el que manda.

¿Entenderíamos al ready-made si no adscribiéramos a la primera posibilidad? Digamos que se trata de otro viaje para la misma nave. Con la salvedad de inventarle funciones que antes nadie le había adjudicado.








Esta posibilidad (esta ampliación de sentido, con todas las consecuencias políticas, económicas y sobre todo estéticas que conlleva) constituyó y sigue constituyendo, ya lo sabemos, uno de los grandes escándalos de la modernidad.

Por supuesto, en nuestra época de reproductibilidad digital las alternativas se vuelven aún más complejas (chequear Mercedes Bunz). Vivimos en tiempos de reciclamientos virtuales literalmente incontrolables. Volveré sobre esto.

En el caso del trash, el reciclamiento es directamente inventarle (al objeto, material, etc) una nueva vida. Otra vida. Esta es una diferencia clave con el ready-made. De alguna manera, el trash no se deshace de su pasado “bajo”.
Obedeciendo a una teoría del valor podríamos decir que en el ready-made el objeto abandona su destino bajo para desplazarse a otro sitio, mientras que en el trash el desplazamiento es mínimo o incluso no existe.

En el trash no cambia el estado, sino sólo la valoración.
No faltaron quienes vieron en el ready-made una suerte de remedo de transubstanciación. El trash pertenece, es claro, a la segunda posibilidad.

Pero dije que existía una tercera, que es la que más me interesa en este momento. Y es (Tercero) la de proporcionarle otra velocidad.
El cambio de ciclo como alteración del pulso de la marcha.

No tenemos más que recordar géneros como el cool jazz o el trip-hop. Hasta el slow-rock. Si el primero adquiere su leyenda en el mal funcionamiento de un equipo de grabación (funcionaba más lento, ralentando en el registro el tempo de la ejecución original), el trip-hop y el slow rock se montaron y perfeccionaron esta falla, convirtiéndola en un recurso su consecuente estilo.

Si convenimos con Nicolas Bourriaud en que “el mayor hecho estético de nuestro tiempo reside en el cruce de las propiedades respectivas del espacio y el tiempo, que transforma a este último en algo tan tangible como una habitación de hotel”, quedan pocas dudas sobre lo capital de este cambio de velocidad. Prosigue Bourriaud: “Por estos nuevos modos de espacialización del tiempo, el arte contemporáneo produce formas aptas para captar esa experiencia del mundo, a través de prácticas que podríamos calificar de time-specific, como respuesta al arte site-specific de los años ’60, y por la introducción, en la composición de las obras, de figuras tomadas del desplazamiento espacial (enrancia, trayectos, expediciones).”

Se me podrá objetar: no todo cambio en la estructura es propiamente reciclado. Pero lo cierto es que el cambio de tempo hace que todo cambie siguiendo (casi) exactamente igual y sin embargo distinto. La velocidad (a más, en menos) reinventa al tiempo.

¿De qué modo se alteran los ciclos en la era de la velocidad? Esta interrogación termina por resultar definitivamente concluyente.
Reciclado implica en todos los casos, adelantamos, otra orbitación, una configuración de órbita diferencial.
No es difícil coincidir con Diedrich Diederichsen: el loop se expande e impone. Y nuestras percepciones culturales son directamente proporcionales al tempo de estos loops.

El reciclado, finalmente, pervierte al abandono. Extiende. El loop, acaso ¿no es una forma de no irnos? También de perpetuar la meta, sin dudas. Meta que por definición jamás abandona el punto de partida.

Escribí recién: “una forma de no irnos”. Necesito precisar. No irnos, sí, pero no de reafirmar la cercanía. El reciclado (y el loop) nos permiten poder estar muy pero muy lejos, sin movernos del mismo sitio.

miércoles, 21 de abril de 2010

Sexy Shuffle

Ya sé, estamos hartos de ready-mades. Así y todo necesito darle una vuelta más a este sobresaturado y ya desleído concepto para acercarme un poco más a un gadget como el iPad, la nueva estrella de Apple.

