viernes, 4 de enero de 2008

Too much information: acelerando los beneficios de la confusión

Too much information running through my brain
Too much information driving me insane


No existió un solo momento en la historia en el que no estuviésemos sobreinformados. Es un síntoma muy antiguo: hagamos la prueba internándonos en esas bibliotecas condensadas que son los tomos de patrística o escolástica. Demasiada información existió siempre: la gran novedad, la que en el presente logra la diferencia, es que desde hace algunas décadas experimentamos el acceso a enormes cantidades de información por un número invariablemente creciente de personas. No sólo se produce más información, sino que ella está cada vez más cerca nuestro.

Lo que aterra y paraliza no es lo inabarcable de esta disponibilidad, sino por el contrario, que los mediadores pierden potencia y poder minuto a minuto.
Una de las operativas básicas del ejercicio del poder se recostaba sobre este principio: tu cerebro permanecía más liviano porque alguien mediaba entre la información y vos. Alguien te acercaba el recetario para indicarte por dónde comenzar a leer una biblioteca con millones de volúmenes. Ninguna otra cosa es la sociabilidad: consumir determinado tipo de información y utilizarla en consecuencia.

Pero hoy los mediadores han mutado. Una vez más estás frente al gran archivo de la humanidad, y con herramientas de navegación que resultan infinitamente más certeras que cualquier astrolabio. Somos un producto del capitalismo cognitivo: no usamos ni somos usados por la información. Somos información.
Perdón: somos sobreinformación.


Aldo Pellegrini escribía en los sesentas: “Cuando alguien intenta aproximarse al campo de las ideas vigentes con espíritu esclarecedor, debe plantearse el problema de si su aporte no contribuirá en última instancia a hacer todavía más densa la confusión, como aquel que en desesperado esfuerzo por apagar el fuego, quisiera hacerlo soplando. Es tan impresionante el amontonamiento de las ideas más contradictorias no sólo en mentes distintas sino en una misma mente, que cuando se trata de tomar distancia para ser testigo de esta barahúnda con cierta objetividad surge la pregunta si el destino del hombre no será crear una infernal telaraña para aprisionarse a sí mismo y propender a la propia destrucción, mediante la organización del desorden. Pero hablar de contribuir a la confusión general equivale justamente a propiciar desorden, dirán algunos.

De todos modos, no se trata de un desorden contra el orden, sino más bien de un nuevo desorden contra un viejo desorden”. (Para contribuir a la confusión general, 1965).

El vocablo confusión implica dos ideas sucesivas. La primera es instrumental: fundir o mezclar cosas diversas hasta que no puedan reconocerse y distinguirse (con / fundir). La segunda, valorativa: señala la inminencia de la equivocación. Si no logramos advertir con claridad las diferencias entre dos términos, pues estamos muy cerca de obrar desacertadamente.

No sería nada raro que haya sido Pellegrini quien introdujo la obra de Georges Bataille en Argentina (y en Latinoamérica). Pienso en el primer número de la revista Ciclo, de 1948. Pero lo cierto es que tres años después, en 1951, Bataille le respondía a André Gillois:

“Soy filósofo, al menos hasta un cierto punto, y toda mi filosofía consiste en decir que el principal objetivo que uno puede llegar a tener es destruir en sí mismo el hábito de tener objetivos. (…) El objetivo está limitado por la muerte. Pero en tanto se vive en el instante presente, sólo hay lugar para ver las cosas del modo más favorable, porque no se tiene la menor preocupación en lo que concierne al porvenir. [Acabar con el objetivo] en provecho de ese desorden del pensamiento que me gusta y que, me parece, viene a contravenir una frustración general. En el desorden del pensamiento nace la poesía.”

La sobreinformación es nuestra materia. Construir objetivos es generar métodos para alivianar el tráfico de información. Delimitar la información desde viejos desórdenes.
Pero siempre estamos a tiempo de asumir la sobreinformación y ensayar nuevos desórdenes. La confusión no necesariamente debe ser una disminución de la conciencia. Posiblemente ya pueda ser todo lo contrario.
Quizá estemos aún a tiempo de asimilar que confundir(se) no es necesariamente equivocar(se).