domingo, 14 de septiembre de 2008

¿Cómo traducir la palabra Waza?

Sé que no estoy en el buen camino, pero de todas formas persistiré.
Veámoslo de este modo: todo esto comenzó con la palabra japonesa waza. Sé que hay quienes la traducen como “técnica” (por ejemplo la Wikipedia, y de un modo vago), pero lo cierto es que su semántica es muchísimo más extensa. Procederé con un no muy extenso collage de citas.

En su maravillosa enciclopedia temática, Laplantine y Nouss la definen así: “(…) curioso término, porque remite a acepciones muy alejadas unas de otras, que significan al mismo tiempo el ritual sagrado, servicio búdico, la acción, el oficio, la técnica, el método, el arte, el parto, el hecho, la locura, la maldición, las tomas de las artes marciales. (…) Tal vez podríamos sugerir que aquí se trata de una acción particular que permite que los japoneses fabriquen objetos muy reales, alumbren a personas bien humanas, que, sin embargo, están animadas por fuerzas que las superan. El waza es el arte que, en el momento mismo en que se realiza el gesto, hace surgir algo que no sería ni simplemente construido (como un lápiz o un tren), ni completamente trascendente (a ejemplo del Dios cristiano); es una práctica que consiste en establecer “ese frágil tendido entre fetiche y hecho”, para retomar la feliz expresión de Bruno Latour.”

Para concluir: “Si hubo un milagro japonés en la segunda mitad del siglo XX, realmente está en la unión entre ese arte –que mantiene atado lo que la epistemología disocia- y la racionalidad occidental: el patrón de una pyme obsesionado por la fabricación del tornillo perfecto se ha vuelto el igual del maestro de la senda del sable”.

Sin dudas el animé y el manga rebosan de waza, al punto que podríamos sospechar que no son otra cosa que narraciones-waza. Leí que los mexicanos definen waza como broma: el término sigue ampliándose. Ahora bien, volvamos al giro que establece el “frágil tendido¿qué sucede cuando esta actitud waza la detectamos en los -por definición- volátiles límites de una fantasmagoría? O más exactamente: por ese tipo de fantasmagorías que devienen de la temible coyuntura de fantasmologías y fantasmáticas. Revisemos esto.

El maestro de ciencia ficción Stanislav Lem (nos recuerda Tomás Maldonado) es el autor de una provocativa teoría, denominada fantasmología, que indaga “las causas y los efectos de esta extraña predilección de la cultura moderna por construcciones ilusorias con función vicaria, sustitutiva y por añadidura alternativa de la realidad. Además ha propuesto, en estrecha conexión con la teoría, también una técnica (o, para ser más exactos, una metatécnica): la fantasmática. En la óptica del filósofo polaco, fantasmología y fantasmática deberían tratar juntas de indagar por qué y cómo nuestra sociedad ha terminado por identificarse con una formidable megamáquina creadora de fantasmagorías, una megamáquina destinada a producir “un mundo en el que”, como dice Lem, “por principio y sin excepción es válida la regla de que nadie pueda sentirse seguro de vérselas con la realidad natural”.

Sigamos. En uno de los comentarios del posteo anterior, Kato nos decía: “El otro día me sucedió algo muy simple que imagino como una señal de lo que podría ser cotidiano en un futuro y ahora sucede pero todavía no es masivo.
Fui al bar de la esquina de mi casa que tiene wi fi a encontrarme con unos amigos y llevé mi laptop. Mientras charlábamos me metí en Second Life que estaba lentísimo porque la conexión no era muy buena y les mostré a mis amigos que son arquitectos una casa que me había gustado mucho. Y dimos una recorrida. Nos encontramos con el avatar del dueño y nos contó algo sobre la construcción. Pienso que en un futuro cercano esto va a ser mucho más común. Vamos a visitar gente en Second Life sin salir de bares. Ya tenemos la tecnología para mezclar de este modo real life y mundo virtual.” Esto sería imposible sin waza.

Ahora, vayamos por mi fantasía.

Mi pálpito es que existen distintos tipos (¿bastardos?) de waza funcionando a desiguales niveles y que a medida que se expanden por (y en) las tecnologías de simulación digital no logran que la fantasmagoría se vuelva más real, sino que nosotros nos fantasmagoricemos a pasos agigantados (Gori lo sabe bien). La isla de Morel es un poco nuestro planeta. Y lo peor de todo esto es que no lo veo como una distopía en tiempo presente, de una época en la cual los mundos virtuales no dejan de expandirse (lean esto). Simplemente haré mención a algunos temas sobre los que viene hablándose en la web desde hace un tiempo.

Propongo algunos indicios. No sabemos si el software es o no materia, pero lo cierto es que la suplanta. Si en los sesentas se teorizaba sobre la desmaterialización (en realidad se venía haciéndolo mucho antes), hoy más que nunca deberíamos hablar de una rematerialización. Cuando William Burroughs y Brion Gysin difundían la Dream Machine, seguramente sospechaban que una nueva era de drogas no químicas estaba en marcha. Pero ¿podían imaginar drogas de software como el I-Doser?

Esta es la primera de una serie de drogas programables, sí, pero también una droga waza. Cualquiera puede drogarse de una forma no tan diferente a la que se estimula un avatar. Quizá pronto exista un Bedpost (el Facebook de sexo) en el metaverso: ya no sabemos cuando comienza el ida y cuando termina el vuelta.

Las leyendas urbanas más freaks vienen atacando con las mismas metodologías del márketing viral; es más: las leyendas urbanas SON márketing viral. A fines de los sesentas, comenzó a difundirse el rumor que Paul McCartney había muerto en un accidente de auto y que lo había suplantado un doble. Hasta Lennon ironizó sobre el tema en una letra.

Lo cierto es que el mito Paul is Dead resurge con muchísima fuerza en la era youtube. El boca a boca y los textos marginales reemplazados por más software. Nuestra cultura es un epifenómeno del software. Como si ya no hubiera puertas que separen las dimensiones del Sr. López.

Hablando de historietas, me acuerdo haber leído en uno de los libros anuales que editaba la revista Fierro, un comic de Milo Manara en la cual dos náufragos espaciales intentaban escapar de un asteroide llamado Borges Profeta. Por alguna razón ese asteroide atribuido a la ficción me resulta mucho más creíble que Cyberborges, el cyberlocutorio con el que me topé días atrás.

No es que la realidad supera a la ficción.
Es que cada vez se nos hace más complejo distinguir una de otra.
Waza y fantasmagorías mediante.