Olvidémonos del “fuera de contexto” y acerquémonos a la reutilización. Ready made es ante todo reutilizar un objeto de otra forma. No me interesa tanto como perversión del coleccionismo (la posibilidad de hacer de un mercado de pulgas un museo de arte) sino esa habilitada condición de botellero sensible: el gesto de tomar algo y proporcionarle otra lectura. ¿Qué otra cosa es el found footage?

Mientras que la tecnología insiste en producir nuevas plataformas (la renovación del contexto sobre el contenido) el ready made nos empuja a proporcionarle otro valor (un nuevo sentido) a un objeto sin novedad. Este es su principio político. Otro modo de fabricar algo distinto.

Jarvis Cocker: “¿Lo mejor de la década? ¡Shuffle!” (Votación en la última Rolling Stone).

En este punto el ready made se acerca a la remake: vuelve sobre lo mismo pero lo empuja en otra dirección. No se trata de soñar con una nueva puerta, sino en sospechar que la misma puerta puede conducirnos a otra parte.
Es precisamente en este cruce donde la estética debería dejar de ser contemplativa (el dejo teórico de lo estético) para amplificar su función: transformar la perversión del valor en perversión de uso. La estética debería presentársenos como un GPS intervenido, contaminado: mostrarnos el camino por el cual nadie quiere llevarnos.

El libro electrónico, como el iPad, nos invitan a conectarnos con el mismo contenido de otro modo. Más ágil, más práctico (revisemos esta última palabra). El ready made y el found footage nos señalan que en la misma plataforma se encuentra camuflado un nuevo planeta.

Por ninguna otra razón lo que entendemos por ready made nos sirve muy poco. Porque no basta con trasladar un objeto cualquiera a otro ámbito (una sala de exposiciones). Se trata de pervertir su sentido obligándolo a producir otra narrativa.
Las relecturas de un autor como Leónidas Lamborghini son ejemplares en lo que digo.
Against Me! Reiventing Axl Rose.

La tecnología vive de la caducidad de una plataforma. Al fin de cuentas, una de sus figuras centrales son los electrodomésticos. Cuando compramos una laptop sabemos que pronto se transformará en basura. Un botellero, como también un anticuario, sabe que ese plazo es pura fantasía. No hace falta luchar con el plazo de caducidad de una plataforma. Por el contrario, deberíamos investigar más en el estilo Han Solo: no olvidemos que el Halcón Milenario era una nave casi obsoleta.

Nos encantaría que nuestro sentido arduino no se simplifique en el mero hecho de poner en escena un prototipo alternativo. Sino en incentivar el pasadizo ucrónico: todo gadget puede proporcionarnos una narrativa que no coincida para nada con la versión oficial. Abrirnos a otra ficción, sintonizar con el canal de otra dimensión.

Lo que más me gusta de la web, de su dinámica, no es la accesibilidad, ese “tener todo tan a mano”, sino su infinita capacidad de cruce y fuga, su maravillosa metáfora de navegación. El ciberespacio no como una biblioteca o archivo gigantesco con cada cosa en su lugar, sino como una autopista donde una URL no es más que un conector con otra URL con otra URL y así indefinidamente. Creo que con mis ensayos de Contagiosa paranoia machaqué bastante con esta opción.

Es la diferencia básica entre adivinación y desciframiento. Éste último nace de la posibilidad de un destino: todo está previsto de antemano. Caminamos por el laberinto que alguien construyó. La adivinación, sin clausurar esta opción habilita otras: puede que el laberinto jamás haya existido. Si una noche de invierno un viajero. Lo mejor de las brújulas es que pueden enloquecer.

Magritte sabía que una pipa no es una pipa. Uno de los ejes centrales de (500) days of Summer (de Marc Webb) son las posiciones que intercambian los protagonistas: Summer Finn (Zooey Deschanel) no cree en el destino. Tom Henson (Joseph Gordon-Leavitt) quiere sobrepasar el azar.
¿Cuál es tu orden?

El arte sigue inventando procedimientos que no deberían jamás restringirse a las salas de un museo. Los publicitarios lo saben de sobra. Deberíamos ser más astutos que ellos.

domingo, 11 de abril de 2010

Qué bueno hacer found footage con tu cabeza

Ya agotamos al ready-made, a la constitución de un campo (apuntes de delimitación que inauguraron los antropólogos y reactualizaron los sociólogos), como también a ese constructo que alguna vez llamamos “industria cultural”, y asimismo exprimimos las nociones de género hasta convertirlas es un angustiante cementerio de formas.

Habitualmente, cuando los historiadores aciertan tanto con el presente no es que los tiempos envejecieron repentinamente, sino que nos mimetizamos más y más con el Coyote que ya no sabe qué otros probados recursos ACME poner en escena.

Es muy poco divertido observar como tantas miradas hegemónicas siguen aferrándose a instrumentos de museificación del presente, ahí donde todas nuestras conjeturas e hipótesis parecen exhibidas detrás de esterilizadas vitrinas.

Todo concepto no es más que un visor, un instrumento de navegación en una trama cultural, de la que forma parte y es producto. Lo cierto es que toda trama es movimiento, mutación, diferencia, y en algún momento los conceptos comienzan a producir más y más interferencia que no es más que interposición y mala interferencia frente a lo que tratamos de conocer.

Cuando se dice “campo cultural”, por ejemplo, momificamos muchas instancias de interacción con lo que estamos tratando de abordar. Como antiquísimas medusas petrificamos lo que intentamos observar. Cargamos de determinado sentido eso que nuestro deseo convoca.
En el peor de los casos el concepto se transforma en dogma, el regla de autoperpetuación de sí, y es entonces cuando trabajamos para alimentarlo, para engordar su gracia histórica, cuando lo monumentalizamos. Y ya no sirve más que como justificativo, cuando su función más deseada debería ser “poner en cuestión”.
Lo vivimos en carne propia en la lectura de esos documentos burocráticos (cuestionarios de aduanas) que son los papers, que invariablemente llegan más o menos tarde, pero siempre cuando la solidificación está en marcha. Aclaremos: el problema no son los papers, que como todo formulario resultan necesarios, sino su autoritaria circulación por fuera de su circuito.

Es el momento en el cual el concepto se transforma en producto, en el sentido más económico e industrial del término. Algo que constantemente las instituciones reclaman como destino.

Por ninguna otra razón resulta tan imperioso proteger a los conceptos inestables, aquellos que todavía giran sobre sí y presentan inestimables fugas. Conceptos que serían poco confiables en la construcción de un paper. Esos mismos que la gran mayoría de los referís epistemológicos clausuran como “débiles”, incluso improbables.

Fui invitado a presentar (hace muy pocos días, en el marco del BAFICI) el libro de Leandro Listorti y Diego Trerotola sobre el Found Footage, o cine encontrado.

Es súper recomendable. Se trata de la compilación de textos de autores diversos (Wolf, Bourriaud, Bernini, Eugeni Bonet, Oubiña, Oloxiarac, Subero, Marín, Galuppo, Andrés Di Tella, Pfaffenbichler, Félix-Didier y de los mismos compiladores)en los cuales vamos observando cómo la idea del Found Footage va tomando forma en los interrogantes que dispara. Escorzos, escorzos y más escorzos de una presa que todavía advertimos demasiado lejos de ser enjaulada. Seguiré con esto en próximos posteos.

Leandro Listorti: “La génesis del film reciclado es, en efecto, subversiva. Uno de los principales aspectos provocadores es el de llevar adelante una obra en la cual el sentido aparece en una instancia posterior a la del soporte material.

Una persona, por ejemplo, encuentra numerosos rollos de filmaciones caseras sobre un grupo de amigos homosexuales en California en la década del sesenta, y resulta inevitable intentar buscar (y encontrar) una forma para el hallazgo. Se altera entonces el orden establecido que formula una ecuación cercana a idea + operación = resultado, por el de resultado + operación = idea. Fórmula llevada al extremo por los ejercicios de Ken Jacobs o Joseph Cornell.”

Quiero retomar la última fórmula y, una vez más, quitarla de contexto. Porque si es que algo necesitamos es hacer found footage con tantos conceptos desechados. Simplemente encontrarlos, rescatarlos, operar sobre ellos y ¡voilà! que nos enseñen otros caminos.

Que cunda el found footage.

martes, 12 de enero de 2010

Linkadelik

Borradores sobre conectología

La palabra ¿mágica? es conectar.
Un anglicismo (to connect, que a su vez nos llega del latín, connectere). En su acepción actual, como muy remota se remonta a cinco siglos. No se trata simplemente de “poner en relación” sino producir circuito.

Lo que transforma nuestra cultura es el modo en que entendemos lo que llamamos conexión, esto es, su protocolo. ¿De qué modo estás conectado?
Es algo básico: entramos o no entramos en corriente.
Y estar en circuito es poder viajar. Lejos. Demasiado lejos.
Como sabemos, la diferencia entre el turista y el viajero es que este último nunca sabe si regresará.

Hace cuatro años, la revista Time anunciaba: el personaje del año eres tú. Las redes sociales (sobre todo Facebook) encontraron en esta declaración un estado del mundo. Las tecnologías 2.0 te ponían por fin en el mapa.
Es el estado de la cuestión que menos me interesa.

Si Tim Berners-Lee revolucionó nuestros modos conectivos lo más atractivo es que podemos perdernos, como nunca. Hace tiempo que no hago más que investigar, detenerme a observar cómo se conectan las cosas. La web 2.0 no es más que una multiplicación de las posibilidades conectivas: observemos las menos obvias.

Contagiosa paranoia, mi libro de 2007, no fue más que arqueologizar tantos modos unplugged de esas conexiones que para muchos resultaron extrañas, sorpresivas. No fue difícil encontrarlas: están delante de nuestras narices.
Una vez que estamos conectados, el universo se agiganta y contrae simultáneamente. Cada vez más glocal, para volver al neologismo de Virilio.
De un link a otro link a otro link a otro link a otro link.

La fuga también es un avance, aunque en otra dirección.

Últimamente juego a proporcionarle un horizonte epistemológico a un nuevo saber, el estudio de los modos conectivos. La tecnología de la que disponemos no hace mas que poner en evidencia, subrayar las instancias de generación de circuito.
Soy ensayista, no tengo más que escudriñar el punto de partida ¿acaso los textos de Montaigne no resultan un fabuloso catálogo de impensadas conexiones?

Cada cultura pone en escena conexiones que sorprenderían a sus vecinos, sucesores y antepasados. La web no las vulgariza, al contrario. Es tanta la vegetación que las plantas se disuelven rápidamente en el caos de formas.

Cuando la conexión se presenta como inesperada, muchos sospechan que nos estamos perdiendo el objeto. Por el contrario, no hacemos más que transformarlo.
Es lo que Frans Johansson denomina “El efecto Medici”.

“Cuando nos adentramos en una intersección de campos, disciplinas o culturas, podemos combinar los conceptos existentes y formar un gran número de ideas nuevas y extraordinarias. El nombre que he dado a este fenómeno, el efecto Medici, procede de la explosión notable de creatividad que se produjo en la Italia del siglo XV.

Los Medici eran una familia de banqueros de Florencia que financiaron a los creadores de una amplia gama de disciplinas. Gracias a esta familia, y a otras como ella, escultores, científicos, poetas, filósofos, financiaron, pintores y arquitectos convergieron en la ciudad de Florencia.

Allí se conocieron, aprendieron juntos unos de otros y eliminaron las barreras entre disciplinas y culturas.”
Florencia no fue más que una forma de poner en circuito.

¿Qué tan lejos podés llegar en tu cruce?
¿Cómo se delinea tu política de intersecciones?
Roger Caillois y sus Ciencias Diagonales no son más que parientes cercanos.

No estoy refiriéndome a híbridos, a mixturas provocadas o propiciadas (ningún Doctor Moreau, ni siquiera el Animalario Universal del Profesor Revillod). Tampoco al efecto Madonna que Daniel Molina señaló en las páginas de ADN hace unas semanas. No se trata de concentración en un punto, sino de los flujos que lo atraviesan a toda velocidad, ininterrumpidamente.
No se trata de una práctica universal, sino de la conexión de decenas de prácticas con el mundo como materia.

El saber que me propongo se funda en una interrogación seminal ¿por qué nos resultan sorprendentes ciertas conexiones? ¿Por qué, invariablemente, se producen innumerables conexiones que nos resultaría imposible prever?

Conectarse siempre. "No quedan dudas de que Internet modificó la conducta y los hábitos globales. Una de las tendencias para este año que comienza indica que la gente elige estar siempre conectada. Lo que en muchos casos constituye un estilo de vida. Un estudio llevado a cabo por la Home & Networks Mobility de Motorola sostiene que siete de cada diez estadounidenses manifiestan que "es importante estar disponible a toda hora," y casi ocho de cada diez sienten la necesidad de mantener un contacto virtual con sus familiares, amigos y colegas. Estas cifras se dan, incluso, en las personas mayores de edad."

lunes, 21 de diciembre de 2009

Porno life

Virtualidad, información, identidad

No existe plataforma que no se imponga como una declaración estética: Facebook pone en órbita una estética, lo mismo que Fotolog, Flickr, Blogger, Second Life o incluso Taringa!.

Las estéticas no son sino las formas en que administramos nuestro tiempo y los materiales que les proponemos.

Aclaremos: estéticas de tuneo, de múltiple articulación de tres términos: virtualidad, información e identidad (de hecho el par intimidad / sociabilidad se deduce de las combinatorias iniciales).

Decime de qué forma te componés (te inventás) digitalmente mediante el ars combinatoria de estas tres dimensiones e intentaré adivinar cómo afectan estas estéticas tu vida unplugged.

¿Realmente es más peligroso Facebook que Fotolog? ¿Por qué la gran inflación de crímenes y asesinatos parecen merodear tanto más los usos del primero que las opciones del segundo?

En los últimos años no dejamos de leer y escuchar sobre ese desajuste de información entre virtualidad y mundo físico que tuvo como saldo demasiados hechos horrendos. Y una y otra vez nos asalta el mismo interrogante: ¿qué clase de información es la que está en juego?

¿Qué es lo que estas estéticas de software ponen en escena? ¿El relato –en imágenes, preferencias y mini-historias- de una vida –a medias inmediata, a medias ficcionada por una edición amateur?

Veámoslo de este modo: lo que exhibimos, ante todo, es una mirada, un modo de observar(nos).

¿Qué otra cosa es Flickr, Fotolog o Facebook? Para la gran mayoría de los usuarios, una simple indicación: así queremos que nos vean, que nos miren.

De hecho, lo que nos atrae observar es cómo se miran y como ven a sí mismos los otros. Cómo se sostiene y muta esa mirada a lo largo de un extenso número de días. Una mirada de almanaque, de diario personal en imágenes.

Un blog puede aproximarse a lo mismo con palabras (también Twitter) pero la visualidad sigue triunfando, ampliamente.
El interrogante reina ¿cómo me vas a ver? ¿De qué modo actúa tu percepción sobre mí?

¿Qué ves? ¿qué te dejo ver? ¿qué te permito ver? Lo sabemos: la imagen siempre oculta.

Todo foco es exclusión, elabora un “fuera de cuadro”, se determina a partir de todo lo que dejamos afuera. Pero en todos los casos no es más que narración: relato en imágenes, en una trama dispersa, presuntamente desarticulada pero continua.

Tu frecuencia, tu insistencia, tus dubitaciones, todo puede deducirse paranoicamente de tu perfil digital.

Claro, en todos los casos se trata de percepción pautada por la tecnología (por las estéticas de la tecnología).

Si puedo explicar la forma en que veo / miro, en que narro desde imágenes, ante todo es porque conozco, más no sea intuitivamente, las limitaciones del software que estoy utilizando.


¿Por qué triunfan Fotolog y Flickr? Porque Youtube o los textos de un blog (o los ínfimos de Twitter) exigen otro uso de tiempo.

El trasfondo siempre es porno: deseamos ver más de lo que vemos en el mundo físico.

Siendo como es la virtualidad, una radicalización de nuestro mundo material, intentamos hurgar justo ahí donde la virtualidad eleva la promesa de manifestarlo todo a toda velocidad.

Porque, como resulta evidente, las estéticas deben ser ante todo veloces. Mutantes, vertiginosas. El mundo en estado Twitter (ahora sí): estímulos incesantes en un planeta en el cual la ansiedad y el aburrimiento compiten sin piedad.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Avatares versus fantasmas

Un avatar es todo lo diverso a un fantasma.
Este último siempre fue un espectro en un mundo físico, razón por la cual nuestros sentidos proporcionaban la voz de alarma: el mundo material tiene (advertía) una falla (una grieta, un umbral alterado).

Esto que nos circunda no debería estar aquí. Investiguemos por dónde ingresó.

El avatar, contrario sensu, no es sino nuestro avance físico en un mundo digital, virtualizado. Si necesitamos otros ojos y otros sentidos para hundirnos justo ahí donde antes no veíamos, debemos ante todo estar equipados. El software es nuestro equipamiento. Nuestros ojos (nuestros sentidos), definitivamente intervenidos, están listos para capturar la información de nos falta.

Diferencia clave: el fantasma viene de otro tiempo y lugar, es un alien en nuestra dimensión. Es un tiempo ajeno invadiendo el nuestro, aun cuando ese ajeno sea parte de nosotros mismos. Algo que está desembarcando en las coordinadas de nuestro presente sin pedir permiso.

Un avatar también es un alien, pero ese alien somos definitivamente nosotros. No es otra cosa que la más efectiva de nuestras máscaras (mejor deberíamos decir: de nuestras escafandras). Un avatar es un explorador, o mejor: un sistema de exploración. Es la nave con la cual nos aventuramos en un espacio que no es físico del mismo modo.

En el fantasma, para Lacan, es el deseo el que está en juego (¿acaso fantasma no es ante todo uno de los nombres del deseo?). O dicho de otro modo: el fantasma es ante todo un juego –un movimiento- de deseo. Mientras que, sin ocultar jamás su etimología religiosa, el concepto de avatar implica una continuidad, su relación tecnológica definitiva (¿o acaso la tecnología no es EL modo por antonomasia de las extensiones que creamos?).

¿Tenemos más dominio sobre nuestro avatar que sobre nuestros fantasmas?

James Cameron parece tener algo para decirnos al respecto. No hay gratuidad en ningún avatar. Tanto confunden su cálculo los que creen que un avatar es simplemente un password anfibio.
Un avatar digital no es sólo nuestra representación gráfica: siendo nuestra continuidad nos altera, modifica nuestra vida unplugged.
Si esto no sucede, es porque jamás fue un avatar.

¿Necesitan más pruebas? Lean el blog de Napoleón Baroque.
Se trata de una gema anfibia: cuando utilizamos la virtualidad del software (esa radicalidad de lo físico) debemos aprenderlo todo de nuevo. La cultura se encuentra en estado de bits.
Los tentáculos son parte del cuerpo, pero no de la cabeza.
Le pertenecen de otro modo.

Primera curiosidad: la virtualidad en la cual nos zambullimos con nuestro avatar la estamos creando nosotros. Esta diferencia es clave. No es una selva o un desierto que simplemente están ahí, constituyendo un afuera.
Nunca antes creamos virtualidad del mismo modo. Desde que los modelos de virtualidad se digitalizan, la virtualidad se vuelve más y más heurística. Digámoslo así: la virtualidad digital es un territorio de guerra, donde nos disputamos no sólo los modos de metaforizar, sino las políticas de todo imaginario.
¿Realmente existen dos bandos? ¿los que niegan que la imaginación moldee también el mundo físico y los que no desean enterarse de nada?

¿Tanto es el temor a los sueños?

Días atrás, en Rosario, Lucrecia Martel se refirió a la necesidad de apropiarnos de las ficciones como una cuestión vital. De la inmaterialidad de la ficción (de los imaginarios) como modo de abrazar definitivamente el mundo físico. Su punto de partida fue la casa de su abuela. Ahí donde su mamá le narraba los cuentos de Horacio Quiroga (Cuentos de amor, locura y muerte) como si realmente hubieran habitado ese espacio, como si fuesen su memoria e historia. Lucrecia creció convencida que la casa realmente había sido el escenario de todo lo contado, que en el almohadón de la habitación contigua había efectivamente habitado el temible chupasangre.
Esa no era simplemente otra historia.
Es SU historia.

Los alcances y efectos de esta presencia virtual inseparable del mundo físico es la que hoy más que nunca está en juego: el tránsito de las ficciones se juega en la virtualidad digital más que en ningún otro sitio.
Tus sueños están por todas partes.

Napoleon Baroque: "Supongamos lo siguiente: eres el dueño de una gran empresa. De un gran comercio y tienes muchos empleados a tu cargo. O bien, eres un simple administrativo en una oficina gigantesca, donde trabajas con muchas otras personas. En un caso u otro, interpretas tu papel. A veces te resulta cómodo, al fin de cuentas eres justamente eso que representas. Pero no sólo. También eres otras tantas cosas que no muestras a tus empleados o jefes o compañeros de trabajo, por el simple hecho de que no tiene sentido. Perderías el tiempo. Así que sigues interpretando tu papel, haciendo de eso que la sociedad hace de tí. Actúas naturalmente, te has habituado a eso. Te sale fácil. Pero a veces te cansas, sabes perfectamente que tu rol no lo es todo. Que tienes otros pensamientos, otras fantasías, otra dimensión que no puedes compartir con los que te rodean, simplemente porque ellos están en otra frecuencia.
Llegas a tu casa, prendes tu computadora y te sumerges en Second Life. Allí no necesitas representar ningún papel. A nadie le interesa. Puedes hacer lo que te de la gana. No tienes ni jefes a quienes rendir cuenta ni empleados frente a los cuales no puedes relajarte. Nada de eso. Allí haces exactamente lo que quieres. Es un oasis en lo real. Es lo real, claro que lo es (eres tu, al fin y al cabo) pero sin los mandatos de la sociedad que te circunda.
Ahora puedes explorar exactamente quién eres. Quién te gustaría ser. Quién quieres ser.
Dime
¿dónde eres más real?"

jueves, 12 de noviembre de 2009

Hackear / Jaquear

No cualquier inadaptado, sino un inadaptado estratega.
El inadaptado estratega inadapta su contexto: es el contexto el que funcionará perfectamente, pero de otro modo.

Es la idea: que hackear contextos sea jaquear contextos, obligar a desplazarse a la pieza-rey.

La inadaptación cumple su cometido cuando el contexto nos empuja a percibir de otra forma.
Las zonas (y ecuaciones) de inadaptación siempre fueron implacablemente necesarias para nuestra supervivencia cultural –y no sólo-. El tan mentado desajuste, la interferencia que reabre la órbita de la extrañeza.

Wayne Coyne, de Flaming Lips, contestándole a Austin Scaggs a propósito de Embryonics, en un reportaje reciente: “Siempre recuerdo algo que George Martin dijo sobre el Álbum Blanco de los Beatles: “Hubiese sido un gran disco simple”.

De haber sido un único disco, uno de mis tracks favoritos de toda la historia, “Revolution 9”, no habría quedado. Así que empezamos a grabar mierda rara, y nos gustó tanto que seguimos por ese lado.”
¿Cuántos discos de covers de Revolution 9 hay en el mercado ahora?

Sistema inestable: no un continuo programa de composiciones de Stockhausen, sino una pieza absolutamente experimental en un disco de canciones. Un elemento fuera de contexto. La inadaptación pop es precisamente eso: arena en la vaselina. Sylvére Lotringer dijo alguna vez: “la teoría ya no necesita proyectarse hacia delante para aprehender el fenómeno. Le basta con juntar lo que ya existe. Como decía William Burroughs, paranoia es conocer los hechos”.

Es el lugar del arte en la ecología de los medios.

El arte no debería ser otra cosa: un compendio de modelos de inadaptación sistemática. Cuando pensamos en desacomodamientos no deberíamos pensar en trauma, sino por el contrario, en conocimiento y preservación. Es el desafío de la contemporaneidad. Ya liberados del dogma de la novedad, sólo queda diseñar ucronías ya no proyectivas (residuos del futuro) sino, siguiendo a Lotringer, “juntar -en el sobreextendido presente- lo que ya existe-“. Juntar, es decir conectar, hacer circuito. Jamás yuxtaponer.

La ficción jamás debería ser una reflexión sobre lo real, menos aún su reservorio, sino por el contrario, un incesante sabotaje a los relatos de lo admitido como real, a su ADN. La Máquina Sade. La materia del arte será siempre el trabajo sobre la percepción de una cultura. Cualquier cultura sólo existe a partir de aquello que nos informan nuestros sentidos y justamente ellos son nuestro más preciado botín.

La ficción nos ayuda a adaptarnos de otro modo.

Es el núcleo de una novela pionera como Insaciabilidad, del polaco Stanislaw Ignacy Witkiewicz, de1932 (la historia de las píldoras Murti-Bing, creadas por un filósofo mongol homónimo y que contenían en forma condensada su “concepción del mundo”. Czeslaw Milosz le dedicó un precioso ensayo). Pero también de toda la estética de Gombrowicz, pues ¿qué es la inmadurez sino la consecuente inadaptabilidad a la Forma? La inmadurez es ejercicio continuo, impostergado el elemento de autojaqueo del sistema.

La inadaptación no es la negación de un contexto, sino la suspensión de sus certezas (una puesta en crisis). Hackear. Una violenta transformación de escala para los alcances de nuestros sentidos. Es donde adivinamos el gigantesco conformismo de la inmensa mayoría de los hackers (aunque deberíamos escribir, quizá con más precisión, crackers): se contentan con jaquear (hackear) un sistema, no tu percepción.

Los hábitos de nuestras percepciones son el más sabroso alimento para los artistas más avezados.
Dubuffet y Philip K. Dick siempre lo tuvieron claro.

No se trata de cambiar de horizonte. Sino de sembrarlo de cada vez más perfeccionadas paranoias.

Pascal Quignard: “Así como los perros confrontan los olores presentes con olores remanentes, los hombres confrontan las visiones con los verba. Plutarco refiere que Heráclito de Éfeso decía: “los perros (kynes) gruñen contra lo que no identifican, las almas (psychai) huelen lo invisible (Hades).”

La palabra Hades que usa Heráclito quiere decir en griego lo que no tiene vista (aides), el lugar donde lo visible se apaga, el lugar donde van los mortales después de la muerte, el dios que gobierna su morada”.

Brea: "Nudo gordiano –o territorio de problemas- puesto por la asunción de dificultad de una especulación que, indagando una cuestión primariamente epistemológico-cognitiva (el darse culturalmente condicionado de los modos del ver), toma inmediatamente consciencia de la no neutralidad efectiva de sus propias actuaciones, en cuanto a la propia evolución del campo: en cuanto a los desplazamientos, redefiniciones, reforzamientos o sustituciones de unos códigos por otros que tienen lugar en él. Dicho de otra manera: por cuanto la propia investigación ensayística en el campo de la visualidad cultural toma conciencia de que su actuación participa activamente en el juego de fuerzas –la batalla de los imaginarios culturales- en que interviene. Es un arma efectiva en ese escenario y ha de hacerse críticamente autoconsciente por tanto de que sus propias intervenciones se constituyen como políticamente activas en las evoluciones, transformaciones históricas y desarrollos del registro de la visualidad y los imaginarios circulantes."

Vemos sólo lo que identificamos como visible.
El arte debería enseñarnos a ver aquello que la visibilidad señala como inverificable.